jueves, 29 de marzo de 2012

Y SIN EMBARGO... (III) Hablando (bien) de Roma


¿Porqué Ratzinger podría ser adecuado para introducir cambios en la doctrina eclesial? Después de todo no parece muy amigo de novedades ni mucho menos un fervoroso creyente o un revolucionario. Ni siquiera es simpático. De hecho resulta bastante gris.

Los medios han intentado traspasar la popularidad del anterior papa al actual, como si bastase con un lema pegadizo para convertir a cualquiera en un fenómeno de masas. Pero  por mucho que los obispos movilicen masas de felices jóvenes a su paso, Benedicto XVI no rebosa carisma. Ratzinger es un burócrata nato, un gestor que ha trabajado en la sombra durante décadas y se ha ocupado de las tareas más incómodas desde la Congregación en Defensa de la Fe (el antiguo Santo Oficio). Y eso es bueno: la Iglesia no necesita un lider carismático sino un administrador frío y calculador.

Su racionalidad pudo apreciarse a comienzos del pontificado, cuando acarició la idea de apoyar las tesis del Diseño Inteligente frente a la Teoría de la Selección Natural. Ratzinger, tras unos meses de vacilaciones, dio carpetazo al asunto. No porque tenga una mente volcada hacia la verdad científica, sino porque un giro en esa dirección hubiera supuesto desautorizar a dos papas, Pio XII y Juan Pablo II, y sentaría un peligroso precedente. Así que cerró la puerta a los coqueteos con el creacionismo (aunque algunos grupos como el opus intentan mantenerla abierta). 

También ha procurado no dejarse arrastrar por la ultraconservadora Conferencia Episcopal Española a las luchas políticas de nuestro país, para decepción de Rouco y sus afines, que esperaban un decidido espaldarazo del pontifice al tea party español. Por supuesto el Papa es de derechas, pero sabe nadar y guardar la ropa. Así pues tenemos a un hombre conservador pero pragmático, que mide sus pasos. Un buen timonel a la hora de encarar las crisis que tiene abiertas en estos momentos la iglesia católica. 

Insisto: conservador y pragmático. No debemos esperar un salto en asuntos que podrían suponer un grave conflicto en la mayor parte de los países de mayoría católica. Pero hay una serie de problemas a los que la jerarquía eclesial va a tener que hacer frente en los próximos años y este Papa podría ser la persona adecuada para dar los primeros pasos de forma que la transición sea lo más suave posible.

· El más evidente, a priori, es el de la posición subordinada de la mujer en la iglesia. Sin embargo ese es un bocado difícil porque Juan Pablo II lo bloqueó de forma cruda y directa, entronizando a la monja Teresa de Calcuta como ejemplo a seguir por todas las mujeres cristianas. Esto es, sacralizando el papel de sierva y cerrando todas las puertas a la ordenación de mujeres. Ese bloqueo, hoy por hoy, resulta insalvable, y dudo mucho que veamos avances en las próximas décadas. Lo que dificulta la búsqueda de soluciones al segundo problema.

· La pérdida de vocaciones supone una crisis de base muy grave. En Europa el clero nativo está muy envejecido y no hay un recambio a la vista. La prensa católica ha lanzado las campanas al vuelo porque este año hay en España 40 seminaristas más que el pasado (¡40!), lo  que demuestra hasta que punto es grave la cuestión. Muchas bajas han sido cubiertas con sacerdotes sudamericanos, pero esa solución no da demasiada alegría a los feligreses, ya que los curas foráneos no sólo carecen de raices en las parroquias españolas, sino que suelen tener un perfil ultraconservador, lo que choca bastante con una sociedad como la nuestra que, pese a los voceros del extremismo como Hazte Oir o los Quicos, se ha vuelto bastante moderada e, incluso relativamente abierta. Si las mujeres pudieran ordenarse el volumen de seminaristas aumentaría mucho, ya que su participación en el culto sigue siendo mayoritaria y es lógico suponer que, de partida, habría un buen número de vocaciones femeninas.

No obstante sería un alivio temporal. La realidad es que, mal que le pese a la clerecía, el volumen de creyentes disminuye en todo el mundo y si quieren cubrir las bajas a medida que se jubilan los sacerdotes ordenados en los años 60 y 70, la única solución es ofrecer unas condiciones más atractivas. La crisis económica incentivará un poco las vocaciones pero cuando remita el problema seguirá ahí y volverá a agravarse, porque parte de los que vistan la sotana para sacar el vientre de penas la colgarán si consideran que volver al mundo va a suponerles una vida más aceptable. Las últimas campañas publicitarias ponen el acento en la cuestión laboral, subrayando la estabilidad del trabajo del sacerdote, así que parece que en ese sentido la Iglesia ha empezado a moverse, aunque sea muy lentamente, aceptando que lo que está ofreciendo es una salida laboral y debe tratarla como tal.

· La crisis de la pederastia se ha convertido en la cruz más pesada del Vaticano. La Iglesia está empezando tímidamente a aceptar sus responsabilidades en el tema, ya que ha llegado a un punto en el que tratar de presentar el diluvio de denuncias como malentendidos, equívocos o casos aislados se ha vuelto activamente en su contra e incluso ha apartado de su lado a parte de los creyentes. Ratzinger está gestionando de forma bastante fría la crisis, minimizando en lo posible los daños y procurando acallar las quejas con indemnizaciones y actos de contrición.

Puede que lo peor esté todavía por llegar: hasta ahora el escándalo ha saltado en países donde el catolicismo no es mayoritario (salvo el caso de Irlanda, pero este país siemrpe ha sido una rara avis). Sin embargo podría haber un nuevo estallido en naciones como Italia, Austria, España, o los países suramericanos, y convertirse en un verdadero incendio anticlerical. En España la postura actual de la iglesia es muy agresiva, y a cualquier crítica en ese sentido se responde desviando la atención a otros asuntos (es ya un lugar común que los medios ultracatólicos ondeen la bandera de Cáritas o aludan a los musulmanes cada vez que se menciona la pederastia o el robo de bebés) pero un afloramiento repentino de miles de casos, como ha sucedido en Alemania, EEUU o Irlanda, sería un mazazo difícil de esconder.

El último problema no suele mencionarse demasiado pero resulta muy acuciante a nivel social: se trata de las relaciones de pareja. La Iglesia sigue entronizando la institución del matrimonio como santa y, sobre todo, indisoluble. Lo que Dios ha unido que no lo separe el Hombre. Bellas palabras, pero ajenas a la realidad, porque miles y miles de matrimonios católicos se rompen todos los años, y eso deja a una gran cantidad de creyentes sinceros en una difícil situación. Cualquier relación posterior a la ruptura les está vedada, salvo que acepten los lentos (y costosos) trámites del Tribunal de la Rota. La postura eclesial, a día de hoy, ha sido hacer la vista gorda. Si a veces sale en las noticias algún sacerdote que niega los sacramentos a una persona separada es, precisamente, por lo raro del hecho: es mucho más cómodo fingir que no pasa nada.

Lo mismo sucede en cuanto a las relaciones prematrimoniales o los anticonceptivos. Por mucho que se lancen campañas en pro de la virginidad y se pongan como ejemplo a seguir a matrimonios con trece o catorce hijos, lo cierto es que la inmensa mayoría de los jóvenes católicos se desprecinta mucho antes de pasar por el altar y la mayoría de las parejas casadas usan preservativos. Todas esas personas, teóricamente, están en pecado mortal y deberían ser excluidos de la comunión, pero los sacerdotes prefieren mirar para otro lado y no buscarse problemas. El debate al respecto lleva ya varios años en marcha, aunque sea de forma soterrada, y más tarde o temprano veremos cambios doctrinales.

· No veremos ningún cambio en la cuestión del celibato sacerdotal. No por cuestiones doctrinales, sino económicas: si un parroco tuviera la posibilidad de casarse y formar una familia, necesitará unos ingresos que le permitan hacer frente a sus obligaciones familiares, lo que supondría un notable encarecimiento de las nóminas en la Iglesia. Mucho me temo que, pese a que el debate está ahí y buena parte de la grey cree que no hay nada malo en el matrimonio de los sacerdotes, los curas van a tener que seguir teniendo la polla de adorno o usándola ilícitamente durante muchos años.

Tampoco veremos avances en lo referente a la homosexualidad. La Iglesia ni siquiera acepta que hacerse pajas sea natural, así que la idea de que dos (o más) personas del mismo sexo puedan retozar con la bendición de Cristo está muy, muy lejos de asomarse a las mentes de los obispos. En una sociedad como la española esto podría aceptarse sin demasiados problemas, pero la mayor parte del mercado católico está compuesto de países con escaso nivel educacional y posturas profundamente homófobas, así que nadie va a mover baza en un asunto que puede suponer muchos disgustos y sólo aliviaría a un reducido porcentaje de feligreses.

Puede parecer, de lo dicho hasta ahora, que aquí, como decía el Gatopardo, se trata de cambiar para que todo siga igual. Cierto, esa es la manera eclesial. Dando, eso sí, mucho bombo a cualquier mínima modificación del dogma y vendiéndola como una prueba de modernidad y audacia. Y seguramente dejará encarriladas las cosas para que su sucesor mantenga una política similar. Veremos mucho maquillaje, muchas buenas palabras y pocos cambios reales. Pero habrá cambios, por reducidos que sean, porque la Iglesia sabe cuando debe mover ficha, aunque sólo sea una casilla.

Suelen hacerse muchos chistes por lo que ha tardado Roma en perdonar a Galileo y disculparse por su condena. Cuatrocientos años son muchos, eso es indudable, pero al final rectificaron. A día de hoy, sigo esperando a que los calvinistas pidan disculpas a Miguel Servet.

Despacio, muy despacio. Pero Roma, a la larga, se mueve.

viernes, 23 de marzo de 2012

Y SIN EMBARGO... (II) Hablando (bien) de Roma


La imagen de inmovilismo de la Iglesia es, en su conjunto, acertada. En un momento y situación dados la clerecía siempre se aferra a lo conocido y procura poner todas las trabas del mundo al cambio. No es algo nuevo, tenemos ejemplos sobrados a lo largo de sus veinte siglos de existencia. Sin embargo, cuando las cosas se ponen realmente peliagudas, Roma se pone las pilas. 

La última gran crisis anterior al siglo XIX fue la de la Reforma. Tras el Concilio de Trento la Iglesia abandonó su cómoda poltrona de corruptelas, politiqueos de mil colores y autocomplaciencia para reconvertirse en una entidad beligerante. En muchos aspectos la Contrareforma fue un lavado de cara, pero en otros supuso un verdadero cambio: había demasiado en juego, se habían perdido Alemania y los reinos del Norte, y en unos años Gran Bretaña y buena parte de Flandes les siguieron. En los siglos XVII y XVIII se logró consolidar un razonable status quo gracias al apoyo de España y el Imperio (y en menor medida, Francia, volcada al catolicismo tras las guerras de religión). 

A finales del XVIII empezó una nueva tormenta. La Iglesia había apostado decididamente por el Ancien régime y su caída fue un golpe tremendo. Las guerras napoleónicas acabaron de socavar los cimientos de una sociedad agonizante y cuando la industrialización y los nacionalismos barrieron el mapa de Europa Roma se encontró sin suelo bajo los pies. Literalmente, ya que sus posesiones terrenas le fueron arrebatadas durante la unificación de Italia y el papa se convirtió en prisionero en su propio palacio. Pio XI y sus sucesores no supieron reaccionar y se limitaron a condenar urbi et orbe todo aquello que sonara a novedoso o acabara en -ismo.

La catástrofe de las guerras mundiales acabó por sacudir del Vaticano un sueño enmohecido de siglos. La perspectiva de un mundo donde Europa ya no contaba, con el fantasma del comunismo agigantándose y la ciencia lanzada a desentrañar el universo en todas direcciones hicieron que los obispos empezaran a temer por su misma existencia y Juan XXIII, que debería haber sido un cómodo Papa transicional, convocó el Concilio Vaticano II.

El Concilio supuso un verdadero terremoto ya que puso en entredicho prácticamente todo. Doctrina, liturgia, protocolos... todo. Sin embargo no se tradujo en una revolución, porque los concilios no decretan órdenes inapelables, sólo establecen vías de actuación, vías que están sometidas a escrutinio e interpretación. Se haber vivido lo suficiente, es posible que Juan XXIII hubiera rematado la obra conciliar confirmando con su indiscutible autoridad las conclusiones conciliares, pero no fue el caso y con Pablo VI a la cabeza los obispos iniciaron la tarea de recortar las innovaciones para hacerlas más manejables.

Hubo cambios notables, como el abandono de la liturgia latina, el ecumenismo, la eliminación de ciertas normas rituales completamente anticuadas (como la obligación de que las mujeres fueran cubiertas en la iglesia) y, quizás lo más novedoso tras siglos de decidido apoyo a ricos y poderosos, un nuevo énfasis en el trabajo con los desfavorecidos, la tan mentada obra social* de la Iglesia. Esos cambios supusieron un importante lavado de cara y podrían haber sido el punto de partida para una verdadera renovacion pero el largo papado de Juan Pablo II supuso una vuelta de tuerca radical por parte del ala más conservadora del clero y dejaron buena parte de las reformas en pura cosmética.

Para buena parte del clero el frenazo fue traumático, ya que se esperaba una verdadera reforma doctrinal y, como mínimo, se confiaba en que habría diálogo y consenso, no un retorno del ordeno y mando. No fue el caso: las ideas progresistas (los que peinamos canas recordamos la Teología de la Liberación) fueron condenadas de forma explícita y el único diálogo fue en la dirección contraria, para reintegrar a la obediencia a los sectores más extremistas y ultraconservadores, y evitar un cisma eclesial por la derecha. 

En España los efectos del golpe de timón fueron muy duros. La línea dialogante encabezada por el cardenal Tarancón fue cercenada y a su muerte la Conferencia Episcopal se convirtió en el refugio del sector más extremista e intolerante de la clerecía hispana. Esos años trajeron una cosecha de vocaciones perdidas y una buena cantidad de religiosos, en su mayoría relativamente jóvenes, colgaron los hábitos y dieron la espalda a unos obispos entregados en cuerpo y alma a la tarea de dar marcha atrás al tiempo.

Pero el tiempo no acepta presiones clericales y la sociedad ha seguido su camino. El resultado es que por una parte se ha abierto una brecha entre la cúpula eclesial y su rebaño, y por la otra, el clero hace frente a una serie de problemas que afectan a su propia estructurta y amenazan su supervivencia. La Iglesia del siglo XXI tiene varios frentes abiertos cuya solución pasa por aceptar un debate doctrinal y unos cambios de una profundidad que los más conservadores consideran inaceptables. Paradójicamente, el actual papa, el denostado Ratzinger, podría ser la persona adecuada para afrontar esos cambios.

(continuará)

* La labor social de la Iglesia despertó muchas esperanzas en los años 70 y 80. pero ha quedado reducida a una estructura organizada de caridad. Como tal, es útil  y visible, pero ha dejado en la cuneta el compromiso real con los desfavorecidos y la presión a favor de reformas legales y sociales que acaben con la injusticia, es decir, ayuda a combatir los síntomas pero permanece de espaldas a las causas de los problemas.

jueves, 15 de marzo de 2012

Y SIN EMBARGO... (I) Hablando (bien) de Roma



Sé que la entrada de hoy va a sorprender a mucha gente. Es posible incluso que alguno me retire el saludo, pero es un riesgo que puedo asumir. Porque igual que tengo facilidad para criticar los (muchos) defectos de la Iglesia, también lo tengo para ensalzar sus virtudes. Desde un punto estrictamente ateo, se entiende.

Sí, he dicho virtudes. Si los obispos gobernaran el Imperio del mal y la superstición que retrata la caricatura, hace siglos que hubieran desaparecido o se habrían convertido en una más de las muchas sectas que pululan por el mundo. Pero no es el caso: la Iglesia Católica ha demostrado ser una institución de sorprendente éxito a la hora, no ya de sobrevivir, sino de medrar a lo largo de veinte siglos. Un creyente católico apostillaría que eso se debe a que defienden la religión verdadera.  Un protestante diría que Satán apoya las malvadas obras de Roma. Un materialista histórico hablaría de la connivencia entre el capital y la clerecía para oprimir al proletariado... pero las cuestiones de fe no me atañen. Yo busco explicaciones más racionales, y la baza que ha dado ventaja a la Iglesia es la racionalidad de su estructura.

La mayoría de las confesiones monoteístas viven su fe de forma dispersa, sin una jerarquía clara. Los imanes musulmanes, al igual que los pastores evangelistas o los rabinos, mantienen el control bajo una congregación determinada, y en ocasiones pueden influir en otras congregaciones, más en estos tiempos en los que la rapidez con la que se difunde un mensaje se ha multiplicado a niveles inimaginables hace dos décadas. Pero ningún imán, rabino o pastor puede proclamar una verdad absoluta y decisiva, porque carece de la autoridad necesaria para ello. Para los judíos, se trata de una herencia de la dispersión de sus comunidades religiosas tras la destrucción del Templo, agravada por progromos y todo tipo de leyes antijudías siglo tras siglo. En la mayoría de los cultos reformados, esto obedece a que cualquier lector de la Biblia se considera capaz de interpretarla sin que nadie pueda objetar  nada a su personal relación con Dios (lo que no importa demasiado, la mayoría de interpretaciones se limitan a decir NO, NO y NO a todo lo que pueda resultarles molesto).

La ausencia de centralismo religioso en el mundo musulmán se debe a la disputas por el poder tras la desaparición de Mahoma. En teoría, la institución del Califa (comendador de los creyentes) debía representar la voz de la fe al margen de otros poderes, pero en la práctica los gobernantes se adueñaron enseguida del título califal, haciendo imposible el nacimiento de una autoridad religiosa independiente del poder, digamos, civil (lo que por añadidura hizo imposible el nacimiento de un poder civil y lastró gravemente a las sociedades musulmanas)

Nos quedan unas pocas ramas del cristianismo reformado, como la iglesia luterana alemana o la anglicana, el chiismo iraní, y la Iglesia Católica. En estos casos hablamos de una estructura claramente jerarquizada con una autoridad central, sea personal o colegiada. No es el caso de la iglesia ortodoxa: esta vive atomizada entre multitud de autoridades nacionales, ya que nadie puede reclamar la autoritas del primado de Constantinopla, extinguida tras la caída del Imperio Oriental. Con anglicanos o luteranos hablamos de iglesias de ámbito nacional o regional (los luteranos se extienden por el norte de Europa y tuvieron cierta expansión en EE UU). Lo mismo sucede con el chiismo, que no influye prácticamente nada en el mundo árabe por cuestiones étnicas y de doctrina. Sólo la Iglesia Católica extiende su poder a nivel planetario.

¿Cómo ha logrado Roma este éxito? Pues, por extraño que suene, porque su estructura piramidal le da una notable capacidad para evolucionar. La autoridad eclesial emana directamente del Papa, que pese a ser elegido en cónclave por los cardenales no es un primus inter pares sino un soberano absoluto. Ese absolutismo se traduce en que una decisión papal es incontestable y, en consecuencia, cualquier cambio o novedad introducido desde el Vaticano, es inamovible. Es decir: cada vez que el Papa acepta un paso hacia adelante, no hay posibilidad de retroceso.

 Sucede lo mismo en las confesiones anglicana o luterana. Hay una estructura de poder encargada de la toma de decisiones y estas decisiones son inapelables. En estos casos la evolución ha sido muy rápida en las últimas décadas, lo que puede hacer pensar que su funcionamiento es más ágil que el de la Iglesia Católica. Es evidente que la burocracia vaticana es enorme y ejerce un lógico efecto de anquilosamiento pero creo que en mayor medida esa diferencia se debe a que las iglesias reformadas tienen una grey limitada y homogénea, lo que facilita mucho el consenso. Por el contrario el Vaticano tiene que hacer equilibrios sobre situaciones sociales radicalmente diferentes, lo que añade muchas trabas a cualquier cambio radical.

El caso del chiismo iraní es muy peculiar: la revolución islámica otorgó un enorme poder a los clérigos pero éste no pudo imponerse de forma absoluta. La sociedad parsi era demasiado abierta como para permitir una legislación basada exclusivamente en la Sharia y eso acarreó extraños contrastes, como la obligatoriedad del uso del chador por parte de las mujeres junto a una masiva presencia femenina en las universidades y cierta influencia política (la participación de mujeres ministros en el gobierno como en Irán es impensable en las monarquías sunnies). La guerra con Iraq mermó la fuerza física de los ayatolas (los Guardianes de la Revolución, su principal músculo social y militar, sufrieron tremendas pérdidas como carne de cañón) y actualmente se perpetúa en connivencia con un poder corrupto, sobre una sociedad que ya no comulga con unos ni con otros. Eso hace muy difícil que se produzcan cambios en la doctrina chií: en una situación así, la jerarquía se aferrará con uñas y dientes a su poder hasta el momento en que lo pierda. Si eso sucede, es probable que veamos como la República islámica se vuelve laica, como la Turquía de Attaturk.

Pero la Iglesia, pese a proclamarse cien veces como soberana sobre todas las coronas europeas, nunca tuvo una base real de poder que validara sus pretensiones, más allá de sus posesiones en Italia, y desde el momento en que se consolidaron las primeras naciones ha tenido que negociar y adaptarse a las circunstancias. De ahí que, aunque sea a regañadientes y siempre dos pasos por detrás, ha logrado mantener una mínima modernidad  a medida que la sociedad cambiaba...

(continuará)

martes, 6 de marzo de 2012

DIARIO DE LA PATERNIDAD RESPONSABLE (XI) ¿Lo estamós haciendo bien?


(Hace casi un mes de la última vez que escribí en el blog. Lo cierto es que nunca había dejado pasar tanto tiempo entre entrada y entrada. Debe ser cosa de nuestra vida ajetreada, porque el caso es que sí tengo temas sobre los que me apetece hablar, así que vamos allá. Espero que la musa no se cruce con el hada de la pereza, de lo contrario esto empezará a parecer un anuario más que una bitácora)


Esa es la pregunta que me llevo haciendo desde hace más de medio año. O sea, me cuesta creerlo, pero parece que las cosas van... bien.

Centrémonos: estamos en el último año de colegio, y en el cuerpo de nuestro tierno infante las hormonas empiezan a bullir, inquietas. El vello aflora ya en su anatomía y su madre y yo nos preparamos para lo peor: la adolescencia está a la vuelta de la esquina y la cruda realidad estallará en nuestro hogar en 5, 4, 3, 2, 1....

... y cuando ya estás esperando la catástrofe, con los dientes apretados y los índices taponando los oídos... nada. No hay crisis. Llevamos todo el curso esperándola y no aparece por ningún lado. O mejor dicho, lo que no llega es LA crisis, porque crisis seguimos teniendolas.

Hay broncas casi cada semana por el tiempo de juego con la dichosa PS3. Según él, cuando le obligo a apagar el cacharrico no lo hago porque sus ojos, enrojecidos tras varias horas de exposición a todo tipo de radiaciones dañinas, estén a punto de licuarse en sus órbitas. No, lo hago a mala baba, con el único objetivo de molestarle, ya que esa parece ser mi función en la vida. También le obligo a lavarse los dientes por pura maldad, y mi empeño en tenerle en la cama a las 10'30 en días lectivos es un reflejo de mi naturaleza sádica, siempre deleitándome con el sufrimiento infantil.

Idem en el tema alimentario, si no es que vamos a peor: las nauseas que vemos en su cara cuando nos mira comiendo brócoli sólo son comparables a las que aparecen cuando es su plato el que muestra trazas de cualquier producto de color verde (espinacas, pimientos, ranas...). Da igual que le hablemos de la importancia de las vitaminas o la necesidad de fibra: a menos que recubramos la lechuga con una capa de ketchup de dos dedos de grosor, hacérsela ingerir es una tarea tediosa y agotadora.

Pero en otros aspectos del día a día, la situación ha ido mejorando. A la hora de lavarse los dientes, sólo tenemos que escuchar diez o doce minutos de protestas y gruñidos variados, y en general basta con decírselo dos o tres veces para que nos haga caso. Y en cuanto al apartado escolar, debo decir que estamos bastante asombrados del modo en que el chaval ha asumido sus obligaciones. De cuando en cuando sigue siendo necesario ponernos serios con él, sobre todo cuando intenta acabar lo antes posible los deberes para liarse con la PS3 (¿he comentado que odio con toda mi alma esa maquinita?) pero lo cierto es que d amuestras de un nivel de responsabilidad que nos llena de orgullo.

El orgullo disminuye un poquito cuando contemplamos el estado de su dormitorio. O sea ¿como describirlo? Es la prueba palpable de que, por mucho que nos esforcemos,  el universo camina hacia la muerte térmica a lomos de la entropía. Quiero decir, yo sé que en algún lugar, debajo de esa impenetrable masa de tebeos, revistas variadas, clicks, folletos de videojuegos y basura en general yacen una mesa de estudio, una lámpara, una silla... pero me confieso incapaz de encontrarlas.

Por cierto, entre todo ese caos se esconden algunos de los tebeos de mi colección. Más en concreto, algunos de la sección Sólo para adultos, ya que las hormonas se están cobrando su peaje desde hace meses. Me queda el consuelo de que él tampoco debe ser capaz de encontrarlos y hay una mínima probabilidad de que los recupere sin lamparones. O sin demasiados lamparones. Toquemos madera.

El caso es que los problemas que nos encontramos diariamente son esperables, dada la edad y antecedentes de nuestro hijo. Pero son escasos. Llevamos varios meses de relativa tranquilidad, sin daños graves en la infraestructura de nuestra casa ni pérdidas irreparables en nuestros bienes inmuebles. Por añadidura nuestro tierno retoño da muestras de una inexplicable madurez en algunos asuntos (en otros no, ojo).

Puede que simplemente nos hayamos anticipado en nuestras espectativas y las tormentas estén a la vuelta de la esquina. Después de todo no tenemos un adolescente en casa, sólo un semiadolescente (según sus propias palabras). Puede que las pesadillas nos caigan encima en apenas un año, incluso menos, cuando empiecen a acercarse los 13 años, y nuestro niño se convierta de la noche a la mañana en un extraño. Pero de momento gozamos de un inesperado periodo de relativa calma y a veces hasta lo disfrutamos. Pero sólo a veces. Porque nos remuerde la incertidumbre.

¿Realmente lo estamos haciendo bien? ¿Los años de esfuerzos parentales pueden realmente dar fruto, por pequeño que sea, a estas edades? No lo sé. Quisiera creer que sí, pero me cuesta ser optimista.Veo demasiados ejemplos a mi alrededor de lo que sucede una vez sobrepasamos ciertas edades, y mi memoria es demasiado buena como para no recordar lo que pensaba y sentía entre los 12 y los 17 años. Me temo que, aunque algunos factores evidencian una notable mejoría y madurez, nos queda demasiado camino por delante y lo peor está esperando a la vuelta de la esquina. Habrá broncas tremendas, malos humores, malas caras y ratos amargos a carretadas, y tendremos que comérnoslos como vengan, sin ayuda de nadie. Pero eso será mañana, hoy tenemos la calma entes de la tormenta.

Supongo que debería estar asustado, pero a estas alturas se agradece un respiro, por escaso que sea, así que intentamos aprovecharlo para coger fuerzas.

Lo que tenga que venir, que nos pille en buena forma.