domingo, 29 de agosto de 2010

EL DARWINISMO Y LOS ÍDOLOS DEL MERCADO (II)

Además de no comprender la terminología científica más básica, los medios (y en consecuencia su público) tienen fijación por algunas expresiones, también mal entendidas, que suelen copar los titulares como si de mantras periodísticos se tratara.

El primero es  darwinismo. Dada la incapacidad de los informantes de ir mucho más allá de los primeros párrafos de la wikipedia, la imagen que recibe la sociedad es que los científicos siguen recitando los textos de Darwin a modo de Nuevo Testamento, y que El Origen de las Especies es una suerte de libro sagrado e inatacable. Al hacerlo ignoran que el propio Darwin reescribió y corrigió su obra en varias ocasiones. Tampoco suele mencionarse que en las primeras décadas del siglo XX el darwinismo como tal fue perdiendo influencia ante nuevas posibilidades como los estudios de Mendell e incluso el lamarckismo, que vivió un breve florecimiento antes de extinguirse. Sin embargo a medida que aumentaba el conocimiento sobre los mecanismos de la herencia la selección natural volvió a ser reivindicada

Lo que hoy en día llamamos darwinismo es es en realidad un Neodarwinismo o Darwinismo de Síntesis, un edificio cuyos cimientos son, en efecto, las ideas de Darwin sobre la selección natural, pero que incluye además elementos tan diferentes como la herencia mendelliana, la genética de poblaciones de Haldane y Fisher, la biogeografía de Wallace, el equilibrio puntuado de Gould y Eldredge, la selección a nivel de genes planteada por Dawkins… y lo que venga, porque la ciencia, al contrario que las creencias irracionales, no está fosilizada.

Precisamente el término fósil unido a la palabra hallazgo suele cortocircuitar los cerebros de las redacciones, ya que ante cualquier descubrimiento de interés (un dinosaurio o un homínido, para los periodistas el resto de los seres vivos no cuenta) nos encontramos con titulares como la teoría de Darwin se tambalea ante nuevo hallazgo fósil o Hallazgo fósil confirma las ideas de Darwin. Y ni una ni otra, porque la obra de Darwin no hablaba de fósiles sino de seres vivos, y las pruebas que recopiló se basaban en los seres vivos. Los fósiles nos brindan una magnífica ventana al pasado y nos ayudan a reconstruir la historia de la Tierra pero aunque no tuviéramos ni uno solo la teoría de la selección natural seguiría sosteniéndose.

A cuento de los fósiles hay otro término que copa los titulares. Cada vez que se publica un nuevo descubrimiento relacionado con los homínidos los periódicos nos saludan con Hallado el eslabón perdido, A la búsqueda del eslabón perdido, Nuevo eslabón perdido y similares, lo que el maestro bloguero Paleofreak bautizó como la eslabonitisde la prensa. El concepto en sí es una herencia victoriana sin valor científico, que se originó al simplificar groseramente las teorías de Darwin como El hombre desciende del Mono. Eso dio paso a la idea de que debía haber un antepasado intermedio entre el hombre y el mono, un eslabón perdido en la cadena de la vida. La idea arraigó tanto en la mentalidad de la época que propició la más célebre estafa paleontológica del siglo XX, el Hombre de Piltdown, construido para ajustarse al supuesto eslabón, o el icono clásico con que abrimos esta entrada, tan conocido como erróneo. Ya no digamos si juntamos la eslabonitis con la política, como hace unos años, cuando el hallazgo de Anoiapithecus brevirostris se convirtió, por obra y gracia del arte periodístico, en El eslabón perdido era catalán.

Este tipo de errores podrían evitarse con un poco de sentido común. No es necesario ser biólogo para entender conceptos tan sencillos, basta con tener un poco de interés por el trabajo bien hecho y hacer cosas tan evidentes como comprobar las fuentes, consultar un diccionario… todo lo cual, dicho sea de paso, es muy fácil gracias a la red. Eso por parte de quien redacta la noticia, pero se supone que por encima de él hay un ente conocido como editor, que cobra más que el sufrido plumilla y justifica su sueldo revisando el trabajo del primero (que a su vez suele ser una simple revisión de lo aportado por algún hambriento becario). Sin embargo hoy en día parece que tanto uno como otro dedican la mayor parte de su tiempo a olvidar lo que (supuestamente) aprendieron en la facultad.

Otro conjunto de pifias podrían evitarse con la sencilla norma de desconfiar de los traductores automáticos. Dado que la mayor parte de los medios españoles se han convertido en meros difusores de noticias de agencia, estaría bien que algún que otro redactor tuviera unas mínimas nociones de la lengua de Shakespeare y así evitar que una noticia del tipo prof. Mary Schweiltzer does a bone comparison between modern chicken and female T-rex se convierta en El profesor Mary Swechltezir demuestra que las gallinas descienden del tiranosaurio hembra o cosas peores.

No seré yo quien solicite una oficina de censura de titulares científicos, líbreme el FSM, pero en mi opinión una moderada tanda de latigazos de cuando en cuando beneficiaría mucho a los responsables de los noticieros. Cada vez que los periodistas hablan de divulgación surgen las lágrimas y los reproches ante la incomprensión y ceguera que muestran los científicos a la hora de relacionarse con los medios, pero el sector debería empezar por hacer autocrítica: si los científicos sienten rechazo, es en gran parte por la frivolidad y la falta de solidez que muestran los medios a la hora de informar. Nadie exige que los informadores sean titulados en ciencias exactas, pero un correcto empleo del vocabulario y un poco de dedicación a la hora de documentarse sería un excelente punto de partida.

Y paciencia, señores, un poco de paciencia. El mundo no va a colapsar porque se tomen unos minutos para repasar un texto y verificar una fuente. Si me apuran incluso podrían revisar la ortografía y quizás, sólo quizás, dar una noticia interesante sin convertirla en una mamarrachada.

lunes, 23 de agosto de 2010

EL CELIBATO: ORÍGENES Y CAUSAS (y II)



Este feliz estado de cosas terminó con la llegada de la Reforma. El pánico de la curia se plasmó en el Concilio de Trento, donde los fanáticos pasaron a ser la vanguardia de la Iglesia frente a los protestantes. La corrupción denunciada por Lutero no desapareció, pero se decidió lavarle la cara, y la carnalidad de los clérigos era demasiado visible. Trento prohibió de forma taxativa el concubinato, no por considerarlo pernicioso sino por ser motivo de escándalo.

Para empeorar las cosas, los protestantes autorizaron el matrimonio eclesial y la contrarreforma se movió al otro extremo, demonizando las relaciones entre clérigos y mujeres, castrando el arte con normas y censuras y endureciendo la vigilancia sobre la moral y las costumbres. El nuevo dogma encontró una dura oposición entre el clero bajo, que no entendía qué mal estaba haciendo. El propio Juan Ruiz hizo una encendida defensa del concubinato con palabras dolidas.

En mantener omen huérfana obra es de piedad,
Otrosí a las viudas , esto es cosa con verdat;


Porquési el arzobispo tiene, que es cosa que es maldat
¡Dexemos a las buenas, et a las malas vos tornad!

Una queja sentida: si tienen que echar a las buenas mujeres que con ellos viven ¿qué harán, sino comerciar con las malas? Los sacerdotes no se convirtieron en santos, sólo practicaron a escondidas lo que antes hacían sin avergonzarse. La situación se endureció a lo largo del XVII a medida que se extendían las guerras de religión y las persecuciones y las liviandades del clero pasaron a ser estigmatizadas. Por mucho que admiremos la poesía de Santa Teresa, la reforma de las órdenes monacales nos habla de fanatismo extremo y total rechazo por lo sensual.

A finales del XIX la pérdida de influencia de la Iglesia forzó un nuevo golpe de timón en el pontificado del rencoroso y amargado Pio IX, adalid de la moral más reaccionaria. El Concilio Vaticano II mantuvo la norma y así llegamos hasta nuestros días, con el debate en la calle, pero no en la cúpula eclesial.

Tenemos pues que el celibato no responde a la tradición cristiana y su origen no se debe a exigencias de fe sino a una simple cuestión pecuniaria. Entonces ¿porqué sostenerlo contra viento y marea? En estos tiempos en que la vocación escasea su desaparición podría ser un incentivo para aquellos que siendo creyentes y deseando consagrarse no se ven con fuerzas para mantener la castidad durante el resto de sus vidas. Además sería una buena operación de imagen, modernizando el aspecto de la Iglesia y acallando muchas voces críticas así que ¿a qué se debe esa obcecación?

No hay que buscar razones espirituales. Los motivos siguen siendo dinero, dinero, y más dinero. Los sacerdotes son la base laboral de la Iglesia y, hoy por hoy, resultan baratos de mantener, pero si pudieran casarse, los escasos sueldos que reciben no alcanzarían a sostener a sus familias y las casas parroquiales igualmente serían inadecuadas, con el consiguiente gasto adicional en vivienda.

La curia tiene medios sobrados para hacer frente a esos gastos. Si pensamos en España, un país con menos de un 50% de creyentes, aquí recibe exenciones fiscales, ayudas estatales, y donaciones de mepresas y de particulares, amén de importantes bienes inmuebles y fondos de inversión bien diversificados. Pero una buena parte de los recursos se dedica a sostener grupos de presión, emisoras, editoriales, campañas mediáticas… y una cantidad aún mayor a incrementar los fondos financieros de la iglesia (recordemos el caso Gescartera, o los escándalos bancarios italianos). Financiar el abandono del celibato es posible, sí, pero a costa de una importante bajada de los beneficios. No nos engañemos, la Iglesia de los pobres es una gran empresa, la multinacional más extensa y más antigua del mundo, y sus fines no son otros que mantener y mejorar su posición de privilegio. Y como buena empresa uno de sus medios para incrementar sus ganancias es abaratar sus costes laborales.

¿Matrimonio para los sacerdotes? Tal vez a medio plazo, porque la pérdida de vocaciones no va a frenarse. El sacerdocio cada vez es menos atractivo y llegado un momento la Iglesia se enfrentará a una crisis laboral sin precedentes en su historia. En ese momento aplicarán los remedios que ahora consideran de todo punto inaceptables, y lo que hoy es anatema se convertirá en dogma de fe por obra y gracia del Espíritu Santo. Pero hasta entonces no hay motivos para cambiar las cosas, porque la causa última del celibato no es espiritual sino sólida y material, y el problema real de la Iglesia no es, como piensan muchos, la lujuria, sino la simple y llana codicia.

viernes, 20 de agosto de 2010

EL CELIBATO: ORÍGENES Y CAUSAS (I)


(Publicado originalmente en RED LAICA)

En los últimos años los escándalos sexuales han reavivado el debate sobre el celibato sacerdotal. Al margen de la relación entre el voto de castidad y los delitos de pederastia (personalmente creo que hay otros factores más importantes) llaman la atención los argumentos esgrimidos por Roma para justificar su política: los sacerdotes deben permanecer célibes porque así lo marca la tradición y es necesario para dedicarse plenamente a su labor evangélica. Para mí, como ateo, estas razones no tienen peso, pero deberían ser válidas para los creyentes ya que se apoyan en la autoridad papal, indiscutible en cuestiones de fe. Pero ¿y si no fueran cuestiones de fe?

En 1123 se celebró en Roma el I Concilio de Letrán que entre otras decisiones prohibió el matrimonio y el concubinato a sacerdotes, diáconos, subdiáconos y monjes. la prohibición fue ratificada en el II Concilio de Letrán y el concubinato fue nuevamente condenado en el Concilio de Trento, cuyas sesiones terminaron en 1563. Estas sentencias indican que durante sus diez primeros siglos de existencia la Iglesia aceptó el matrimonio de los clérigos y que el concubinato se mantuvo de forma más o menos abierta durante otros cinco siglos, luego el celibato, entendido como norma estricta de castidad para los clérigos sólo tiene 450 años de antigüedad lo que deja el argumento de la tradición en mal lugar.

Si durante más de 1000 años los clérigos se casaban ¿porqué condenar una costumbre bien establecida? Aquí entra en el argumento de la dedicación, es decir, el sacerdote consagra su vida a la fe con total entrega si no desvía su atención con asuntos mundanos. Pero no son esas las razones esgrimidas en Letrán: la prohibición obedecía a cuestiones puramente materiales. El concilio condenó el matrimonio clerical para evitar que los sacerdotes legaran a sus hijos legítimos los bienes eclesiales: las parroquias, los obispados y los recursos (rebaños, tierras, legados…) a ellos asociados. El papado temía que el patrimonio de la Iglesia se disgregara en pequeñas parcelas por toda la cristiandad con lo que su poder e influencia irían menguando. Al prohibir nuevos matrimonios y considerar nulos los consumados previamente el problema desaparecía de raíz: los hijos ya nacidos y los futuros descendientes de los tonsurados pasaron automáticamente a ser bastardos sin derecho a herencia.

El concubinato, pese a su prohibición, no fue demasiado perseguido ya que no suponía una amenaza a los bienes eclesiales y todos, del diácono más humilde al cardenal más pomposo, pudieron seguir manteniendo su vida carnal. Al alba del siglo XV el amancebamiento era una costumbre consolidada y socialmente aceptada. Todo el mundo, salvo los fanáticos que señalaban a la carne como fuente de todos los males, entendía que debajo de las sotanas había hombres y nadie se escandalizaba.

Obras como el Heptamerón, el Decamerón, o Gargantúa y Pantagruel  confirman que la figura del fraile de cascos ligeros, galanteador de solteras y casadas era más la norma que la excepción. En El Libro del Buen Amor Juan Ruiz nos ofreció un texto fresco y alegre donde se valora el trabajo de las trotaconventos, se pondera la lozanía de las serranas e incluso se establece la medida y forma adecuada de las tetas. De haber sido una situación anómala o perseguida no la hubiera publicado con su nombre y oficio, pero eso es lo que hizo, firmando como Arcipreste de Hita, sin azoro ni vergüenza.

Todos felices, pues, pese a no poder casarse, pero ya se sabe: cuando las cosas van bien siempre aparece alguien decidido a arreglarlas

jueves, 19 de agosto de 2010

Breve guía del improperio (IV)

Continuando mi defensa del castellano sin tapujos he recopilado una nueva serie de epítetos que, sin renunciar al colorido y la elegancia, brillan por su exactitud descriptiva.

El primero es la forma compuesta Tuercebotas, concisa metáfora visual que retrata el andar de aquellos personajes desprovistos de gracia o sutileza, que al intentar caminar patean de forma desequilibrada y exagerada,  como si en vez de cuerpo arrastraran un fardo de patatas mal cosido.

Otra feliz semblanza es la que nos regala la austera palabra Tarugo. En su acepción literal se refiere al trozo de madera grueso, corto y sin desbastar, pero también señala al individuo vulgar sobre el que la educación resbala, como lluvia sobre el granito, sin dejar la menor huella. No obstante soy más amigo de sus sinónimos Zoquete y Mastuerzo, ambos de mayor sonoridad gracias a la vivificante presencia de la Z.

Hablando de zetas, ha llegado a mi oído un bello localismo extremeño, sinónimo de Zarrapastroso: se trata del término Zarrio, de similar raíz y probablemente mayor antigüedad ya que en su sentido originario un zarrio es, bien un harapo, bien un pegote reseco de lodo en los bajos de la ropa o el calzado (¿posible origen, entonces, del sustantivo Zurraspa? La etimología es un mundo fascinante).

Cambiamos de tercio para encontrarnos con Meapilas, una verdadera rareza de nuestro léxico, ya que su significado, persona gazmoña (otra maravilla de adjetivo) de exagerada y ostentosa devoción, contrasta con la imagen que recoge, ya que el acto de orinar sobre el agua bendita resulta clara y agresivamente blasfemo. También resulta extraño (en apariencia) que el más católico de los pueblos haga objeto de chirigota a los que manifiestan públicamente su piedad.

Dije en apariencia porque si hay algo que desprecie el español es la hipocresía y el meapilas es ante todo hipócrita, es decir, Fariseo, un epíteto con más de dos mil años de antigüedad, nobles raíces bíblicas y amplio espectro:  tan fariseo es el defensor acérrimo de los valores familiares  que sigue al santo en procesión, cirio en mano, para luego hacerse sodomizar ataviado con ceñido corpiño rojo como el supuesto progresista que se llena la boca en defensa del proletariado mientras legaliza la sodomía del trabajador, sin siquiera derecho a corpiño.

Tan antiguo o más que fariseo es Fenicio, que no alude a la audacia de ese pueblo de navegantes, ni a su sabiduría como creadores del alfabeto, sino a su avidez de riquezas, pues la avaricia ha sido tan mal vista en estos pagos como la hipocresía. De ahí la proliferación de epítetos dedicados al avaro, como Roñoso (oxidado como las monedas guardadas en el proverbial calcetín), Agarrado (al vil metal), Cicatero (remolón a la hora de pagar) o Agiotista (que se beneficia del cambio monetario), pero, dado mi amor por los términos de origen religioso, me decanto por una fórmula tal vez demasiado larga pero repleta de expresividad: Cofrade de la Virgen del Puño.

No  quiero cerrar esta entrada sin mencionar un epíteto de nueva cosecha, un feliz hallazgo de la sin par Moli: se trata de Oligolérdica emputecida. Esta construcción suma la nimiedad de la persona aludida expresada en la raíz oligo con la alusión a su cortedad mental merced a la sonora terminación lérdica, todo ello rematado con emputecida, vívida descripción de su aliño y atuendo. Tres niveles de significado bellamente combinados que despiertan en mí un profundo sentimiento de felicidad, ya que estas novedades demuestran que nuestro idioma, lejos de estar anquilosado en el academicismo, sigue creciendo, fértil y vigoroso.

martes, 10 de agosto de 2010

EL DARWINISMO Y LOS ÍDOLOS DEL MERCADO (I)


Siempre que mantengo una conversación sobre evolución o veo alguna noticia relacionada con el darwinismo me viene a la cabeza una duda ¿Porqué resulta tan difícil de explicar? Quiero decir que no estamos hablando de algo tan abstracto como las hipercuerdas o el bosón de Higgs: la Selección Natural es una de las teorías científicas más sencillas, elegantes y fáciles de comprender que conocemos así que ¿dónde está el problema?

Tras darle algunas vueltas he llegado a la conclusión de que no es uno, sino una serie de problemas relacionados con el lenguaje y las ideas preestablecidas. Estamos ante un ejemplo excelente de lo que Francis Bacon llamó ídolos, entendiendo por tales los obstáculos que impiden el pensamiento racional y científico. Bacon habló de cuatro tipos de ídolo y uno de ellos se ajusta como un guante a nuestro problema. Los idola fori o ídolos del mercado son los obstáculos motivados por el lenguaje y sus carencias y, por desgracia, nos encontramos ante una larga serie de problemas con el lenguaje.

El primer error afecta al propio concepto de base, ya que los medios y la gente dicen que Darwin descubrió la Teoría de la Evolución, pero la evolución no es una teoría, sino un hecho, observable y comprobable: todas las especies vivas están estrechamente emparentadas entre sí y descienden a su vez de especies más antiguas igualmente emparentadas. Darwin observó ese hecho y buscando su explicación desarrolló la Teoría de la Selección Natural, es decir, el mecanismo que hay tras la evolución, su cómo y su porqué. Eso no tendría demasiada importancia de no ser por el segundo error, que esta vez es de puro vocabulario: Y si la evolución (o la selección natural) es cierta ¿porqué es sólo una teoría?

En este caso se trata de una confusión entre Teoría (conjunto de leyes que relacionan una serie de fenómenos) e Hipótesis (suposición que se establece provisionalmente como base de una investigación). La ciencia trabaja según una secuencia lógica: primero observa un hecho específico, después establece una hipótesis sobre ese hecho y, en base a esa hipótesis, hace una serie de predicciones o desarrolla un experimento. Si las predicciones no se cumplen o los experimentos la desmienten, la hipótesis queda invalidada, pero si la confirman, la hipótesis pasa a ser un modelo descriptivo refrendado por pruebas, es decir, una teoría. Y los seguirá siendo hasta que nuevas pruebas o nuevos experimentos la invaliden, porque la ciencia puede probar la falsedad de una teoría, pero no validarla al 100% ya que no es posible saber qué nuevos datos podemos encontrarnos en el futuro (uno es Popperiano, nadie es perfecto).

Así que el que la selección natural (que no la evolución, insisto) sea solo una teoría no es ningún problema, porque todo el conocimiento científico se basa en teorías: la gravitación universal, el heliocentrismo, la física cuántica, la relatividad… todo son teorías y seguirán siéndolo hasta que se vean refutadas. O ampliadas, ya que Einstein no invalida a Newton, sino que lo amplía.

Lo malo es que en castellano hay una ambigüedad entre ambos conceptos, ya que teórico significa aquello que no está comprobado en la práctica lo que se da de bofetadas con el concepto científico. Y a fecha de hoy no parece que nadie en la RAE esté por la labor de corregir ese problema.