lunes, 31 de mayo de 2010

La credibilidad del paleoarte (I)






Hace un par de semanas alguien me preguntó por la fiabilidad que tenían las recreaciones de animales extinguidos. Dado que no es la primera vez que oigo esa cuestión creo que puede ser interesante explicar en qué nos basamos cuando hacemos una paleoreconstrucción.

Hay una premisa básica: la veracidad es inversamente proporcional al tiempo transcurrido. Los restos de un animal extinguido hace 10000 años serán más fáciles de interpretar que los de uno desaparecido hace 200 millones. El más reciente será similar a los animales de hoy en día y podremos extrapolar muchos datos, en cambio los remotos pueden ser tan ajenos a nosotros como un extraterrestre y apenas tendremos referencias actuales.

He hablado de los seres modernos: la interpretación de un ser extinto se hace en base a la anatomía comparada, es decir, al análisis anatómico, funcional y mecánico de los animales actuales, y la aplicación de ese análisis a los restos fósiles. Si encontramos una mandíbula perteneciente a un rinoceronte extinto sólo con ella sabremos que se trataría en efecto de un rinoceronte, un hervíboro con tres dedos en cada extremidad y aspecto robusto. Comparando el tamaño de la mandibula con la de los rinocerontes actuales podremos calcular razonablemente su tamaño real, y en base al desgaste de sus dientes conoceremos su edad. A la hora de reconstruirlo con mayor exactitud sería preferible disponer también de algún hueso de las articulaciones, para saber si era de piernas cortas como los rinocerontes modernos o largas como los indricotéridos gigantes del mioceno, y si tuviéramos además la parte delantera del cráneo sabríamos si tendría o no cuernos, aunque estos se hallaran rotos o ausentes, porque dejarían unas marcas características en el hueso que nos indicarían su tamaño y número.

Supongamos ahora un animal muy antiguo, como el dinosaurio pelecanimimus, uno de mis amores secretos. Este terópodo se conoce por restos parciales hallados en Cuenca, incluyendo cabeza, cuello, la mayor parte del tronco y los brazos. Precisamente los brazos permiten determinar que se trata de un ornitomímido basal, un pariente de los gallimimus que pudimos ver en Parque Jurásico, y eso nos dice cómo recrear las partes del esqueleto que no conocemos. Todos los ornitomímidos conocidos tienen piernas muy largas, similares a las de las ratites modernas (avestruces, ñandúes…) y podemos calcular su longitud en base al tamaño del cuerpo.

Cuando hice la primera versión las piernas quedaron cortas pero no pude verlo hasta que programé un ciclo de carrera para el modelo: al dar la zancada mi ejemplar se veía obligado a levantar mucho el fémur, algo que ningún animal corredor haría, porque resultaría muy costoso en términos de energía. Deduje que las tibias eran demasiado cortas y las alargué en un tercio: con eso bastó para que el movimiento del animal fuera realista. Hay un cierto margen de error, ya que si estos animales eran velocistas la tibia debería ser aún más larga, pero si se trataba de corredores de fondo sería algo más corta. Adicionalmente el grado de osificación de los huesos del brazo indicaba que se el fósil correspondía a un ejemplar joven que podría haber crecido hasta un 50% más, con el consiguiente cambio de las proporciones.

Éste fósil además dejó una marca en la piedra que perfilaba el contorno de la cabeza cuando murió: eso nos permite saber que tenía una cresta en la nuca y una bolsa bajo el cuello. Su dentición era distinta a la de sus parientes, ya que en vez de un pico desdentado presentaba una multitud de dientes diminutos que empezaban a fundirse formando un borde contínuo, lo que nos da una idea acerca de como evolucionó la mandíbula en esta familia.

He hablado de lo que podemos saber directamente de los huesos. A partir de aquí entramos en el terreno de las deducciones. La primera, en el caso del dinosaurio, es sobre el plumaje. No hay evidencias fósiles de plumas en ningún ornitomímido, pero estos animales son coelurosaurios y tenemos restos emplumados en todas las demás ramas del clado, luego podemos aventurar que pelecanimimus no tendría plumas complejas pero sí algún tipo de cobertura básica, aunque podríamos representarlo con la piel desnuda.

Volvamos al rinoceronte. Si se trata de un coelodóntido es probable que estuviera cubierto de un espeso pelaje, ya que los primeros hombres retrataron rinocerontes lanudos. En cualquier caso sabemos que tendría una gruesa piel y su color, probablemente, sería grisaceo o parduzco, ya que todos los rinocerontes modernos presentan esa coloración, neutra y sin marcas. Supongamos que en vez de un rinoceronte tenemos los restos de un dinoterido primitivo: si la estructura de sus hombros y cuello le impedirían agacharse para beber agua, sabremos que tenía una trompa y conoceremos su longitud aunque no tengamos los restos de la cabeza.

viernes, 28 de mayo de 2010

Breve guía del improperio (II)

Vamos a centrarnos ahora en los epítetos floridos. En general son términos más modernos que los vistos en la anterior entrada, y se considera que implican un agravio mayor. A diferencia de los insultos clásicos, que suelen referirse a la cortedad de luces, éstos aluden al comportamiento y los hechos. La ignorancia lleva a mucha gente a emplearlos de forma inadecuada, ya que su sentido puede resultar ambiguo para los neófitos y además es posible emplearlos de forma admirativa, lo que añade más confusión al problema. Intentaré echar un poco de luz sobre este enmarañado asunto.

El improperio castellano de mayor peso es la expresión compuesta HIJO DE PUTA. Existen formas similares en otros idiomas, tanto en lenguas latinas (figlio da puttana) como de raíz bárbara (son of a bitch). Cervantes empleó el término en el diálogo de Sancho con el Caballero del Bosque, en el modo elogioso, referido a la hija del buen Panza, ¡Oh hideputa, puta, y qué rejo debe detener la bellaca!, y al vino con el que acompañan la cena, Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico!, comentario que Sancho remata añadiendo no es deshonra llamar hijo de puta a nadie cuando cae debajo del entendimiento de alabarle.

Su sentido literal, vástago de meretriz, ha caído afortunadamente en desuso ya que ni nadie puede señalar como indigna a la mujer que ejerce el sexo profesional, ni hay hoy en día escándalo en que una madre busque el goce carnal fuera del vínculo marital, así que su empleo peyorativo se ciñe al modo de actuar del mentado. Decimos que alguien es un hijo de puta cuando sus acciones buscan el propio beneficio a costa del daño ajeno, ya sea de forma abierta o encubierta. Son hijos de puta los corruptos, especuladores, estafadores y prevaricadores, los falsos amigos, los compañeros traicioneros…

El término CABRÓN señalaba antiguamente el desdoro del honor masculino. Se decía cabrón al marido consentidor, que vivía de sus cuernos, tan mentado por Quevedo: Y si está el remedio en eso, a los cabronazos que hay agora en el mundo decildes que se anden diciendo malo y bueno a sus mujeres, a ver si les desmocharán las testas y si podrán restañar el flujo del hueso. Así pues  cabrón era cornudo, y su uso menoscababa la virilidad del ofendido, a quién se suponía manso y acomodaticio. Olvidado ya ese significado, cabrón se ha vuelto un sinónimo casi perfecto de hijo de puta, con el matiz añadido de que se aplica a personas cuyas acciones son tan torcidas que nos ponen furioso, es decir, nos encabronan.

El tercer insulto de origen sexual es el ubicuo MARICA, y su superlativo MARICÓN. Ya no suele usarse para aludir a las tendencias homosexuales, pero sigue siendo válido para describir a la gente cursi que nos mira como si tuviéramos problemas de olor corporal. Son lo que se la cogen con papel de fumar, pijos, redichos, preocupados por lo políticamente correcto. Luego llamaremos maricón al hombre (no se aplica a mujeres) que hace o dice mariconadas.

Mas complejo y sutil es el empleo de la palabra MAMON, porque su homóloga CHUPAPOLLAS resulta muy similar en apariencia, a otra forma compuesta, LAMETRASEROS. No obstante hay claras diferencias entre ellas, de nuevo debidas a la actitud del metafórico chupador.

Ante sus superiores en lo social o económico, el mamón (o chupapollas) y el lametraseros se hacen los encontradizos, doblan la cerviz y despliegan halagos, imitando los gestos de sus amos y atendiendo sus menores deseos. Pero mientras el lametraseros camina de forma servil y amedrentada ante sus semejantes, apaciguándolos con su falta de carácter, el mamón se crece, como si la grandeza de los poderosos se le pegara a fuerza de lengüetazos, y actúa cotidianamente de forma soberbia y fanfarrona. Donde uno recibe el desprecio del público, el otro gana su abierta hostilidad. Si pensáramos en símiles políticos, el mamón podría ser un hipotético ex jefe de gobierno con abdominales de chocolatina y una mueca por sonrisa, y el lametraseros se reflejaría en un ficticio presidente cuyos antepasados pudieron dedicarse a la manufactura de calzado.

El español, sumergido en valkores heteropatriarcales, ve mejor la actitud del mamón, por su relación (aunque sea oral) con los atributos masculinos, mientras que al servil puro se le adjudica la tarea humillante de mantener lustrosos los traseros. Esta valoración es errónea ya que ambas actitudes reflejan a personas acomplejadas y sin peso, sólo que unos disfrazan su vaciedad con grandes voces y los otros se esconden bajo un barniz de falsa bondad, lo que, a mis ojos, los hacen merecedores de similar rechazo.

El CAPULLO, al contrario que el mamón, no suele actuar de forma servil, pero comparte su actitud ufana e hinchada. Un capullo tiene de sí mismo una imagen desmedida y la muestra a todas horas, como si su ego fuera una condecoración. Podemos ver magníficos ejemplos en los círculos artísticos, ya que muchos autores esconden la inanidad de su obra construyéndose una fachada de excentricidad tras la que no hay más que aire caliente. No es raro que el capullo quede avergonzado para regocijo del público, pero en vez de aprender una lección de humildad se limita a remendar los restos del disfraz y continúa su camino como si nada hubiera pasado.

Muy parecido es el GILIPOLLAS, pero éste resulta menos ampuloso en sus maneras y el ridículo le llega por circunstancias ajenas o exceso de énfasis. El gilipollas actúa movido por su entusiasmo, incluso lleno de buenas intenciones, pero sus limitaciones, el azar, o la pura mala suerte le dejan en evidencia, paralizado, sin reaccionar, es decir, como un gilipollas. Para entender mejor su modo de empleo basta recordar cierta tonadilla de Javier Krahe:

Y entré con el salero
al comedor de Marieta
la bella, la traidora
ya estaba acabando el flan

Y yo allí con la sal
como un gilipollas, madre
Y yo allí con la sal
como un gilipollas


Hay quien considera malsonante el término y prefiere símiles como gilipichis o gilipuertas, pero ninguno alcanza la sonoridad rotunda de la elle entre dos vocales abiertas. Además el gilipollas suele ser en el fondo una persona entrañable, cual mascota gorda y torpona a quién es imposible querer mal, así que apenas se puede considerar que esta palabra sea realmente un insulto.

Para cerrar este apartado, quiero mencionar el uso admirativo de estos términos, algunos como superlativos (mamonazo, cabronazo). Muestran sorpresa y asombro a la vez que desagrado, como cuando alguien detestable logra salir con bien de una situación imposible, lo ha logrado el muy hijo de puta, o evidenciando nuestra envidia ante logros supuestamente inmerecidos, ¡Qué mamonazo! ¿como lo habrá conseguido?. Lo que viene a demostrar, por desgracia, que la mayoría de las buenas personas, en el fondo, lo son porque no se atreven a seguir sus instintos, y si tuvieran un ápice de valor se comportarían como verdaderos cabronazos.

domingo, 23 de mayo de 2010

Breve guía del improperio (I)

El castellano es un idioma visceral, muy dado al comentario seco y tajante. Quizás por eso nuestro vocabulario incluye una rica y florida colección de improperios cuyo uso va más allá de la agresión verbal. Empleamos improperios para ofender a un mentado, bien es cierto, pero también (feliz paradoja) para alabarle o describirle, para subrayar la importancia de una acción o simplemente como refuerzo sonoro a nuestra oratoria.

El improperio, como la mayor parte de nuestro legado lingüístico, vive tiempos difíciles. Se usa de forma incorrecta, en situaciones inadecuadas, y su rica diversidad se ve menoscabada, ya que tres o cuatro términos monopolizan toda su área de trabajo. Dado que los medios de comunicación no hacen sino exacerbar esas tendencias y la Real Academia no presta la debida atención a este tesoro cultural, creo llegado el momento de ofrecer al lector una adecuada guía de términos ofensivos y malsonantes, en la confianza de enriquecer nuestro habla cotidiana y preservar nuestra herencia.

Analizaré primero los epítetos clásicos, en principio los de menor carga dialéctica. Sólo referiré aquellos que aluden a la capacidad intelectual del afectado, ya que las ofensas relacionadas con el aspecto físico no merecen la menor atención: los que como yo nos asomamos con prudencia al espejo por las mañanas sabemos que la belleza es pasajera e intrascendente y su reparto resulta notoriamente injusto.

Empezaré por el que podría ser considerado como el insulto medio del castellano, TONTO (-A) y sus sinónimos tontaina, tontaco y tontorrón. Describe a la persona falta o escasa de entendimiento. El tonto es un ser limitado, que no ve más allá de la superficie de las cosas, lo que le hace susceptible de burla y engaño. Pese a la afirmación de que tonto es aquel que hace tonterías, lo cierto es que el tonto suele ser consciente de su condición, lo que le lleva a la prudencia: de ahí la abundancia de tontos muy listos.

Su diminutivo (tontito-a) tiene un matiz cariñoso, siendo muy usual su empleo en familia o dentro de una conversación de pareja. El aumentativo (tontísimo) no aporta gran cosa en cuanto a contenido pero tenemos una amplia familia de términos compuestos que magnifican la condición del tonto. Los hay para todos los gustos (tontolanona, tontolapolla…) pero los más característicos son

    – Tontolaba: tonto de categoría superior, incapaz de apercibir la realidad que le rodea.
    – Tontolculo: tonto muy, pero que muy muy tonto.
    – Tontoloscojones: tonto en grado superlativo, cuya tontería roza ya lo congénito.

Por debajo del tonto nos encontramos con un falso sinónimo, el IDIOTA. Este término designa una limitación que va más allá de la simple falta de raciocinio. La idiocia, de hecho, fue clasificada en otros tiempos como un problema mental, y en años realmente tristes se empleó como justificación de políticas eugenésicas. Debido a ello, es un término que, personalmente, prefiero no usar.

BOBO es un sinónimo casi perfecto de idiota, que suple su escasa musicalidad con la contundencia de la doble o. Además es un improperio realmente breve, siendo superado en cortedad sólo por su homónimo francés, Sot, un término admirable, empleado con gran elegancia por el Cyrano de Rostand


Voilà ce qu’à peu près, mon cher, vous m’auriez dit
Si vous aviez un peu de lettres et d’esprit
Mais d’esprit, ô le plus lamentable des êtres,
Vous n’en eûtes jamais un atome, et de lettres
Vous n’avez que les trois qui forment le mot : sot !


Más allá del idiota o bobo están los términos relacionados con las carencias intelectuales severas, encabezados por el desagradable epíteto subnormal. Dado que esta palabra se aplicaba antaño a personas con graves discapacidades es preferible evitar su uso y el de sus sinónimos (como el infamante mongol). En su lugar propongo un neologismo felizmente acuñado por los geniales Gallardo y Mediavilla en su inmortal obra Makoki en Niu Yos: INNORMAL.

Si volvemos al centro de nuestra escala y subimos un peldaño por encima del tonto nos daremos de bruces con el PARDILLO, personaje que podríamos describir como aquel que, no siendo demasiado tonto, se cree mucho más listo de lo que es, Hablamos pues de la víctima perfecta para charlatanes, sacacuartos y otras gentes de escasos escrúpulos. Esta incapacidad para percibir adecuadamente la propia limitación hace que el pardillo, siendo algo más inteligente que el tonto, sufra con mucho más rigor los problemas derivados de su condición.

Aún más grave es la situación del ESTÚPIDO, que podríamos describir como la persona que no es especialmente tonta pero cuyas acciones, elecciones y decisiones son estúpidas, es decir, contrarias al sentido común. Si pensamos en términos televisivos, el actor Benny Hill solía encarnar personajes tontos, mientras que el Mr. Bean de R. Atkinson encaja en el perfil del estupido.

La estulticia es independiente de las cualidades intelectuales del sujeto, ya que se puede ser una eminencia en varias especialidades del conocimiento sin dejar de ser un completo estúpido. La gravedad de esta condición radica en que causa daños de forma aleatoria e imprevisible: el dolo que sufre el pardillo beneficia al que le engaña, pero el del estúpido no genera beneficio alguno. Un estúpido puede generar un desastre que afecte a todos sus conocidos sin obtener ningún beneficio de ello, y en general perjudicándose a sí mismo por el camino. Y lo hará sin premeditación o malicia, con la mejor de las intenciones y sin aprender nada de sus errores, es decir, estúpidamente*.

En el extremo superior de nuestra escala está el IMBÉCIL. Podría parecer una persona de la misma categoría que el estúpido, pero va un poco más allá, porque el imbécil es aquel que actúa de forma estúpida pero no sufre daños propios o no es consciente de los mismos. Hablamos del bocazas que nos avergüenza públicamente, el impresentable que publica en internet las fotos que creíamos felizmente perdidas, el fantasmón que suelta el volante para que todos vean lo firme que es la dirección de su coche, el gracioso que apunta a todos sus amigos a la lista de correo de una web de zoofilia… Esta persona no se considera perjudicada por las consecuencias de sus actos y si encuentra alguna causa de diversión en ellos va creciéndose hasta convertirse en un genuino elefante en cacharrería o trata de perfeccionar su arte, degenerando en bufón o payaso.

A largo plazo, empero, el imbécil es menos lesivo que el estúpido, ya que la evidencia (para los demás) de su condición y el exacerbamiento de sus acciones le lleva a sufrir el ostracismo social o a acabar rodeado por sus semejantes, en tunas universitarias, peñas deportivas, clubs de fans y otros asociaciones de mal vivir, donde su imbecilidad no destaca demasiado dentro del promedio.

*Para los que deseen profundizar en este espinoso tema recomiendo encarecidamente la lectura de Las leyes fundamentales de la estupidez humana, de Carlo M. Cipolla.

sábado, 15 de mayo de 2010

El castellano es machista

Me duele decirlo porque el castellano es un idioma bello, exacto y elegante, pero no podemos cerrar los ojos: es machista hasta grados enervantes.

Podemos verlo en algo tan anodino como la formación del plural en pronombres y determinantes. Si un conjunto incluye miembros de ambos géneros su plural, indefectiblemente, es masculino. Es decir: si formamos parte de un grupo constituido por mil mujeres y un hombre, debemos pensar en nosotros. Esa es, por cierto, la causa de que los gentilicios se definan  como masculinos (los alemanes, los lucenses, los alfacentaurinos…) con la excepción del mítico pueblo de las amazonas, ya que según la leyenda no había hombres en sus tierras.

Un caso similar se da en las denominaciones profesionales. Antes las profesiones estaban separadas por sexos pero hoy ya no son exclusivas. La mayoría de las masculinas siguen siéndolo (piloto, médico…) pero se buscan eufemismos para los oficios femeninos cuando los ejercen hombres (no hay azafatos, sino asistentes de vuelo).

En una ocupación tradicionalmente femenina como la cocina se usan ambos géneros pero se ha añadido un extranjerismo masculino para señalar la categoría más sublime. La mujer sigue siendo cocinera, pero el artista de los fogones, la estrella, es el chef, puesto ocupado en un 99'9% de los casos por hombres.

Pero si hay una trinchera donde ha encontrado refugio el machismo carpetovetónico es el habla popular. Algo bueno es cojonudo, algo caro vale un huevo, algo soso o molesto es un coñazo, un hombre acobardado es una nenaza o un pichafloja, los valientes le echan cojones y aquello que merece destacarse es la polla. El mejor ejemplo lo encontremos en los términos relativos al oficio más antiguo (y denostado) del mundo

ZORRO: Espadachín californiano enmascarado y justiciero.
ZORRA: Puta.

PERRO: Mejor amigo del hombre.
PERRA: Puta.

TROTÓN: Caballo adiestrado para el paso corto y veloz.
TROTONA: Puta.

BUSCÓN: Pícaro, hombre que se busca la vida.
BUSCONA: Puta.

AVENTURERO: Osado, valiente, arriesgado, hombre de mundo.
AVENTURERA: Puta.

CUALQUIER: Fulano, Mengano, Zutano, y tantos otros.
CUALQUIERA: Puta.

HOMBREZUELO: Hombrecillo, varón mínimo o pequeñito.
MUJERZUELA: Puta.

MANCEBO: Hombre joven y soltero
MANCEBA: puta.

GOLFO: Masa de agua marina parcialmente rodeada de tierra.
GOLFA: Puta.

PUTIN: Honorable jefe del estado ruso.
PUTINA: putilla.

HOMBRE PÚBLICO: Personaje prominente.
MUJER PÚBLICA: Puta.

MI JEFE: Hombre situado jerárquicamente por encima mío.
MI JEFA: Menuda puta ¿Cuantas pollas se habrá comido para que la asciendan?.

HOMBRE QUE COBRA DINERO A CAMBIO DE SEXO: machote, campeón, pichabrava, huevos de oro, supermán, torero ¿Cuál es tu secreto, oh maestro?
MUJER QUE COBRA DINERO A CAMBIO DE SEXO: Puta.

Creo que mi argumentación está sobradamente demostrada así que no añadiré más. El machismo es un problema real de nuestra lengua y debemos hacer todo lo posible por corregirlo. La solución pasa por dejarnos de remilgos y usar la educación y el sentido común, cambiando no tanto nuestros hábitos de hablar como nuestra forma de pensar, porque el habla, después de todo, refleja nuestro interior.

El sentido común por desgracia escasea, y el afán por la corrección política ha llevado a extremos tan cursis como el deleznable intento de una formación política de promover la conversión de la partícula @ en una vocal transgenérica. Aún más lamentable es la decisión por parte de la Academia de feminizar términos como presidente o líder, que no son masculinos, ya que señalan a la persona que realiza una acción indepedientemente de su sexo. Una mujer que preside, asiste o lidera es una presidente, una asistente o una líder.

Aún peor es ver como lo que para el llorado Tierno Galván fue una broma (aquel célebre jóvenes y jóvenas) ha cobrado peso y notoriedad en boca de nuestros representantes, que sienten la necesidad de duplicar el sujeto de sus frases para hacerlas (en su limitado entender) más inclusivas y evitar ofensas o desaires imaginarios.  Y así en las campañas electorales (uno de los momentos en los que el idioma sufre más patadas) oímos florituras como:

… queridos compañeros y compañeras … correcto pero innecesario, si no es posible calcular la proporción de sexos el uso del os es adecuado y no resulta discriminatorio.
…queridos asistentes y asistentas… juro que oí esa expresión en boca de un conferenciante hace cuatro años, por desgracia nadie debió grabarlo para subirlo a YouTube.
 … queridos miembros y miembras … mi favorita: si al menos fuera miembros y vaginas la terminología sería correcta aunque innecesariamente descriptiva, pero no, sueltan el miembras y hasta se les ve felices usándolo.

Por si alguien lo ignora, sólo apuntaré que ¡¡¡¡¡¡NO EXISTEN LAS MIEMBRAS, PEDAZO DE GILIPOLLAS!!!!!!

Señores académicos y políticos, no dudo de su buena fe e intenciones (miento: dudo, y mucho) pero sus iniciativas sólo añaden confusión y descrédito a nuestra gramática. La lengua tiene vida propia y no puede cambiarse a golpe de decreto. Si quieren ayudarnos a liberar al castellano de su lado oscuro, prediquen con el ejemplo, si es que son capaces.

Podríamos terminar aquí este tema, pero no quiero dejar de hacer notar algo a aquellos que, como vimos más arriba, asocian en su boca el valor con la masculinidad. Si los hombres tuviéramos que parir la humanidad se habría extinguido en el neolítico, salvo que la epidural se hubiera descubierto a la vez que el fuego. Antes de usar los genitales como medida de todo lo bueno deberíamos pensar quién se ha encargado de mantener en marcha el mundo mientras nosotros nos colgábamos las medallas, porque por mucho que pese a algunos, no hay marcha atrás, y puede que lo próximo que nos cuelguen del cuello sean nuestras pelotas cortadas.

Merecidamente cortadas, dicho sea de paso.

jueves, 13 de mayo de 2010

Algunas recomendaciones (II)


La antropología es un campo de estudio fascinante, pero algunas escuelas de pensamiento (como la dualista francesa de Levy-strauss) me resultan demasiado artificiosas: sus conclusiones son atractivas pero la argumentación está, a mi entender, muy traída por los pelos. Yo me inclino por el materialismo puro y duro, y en esa línea lo más recomendable es la obra de Marvin Harris, el mascarón de proa de la antropología cultural. Sus trabajos duros, como Introducción a la antropología general y Muerte, sexo y fecundidad (Alianza Universidad) resultan fascinantes, pero creo que para aquellos que empiezan es más práctico hacerse con sus obras de divulgación general, especialmente  Caníbales y Reyes, Bueno para Comer y el más célebre, Vacas, cerdos, guerras y brujas (Alianza Bolsillo). Harris analiza fenómenos sociales usualmente asociados a la espiritualidad, o vistos como aberraciones desde un punto de vista occidental, y los explica en base a argumentos puramente materiales, interpretando el comportamiento como parte de la relación entre una cultura, su medio ambiente y sus formas de producción, y separando claramente lo que la gente hace de lo que la gente dice que hace. Algunos de sus puntos de vista resultan muy polémicos y tal vez sean demasiado extremos, pero además de amena, su lectura es muy, muy fructífera.

Las ciencias sociales, pese a lo que muchos creen, son ciencias naturales, y la mejor prueba de ello es la obra de Desmond Morris, un etólogo que sacudió el mundillo académico a finales de los 60 con El Mono Desnudo y El Zoo Humano (Ciencia DeBolsillo), dos brillantes análisis del ser humano desde el punto de vista de un zoólogo. Su obra posterior está repleta de titulos interesantísimos pero yo destacaría uno que puede verse todavía en los saldos del VIPs y tiendas similares: El Cuerpo al Desnudo, un repaso de la anatomía humana, desde la cabellera a los pies pasando por los genitales, exponiendo las implicaciones sociales y culturales de cada una de las partes de nuestro cuerpo (por ejemplo la oronda barriga de un hombre mayor como símbolo de su respetabilidad social)

Para abrir boca en las ciencias duras el autor más recomendable es, quizás, Roger Penrose. La Nueva Mente del Emperador (Mondadori) y Lo Grande, lo Pequeño y La Mente Humana son títulos ideales para echar un vistazo al fascinante mundo de la física moderna. Penrose no trata de rebajar su nivel para hacerse más accesible al público, por el contrario logra auparnos a nosotros mediante un lenguajes directo y sencillo. Exige un esfuerzo a sus lectores y les recompensa sobradamente.

La física puede ser, pese a todo, un tanto árida si no se entiende previamente cómo funciona realmente la ciencia, y Peter Medawar es la persona indicada para enseñárnoslo. Medawar es un Popperiano duro y agresivo, con una pluma seca, exacta y muy afilada. Cualquiera de sus obras es recomendable pero yo elegiría El extraño caso de los ratones moteados (Crítica–Drakontos) y Los límites de la ciencia (FCE).

Otro magnífico filósofo de la ciencia es el matemático Martin Gardner. Pese a los años transcurridos desde su publicación, La Ciencia, lo bueno, lo malo y lo falso (Alianza Bolsillo) no debería faltar en la librería de ningún escéptico, y Ciencia o Vudú de Robert Park (Grijalbo) sería un excelente complemento.

Finalmente voy a romper una lanza por un libro poco conocido. Se trata de Desde la Nada, de Gerd Binning (Galaxia Gutenberg). Partiendo de sus investigaciones sobre la microscopía de túnel, que le supusieron un Nóbel de Física, Binning se adentra tanto en el azar del mundo natural como en el funcionamiento de nuestra mente para ilustrarnos sobre los caminos de la creatividad, los terrenos que la hacen brotar y los modos de alimentarla y evitar su decaimiento. Un trabajo fascinante que para mí supuso una verdadera iluminación.

Terminaré con un consejo: siempre que sea posible hay que buscar las fuentes originales. Gracias a la red hoy es posible consultar casi cualquier información en cuestión de minutos, así que si os llama la atención una afirmación sobre, por ejemplo, la obra de Darwin, no debéis limitaros a creerla y asentir: buscadla, contrastadla y analizadla vosotros mismos: el conocimiento se basa en el pensamiento crítico, no en la fe, y hoy en día tenemos a nuestro alcance herramientas más que suficientes para poner a prueba nuestro intelecto y disfrutar con él.

Poco más puedo decir: hay centenares de autores y miles de obras a nuestra disposición, así que si con esta breve selección logro despertar vuestro apetito, no dudéis en lanzaros al banquete. Y si algún otro título os llama la atención, por favor, hacédmelo saber, a ver si podemos organizar un buen debate al respecto.

martes, 11 de mayo de 2010

Algunas recomendaciones (I)


Un amiguete me ha recomendado añadir un breve diccionario cuando haga una entrada sobre paleontología para que todos sepan de qué leches estoy hablando. Dado que el espacio requerido haría que mis textos, de por sí largos, se volvieran inacabables, creo que es mejor ofrecer algunos consejos para aquellos que quieran meterle el diente a la ciencia sin renunciar al placer (el de la lectura, los otros placeres son asunto de cada cual y sus circunstancias).

Empezando por la paleontología, Dinosaurios, señores del pasado de Jose Luis Sanz (Martinez Roca) es una buena guía para no perderse en la maraña de fósiles que tanto amamos los paleofrikeros. Si el lector prefiere libros profusamente ilustrados tenemos el Larousse de los dinosaurios, iluminado por el genial Raul Martín. Y en la misma colección podemos encontrar el Larousse de los mamíferos, con dibujos de otro de los grandes, Mauricio Antón.

Para los que como yo gustan de rebuscar en tenderetes de ocasión y libreros de viejo, propongo el reto de capturar el clásico de Adriand Desmond Los dinosaurios de Sangre caliente (mi ejemplar es de P&J, colección Muy Interesante). Para abrir boca, sólo diré que sin este libro Jurassic Park jamás hubiera existido.

Si queréis iniciaros en el campo de los antepasados del hombre, debo deciros que el yacimiento de Atapuerca es la envidia de todos los paleoantropólogos del mundo y Juan Luis Arsuaga, el director de las excavaciones, nos ha ofrecido un buen número de títulos en los últimos años. Yo me quedo con el primero, La especie elegida y (Temas de Hoy), una excelente introducción a nuestros orígenes, de lectura fácil y adictiva.

Ahora bien, si sentís curiosidad por la vida realmente antigua, tan lejana en el tiempo que a nuestros ojos parecería alienígena, la cita obligada es La vida maravillosa, de Stephen Jay Gould (Crítica, col. Drakontos). Stephen, seguramente el mejor divulgador de los últimos 50 años, aprovecha la revisión que se hizo en los 80 de las asombrosas criaturas de Burguess Shale para presentarnos la historia de cómo un descubrimiento increíble pasó desapercibido durante medio siglo, y de qué forma ha cambiado nuestra visión de la vida en ese tiempo. Añadámosle la descripción de los seres más asombrosos que se pueda imaginar y tendremos una obra que, pese a haber sido rebatida en alguna de sus conclusiones, sigue siendo un libro bello e imprescindible.

De cara a introducirse en el apasionante mundo de las ciencias naturales, cualquiera de las recopilaciones de ensayos de Gould son un gozo para cualquier lector. Es un autor ameno sin dejar de ser riguroso, y con las excepciones de los ensayos dedicados al beisbol (su gran pasión aparte de los fósiles, pero un tanto lejana para nosotros) te atrapa de principio a fin. Yo recomiendo empezar por El Pulgar del Panda, pero en Drakontos podemos encontrar otras ocho recopilaciones, todas muy interesantes. En ellas podemos encontrar temas tan dispares como el sexto dedo de los pandas, el verdadero color de las cebras,  la extinción del límite KT, revisiones de casi todos los mitos científicos, cómo perdió su nombre el brontosaurio, la historia evolutiva del pato Donald y las barras de chocolate con almendras o porqué el ordenador que estoy usando tiene un teclado qwerty.

Ahora bien, si el cuerpo nos pide marcha, lo que necesitamos es darle una lectura a Richard Dawkins, el líder (nunca espiritual, siempre al pie del cañón) del materialismo científico moderno, martillo de mendaces, fanáticos y estultos.  Pese al tiempo transcurrido desde su publicación, El Gen Egoista y Escalando el monte improbable (Tusquets, pero hay una edición más moderna en Salvat) (siguen siendo piedras de toque de la biología moderna y la selección natural tal y como se plantea hoy en día. Y no todo es ciencia, porque nuestro mentor no duda en sacarles los colores a teólogos y beatos en El espejismo de Dios (Espasa), una de las obras serias más divertidas y agresivas que he leído en años. Como dice Dawkins, los teólogos no sólo han sido incapaces de demostrar la existencia de DIos: ni siquiera han podido demostrar que sea un buen tipo.

De momento paramos aquí. El próximo día añadiré algunos títulos más de otros autores que han logrado que la lectura científica sea un gozo y (en mi caso) un verdadero vicio.

Se aceptan sugerencias: si las he leído, caerán.

sábado, 8 de mayo de 2010

Mis problemas con las mujeres


Cierta vez mi amiga S se me quedó mirando y me dijo José, tu problema es que te gustan las mujeres. Años después me aclaró que quería decir que me gustaban más que a un tonto un lápiz, pero el daño estaba hecho: esa frase me hizo pensar en mi relación con las féminas y los problemas que me aparejaban.

Vale, me gustan las mujeres. Como a la mayoría de hombres ¿no? Pues no. Observando a mis conocidos (sí, observo, uno es así de raro) vi una diferencia básica. Mis amigos, como yo, hacían todo tipo de majaderías a la hora de intentar llevar al huerto a alguna moza de buen ver. Había, eso sí, un matiz, y es que en general a ellos les funcionaba, pero era tan sólo una cuestión de habilidades sociales y aspecto físico. Servidor era un tímido compulsivo que disimulaba el pánico con crisis de logorrea, de apariencia poco impresionante y discutible gusto en el vestir.

No guardo rencor a mis conocidas por su falta de interés en mi persona, porque yo tampoco lo hubiera sentido, pero las escasas (contadas con una mano) que sí se interesaron tienen mi eterno agradecimiento. Salvo una, pero esa es otra historia.

La diferencia real era otra: a mis amigos les molaban las tías, pero resueltos los asuntos íntimos, lo que viene a ser mojar el churro, su interés desaparecía y era reemplazado por una fuerte tendencia al gregarismo masculino. A la hora de salir de copas, ir al cine, jugar una partida de cartas… en resumen, para cualquier actividad que no incluyera el sexo a mis amigos les gustaba estar con hombres. Y a mí no.

Disfruto mucho con mis amigos en petit comité. Pasar una tarde con J, P o L es genial: charlamos, debatimos, nos indignamos… recuerdo con placer una noche con mi impresentable amigo El Primo, durante la cual apuramos una botella de Soberano a fuerza de colacaos y en la que la conversación derivó de la economía mundial a la extinción del Cretácico pasando por las costumbres bosquimanas. Y las tardes de mus, repletas de malsonancias y amenazas a la integridad anal de los presentes a medida que las cartas se calientan son una pura delicia. Pero cuando la cifra de asistentes supera un límite me siento incómodo. A ellos no: más tíos suman más gritos, más becerradas y más juerga.

Pensemos en el espectáculo de los deportes de equipo. Hasta dos docenas de hombres viriles y sudorosos ataviados con ropas que muestran sus musculosas extremidades compiten con mucho contacto físico por meterla y cuando la meten son ovacionados por miles de gargantas masculinas mientras sus excitados compañeros se arraciman sobre ellos en un alegre gangbang deportivo. ¿Y un buen concierto de Heavy? Tíos aullando mientras un machote de ceñidos pantalones frota con furia un instrumento fálico que vibra enloquecidamente.

Tras estudiar a mis amigos íntimos, a mis amistades más livianas y a mis compañeros de universidad, mili y curro llegué a una conclusión: a los hombres no les gustan las mujeres.  Les gusta acostarse con ellas, pero no su compañía. Para la mayoría de mis conocidos el Edén sería un mundo de hombres en el que las mujeres estuvieran en algún lugar alejado y sólo aparecieran de cuando en cuando con actitud de gheisas. Es más, si no fuera por la cobardía masculina ante el dolor (todos presuponen que la primera vez escuece un montón) muchos se habrían pasado al otro lado de la calle.

Mi caso es el contrario. Las aglomeraciones masculinas me agobian, los deportes de equipo me aburren y con tres excepciones (que sospecho comparten mis puntos de vista) mis mejores amistades son mujeres. Me resulta más fácil bajar barreras cuando estoy con una mujer y después de mi dueña la persona que mejor me conoce es una chica con la que sumo ya 26 años de amistad. No es la única: conservo una buena relación con todas las amigas que hice de joven y en general me es más fácil conectar con una mujer en cualquier ámbito (laboral, académico, social…).

Hay mujeres tan estúpidas como cualquier hombre estúpido, pero en igualdad de condiciones colaborar con una mujer es más enriquecedor, quizás porque ellas tienen que esforzarse el doble para obtener el mismo reconocimiento que un hombre. Y no sólo en el aspecto laboral: una tarde de copas, una conversación, incluso un simple paseo resultan mucho más agradables. Supongo que mi escasa presencia física juega a mi favor: no supongo una amenaza viril, con lo que la relación fluye de forma relajada y fructifica.

Relajada por parte de ellas, porque además de gustarme su modo de funcionar, encuentro atractivas al 75% de las mujeres comprendidas entre los 18 y los 60. Y no porque sean guapas o estén macizas: recuerdo a una chica, MJ, que podía resultar físicamente invisible, pero cuando reía parecía iluminarse y yo no podía dejar de mirarla. Unas me atraen por su manera de moverse, por su desparpajo o su mala leche, otras por su estilo de vestir  o porque nos hemos mirado al cruzarnos en la calle y ya no se me va su imagen de la cabeza en horas. Si a eso le añadimos que en este país más de la mitad de las mujeres son objetivamente muy guapas, puedo decir que vivo en mundo maravilloso pero estresante.

El asunto supera la atracción sexual o la amistad. Siento envidia: veo a una mujer, me veo a mi y la comparación es desoladora. Están mucho mejor diseñadas y tienen unos acabados más cuidados. Los genitales masculinos cuelgan de mala manera y estorban al andar, los femeninos están perfectamente integrados e incluso los pechos, si no son demasiado grandes, se ajustan estupendamente al perfil del cuerpo. En cuanto a los aspectos puramente sexuales tengo la sospecha (miento: el absoluto convencimiento) de que el orgasmo masculino es una mierdecilla y en una buena follada ellas se lo pasan mucho mejor que nosotros. Si le añadimos el superpoder de hacer niños, los hombres somos humanos de segunda regional.

Una vez soñé que era mujer. En mi sueño me ligaba a un macizo (por suerte desconocido) y me lo follaba. Me desperté en un estado de avanzada confusión emocional: si creyera en el psicoanálisis diría que en ese momento era pura carne de diván. A veces tengo la sospecha que más que un heterosexual soy un homosexual al cuadrado: una lesbiana perdida en un cuerpo equivocado.

S tenía toda la razón: me gustan las mujeres, y mis problemas con ellas se resumen en uno: que yo no lo soy.

lunes, 3 de mayo de 2010

Sobre fósiles, coños y fenicios

Si hay una letra que caracteriza a nuestro idioma, es sin duda la eñe. Una consonante única que da sonoridad a términos tan elegantes como cáñamo, ñandú, entraña, cañaveral o añoranza, siendo ésta una de las palabras más bellas de nuestra lengua, sólo inferior a esperanza porque una habla de pérdida donde otra dice ilusión. Pero no trataré sobre estos vocablos, sino sobre otro que, pese a su popularidad, ha sido ignorado por los literatos y maltratado por los académicos. Me refiero al humilde pero directo coño.

Leyendo un ensayo de Stephen J. Gould, conocí la existencia de los histerolitos. Estos fósiles son los moldes internos de unos braquiópodos con una curiosa marca en forma de vagina. Gould mencionaba que un autor francés trató de reemplazar el prefijo griego por el latín cunnus ( llamándoles coñolitos) pero la idea no cuajó. Yo debía estar muy espeso ese día porque tardé un tiempo en darme cuenta que coño debía ser una palabra muy antigua.

Rememorando mi escaso latín sólo fui capaz de recordar vulva, pero indagando un poco vi que cunnus era empleado por la gente de baja extracción social, mientras que vulva era preferido por las personas de calidad. A los que han sufrido a Cicerón no les sorprenderá mi felicidad al saber que una palabra tan maja tenía origen plebeyo.

¿Y de dónde sale cunnus? No hay un acuerdo al respecto, porque los filólogos son un tanto rancios y prefieren debatir sobre temas más sesudos, pero podría ser una forma abreviada de cuniculus, es decir, conejo. Este símil de los genitales femeninos no es exclusivo del castellano ya que, en un cuento de las Mil y Una Noches unas muchachas y un palafranero usan el término conejo sin orejas. La comparación, dicho sea de paso, parece deberse por un lado al mechón de vello que adorna el monte de Venus, y por el otro a que el glande del clítoris, al excitarse, asoma como haría un conejo por la puerta de su madriguera.

Si cunnus deriva de cuniculus, su origen sería entonces peninsular, porque los romanos sacaron su vocablo del ibero kyniclos (fue en Hispania donde los latinos toparon con el orejoncete). Eso convertiría a coño en la más española de las palabras.

Una pequeña disgresión: se dice que los romanos llamaron a la península Hispania por sus muchos conejos, pero ese nombre no viene de kyniclos o cuniculus, ni del griego orycto así que ¿de donde procede?

Según los lingüistas, viene de los fenicios, pero éstos no tenían nombre para el conejo, pues no los había en Tiro. En cambio conocían unos animales que resultan bastante parecidos, llamados damanes (se les menciona en la Biblia como carne prohibida). En fenicio, damán es spn (las lenguas semíticas no usaban vocales, sólo escritura consonante) y su sonido vendría a ser sphan. El plural es spnm y se pronunciaría sphanim. Tierra de damanes sería I-spnm, y sonaría Isphanim. Luego quizás nuestro país deba su nombre a una confusión zoológica.

Es una lástima: si los romanos hubieran llamado a nuestro país cunicunnia puede que nuestro gentilicio fuera coñogurritanos y nuestros antepasados no se habrían tomado la vida tan en serio.

De cualquier forma, coño es un término repleto de historia, con parientes tan nobles como el gallego cona y el francés cun. Hay quien prefiere usar eufemismos, como una autora de novela romántica cuya protagonista se estremecía mientras su amante bebía del cáliz de su amor. Ya conocéis mis opiniones al respecto ¿Tan difícil era decir que la gustaba que la comieran el coño?

Hay sinónimos como chocho, chichi, quiqui, chumino, almeja o su derivado platense, concha, todos muy válidos, pero no acaban de complacerme. Muchos se apoyan en la che, que carece del sabor y la españolidad de la eñe. Además chocho y sus derivados comparten la limitación de conejo, ya que usan una parte, el clítoris, para designar el todo (para los ignaros, un chocho es una pepita de altramuz). En cuanto a almeja o concha, me temo se relacionan con la falacia del olor. Y digo falacia porque una vagina cuidada desprende una fragancia almizclada, intensa pero agradable, que en nada recuerda a un alimento en mal estado. Por todos esos motivos yo me quedo con coño.

Y aquí viene mi protesta. Coño tiene muchos empleos loables. Se usa en exclamaciones de sorpresa agradecida,  ¡Coño…!, como sugerencia de misterio,  ¿Qué coño hay ahí? , o como sinónimo de broma o chanza (el que hace coñas es un coñón). Pero ¿cómo pueden convivir estos usos con una definición repleta de vileza? Porque si aplicamos el diminutivo tenemos coñito, una palabra preciosa, que retrata un coño pícaro, coquetuelo, bien arreglado, promesa de alegrías presentes y futuras… pero el superlativo es coñazo, y el diccionario nos tira un cubo de agua helada: cosa latosa e insoportable.

¿O sea, que si algo es fantástico es la polla o cojonudo, pero si molesta es un coñazo? Señores de la RAE, esta definición es un baldón sobre nuestra lengua, una infamia que nos recuerda un pasado de machismo y opresión, y merece ser erradicada. No me vengan con excusas protocolarias, porque si en nombre de la corrección política se han perpetrado desgracias tan lamentables como presidenta o lideresa mucho más urgente es desterrar la misoginia del lenguaje coloquial. Usemos muermo, tostón o peñazo, pero dejemos en paz al coño.

Todos nacimos mediante un coño y le debemos respeto, agradecimiento y cientos de horas de sana diversión. Por lo que a mí respecta, no pienso avergonzarme ni usar sinónimo alguno, porque es palabra breve, concisa y musical, y no conozco modo más noble de llevar una eñe a la punta de mi lengua.

sábado, 1 de mayo de 2010

¿Y por qué Episcophagus?

Me he decidido a escribir esta entrada porque más de uno se habrá preguntado él porqué del nombre de este blog. (también pueden haberse hecho preguntas sobre el precio de los berberechos, o sobre nada, pero ese es su problema, no el mío). La explicación es muy simple: es un homenaje a uno de mis héroes científicos.

Entre otras cosas el darwinismo sorprende por la incendiaria rapidez con la que la teoría de la selección natural se expandió por Europa y América y el impacto social que trajo aparejada. Unas décadas atrás la tesis adaptacionista de Lamarck pasó de puntillas sin provocar demasiado interés, y la enorme figura de Cuvier jamás  suscitó debates tan apasionados como los que tuvieron lugar tras la publicación de El Origen.

Suele aducirse que el avance de las ciencias naturales creó un ambiente propicio y bastaba que alguien encendiera una cerilla para inflamar el escenario. Esto es cierto, pero falta el factor humano: Darwin atrajo a una constelación de talentos fascinados por las puertas que les abrían las nuevas ideas. Fueron estos científicos, unos entusiastas, otros graves y solemnes, los que extendieron el fuego de la evolución. Hombres como Wallace, codescubridor de la selección natural y creador de la biogeografía, Hooker, que siguió el sendero abierto por Humboldt en los estudios sobre botánica, el ya maduro y consolidado Lyell, fundador de la geología moderna o Galton, el alegre primo de Darwin, que lo mismo componía una ópereta que se lanzaba a organizar detalladas estadísticas meteorológicas. Y entre ellos destaca el iconoclasta, intuitivo y deslenguado Thomas Henry Huxley.

La fama mediática de Huxley nació tras debatir en Oxford con el obispo Samuel Wilberforce, que (según la leyenda) le preguntó si descendía de gorila por parte de padre o de madre  a lo que el joven Thomas, tras murmurar  El señor le ha puesto en mis manos respondió Si debo elegir entre un simio o un hombre que emplea todas sus virtudes intelectuales para traer el ridículo a un debate científico, entonces sin duda prefiero descender del honrado simio. Es dudoso que estas palabras se pronunciaran, pero como bien sabían los romanos, lo grabado en bronce, permanece, y una placa inmortaliza ése debate como el instante en que la evolución ganó la batalla. Y si había alguien en Gran Bretaña capaz de hablar con esa determinación, ése era Huxley.

Donde Darwin, tímido y enfermo, elude a la prensa y Lyell trata de mantener las buenas relaciones, Huxley se lanza a la batalla sin mirar a los lados ni tomar prisioneros. Su lengua le gana un montón de enemigos, pero atrae la mirada de la prensa, que ve en el joven Bulldog de Darwin un valor seguro para llamar al público. Una lengua bien afilada a la hora de tratar con los que anteponen la Biblia a la ciencia.

Bajo la cuna de la ciencia yacen los teólogos extintos, como las serpientes bajo la de Hércules. Siempre que ciencia y ortodoxia se han enfrentado la última se ha visto forzada a huir, sangrando y rota, si no aniquilada, desarbolada cuando no muerta. El término librepensador le queda pequeño: es un materialista con ganas de pelea y no duda en  grabarlo en sus tarjetas de visita: Thomas H. Huxley, Episcophagus. El Devorador de Obispos.

No sólo enrojece las orejas de los clérigos. Es un científico de primer orden, dotado de una profunda intuición y libre de corsés ideológicos. Ante el fósil de Archaeopteryx, Huxley comprende que está viendo un dinosaurio emplumado luego las aves descienden de los dinosaurios. Una idea tan absurda a ojos de sus colegas que harán falta 120 años para reivindicarla. Richard Owen, cabeza de la ciencia victoriana, proclama que el cerebro humano es estructuralmente distinto al de los primates, pero Thomas no acepta el magister dixit y y analiza el encéfalo de nuestros parientes. El público sigue atónito en la prensa el Debate del Hipocampo: el pomposo Owen recibe un sonoro vapuleo en su campo de batalla preferido, la anatomía comparada, a medida que Huxley demuestra que las diferencias entre humanos y primates son de grado, no de estructura. El prestigio del Cuvier inglés no se recuperará.

La firmeza darwinista de Huxley no es la de un creyente ciego y no deja de señalar los puntos débiles que encuentra en las tesis de su mentor, ayudando en no pocas ocasiones a corregirlos. También se preocupa de diseñar nuevos programas de estudio que mejoren tanto la capacidad científica de las nuevas generaciones como su ética, para lo que no duda en echar mano incluso de la Biblia (curiosa paradoja en un personaje repleto de matices). Su propio compromiso materialista es firme y meditado. Ante el mazazo de la prematura muerte de su hija Marian rechaza con serenidad el fácil consuelo de los cuervos que pretenden aprovechar su dolor para devolverle al redil de la iglesia.

Hablando de iglesias, el feroz Thomas se permite el placer de ofrecer un epitafio personal a su viejo enemigo, el obispo Wilberforce, muerto al partirse el craneo tras caer de su caballo: Por una vez la realidad y su cerebro entraron en contacto, y el resultado fue fatal

Las siguientes generaciones aflojarán la mano, considerando que el Bulldog ha empleado demasiados esfuerzos en aplastar enemigos inexistentes. Hoy, por desgracia, podemos ver que Huxley no combatía molinos de viento. La irracionalidad sigue campando a sus anchas con los mismos sobados argumentos que Thomas procuró reducir a serrín, y aprovecha todos los resquicios que la pereza intelectual, la cortesía mal entendida y la corrección política dejan a su alcance para cubrir de ruido la voz de la razón. Necesitamos no uno, sino cien Huxleys con los colmillos bien afilados, que muerdan hasta el hueso a fariseos y estafadores.

Una recomendación antes de acabar. La obra de Huxley no se ha publicado en España, pero para aquellos que puedan bregar con el inglés, el proyecto Gutenberg tiene  disponibles la mayoría de sus obras, incluyendo varias colecciones de ensayos (imprescindibles) , sus análisis de El origen, y el trabajo sobre el cerebro de los primates, aunque debo reconocer que éste no interesará a nadie fuera de los aficionados a la anatomía comparada.

http://www.gutenberg.org/browse/authors/h