jueves, 28 de julio de 2011

LA FALACIA DE LA AUTORIDAD PAPAL (I)


Ahora que se acerca la fecha de la visita papal, es un buen momento para echarle un ojo a la figura del pontífice. No al propio Benedicto, sino al concepto del obispo de Roma como jefe y guía de la Iglesia Católica.

Para un ateo el asunto no tiene más trascendencia. El Papa es, simplemente, el jefe de una estructura piramidal, la Iglesia, que persigue, bajo un manto de espiritualidad, objetivos de poder económico, social y político de lo más terrenales. Sin embargo un cristiano católico, a priori, debe reverencia y obediencia al Santo Padre, ya que es la suprema autoridad eclesial y, en consecuencia, sus decisiones y declaraciones son irrebatibles.

He dicho a priori, pero ¿y en una segunda mirada? Después de todo la Iglesia sostiene que el cristianismo no es un edificio pétreo e inamovible, sino una fe viva y abierta al diálogo. Siendo así, un católico tiene, no sólo el derecho, sino el deber de hacerse preguntas. Y una de ellas podría ser ¿Es legítima, desde un punto de vista racional, la autoridad del Vaticano sobre el conjunto de la Iglesia? Bueno, yo no soy cristiano, pero puesto que en su momento fui bautizado, la Santa Sede me incluye en su feligresía y se me puede considerar un católico a efectos burocráticos. Así pues, me considero autorizado para plantear el tema desde un punto de vista estrictamnte cristiano.

La autoridad papal nace de tres argumentos básicos. El primero es la infalibilidad del Pontífice en asuntos de fe. El segundo es el reconocimiento de la sede episcopal de Roma como suprema autoridad ante el resto de obispados desde el mismo inicio del cristianismo. El tercero, y lógicamente el más importante, es la propia voluntad de Cristo, que nombra a Pedro su sucesor. Vamos a revisar estos puntos.

El más problemático es el segundo, y ha sido la principal causa de cismas en la Iglesia, incluyendo la separación de la Iglesia de Oriente, la Reforma y la creación de la Iglesia Anglicana. El argumento básico es que, siendo Roma la capital imperial, era lógico que el obispo romano tuviera autoridad sobre sus colegas de otras diócesis. Al fin y al cabo Pedro, el predilecto de Jesús, fue el primer obispo de Roma. Sin embargo éste es un razonamiento a posteriori, porque en los dos primeros siglos del cristianismo las diócesis funcionaban de forma independiente y las decisiones se tomaban de forma consensuada, sin una autoridad central indiscutible. Es lógico que fuera así dado que las comunicaciones no eran fáciles y en ese tiempo el cristianismo pasaba por persecuciones de forma periódica.

La autoridad central de Roma en el cristianismo no se consolida hasta el reinado de Constantino, que legitimó el culto y además procuró ganarse la voluntad del obispo Melquiades y su sucesor, SIlvestre, siendo éste el primero en usar la tiara papal. Hasta entonces, la sede gozaba de gran prestigio entre lo demás obispados al ser una de las más importantes en cuanto al número de feligreses, el volumen de las donaciones recibidas y las conexiones con la administración imperial. Se consultaba al obispo de Roma para que arbitrara entre las diócesis, y se acudía a él en busca de apoyo económico, pero no dictaba cuestiones de fe, ni convocaba sínodos o concilios. No es hasta finales del siglo IV, cuando el gobierno imperial se centra en oriente, que el obispo Dámaso empieza a dictar órdenes explícitas a otras sedes. Su sucesor, Siricio, adopta por primera vez el título de Papa, tutor.

Es decir, la autoridad papal no proviene tanto de la capitalidad como del apoyo decidido del emperador Constantino, necesitado de una cabeza central que articule al cristianismo y trabaje a su favor. A partir de ahí la influencia del papado irá poco a poco en aumento en la mitad occidental del Imperio, donde la autoridad imperial va dejando de notarse, mientras que en Oriente se ve contrarrestada por la del patriarca de Constantinopla, que a su vez es nombrado directamente, por el emperador. Siendo éste el caso, está claro que una decisión política tomada por un gobernante en el siglo IV no es un argumento de fe demasiado sólido para sustentar la supremacía del Vaticano.

El papado era consciente de que su preeminencia se apoyaba en bases frágiles, pese al enorme prestigio ganado por Leon I al convencer a Atila de no atacar Roma (aunque no hizo lo mismo con Alarico en el 410, y Genserico en el 455). Así pues, a finales del S. VIII, coincidiendo con el debilitamiento de la autoridad de Bizancio (que había ocupado parte de Italia en tiempos de Justiniano, y nominalmente seguía gobernando todo el Imperio), el papa Adriano se sacó de la manga un documento milagrosamente reencontrado en los archivos pontificios. En él, el emperador Constantino el Grande le regalaba al papa Silvestre el imperio romano, así, por la cara. Por supuesto la Donatio Constantini era más falsa que un euro con la cara de Messi, pero se usó como prueba irrefutable hasta entrado el siglo XV.

Igual de falsa, dicho sea de paso, resulta la asunción de que Pedro fuera el primer obispo de Roma. Primero, porque no había obispos en las primeras comunidades cristianas, sino diáconos. Segundo, porque no existe ni una sola alusión en los evangelios o en los Hechos a un traslado del apóstol a la capital imperial. La única mención conocida a su residencia tras la muerte de Cristo está en las epístolas de Pablo, y éste le localiza en Antioquía, Siria. El obispado de Pedro y su muerte en Roma, es, tal cual, una tradición inventada para justificar la autoridad papal, como lo es la del supuesto viaje de Santiago a Hispania para así dar legitimidad al milagroso hallazgo de sus restos en Galicia y, de paso, mantener bien surtido el sustancioso grifo de las peregrinaciones a Santiago de Compostela. El paripé organizado en los años 60 por Pablo VI para localizar la tumba y los restos del apóstol no resiste el más mínimo análisis arqueológico, y la identificación de los restos es, como todo lo referido a la vida de Pedro en Roma, una suposición bienintencionada, cuando no un fraude puro y duro.

miércoles, 20 de julio de 2011

DE AMAR, FOLLAR... y lo que nos gusta complicarnos la vida (II)


Continúo divagando sobre sexo y amores. Nos habíamos quedado en mis antinaturales confesiones homoeróticas.

El tema de la homosexualidad, dicho sea de paso, tiene dos grados diferentes de antinaturalidad. La homosexualidad masculina (lo que vienen a ser los gayers) está hoy en día bastante aceptada, hasta por sectores bastantes tradicionales a los que, incluso, les hace gracia. Es lógico, las locas han dado mucho juego en el humor tradicional, y los editores de casettes de chistes (esas que se vendían en los baretos de carretera, alternando en el mostrador con cassetes con tías en tetas en la portada) les deben muchos dividendos, por no decir su propia razón de ser. Pero resulta que las chicas (o sea, las boyers) no tienen tan buena prensa y siguen siendo vistas como desequilibradas, viciosas, enfermas o frígidas*. Quiero decir, no creo que a muchos tíos homosexuales les hayan soltado por la calle eso de ¡A ti lo que te hace falta es que te folle un buen coño para quitarte las tonterías! pero a ellas se lo siguen diciendo (reemplácese el elemento anatómico, por supuesto)

¿Cual es el problema? ¿Qué daño hacen dos mujeres que se quieren y se disfrutan? O mejor dicho ¿Qué daño hacen ellas que no hagan dos tíos? Y llegamos al meollo. Dos tíos que gustan de follar juntos no causan ningún trastorno en una sociedad que, como la nuestra, sigue siendo patriarcal, porque no suponen una amenaza para los hombres heteros, es más, implican una reducción de la competencia. Pero dos chicas que se quieren, son dos coños menos en el mercado ¡y eso no, eso no puede ser! ¡a la hoguera con ellas!

¿A alguien le escandaliza el concepto mercado de coños? Pues es lo más natural del mundo. La familia tradicional, esa que la Iglesia defiende a capa y espada, se consolida, en la mayor parte del planeta (y en España hasta no hace mucho) cuando un hombre se compra un coño para su uso exclusivo, a ser posible con un útero para que críe a sus hijos. Eso no impide que él pueda seguir metiéndola fuera del matrimonio, porque es cosa de hombres, pero ¡ay de ella como deje que otro pene entre en su sagrado agujero!

No pongáis esa cara. Ése es el modo en el que entienden el matrimonio demasiados millones de personas, y en nuestro civilizado país esa forma de pensar sigue estando muy extendida. Tras los asesinatos de mujeres a manos de su ex, no hay celos, inseguridad ni frustración por la desvalorización del rol masculino, sino la idea natural de que tu coño me pertenece y te mataré antes de dejar que lo folle otro.

Ojo, los argumentos sobre lo natural no se ciñen al lado conservador. Podemos encontrar debates similares en todas partes. Por ejemplo, el Dr. Robin Baker sostiene que en el eyaculado masculino hay espermatozoides especializados en combatir a los espermatozoides de otros machos, lo que demostraría que estamos evolutivamente adaptados para el sexo en tropel. Al margen de que su tesis tiene muchos puntos débiles, la observación de los primates promiscuos muestra que los machos compiten entre sí incrementando el volumen de espermatozoides. Los chimpancés tienen unos güevos el doble de grandes que un humano medio, y dado que pesan un tercio menos que nosotros, en proporción sus pelotas nos triplican. Vamos, que para ser unos promiscuos naturales, nuestras gonadas dan un poco de penita.

Lo curioso es que los machos humanos gastamos un nardo impresionante. Quiero decir, incluso mi humilde colita es un cipotón king size si se compara con el de cualquier otro simio. Lo que me lleva a preguntarme ¿qué ventaja reproductiva supone? A lo mejor en algún momento de nuestra evolución (puede que en la fase erectus) el modo de atraer a las hembras fuera hacer volatines con la polla, y al llegar el celo todos los machos se pusieran a hacer el avioncito, ganando el que lograra las cabriolas más vistosas. Eso explicaría también el porqué del alegre color del glande, que daría mucho más vistosidad al revoloteo.

Bromas aparte, sí hay justificaciones naturales acerca de nuestra conducta sentimental y sexual. Aunque no resultan agradables de oír. Porque he conocido a bastantes parejas, incluída alguna muy cercana, que siguen juntos por pereza, por ignorancia o por miedo. Y eso sí es natural. Personas que arrastran una relación que lleva muerta años, si es que no nació ya malherida, pero nunca se deciden a soltar amarras. Porque ya se han acostumbrado a vivir juntos sin mirarse, porque no se imaginan que fuera puedan encontrar algo mejor, o por puro miedo a la soledad. Porque otra cosa que nos han vendido, es que no tener pareja es un fracaso.

Es un argumento muy triste, y la idea me parece absurda. Yo tengo la suerte de haber compartido media vida con una mujer maravillosa, pero sé que igualmente podría haber disfrutado mi vida sin pareja estable, y ella sería igual de feliz sin un hombre siempre a su vera. Además ser un individuo no implica estar solo, y sería una opción mucho más extendida de no ser por las dificultades económicas que apareja organizar una vida de forma individual. No nos engañemos, hoy por hoy es muy difícil pagarse un piso en solitario, y los problemas logísticos que pueden ir surgiendo, como criar un niño sin ayuda de una pareja, no son desdeñables. Pero volvemos al mismo problema: en muchas parejas, al final es una persona (usualmente ella) quien apechuga con la crianza, así que los retos pueden ser similares.

Precisamente ahora asistimos a la reafirmación de la individualidad en todos los aspectos, incluyendo el sexo y el amor. ¿Porqué no vas a poder amar a otra persona sin verte obligado a compartir casa e hipoteca? Claro que eso implica un grado de madurez que no todo el mundo alcanza, y más cuando entramos en el terreno de las relaciones abiertas, ya sean polisexuales o poliamorosas.  Otra opción que demasiada gente tilda de antinatural (debería patentar esa palabra y cobrar royalties cada vez que alguien la pronuncie con tono indignado: me iba a forrar).

Pero hombre
, dirá alguno (porque es un modo de pensar muy de tíos) eso del poliamor es un chollo, ¿no? Viva la virgen y a pillar cacho. Puede que lo fuera en los 70, cuando todo el mundo se lanzó al desmadre (a mí no me cogió, siempre llego tarde a todo ¡ay!) pero no hoy, precisamente porque la individualidad, y sobre todo la individualidad de la mujer, se ha reforzado**. Además, hablando siempre desde fuera, entiendo que este tipo de situaciones sólo pueden funcionar con una buena dosis de sentido común y capacidad de negociar y resolver conflictos, que haberlos, los habrá. Porque cuando intimamos, siempre hay consecuencias, ya sean positivas o negativas.

Y puesto que hablamos de nuestra afición a complicarnos la existencia, si alguien se plantea esa forma de vivir el amor, debe tener en cuenta que las complicaciones serán, como mínimo, tan numerosas como personas tomen parte.

Otra característica que sospecho necesitan las personas poliamorosas es una capacidad organizativa muy superior a la mía. Yo sólo necesito cuadrar mi agenda con mi chica, y aunque vivimos juntos a veces es un problema. Ése, junto al de la inevitable tensión emocional, es el principal problema que veo a este tipo de relaciones, y de ahí que, a priori, vea imprescindible la madurez. No sé si yo sería capaz de gestionar mi vida de esa manera.

Me diréis, igualmente se necesita madurez en una relación monógama. ¡Pues claro, joder, y en cualquier otra! pero como es lo natural demasiada gente se tira de cabeza sin pensar. De hecho hay más de uno y más de mil que se emparejan con la primera persona con la que follan medio a gusto, no vaya a ser que se les pase el arroz y se queden solos. Y así esas personas igualmente se complican innecesariamente la vida, por obstinarse en creer que quedarse solo es un fracaso.

Bueno, hasta aquí mis divagaciones. Quizás alguien se sorprenda de que no haya hablado de cosas tan de moda como el swinger o el bondage. Aparte de no querer extenderme más, no veo esas tendencias como formas de entender una relación, sino como juegos. Por otra parte el swinger no acaba de darme buenas vibraciones. No veo ningún problema si ambos miembros de la pareja están enteramente de acuerdo al respecto, pero, como apunté arriba, hay demasiadas cosas que se hacen por miedo a la soledad, o por dependencia hacia la otra persona. El BDSM me parece menos problemático, mientras se mantenga en los límites de la diversión. Sólo veo preocupante el coste del atrezzo, que debe ser todo menos barato: la artesanía en cuero o látex tiene un precio muy alto*** . Claro que a lo mejor buscando en las tiendas chinas se encuentran opciones más asequibles, pero la calidad será siempre muy discutible.

En fin. Por desgracia no hay recetas magistrales para evitarnos las complicaciones, precisamente porque no existe una forma natural de hacer las cosas. Así que no deberíamos ponérnoslas aún más chungas buscando excusas y justificaciones. Ya seamos monógamos, polígamos, promiscuos, solitarios, heteros, bisex, homo, transgénero... siempre vamos a encontrarnos con problemas, porque follar y amar siempre tiene consecuencias. Y dado que no amar ni follar resulta igual de problemático, si no más (no hay más que ver la cara de vinagre de Rouco o Ratzi****, que en teoría no follan y desde luego no aman) no nos queda otra opción que apechugar y tirar p'alante. Al menos nosotros, de cuando en cuando, nos reiremos por el camino.

(Actualización a fecha de 2015: tras varios años metido en el mundo de las relaciones poliamorosas, entendidas como relaciones no monogámicas, éticas y afectivas, confirmo que el esfuerzo personal que requiere este tipo de planteamiento es intenso, y el dolor puede ser tan grande como la alegría, pero estrellarse es un precio pequeño si logras volar)

* ¿Frígidas? Sólo de pensar lo que debe sentir una mujer con otra me estremezco de pura envidia.

** Se acusa al feminismo de ser un enemigo de la sexualidad. Nada me parece más alejado de la realidad: es en igualdad como una mujer puede vivir realmente su sexualidad, no como esclava atenta a satisfacer al amo, sino como persona que goza de su cuerpo en compañía o sin ella.


*** Ojo, que lo vale: he visto auténticas maravillas en algunos catálogos, de esas que requieren muchas horas de trabajo y mucha experiencia detrás.

**** Ya creíais que me había olvidado de ellos ¿verdad? Pues no soy amigo de dar hilo sin puntada.

sábado, 16 de julio de 2011

DE AMAR, FOLLAR... y lo que nos gusta complicarnos la vida (I)


Hace tiempo una amiga me preguntó porqué uso tan poquito la expresión hacer el amor. Aparte de encontrar que se ha aplicado a tantas situaciones que se puede vaciar de contenido, creo que es una fórmula que llama a la confusión. Para entenderlo, primero necesitamos definir los términos. En esencia, amar es compartirse, y follar es disfrutarse. Son conceptos diferentes, y juntos resultan geniales, pero pueden vivirse por separado.

El problema es que cuando follamos (bien) con alguien lo normal es cogerse cariño, aunque sólo sea por la propia relajación del post-polvo. Estoy seguro de que cuando nuestro compañero de escuela, el gran humanista S, se follaba un melón*, charlaba un ratito de forma amigable con la cucurbitácea mientras se fumaban el cigarrito de después. Porque la situación se presta. Y ahí viene el conflicto, porque sí, podemos hacer el amor con la persona a quien amamos, pero también podemos hacerlo justo al revés y poner la carreta delante de los bueyes.

Con dos dedos de frente, la follada no tendría consecuencias negativas, si acaso ayudaría a mejorar nuestras relaciones. Pero nos gusta complicarnos la vida e intentamos darle a nuestros actos una trascendencia que probablemente no tengan. Estás con un amigo-amiga, os gustáis, tenéis un ratito de intimidad, la temperatura sube, una polla lleva a la boca digoooo... una cosa lleva a la otra, folláis como mandriles, os corréis en comandita... hasta aquí nada que objetar, pero entonces uno (o ambos, o más si ha sido un triplete o grupo superior) empieza a comerse la cabeza con que ese polvo significa algo, porque desde siempre nos han vendido la burra de que el sexo va unido al amor.  Y no es así, a veces (muchas) simplemente nos disfrutamos. Pero el runrun no ceja y llegan las complicaciones.

La primera y más clásica es obsesionarse con que esa otra persona es especial. Que lo es, porque todos somos especiales, y si nos gustamos, pues mucho más. Pero un polvo, por rico que nos sepa, no se traduce en un amor para toda la vida.

Este es un error que antes se asociaba más a las mujeres, pero todos podemos caer. Cuando nos regocijamos, bajamos las defensas, y somos vulnerables. Tomar decisiones al calor de los genitales es una imprudencia, mantenerlas contra viento y marea cuando el calor se ha pasado es una estupidez. Y construir una relación de pareja en base a un apretón es una garantía para el desastre: el amor de tu vida se construye día a día, no te cae del cielo entre arrullos y sábanas de seda.

Esta primera complicación se debe, como digo, a la confusión, pero otras nacen de nuestra perra manía de complicarnos la existencia y complicársela a los demás. Y cuando amamos y follamos, nos la complicamos mucho. O mejor dicho, nos la complicamos mucho más. Porque demasiada gente intenta hacer de su costumbre un patrón para todos. ¿Cuántas veces no hemos oído decir que determinadas formas de amar son antinaturales? Un adjetivo que engloba TODO salvo la monogamia heterosexual. De donde se sigue que esa es la manera natural ¿no?

Bueno, si algo es natural, debe estar ampliamente representado en la naturaleza. Miremos a los primates, tan naturales ellos. Nuestro pariente monógamo más cercano es un primo tercero, el género Hylobates (los gibones, para entendernos), y el resto son grupos bastante alejados, incluyendo algunos prosimios. Pero si miramos a nuestra familia más directa, resulta que los gorilas son poligínicos (un macho, varias hembras), los orangutanes son polígamos dispersos (emparejamiento al azar, sin formar familias) los chimpancés son polígamos múltiples (grupos de machos y hembras, que follan de acuerdo al rango social) y los bonobos, además de múltiples, son bisexuales (un follón en el mejor sentido de la palabra, todo el mundo con todo el mundo, estableciendo el rango social en función de con quién se folle).

Bueno, a lo mejor los monos, además de pajilleros, son unos antinaturales, pero seguro que entre el resto de mamíferos la cosa cambia ¿no? No. La práctica más extendida es la poliginia. Nos queda el fascinante mundo de las aves, repleto de alegres pajarillos monógamos y fieles, esforzándose en hacer nidos cuquísimos para criar a sus tiernos y hambrientos polluelos. Pero cuando se ha estudiado el adn de las puestas, la imagen de fidelidad se ha caído al suelo. En la mayoría de las especies supuestamente monógamas, los cuernos múltiples (machos follando con todas las hembras de la zona, hembras tirándose a todo macho que pase cerca del nido) son de lo más habitual.

Dejemos de buscar lecciones en los bosques. La monogamia no está impresa en nuestros genes, sólo depende de los condicionantes sociales, siendo el más importante la dependencia económica de la mujer respecto al hombre. A medida que las mozas ganan el control sobre sus recursos, la pareja deja de ser un pilar inamovible y se convierte en una opción más entre otras.

Al menos, dirán los bienpensantes, sí hay algo claramente natural, y es la cópula heterosexual, Adán con Eva, Eva con Adán. Ja, y de nuevo ja, ja, y aún añadiría otro ja. Se conocen centenares de especies en las que las relaciones homosexuales son de lo más corriente, no sólo entre los mamíferos, sino en aves, reptiles e incluso insectos. Y aunque no fuera así, aunque fuéramos la única especie con prácticas homosexuales, daría lo mismo, porque la heterosexualidad sólo es obligatoria para tener descendencia, pero los humanos normalmente no follamos para tener niños, sino porque nos gusta follar. Y ahí no hay normas que valgan.

Yo me considero heterosexual en alto grado (si hetero es negro y homo es blanco, vengo a ser un gris oscuro) Encuentro atractivas a la mayor parte de las mujeres de edad adecuada** que me cruzo por la calle y muy, muy, muy atractivas a casi todas mis amigas. Soy un rendido devoto del coño, maravilla genital y centro del universo, al menos del mío. Pero de cuando en cuando se me queda en la mirada algún hombre que me hace exclamar (mentalmente, que uno es tímido) joder, me lo follaría. El último, un megaviril mulato que atendía en un macdonald, con un cuerpazo que quitaba el hipo. Aunque en este caso el follado sería yo, porque con un macizo así sales del armario sabiendo que te van a matar, pero morirás bien relleno...

Pero dejemos las confesiones para otro momento porque nos estamos desviando del tema. Lo que quiero decir es que poca gente es 100% hetero o 100% no hetero, luego no deberíamos llevarnos las manos a la cabeza si alguien se cambia de equipo a mitad de la partida...

(to be continued one day of these)

* Lo que resulta más complejo de lo que parece, pero S, que es un pozo de sabiduría, nos ilustró en su momento sobre las diversas técnicas y usos.

** Es decir, a día de hoy (editado en 2022) entre los 40 y los 65, asín a ojo

sábado, 9 de julio de 2011

SEXO EN NIUYORS (bueno, en Génova, pero casi viene a ser lo mismo)



Alberto Ruíz Gallardón tiene fama de dilapidar en proyectos faraónicos. Algunos dicen que es su modo de avanzar hacia el poder en el partido Popular, pero se equivocan. El alcalde acomete tuneles, estadios e intercambiadores con saña asiria por el más triste de los motivos, el desamor.

El pobre Alberto rotura la tierra para impresionar a la mujer a la que desea en secreto y con locura. Quizás, de forma inconsciente, trata de afirmar su virilidad autoidentificándose con fálicas tuneladoras. En el fondo sabe que es un esfuerzo inútil, porque ante ELLA siente como su masculinidad se empequeñece y sólo un orgullo mal entendido le impide arrastrarse en actitud suplicante. Y es que Esperanza Aguirre le pone burro. Pero burro, burro.

Él siempre ha soñado con ser un esclavo sexual, y, tiempo ha, reconoció en Espe al ama severa e implacable que lleva buscando desde hace años. Cada vez que se la cruza por los pasillos de Génova, su mente se nubla y su entrepierna se inflama imaginando el instante en que ella, con ceñido traje de cuero y afiladísimos tacones, empiece a golpear sus nalgas con el látigo.

¡Has sido infiel a la memoria de Aznar! (zas, zas, zas) ¡Toma, zapaterista mal disfrazado! (zas, zas, zas) ¡prueba el sabor de la justicia, emboscado del socialismo! (zas, zas, zas)
Sí, dame, dame, me lo merezco, ama, he sido tan malo... ¡soy tu perra!

Pero el pobre ignora la terrible realidad. Nunca cumplirá sus deseos, porque las fantasías de Espe no incluyen azotar alfeñiques de pelo rizado. Ella, secretamente, se excita imaginando que las turbas proletarias asaltan su casa y desgarran sus ropas con dedos libidinosos.

Y, claro, Alberto no es el único con problemas. Porque, como todos sabemos, Esperanza no siempre es consciente de lo que la rodea (ahí están sus continuos deslices a micrófono abierto para probarlo), y el choque de sus ensoñaciones con la realidad puede tomar matices extraños.

¡A las buenas tardes, el butano!
¡Vienes a tomar mi virginal cuerpo de condesa a la fuerza! ¿Verdad, rojo obsceno?
errr…no, señora presidenta, yo venía a traer la bombona, pero si es mal momento, pues ya me paso otro día ¿eh? que uno es un mandao...
¡Sacia tus viles deseos, inmundo garañón a sueldo de Rubalcaba!
No, si yo soy de Repsol... bueno, una subcontrata, pero tal y como están las cosas no puedo quejarme, ¿sabe?
– ¡Tómame, sudoroso butanero! ¡Ultrájame, haz de mi lo que quieras!
– (ya empezamos, unos crían la fama…) mire, señora, que no es por no hacerla el favor, si yo lo haría encantado, pero mi MariJuli se lo tomaría a mal ¿sabe? y además ya casi es la hora del bocata, y el convenio no contempla este tipo de servicios...
– ¡Maricón! ¡Inútil! ¡Menchevique! ¡Mucha boquilla, pero al final no valéis para nada!... Noooo, si ya os tengo calados a vosotros, yaaaa...¡!Que todos los holgazanes os hacéis socialistas!

Y así transcurre el día a día del alcalde y la presidenta: dos barcos solitarios, que nunca verán cruzarse sus rutas en la inmensidad del océano.

domingo, 3 de julio de 2011

INCREIBLE PERO MENTIRA (I) ¿Las rubias son tontas?


Damos comienzo a una nueva serie, centrada en esas cosas que todo el mundo sabe, aunque nadie sabe por qué lo sabe. Hay ejemplos a puñaos, pero yo he elegido como introducción un mito al que le tengo una particular tirria.

Todo el mundo sabe que las rubias son tontas . Eso facilita mucho el trabajo de los guionistas de sitcom. ¿Qué no sabes cómo resolver una escena? Rubia entra por la puerta, abre la boca y dice una estupidez. Risas. Aplausos, el público asiente con mirada cómplice. Crisis de creatividad solventada.

Yo discrepo. He conocido alguna rubia tonta, pero también conozco morenas, pelirrojas y castañas tontas. Y conozco rubias listas o muy listas, como mi amiga P, que supera  la categoría lista y entra en la de brillante. De hecho conozco más hombres rubios, morenos, pelirrojos y castaños tontos de solemnidad que rubias tontas, luego parece que el argumento del color del pelo no se sostiene tanto como el del gen Y. Así pues ¿De donde sale esa idea?

El bulo tiene un origen y fecha muy concretos: Hollywood, años 50. En décadas anteriores las rubias que se veían en la gran pantalla no era tontas, sino malvadas y pecaminosas. La rubia era la vampiresa sinuosa y sibilina que robaba el corazón del protagonista y lo rompía en pedacitos para su placer, obligándole a cometer todo tipo de sinsentidos y delitos: Marlene Dietrich enloquecía a los hombres más sensatos arrastrándolos al abismo en el dogal de sus rubios cabellos (sus vertiginosos muslos también tenían algo que ver, pero no debemos desviarnos del tema). En cambio la novia casta y pura, que lograba redimir al muchacho y apartarlo del mal camino, solía ser una chica morenita con cara inocente y virginal.

La malignidad de pelo dorado llegó a su culmen con la inolvidable, inigualable e inagotable Mae West. Era la mujer sobre la que tu madre te advirtió y tu padre siempre te envidió. Mae decía PECADO en todas sus dimensiones, curvilineas y reventonas. Dicen que el primer contacto de John Wayne con el cine fue un fin de semana en el que la West se lo folló junto al resto de miembros (nunca mejor dicho) de su equipo de futbol americano. El lunes ella fue al estudio fresca como una rosa, mientras ellos balbuceaban ¿Alguien puede arrastrarse hasta el teléfono y pedir una ambulancia?

Por supuesto la West era odiada por todos los pacatos y estaba en el punto de mira del infame código Hayes. Frases como A story about a gal who lost her reputation - and never missed it! no dejaban demasiado sitio para la moral y la decencia. Pero lo que más alarmaba a los bienpensantes era que el tipo de mujer que encarnaba Mae dominaba a los hombres, torpes juguetes de su voluntad. La rubia era peligrosa.

Entonces vino la guerra, y mientras los hombres iban al frente las mujeres estadounidenses fueron a las fábricas y descubrieron el sabor de la independencia. Tras la guerra el gobierno Truman y las administraciones que le siguieron iniciaron la tarea de devolver a las mujeres al hogar, a ocupar otra vez papeles secundarios. El cine puso mucho esfuerzo en esa tarea: no era posible hacer desaparecer a las vampiresas del cine (ahí está Gilda para demostrarlo) pero sí convertirlas en seres menos amenazantes. Y entonces llegó Marilyn.

Marilyn era, como Mae West, el pecado carnal que ningún hombre podría resistir (que se lo digan a Groucho) pero tenía una candorosa expresión que la permitía hablar con inocencia mientras a su alrededor las gónadas masculinas se incendiaban. Era rubia, era deseable y no era amenazante. Los productores dieron con la fórmula perfecta, plasmada de forma impecable en Los caballeros las prefieren rubias: La rubia era una bomba sexual pero no dominaba a los hombres porque era tonta mientras que la morena era inteligente ,pero no era peligrosa porque no era rubia*.

El estereotipo sobrevivió a la propia Marilyn, como demuestran las películas de Doris Day y Rock Hudson, en las que ella siempre interpreta a una eficiente e hiperactiva trabajadora ejemplar (y rubia) y el es un dicharachero holgazán que, por supuesto, acabará por engañar, seducir y llevarse al huerto a la chica. Porque, por muy diligente y profesional que parezca, es rubia, y las rubias son tontas.

En resumen, la mujer rubia, prototipo del pecado y la carnalidad, icono de malignidad y lascivia en los años 30, que esclavizaba a los hombres, acabó convertida en un adorno: linda de ver, agradable de usar, e inofensiva por su estupidez.

En cualquier caso, podemos ver que no hay un enlace natural entre el color del pelo y la falta de intelecto. Sin embargo la leyenda tiene una base de veracidad indirecta, debido precisamente al estereotipo hollywoodiense.

Las rubias naturales no tienen nigun motivo para ser más o menos tontas que las morenas o las pelirrojas. Hasta ahí, todo es lógico. Pero hay una causa no natural que justifica la fama estupidez de las rubias, al menos de una categoría de rubias: las teñidas.

¿Cuantas rubias naturales hay? Pocas, ya que los genes que controlan el tono del pelo claro son recesivos. Más allá de los países nórdicos la población de pelo claro es siempre minoritaria o simplemente inexistente, ya que el color del pelo está determinado por la concentración de melanina y la ausencia de ese pigmento suele aparejar problemas de salud, entre otras causas por falta de vitamina D (cuando toquemos el tema  los rubios se extinguirán en el siglo XXI veremos el porqué del melanismo en las poblaciones noreuropeas)

Ahora bien, el modelo de belleza vendido por Hollywood desde sus orígenes es rubio. Los caballeros las prefieren rubias, y las productoras de cine también. En consecuencia tenemos un factor social que asocia los conceptos rubia-guapa. Una mujer con dos dedos de frente y seguridad en sí misma no hará caso de esos estereotipos porque la belleza no depende del color del pelo (y si alguien se atreve a decir lo contrario merece ser muerto a pedradas en nombre de Sofía Loren y Ava Gardner). Una mujer así puede decidir teñirse el pelo de rubio si realmente ese color le sienta bien. Y hasta aquí no hay nada que objetar.

Pero una mujer con falta de carácter, sin discernimiento e influenciable, es decir, tonta , sí hará caso de los estereotipos y creerá que tiñéndose de rubia será más guapa. El resultado es una proliferación de falsas rubias que bajo su pelo teñido tienen (muy) escasas luces. Ese volumen de rubias fraudulentas es, evidentemente, muy superior al conjunto de rubias naturales: debido a ello, aparentemente hay un porcentaje muy alto de rubias tontas porque al porcentaje natural de rubias tontas se suma una enorme cantidad de morenas, castañas y pelirrojas tontas que se han teñido el pelo. El efecto es doble, porque las morenas, castañas y pelirrojas tontas acaban teñidas de rubio, pero las rubias tontas no se tiñen de moreno, castaño o pelirrojo, con lo esos tonos de pelo parecen incluir un mayor volumen de mujeres inteligentes. Y así las morenas, castañas y pelirrojas tontas siguen existiendo, sólo que disfrazadas de rubia.

En conclusión, podemos afirmar con solemnidad que LAS RUBIAS NO SON TONTAS pero lo parece porque MUCHAS TONTAS SE TIÑEN DE RUBIO.

* No puedo enfadarme con Marilyn: su imagen hizo daño a la causa de la mujer, pero cada vez que la recuerdo cantando poh poh pe tooh, pooh! se me derriten los cromosomas, junto a mis escasas neuronas funcionales.

** Lo que no depende ni de su sexo, posición social, bienes o educación: se puede ser tonto independientemente de cualquier otro factor personal