lunes, 20 de junio de 2011

LOS OKUPAS DEL QUINTO (y otros encuentros con la naturaleza)


Como ya he mencionado, tenemos  una abundante fauna gracias a nuestra cercanía a diversas zonas campestres. Eso es algo que puede apreciarse especialmente en los meses de mayo y junio, cuando las florecillas se abren airosas por todas partes y los animalicos, repletos de hormonas, se dedican a procurar que una nueva generación venga al mundo (lo que viene a ser, dicho vulgarmente, follar sin condón, pero en plan zoológico)

Es en estas fechas cuando más fácil resulta encontrarse de frente (o de costado) con la vida en plena ebullición, y nuestra casa ha sido mudo testigo de varios de esos encuentros. El último, y uno de los más prolongados y ruidosos que recuerdo, empezó a finales de abril.

Nuesto piso es un cuarto, que en esta zona es la máxima altura permitida para una vivienda, pero la azotea encima nuestro se ha convertido en un quinto habitado. No por humanos, sino por una animosa familia de mirlos. Al principio y sólo de cuando en cuando oíamos un revoloteo encima de nuestra cocina seguido de algunos tímidos pi, pi, pi poco perceptibles.

A finales de mayo hubiéramos tenido que ser completamente sordos para no saber lo que teníamos encima. Por que los mirlitos crecen, y muy rápido. Y crecen sus exigencias de alimento y sus voces, a la par que empeoran sus modales. Francamente, espero que los mirlos disfruten de la follada mientras la echan, porque las consecuencias de la misma no se parecen demasiado a las románticas imágenes de niditos acogedores con educados y alegres pollitos cantando felices ante sus orgullosos padres.

El escenario usual de un plácido sábado por la mañana, cuando un servidor de ustedes se dispone a desayunar con la mujer de su vida en un ambiente de relajación y, por qué no decirlo, todavía una agradable somnolencia, se veía interrumpido aproximadamente cada cinco minutos por la llegada de alguno de los emplumados progenitores, verdaderos estajanovistas de la alimentación. Al veloz revoloteo seguía una serie de estruendosos ¡PIO!¡PIO¡PIO! a cuatro voces, acompañados del sonido de una batalla campal, con arrastrones, empujones y forcejeos, seguidos en las últimas semanas de una ruidosa persecución mientras el papi o la mami intentaban arrojar las viandas a las bocas de sus hijines mientras intentaban no ser devorados en el proceso. Luego, mientras los hermanitos se zurraban por los despojos, los responsables, no sin alivio, se alejaban a toda velocidad en busca de más provisiones para su plaga familiar.

Ya hace una semana que no oigo peleas pajariles, así que probablemente nuestros ruidosos inquilinos han abandonado ya el hogar que les vio nacer. Por desgracia no parecen haber logrado comerse a sus papis, luego la próxima primavera volveremos a ser deleitados por tan musical crianza.

Otro contacto usual en esta ciudad abundante en picos y plumas es el avistamiento de nidos de paloma torcaz. En teoría encontrar sus nidos no es fácil, dado que suelen situarlos en lo alto de árboles muy frondosos para escapar al calor y las solaneras, pero un sutil detalle permite al observador atento descubrir su presencia. Se trata del acúmulo de ñordos que se forma a sus pies, ocupando de media una superficie de dos metros cuadrados por nido, y veteado de un lamentable color violáceo motivado por la ingesta abusiva de moras de árbol. Ingesta que, sospecho, también se relaciona con el enorme volumen de las deposiciones.

Eso no supondría un problema demasiado grave de no ser por dos motivos. El primero es la escasez de plazas de aparcamiento, que obliga a los conductores a dejar sus vehículos en zonas extremadamente peligrosas. En el caso de automóviles que no se mueven entre semana, el resultado puede ser la pérdida casi completa del color original bajo el bombardeo caquil, salvo que por casualidad el coche fuera previamente de color morado (e insisto, no es un morado especialmente atractivo).  El otro es la abundancia de parques donde, indefectiblemente, los bancos se sitúan bajo árboles frondosos para ofrecer una sombra adecuada a las mamis en los calores del estío. Por desgracia ese es el tipo de árboles más apreciado por las simpáticas avecillas, y los bancos suelen necesitar un repintado a su color original cada mes y medio, precedido de un cuidadoso raspado de deposiciones y (espero) un buen desinfectado con zotal.

No quiero que penséis que todos los encuentros con el mundo animal son incómodos. Hay contactos muy instructivos gracias a la abundancia de insectos que nos rodea. Tenemos afanosos y culigordos abejorrotes zumbando por todas partes, con una curiosa predilección por los setos de madreselva (no tan curiosa, ya que huelen maravillosamente, con un tono a vainilla que casi hace salivar) y una buena cantidad de avispas cazadoras. No me refiero a la clásica avispa papelera negrigualda, que suele hacer nidos comunales de cartoncillo gris, sino a avispas alfareras, de cintura larguísima y vida solitaria, siempre ocupadas en la confección de nidos individuales donde depositar un huevecito y algo de comida, generalmente en forma de larva anestesiada.

Estos elegantes himenópteros buscan lugares resguardados, tranquilos y frescos, y han decidido que nuestro hogar es uno de ellos. En lo que va de año nos hemos encontrado ya cuatro vasijitas de barro adheridas a nuestras cortinas, tanto en el salón como en la cocina, que sólo esperaban el regreso de su autora con provisiones para recibir el sellado y los toques finales. Son una verdadera curiosidad, recipientes formados a base de pedacitos diminutos de tierra masticada por la avispa hasta formar un anforita alargada o rechoncha de hasta tres centímetros, firmemente adherida a a tela. Por desgracia mi chica no comparte mi entusiasmo por la observación en directo de la naturaleza y ha procedido en todos los casos a un inmediato desahucio.

Las avispas no se dan por aludidas. Parece que nuestra vivienda está clasificada en su guía michelín como un alojamiento de muchas estrellas, porque no pasa una semana sin que alguna de esas abnegadas artesanas ronde por nuestras ventanas, buscando una oportunidad para aportar su granito de arena (o de barro) a l ajuar.

Como punto final quiero mencionar un simpático encuentro que tuve hace una semana. Estaba en mi dormitorio calzándome cuando vi una forma gordota y llena de patas moviéndose al lado de nuestra camilla de masajes. Afortunadamente para el visitante, fui yo quién le localizó. De haber sido avistado por mi chica, ésta hubiera empuñado la zapatilla y sólo a posteriori hubiera intentado intentado una identificación, si es que hubiera quedado algo lo bastante entero como para un análisis forense. Porque nuestro torpon amiguete no era una cucaracha (animal fascinante, sin duda, pero al que creo que todos preferimos mantener a una distancia razonable de nuestras casas) sino una regordeta cetonia, uno de los escarabajos más bellos de la cuenca mediterránea. 

Supuse que se trataba de eso cuando vi su forma robusta y un ligero brillo metálico en su dorso, incluso en la penumbra del dormitorio. Debió ser arrastrada por el viento, que ese día soplaba muy fuerte y buscó refugio entrando por nuestra ventana. Avisé a mi chica y nuestro hijo, les pedí un vaso y una hoja de papel para cogerlo sin dañarlo y luego lo llevé al balcón para que lo vieran al sol, con todo su esplendor. Allí pudimos deleitarnos con el soberbio verde irisado de su cuerpo, producto de un asombroso efecto de polarización lumínica. Bueno, mi hijo y yo nos deleitamos. Ella lo vio, dijo sí, muy bonito, y ahora sácala de casa, así que procedí a dejarla en una maceta del balcón para que se recuperara del susto (en cuanto notó que lo cogían se hizo el muerto) y al caer la tarde ya se había largado.

Pese a las molestias que pueden surgir de forma ocasional, creo que vivir en una población con tantos vecinos no humanos es una suerte. Siempre me paro a observar cuando noto un movimiento inusual en la hierba, o escucho algún trino desconocido, y teniendo hijos es bonito dar en directo una breve clase sobre entomología u ornitología, de esas que despiertan el entusiasmo de los chavales, con espontáneas frases del tipo  Papá,  ¿queda mucho? y vámonos ya, que quiero llegar a casa. De acuerdo, no me darán el premio al papi más divertido y enrollado del año, y sí, reconozco que cuando me encuentro con un bicho interesante me pongo un poco plasta. ¿Qué puedo decir en mi defensa? Me fascinan las cosas vivas, incluyendo algunas que suelen dar bastante repelús a mucha gente.

Soy rarito, lo sé, y en general mis intentos de interesar a mi chica por un nuevo espécimen son recibidos con miradas cansadas y gestos de somnolencia. Pero aún no me ha echado a la calle, así que supongo que compenso mis defectos frikunos con mis virtudes como compañero y amante. Y no os riáis, no, porque tengo en marcha un experimento a largo plazo para saber si ése es el caso. Seguiré dando la vara con los bichos año tras año, y si el día en que ya no se me levante la picha me toca dormir en el rellano, sabré que tenía razón. Será un momento triste y frío, pero podré consolarme diciéndome José Antonio, amiguete, eras lo bastante bueno follando* como para que te aguantaran tus rarezas.

* Ya pensabais que no iba a hacer ninguna alusión marranilla ¿eh? Qué poco me conoceis.

jueves, 9 de junio de 2011

MADRES VARIADAS (y II)


Continuando con el repaso a los grupos de mamis, hay uno que resulta interesante porque sus miembros sufren una evolución relativamente rápida. Se trata de...

• Las comeflores

Este tipo de señora, usualmente madre primeriza, cree que la infancia es un precioso jardín donde angelicales niñitos de grandes sonrisas y brillantes ojos viven con candor el descubrimiento del mundo. Esta actitud suele deberse a una excesiva exposición a manuales de crianza bienintencionados, de esos que suelen escribir personas con un  doctorado en psicología y ningún niño en su haber para respaldar sus ideas.

No dudo que en algún rincón deben existir esos preciosos y sonrosados retoños, pero los que pueblan los colegios son, en su mayoría, una tribu de bárbaros bajitos cuyos principales intereses en la vida son gritar hasta desgañitarse, correr como un ejército de lemmings, sacar de quicio a los adultos a su cargo y zurrarse con sus compañeros. Tienen muy pocas ganas de aprender, esforzarse, o comportarse bien y, por supuesto, resultan impermeables a las benignas influencias de la educación no represiva.

Como he dicho, lo interesante de esta categoría de ingenuas mujeres es la rapidez de su evolución. Antes de un año y medio sólo unas pocas irreductibles creen todavía en la natural bondad de sus vástagos. La mayor parte se convierten en madres normales y lidian junto al resto de nosotras para desbravar a su progenie mediante el viejo sistema del palo y la zanahoria, tarea que debería estar reconocida como ocupación laboral de alto riesgo. Las restantes, en cambio, sufren tarde o temprano otro tipo de metamorfosis, transformándose en...

• Las vencidas.

Fáciles de reconocer por su actitud pasiva ante la vida. No han resistido la presión y han tirado la toalla, justificando su actitud con expresiones del tipo es que no puedo con ella o el pobrecito es así. El sueño dorado de estas mamis es conseguir que algún psicólogo demuestre que su criaturita sufre algún tipo de desmotivación, dislexia, hiperactividad, autismo... vale cualquier cosa, incluso un certificado de borderline. Lo que sea con tal de poder esgrimir un papelito que las desvincule de cualquier responsabilidad al respecto. Y dado que esas clasificaciones tienen unos límites generosamente amplios, suelen salirse con la suya, porque los médicos también son humanos y al final firman lo que sea con tal de sacarse a una pelmaza de encima.

Ojo, no estoy hablando de gentes que se rinden ante un adolescente problemático con tendencias sociopáticas, sino de madres que no soportan la responsabilidad de educar a una niña de 6 o 7 años, incluso de menos. Y a veces hay rendiciones colectivas, como la de una clase que tuvo la desgracia de dar con una profesora de infantil bastante incompetente. La chiquillería llegó a primaria sin saber siquiera leer o escribir sus nombres, salvo un par de niñas cuyas madres se negaron a aceptar esa situación como algo normal. El resto lleva ya varios años viviendo en  en la comodidad de la excusa (es que es un grupo que va más lento, es que no hay que agotar a los niños con tanta teoría). De hecho, cuando su actual profesora ha cogido el toro por los cuernos y ha tratado de solucionar las cosas, se ha encontrado con un coro de protestas por parte de un montón de madres que temen que la presión pueda traumatizar a sus pequeños holgazanes.

• Las que no se rinden.

En el polo opuesto a las anteriores están estas esforzadas mujeres que cuentan con toda mi admiración. En vez de apalancarse en la excusa, ellas se esfuerzan por que sus peques salgan adelante, buscando mil y una maneras de motivarles, echando sobre sus espaldas responsabilidades de maestra, buscando actividades de refuerzo... L, una chica joven, bastante ingenua y, a priori, no demasiado bien preparada para lidiar con un hijo tirando a vaguete (hablemos claro, un vago con calzas coloradas) no cejó hasta encontrar un colegio con un proyecto educativo adecuado para el niño y, con un montón de esfuerzo, ha logrado sacarlo adelante. Mi aplauso para ella y todas las que son como ella. Y para...

• La supermami

Y no lo digo peyorativamente. Hay mujeres que merecen ese título, como mi vecina M, que tiene tres vástagos (nena, nene, nena) de esos que parece que desayunan anfetas y rezuman energía por todos sus poros. Yo acabo el día roto con un niño ¿Cómo se las apaña ella con tres? Y no es que simplemente sobreviva, porque siempre que me cruzo con su pequeña tribu veo tres críos alegres y vivarachos, rodeando a una madre con aspecto agotado, pero un brillo en los ojos que habla de felicidad y optimismo. No sé cual es su secreto, pero espero que algún día me acepten en su logia y me lo cuenten.

• La agobiadora profesional.

No suele haber más de una por curso. Esta señora vive convencida de que su nene es una víctima de la incomprensión, un ser angelical al que todo el mundo tiene manía porque la gente es envidiosa y no reconoce al Mesías cuando lo tiene ante sus ojos.  La agobiadora se dedica a la zapa continua, quejándose casi a diario ante las profesores de lo frágil, especial y delicada que es su criaturita y cómo es injustamente tratada por sus compañeros, la sociedad y el Universo en general. A fuerza de dar la murga un día tras otro acaba por erosionar la capacidad de la docente para discernir la realidad y al final, quizás víctima de un síndrome de Estocolmo a nivel escolar, la maestra acaba por aceptar que dos más dos son cinco. La agobiadora profesional, en nuestro caso, ha llegado al extremo de amenazar al colegio con una denuncia por acoso contra su inocente y maravillosa niñita, un querubín que, según sus propias palabras, hay que tratar con especial atención porque  no es como los demás niños. Debe estar hecha de carnes más nobles, o a lo mejor es que en vez de follar a la mami, su papi metió la polla en una jarrón de porcelana de sevres, vaya usted a saber.

Dentro de esta categoría tenemos la sublclase de la Separada profesional. La mayoría de madres separadas que conozco, pese a lo duro de su situación personal*, se esfuerzan por sacar adelante a sus hijos con la mayor normalidad y dignidad posible, pero la profesional es de otra pasta. Ella ha hecho de la separación un arma, y le saca partido. ¿Que la niña apalea a sus compañeros? Es que la pobre ha sufrido mucho por la separación ¿Que jamás entrega sus deberes? Es que, como sus padres están separados, la pobre no se centra ¿Que ha intentado sacrificar a su compañera de pupitre a Moloch-Baal? Es que su triste situación la ha vuelto un ser muy sensible. La excusa se repite més tras mes, año tras año, hasta que, como hemos visto, las profesoras, hartas de que las monten un pollo cada vez que intentan hacer bien su trabajo, acaban por ceder.

Lo malo no es sólo la diferencia de trato (y es malo que un alumno reciba un trato preferencial porque sí, no nos engañemos), sino que la niña o el niño acaban comprendiendo que pueden subírsele a las barbas a quien quieran. Porque sea cual sea el caso, ahí estará su mamá dispuesta a rechazar todas las evidencias y defenderles a muerte, y en poco tiempo se convierten en unos tiranos insoportables y resabiados. Como digo, la agobiadora es un ejemplar escaso, y mientras que en una clase tenemos a una agobiadora estándar (el curso está dividido en dos clases) en la otra nos encontramos con la separada profesional. Una desgracia, porque quizás, de haber coincidido en la misma aula ambas niñas tiranas, la cosa se solucionaría con un enfrentamiento a muerte entre sus progenitoras, en un espectáculo marcial de esos que atraen al público.

• Las cotillas.

Más abundantes que la anterior, las cotillas requieren un mínimo de dos para funcionar adecuadamente, ya que resulta muy frustrante tener la boca repleta de noticias sin nadie dispuesto a compartirlas y añadir más de su cosecha. Estas señoras no parecen dedicarse a nada en especial, no trabajan fuera de casa, no tienen ninguna actividad de ocio conocida y siempre pululan por el colegio o las cafeterías cercanas (conozco al menos tres grupitos que desayunan juntas todos los días, y hablamos de desayunos muyyyyyyyy largos). Pero esa falta de actividad es engañosa, ya que oculta su verdadera vocación: el comadreo. De alguna manera siempre están al tanto de todo y saben que Z ha perdido los nervios, M ha tenido una trifulca con P, N le pone ojitos al marido de R, H va de Reina de Saba pero no tiene donde caerse muerta...

No os sorprenderé si os digo que este colectivo forma el núcleo duro de las mamibulto del AMPA, anteriormente mencionadas, ya que así al espionaje a nivel del patio añaden detallados análisis de los problemas del profesorado. Y lo que no saben, se lo inventan ¡Si será por tiempo libre! Y no lo digo por decir, porque resulta que vivo esa experiencia debido a mi amistad con S.

• La amiga

Inicialmente no pensaba hablar de S, pero lo cierto es que ella forma una categoría por sí sola. Es normal hacer amistades en el patio. Conoces gente de edades parecidas a la tuya, con preocupaciones similares, nos cruzamos en el parque, charlamos, quedamos si los críos se llevan bien... pero hacer una verdadera amiga es raro. Nuestro caso empezó como una amistad más, S y yo nos caímos bien, charlábamos a menudo... lo normal. Y un día, debido a un accidente (que no detallaré, pero no se trata de nada escabroso, no seáis mal pensados), conectamos. Y ya va para siete años. Casi todas las semanas nos vemos alguna tarde, sacamos a los niños a que se desfoguen, les preparamos una pizza, les reñimos colectivamente... hemos intimado, y no sólo entre nosotros, ya que ambas parejas nos entendemos bien.

Es una mujer alegre, inteligente y con carácter. Y paciencia, mucha, muchíiiiisima. J, su chico, viaja mucho por temas de trabajo, y donde mi chica y yo somos dos contra uno, ella lucha en clara desventaja, una contra dos. Y qué dos. Sus niñas, si se empeñaran, harían desesperar al Mahatma Gandhi. Como mi hijo, pero en femenino y por partida doble.

Si tuviera que clasificarla en las categorías anteriores, entraría holgadamente en las de las normales, las que no se rinden y, si no fuera porque suele vestir de forma muy discreta, en la de las macizas. Bueno, creo que sería así. Lo cierto es que no soy muy objetivo, dado el cariño que nos tenemos, pero es guapetona y puedo afirmar que tiene buena planta y un trasero estupendo. Y sí, sé que me estás leyendo, S, y espero haberte sacado los colores.

Pues bien, hace unas semanas llevamos a los niños a la feria, y por el camino nos cruzamos con otra madre de clase. Entonces le dije, uno de estos días van a pensar que estamos liados, y ella me dijo, no, te equivocas, ya lo piensan. Resulta que el núcleo de cotillas nos ve juntos a menudo, en el cole y fuera de él, y como no entienden el concepto amistad sin roce han llegado a la conclusión de que ella se ha divorciado de su marido y está enrollada conmigo. Lo que demuestra una vez más que el exceso de tiempo libre nunca es bueno. Claro que eso no deja de tener sus ventajas, porque si algún día nos diera por liarnos, eso que llevaríamos adelantado.

Y con esta nota personal, doy por terminado mi repaso. No obstante, si podéis sugerirme otras categorías (como las de las mamás del Hummer ¡qué hallazgo!) estaré encantado de abrir un apéndice, porque estoy seguro que el tema aún puede dar mucho de sí.

* De los casos de parejas separadas que conozco, como un 40% son gente que nunca debió juntarse, y el resto se separan por culpa de él. Muy rara vez por culpa de ella, con lo que en general las mujeres  se llevan la peor parte.