lunes, 23 de julio de 2012

DIARIO DE LA PATERNIDAD RESPONSABLE (XII) Cambios


D cumple doce años. No es una cifra más: pasaremos del colegio al instituto y nos adentramos en los procelosos mares de la adolescencia.

Supongo que deberíamos estar acojonados, pero como mencioné en la anterior entrada de esta serie, lo llevamos bastante bien. Vemos los cambios, los interiorizamos y vamos capeando las tormentas ha medida que surgen.

Cambios bastante evidentes en algunas cosas. R, al saber la edad de D, me dijo ya tendrá pelos en los güevos. Pues sí. Helos ahí. Negros, rizados y largos. Sólo ahí, dicho sea de paso. Parece que no va a heredar mi propensión al hirsutismo corporal, porque a su edad yo ya tenía las patas peludas y me dejé barba por primera vez a los 17. Eso que se ahorrará en láseres, que el macho ibérico ya no se lleva.

(También le crecen otras cosas, no va a ser Nacho Vidal, pero tampoco tendrá complejos)

Hablando de complejos, se ahorrará el de feo. Los genes de mi chica han ganado el partido de calle, salvo en el único apartado donde yo jugaba con ventaja, los ojos. Y me acusaréis de frívolo, y qué más da que un niño sea feo o guapo, lo importante es quererlos a todos por igual...

... como si fueran humanos, añadía un impresentable amigo mío. Ese amigo que tenemos todos, que nos llena de vergüenza propia y ajena pero al cual nunca acabamos de mandar a la mierda

Que no digo que no sea cierto, lo de quererlos y eso, pero lo cierto es que siendo guapo se te abren más puertas. Si no ¿por qué piden en tantos trabajos buena presencia física? Puedo entenderlo (no del todo) en puestos de cara al público pero ¿telefonistas? ¿personal de mantenimiento? ¿administrativos? ¿A la gente fea le salen mal las cuentas, o la voz les suena peor al teléfono?

También va a ser bastante alto, ya sobrepasa a su madre, pero al contrario que esos progenitores del ¡Ay, que bien me crece! no le vemos demasiadas ventajas. No es que yo tenga nada contra los altos, ojo. La sal de la tierra, siempre lo he dicho. Si no existieran habría que inventarlos. Incluso tengo amigos que son altos, y les quiero igual que a los otros. Como si fueran humanos.

Peeeeerooooo...  no son rentables ¿Ustedes saben lo que engulle un adolescente de talla normal? Pues imagínense uno KingSize. A estas alturas (1'61) ya estamos pensando en un candado para la nevera, y creciendo a este ritmo en dos años tendremos una termita de 1'80.

Si al menos comiera en plan equilibrado, dieta mediterránea y tal... pero noooooooo, nunca le ves atiborrarse de lechuga o tomate, no. Siempre ataca los plátanos, el chocolate, los helados, MIS yogures de mora, el jamón...

¿Porqué nunca tenemos cocacola en la nevera? Mi amigo J siempre merienda cocacola y bollos. Sí, y por eso tu amigo J está en forma, de pera por más señas ¡Pero yo tengo hambre! Comiste hace media hora, no puedes tener hambre ¡pero comí muy poco! Nadie te impedía repetir verduras
... siguen unos segundos de silencio mientras el chaval coge aliento...
¡¿POR QUÉ SIEMPRE TENÉIS QUE PONERME VERDURAS?¡LASVERDURAS SON LO PEOR DEL MUNDO!¡NO QUIERO COMER NUNCA MÁS VERDURAS!...etc, etc...

(Era sobre todo tomate y pimientos, luego en propiedad no eran verduras sino rojuras, pero esos matices se le escapan)

Y lo que cuesta vestirlo. Si con 12 ya calza un 45 ¿de donde sacaremos los zapatos dentro de dos años?

También hay cambios en la actitud. Ahora alterna entre extremos de cariño que rayan en lo pegajoso* y momentos de desapego e indignación, que casualmente suelen coincidir cuando A: no le dejamos empapuzarse a deshoras, B: le pedimos que deje ya la puñetera PSP y C: le sugerimos que recoja su cuarto antes de que los restos bajo su cama empiecen a desarrollar conciencia de clase. Cualquiera de esas situaciones le parecen pruebas incontestables de un complot contra su persona.

Otra evidencia de un cambio importante es su creciente interés en todo lo relacionado con el sexo. Por más que intente negarlo, basta con observarle cuando estamos viendo alguna serie. En el momento en el que alguna protagonista asoma en tetas, su interés, de por sí bastante disperso, se focaliza. Dan ganas de hacérle notar que me doy cuenta, aunque sólo fuera para ver que excusa intentará improvisar sobre la marcha para dejar muy claro que, aunque pueda parecer otra cosa, él no estaba mirando esas tetas**.

En eso no ha cambiado. Sigue negando la mayor con firmeza. Da igual que le hayas sorprendido en la cocina, con la puerta del congelador abierta de par en par y tres colajets bajo la camisa. No, no es que esté intentando comerse el postre de tres días de una sentada, es que debido a un cúmulo de circunstancias azarosas él tropezó con una silla y al caer, abrió accidentalmente la puerta del congelador, momento que aprovecharon lo maléficos polos para inentar escapar de su prisión ocultándose bajo su ropa.

Casi estoy deseando pillarle algún día haciéndose pajas sólo por escuchar sus balbuceantes explicaciones y atesorarlas para reirme en mis años de vejez. Casi. Como dije tiempo ha, hay cosas que es mejor respetar para evitar incomodidades al pajeante, y salvo que le de por hacer molinetes con la chorra en el pasillo, haré lo posible por respetar su intimidad. Y le diré donde guardo los cleenex.

Puede parecer de lo dicho hasta ahora que tenemos un bandarra peludo creciendo bajo nuestro techo pero no es así. Hay otros cambios más sutiles: como la limpieza de libros que ha hecho en su cuarto, sacando de ahí los Jeronimos Stilton y otras cosas infantiles. Y uno que me sonroja cuando lo noto, y es que intenta pasar más tiempo conmigo.

A veces es incómodo. Estoy trabajando y, concentrado, no me doy cuanta de que está detrás mío hasta que me abraza. Eso puede suponer que se me vaya una raya o deje un polígono fuera de sitio, porque tiendo a sobresaltarme. Pero tras el sobresalto me queda una sensación muy especial. Cálida. Agradable. La de que, después de todo, seguimos llevándolo bien.

Seguimos riéndonos pese a las broncas ocasionales. Seguimos disfrutando pese a los disgustos (afortunadamente cada vez más ocasionales). Seguimos asombrados de verle interesarse por cosas nuevas, pese a lo cansino que se pone cuando pregunta sin parar (y puede ser MUY cansino)

Lo disfruto, porque sé que se avecinan otros cambios, y añoraré estos momentos cuando se vuelva un adolescente hosco, enfadado con el mundo y conmigo, que apenas me dirigirá un mmmmf cuando le diga buenos días. Recordar estos momentos me ayudará a morderme la lengua, sabiendo que bajo la tormenta hormonal está nuestro hijo, y que esos años también pasarán, porque los cambios no van a cesar.

Yo no he dejado de cambiar en 46 años. Tengo mucha curiosidad por ir viendo los suyos. Para bien o para mal, eso no podremos saberlo hasta que lleguen.

Y mientras tanto, duplicaré la compra de cleenex, a ver si me voy a quedar sin, que uno también tiene derecho a darse una alegría artesanal de cuando en cuando.

* Incluso es celoso: basta que me ve hacer una carantoña a su madre para que se lance en tromba a abrazarla, y en estos días de calor eso es un tanto incómodo.

** Como si no supiera sobradamente qué cuando está ante la tele en solitario, con el volumen bien bajo, para que no escuchemos lo que está viendo, está viendo lo que le hemos dicho que no vea. Y piensa que nos engaña, el muy pardillo. En fin.

domingo, 8 de julio de 2012

NO ES IMPRESCINDIBLE: POR ESO AMAMOS

Sé que lo que escribo hoy no va a entretener demasiado a mis lectores habituales. Algunos dirán que soy un cursi, otros que me estoy dando al sentimentalismo facilón. Francamente, me importa un pito. Escribo lo que me pide mi corazón, el resto no cuenta.

Amar no es como comer o beber. No es como respirar. No podemos vivir sin oxígeno, sí vivir sin amor. Aunque vivida así, la vida no vale gran cosa. Puedes seguir caminando, pero no importará demasiado hacia donde te dirijas.

No es fácil. Nos cuentan tantas historias donde el amor triunfa ante los obstáculos, que acabamos por creernos que una vez das el primer paso todo sale rodado. y no es así. Más allá de la primera pasión, el amor tiene que crecer a su ritmo, y debes alimentarlo. Porque si lo das por supuesto, tal vez un día se apague y no seas capaz de saber en que momento empezó a escapársete de entre los dedos.

Duele. Eso no podemos controlarlo, porque hay otra persona implicada y a veces nuestro amor hace daño a quien nunca quisimos dañar. Porque no es comer, o respirar, no es mecánico ni aprendido, no sigue normas estrictas ni cauces confiables.

No sabes donde te llevará. No sabes si serás correspondido, si durará o te abrasará, si quedará un dulce rescoldo que te mantenga caliente o de pronto te sentirás vacío y helado.

Pero...

Merece la pena sentir ese calor. Ese fuego ardiendo por tus venas. Merece la pena mirar a los ojos del amado y ver ese mismo calor. Sentir su sonrisa frente a la tuya, vuestros rostros brillando juntos.

Su beso. Su abrazo. No por el placer del beso o el abrazo en sí, sino por el calor que dejan en tu persona, porque cada gesto, cada caricia, cada instante compartido, te hacen más grande. Más libre.

Más entero.

Soy afortunado. Conozco el amor. Lo vivo, Lo siento. Lo respiro.

Cada día.

Soy más afortunado aún. Porque sé que el amor no es una frontera, ni una barrera. No cierra puertas. No corta alas. Se entrega con libertad, y crece sin ahogarte. Y sé que un amor puede brotar junto a otro sin que se nieguen el sol o el oxígeno, y florecer de modos que nunca soñaste.

Y sí, duele. Ver sufrir al amado te desgarra, más aún si no puedes hacer nada por paliar su dolor, sólo estar ahí, para darle tu calor e intentar que sus heridas no le dejen insensible ni le hielen.

Amo y me aman. Tal vez más de lo que merezco. No reniego de un sólo instante de amor, aunque algunos traigan dolor. El dolor me recuerda que sigo vivo. Y que, si continúo caminando, es porque mis pasos tienen sentido.

Pienso seguir amando. Aunque duela. Y mucho.

Gracias por amarme.