jueves, 28 de febrero de 2013

ROCKO


Verano del 81. Se casaban los príncipes de Gales y el Hekla entró en erupción. Mis padres me dijeron que le recogeríamos en Madrid: lo traían mis padrinos de Lisboa, porque ahí costaba casi la mitad. Vivían en el mismo edificio que nosotros. Bajé, la puerta estaba entornada, entré y me oyó, acudiendo al trote a ver quién llegaba.

Había visto otros cachorros de pastor y me esperaba un bultito torponcete de orejas gachas. Pero por el pasillo venía uno especie de minizorrito, con orejotas gigantes y erguidas, patorras gordotas, mirada despierta y moviendo el rabo tan rápido que costaba verlo. Me cubrió la cara de lengüetazos. Tenía una curiosa manchita en la lengua, negra, del tamaño de una lenteja. Rocko. Mi hermanito peludo.

De vuelta al pueblo fue el caos, mis hermanas estaban alucinadas con el cachorrote y él alucinaba con todo lo que veía. Mi madre decidió que como mis otros hermanos estaban de campamento, Rocko dormiría en mi cuarto, en un cesto. A los cinco minutos lo volcó y se vino bajo mi cama. Yo tenía el pantalón doblado en el suelo: se tumbó sobre él y se hizo un ovillo, mordisqueando la hebilla del cinturón hasta dormirse. Creo que le tranquilizó notar mi olor a su alrededor.

Somos cinco hermanos, pero Rocko era cosa mía y de mi madre. En otoño, ya en Madrid, le di sus primeros paseos. Debió dar conmigo las nueve décimas partes de todas sus caminatas.

Al cumplir el año el cachorro era un alsaciano de casi 30 kg de peso. Plenamente desarrollado rozó los 50, era muy compacto. Empecé a hacer amistades en el parque, como mi vecina Helena, con la que apenas había hablado hasta entonces, y que fue mi primera amiga de verdad. Allí conocí años después a M y a PW, también paseando chuchetes. Sí, el de la foto soy yo. Y sí, tenía una capa (y un dudoso gusto en el vestir)

Verle correr y jugar era un gozo. A la vuelta del parque, al llegar al portal, cogia un curioso trote elástico, que yo llamaba el paso del perro feliz y despreocupado. Sólo se metió a pelear voluntariamente una vez: había otro pastor igual de grande, Lennon, y se llevaban bien, pero un día se les cruzaron los cables. Ambos dueños les llevábamos sujetos por la correa. Ambos rodamos por el suelo segundos después, mirando asustados como nuestros perros se enzarzaban. Nos costó miedo, dios y ayuda separarlos.

En el pueblo era el amo. Se debió follar a todas las perras de la zona: con lo cachas que estaba no había ningún macho que le hiciera sombra. Volvía de sus expediciones amorosas cubierto de basura porque solía ir de ligoteo al vertedero, y tocaba limpiarlo a manguerazos. 

Echaba la siesta conmigo, sobre mi cama. Recuerdo el corpachón a mi lado, su respiración tranquila, su mirada cuando notaba que me despertaba, como diciendo ¿vamos? Y su carita de porquéseñorporqué cuando le bañaba, las orejas gachas y el rabo caido hasta que le secaba bien y salíamos a la calle. Y de noche, sus ronquidos, en la puerta del dormitorio de mis padres, casi acompasados con los de mi padre, por cierto.

Mi abuela enseguida se llevó bien con él: se sentía a gusto con ese animalote peludo y cariñoso, que se echaba a sus pies y le daba calorcito en el invierno. Sólo hubo un pequeño incidente al comienzo. Cuando llamaban a la puerta, Rocko ladraba muy fuerte y muchos se asustaban al oírle y verle. Entonces le enseñé a coger un cojin al ir a la puerta, y sus guoufs amortiguados, más la estampa del perrazo ofreciendo un almohadón, tranquilizaba  a la gente. La yaya no sabía que el cojín en el que se había apoyado esa tarde era el favorito de Rocko y cuando llamaron al timbre, la pobre se llevó un susto cuando el cojín voló de su espalda. Pronto llegaron a un buen entendimiento, y cuando alguien llamaba el perro esperaba a que ella se echara para adelante antes de dar el tirón, y luego se lo devolvía meneando el rabo.

La niña de la foto es mi sobrina C. Con año y medio la encontré en el salón, untada de manos de chocolate, de pies a cabeza. Dije ¿qué ha pasado, C?. Ella, apurada, señaló al perro, que dormía feliz en el sofá, y dijo ¡el guau!. La miré muy serio y pregunté ¿el guau? y ella, avergonzada, bajo los ojos y murmuró ...la nena...

Al cumplir 9 años descubrimos que tenía un problema en las caderas. A los 10 empezó a costarle saltar, y meses después las escaleras eran toda una prueba. El verano siguiente no se fue al pueblo con mis padres: quedó conmigo en Madrid. Una tarde, tras la siesta, ya no pudo incorporarse: le dolía demasiado. Le bajé en brazos a la calle, allí se animó un poco, pero a la vuelta no pudo con los peldaños y le cogí de nuevo. Esa noche le metí en mi cama, el pobre temblaba como una hoja hasta que se calmó en mis brazos. Al día siguiente le llevé al veterinario.

La doctora me dijo que podía esperar fuera. Me quedé con él. Era mi perro, confiaba en mí, no quería dejarle solo en ese momento. Le abracé mientras le ponía la inyección. Sentí como se relajaba y su respiración se hacía más lenta. Se durmió. Luego noté como su corazón se detenía. Tenía 11 años. Yo tenía 26. Lloré toda la tarde. Ahora mismo, al escribir estas líneas, estoy llorando.

A veces sueño con Rocko. Me gusta. Sé que sólo es un sueño, pero es genial tenerlo conmigo por unos instantes. Y él siempre está contento de verme.

sábado, 9 de febrero de 2013

DIARIO DE LA PATERNIDAD RESPONSABLE (XIV) Y la nave va (lenta, pero va)


Lo de criar un adolescente se parece bastante a la metáfora del dos pasitos p'alante y un pasito p'atrás. Cada vez que piensas que has encontrado la ruta correcta, el buen viento que guiará el barco, te ves sin aviso encima de los bajíos y ¡hala! ¡A desembarrancar la nave! pero entretanto algo del camino se ha recorrido.

El tema de la alimentación saludable y variada, tantas veces mentada por pedagogos y nutricionistas  es especialmente costoso: lo malo no es que el adolescente medio pueda sobrevivir a base de macarrones y sanjacobos. Lo malo es que QUIERE sobrevivir a base de macarrones y san jacobos. O macarrones y pizzas. O macarrones y pizzas remojadas con coca cola. Ése es su concepto de una comida equilibrada, así que cuando intentas que la tan alabada dieta mediterránea haga acto de presencia en la mesa debes ir mentalizado para gruñidos, resoplidos, gestos de asco.

Por cierto ¿de verdad existió alguna vez la dieta mediterránea? Quiero decir, fuera de algún puebluco murciano, porque sí, queda muy cool lo de presentar una fuente de verduritas a la brasa y pescadito a la plancha, pero tengo muy claro que en estas tierras lo normal era echar al puchero lo que hubiera y añadirle algo de sustancia, sobre todo a base de cerdo* . Y si nos adentramos en las mesetas las verduritas chamuscás no aparecen por ninguna parte, y la cocina tradicional gana en espesores e hidratos, no en fibra (al atascaburras no le llaman así por cuestiones poéticas, puedo jurarlo)

Por suerte en esta casa el tema del diálogo constructivo tiene unos límites bien definidos, así que al tercer resoplido se responde con es lo que vas a comer, te guste o no, y si no te lo comes seguirá en el plato a la hora de la merienda, y frío. Gracias a eso nuestro vástago ingiere algo más que pasta y atun en lata. De hecho, y a regañadientes, ya confiesa que el pollo con verduras salteadas, las tortas de bacalao o la tartiflette (gracias, Teresa) lejos de resultar tóxicos son sabrosos y agradecidos de comer. Eso sí, cuando llega el día de los macarrones con atún brinca de pared a pared de pura alegría. El jodío podría deglutir atún en aceite a cucharadas casi sin respirar.

La cuestión vestuario tiene también sus asperezas. Vivo deseando que llegue ya ese bendito momento en que le preocupe su aspecto. Verle ir hacia la puerta por las mañanas y obligarle a dar media vuelta porque el pijama que ha olvidado quitarse le asoma por debajo de la camiseta del día de antes**, mal remetida en un pantalón de chandal dado la vuelta y con los calcetines (muy) desparejados acaba por resultar fatigoso. Y ya es casi de mi talla luego mis preciadas frikicamisetas empiezan a correr peligro ¡Y POR AHÍ NO PASO! ¡LA DE IÑIGO DE MONTOYA ES SAGRADA!

La higiene... ¿como explicarlo delicadamente? A ver, es un chico y los chicos son tirando a dejados. Quiero creer que las adolescentes son más miradas al respecto pero no tengo pruebas al respecto, si alguien puede aportarlas... Pero el caso es que ya no tengo que perseguirle por las mañanas para que se lave tras el desayuno y últimamente lo de ducharse sale de él, no hay que remolcarle camino del baño, así que poco a poco vamos llevándolo bien. Pero en el tema orden estamos un poco estancados: tiene la idea de que mientras haya espacio libre entre el suelo y el techo su dormitorio está bien recogido. Y por supuesto las órdenes inapelables de recoger son acogidas con escaso entusiasmo y rezongueos semiinteligibles, en los que suele destacar el epíteto tirano.

En cuanto a los estudios...  como digo, dos para adelante, uno para atrás. Al comienzo de este curso, su primer año en el instituto, le dejamos organizarse a su manera, pero se relajó demasiado y tuvimos que ponernos serios. Lo bueno es que él mismo vio venir el problema y ahora tiramos los tres en la misma dirección, así que creo que de momento el resultado es satisfactorio. Eso no quita para que la hora de ponerse a estudiar siempre le encuentre ocupadísimo en alguna importantísima tarea, como ordenar su cuarto (es muy curioso, no le entran ganas de ordenar hasta el instante en que le recuerdo que tiene que ponerse con los libros), explicarme las novedades de clase (idem de idem, su memoria parece activarse siempre en esos momentos) o correr al lavabo con una urgencia que se demora bastante (señores atuneros ¿podrían dejar de añadir tanta fibra a las latas? para mí que tiene efectos laxantes)

Por cierto, tras tres años de arduas prácticas con la flauta travesera, ya no suena como un gato torturado. De hecho suena bien, le está cogiendo maña a los dedos y tanto su profesora como nosotros estamos contentísimos. Y él, aunque le cueste reconocerlo

Y sobre esos asuntillos... bueno, parece que la cosa va bien y el chaval intuye ya lo importante de la discreción y la intimidad. De momento no me ha hecho consultas embarazosas pero los efectos de las hormonas son difíciles de esconder, con ese matojo rizado y renegrío (sólo ahí, me da que a ser tirando a lampiño) y su hermanito pequeño apuntando maneras, así que tarde o temprano me vendrá con alguna pregunta sobre una cosa que le pasa a un amigo de un amigo que me lo ha contado en el patio...

Pues eso, de momento la nave paterno-filial sigue su viaje, sorteando las aguas más turbulentas y procurando no dejarnos engañar por los remansos demasiado prolongados. Despacico, pero avanzando.

Seguiremos informando entre galerna y galerna.

*Llámese paella, fabes, cocido, olla podrida... el concepto siempre es el mismo, lo que haya, todo junto, que cueza lento y llene mucho.

** Es sorprendente como la ropa que le has dejado cuidadosamente colocada delante de sus narices se vuelve invisible en cuanto cae al suelo***. Y claro, si no la ves ¿para qué preguntar? te pones la del día anterior, suponiendo que te la hayas quitado y no esté debajo del pijama.

*** Puede que esa invisibilidad esté relacionada con el ingente volumen de trastos en el suelo de su cuarto. O sea, que a lo mejor realmente no la ve.