miércoles, 25 de septiembre de 2013

HIJOS DE TIRO (I) Gentes que hablan.


Cuando nos enseñan Historia, los libros suelen hablar de grandes civilizaciones que se expanden, colisionan, se suceden unas a otras... los babilonios derrotan a los asirios, los egipcios levantan pirámides, Grecia se enfrenta a Asia, Roma derrota a Cartago y domina el mundo... pueblos gigantes con nombres gigantes como Hammurabi, Ramsés, Asurbanipal, Pericles, Alejandro, César... y en medio, casi inadvertida, alguna alusión a los fenicios, por aquello de que fundaron Cádiz.

Es normal que los habitantes de Sidón y Tiro pasen desapercibidos, no hay siquiera un estado al que podamos llamar Fenicia. La franja costera del Líbano era un puzzle de ciudades-estado independientes, que nunca se avinieron con un poder central. No levantaron imperios, su arte no es demasiado original (en realidad resulta bastante soso) y su arquitectura no alcanza ni las dimensiones de la egipcia ni el refinamiento de la griega. Son simples mercaderes que no dejaron nada perdurable, más allá de algunos nombres dispersos por la geografía mediterránea.

O quizás sí lo dejaron. 

Mientras lees estas líneas estás usando el legado de los fenicios. Su regalo más perdurable, tanto que nos acompaña desde que tenemos uso de razón hasta el día de nuestra muerte: el alfabeto. Sí, se supone que nuestras letras derivan de las griegas con algunas adiciones romanas y carolingias, pero no es exacto. Los ideogramas y, sobre todo, el concepto del alfabeto fonético, no surgieron en Grecia, sino en las ciudades de Canaán. Los griegos, bien es cierto, añadieron algo que los fenicios no utilizaban, las vocales, pero sólo mejoraron el invento, no lo crearon.

Podríamos pensar que no tiene tanto mérito, a cualquiera podía habérsele ocurrido, pero no es tan sencillo. De hecho es sorprendentemente difícil. Los egipcios construyeron su escritura asociando objetos a sonidos, de modo que el sonido i se representa con un junco, porque el junco se llama iod. Por su parte los pueblos mesopotámicos usaban grupos silábicos derivados de símbolos gráficos (la palabra mano surge como la evolución-descomposición en trazos cuneiformes del esquema de una mano). Sólo los cananeos comprendieron la utilidad de un sistema basado en el sencillo concepto de un símbolo para un sonido. Sencillo, fácil de aprender, cómodo de usar. Práctico, como ellos.

Esa es su herencia: un medio de comunicación que, casi tres mil años después, sigue siendo insuperable. ¿Paradójico? ¿Un pueblo menor, apenas una nota al pie de página de los grandes imperios, descubrió la mejor forma de escribir?. Pero mientras otros se enriquecían saqueando y sometiendo, los fenicios medraron negociando, es decir, comunicándose. Es una bella justicia histórica que usemos una herramienta creada por gentes cuyo medio de vida era entenderse con todos. 

Literalmente. Con todos.

Los hebreos dividen el mundo en dos categorías: ellos y los enemigos. Enemigos de su Dios, enemigos de su pueblo, enemigos de sus jueces, reyes y profetas. La Biblia, a partir del paso del Mar Rojo, es una lucha de exterminio entre las doce tribus y el resto del mundo... salvo los fenicios. Los hijos de Tiro y Sidón comercian con los hebreos, hablan con ellos, les ayudan en momentos difíciles y, sobre todo, les enseñan. El Gran Templo de Salomón es la obra suprema de Hiram, el tirio. Sus techos son de cedro libanés, sus lámparas son forjadas por orfebres cananeos. Los barcos de Sidom traen aceites perfumados y ungüentos para contentar a Jahvé. Hay amistad entre los navegantes y los descendientes de Abraham. 

En el turbulento Egipto del Tercer Periodo, entre luchas de poder y tensas treguas, no se ve con buenos ojos a los extranjeros, pero los fenicios tienen una floreciente presencia en Menphis, y reciben permiso para edificar un templo a Melkart. Hasta los reyes Ptolemaicos nadie más tendrá un privilegio así.

Por el mar Rojo los barcos llegan a la India. Remontando las costas europeas alcanzan las islas más lejanas, donde el agua, según sus palabras, se vuelve gelatinosa y luego dura. Atraviesan el mar Negro para comprar miel, pieles y trigo en Crimea, y, habiendo oído que más al norte se encuentra el ámbar, sus pequeños gaulos, apenas cáscarones de 12 a 15 metros, alcanzan las costas del Báltico. Más allá de las columnas de Hércules o de Etiopía navegan tan hacia el sur que nadie les cree. 

Y en todas partes, les entienden. A veces llevan o encuentran intérpretes, pero no es posible conocer todas las lenguas del mundo, y necesitan entenderse, sea como sea. Fondean en tierras extrañas, y las primeras veces que arriban probablemente les reciban con hostilidad o miedo. Pero a la larga la curiosidad vence,  los marinos desembarcan, y hablan. Aunque no conozcan las palabras: no las necesitan.

Los navegantes exponen en la playa sus mercancías. Herramientas y armas de bronce, cuentas y collares, alfarería, telas*, perfumes... Al lado ponen pequeñas muestras de lo que buscan: trigo, aceite, oro, plata, cobre, estaño, tal vez marfil, ámbar, maderas de olor, resinas... Los nativos observan y buscan lo que piden los comerciantes. Lo traen y lo ponen junto a las mercancías. Si las cantidades son suficientes, los fenicios lo aceptan. Si no es así, esperan o incluso hacen el amago de recoger sus bienes. Si los habitantes creen que los marinos piden demasiado, se van mostrándose desdeñosos... y así se pasa del simple trueque al regateo, que acaba por ser un aliciente más de la transacción. Cuando todos están contentos, el trato se cierra y se celebra con risas y abrazos. Puede que los mercaderes abran un ánfora de vino y ofrezcan una libación a sus anfitriones. 

Decimos fenicio como sinónimo de agarrado, tacaño, incluso estafador. Nada más falso: los marinos saben que un día volverán a estas costas, si no ellos tal vez sus hermanos, sus hijos, sus vecinos... No hay estafas, todos deben quedar contentos, o el próximo barco no será bien recibido. Y del entendimiento obligado acabarán por surgir lazos, poco a poco. Con el tiempo la llegada de los navegantes será acogida con alegría y fiestas, y se les despedirá con buenos deseos y ánimos para el regreso.

Porque no roban. No saquean. No usurpan. Ellos hablan y negocian.


*Donde la ropa es de color crudo, a lo sumo azulada o rojiza, el fulgurante púrpura de las telas cananeas es una visión de otro mundo. Su tinte, extraído del murex, no ha sido superado ni con las modernas anilinas.

viernes, 6 de septiembre de 2013

DIARIO DE LA PATERNIDAD RESPONSABLE (XVII) Desembarrancando (menudo veranito)


Pues lo logró. Suspendió cuatro y las ha aprobado todas.

Mejor dicho, lo logramos. Porque aquí los mendas hemos sudado bastante.

Hay que reconocerle, eso sí, que es un alumno coherente, porque suspendió sólo la gramática. Las gramáticas. Las tres: castellana, inglesa y francesa. Y plástica. Alucino. Plástica.

¿Cómo se puede suspender plástica? es como suspender... no sé, alternativa... o el recreo, me dice MJ. Pero cuando veo su libro de plástica, lo entiendo. No es que yo le hubiera suspendido, es que le habría mandado a galeras. Y habría recomendado que le dieran un remo malo. Borrones, tachones, ni un ejercicio bien resuelto... en fin. Quiero creer que al menos durante las clases se dedicaría a ligar, que no perdía el tiempo del todo, del todo, pero vaya usted a saber.

Sea como sea, ya ha descubiertoque si haces el canelo durante el curso te quedas sin veranito. Bueno, salvo el campamento, pero es que esas también eran nuestras vacaciones: diez días sin niño para coger fuerzas. Y las necesitábamos, porque las buenas intenciones, el arrepentimiento y el propósito de enmienda le duraron lo que tardó en empezar la academia. Por las mañanas, clases de inglés y lengua, por la tarde francés con su mami y plástica con su papi. Luego ampliaron el horario de academia para incluir el francés y las tardes quedaron disponibles para repaso de las gramáticas  y luego plástica ¡hale, a reforzar los lazos padre-hijo!

Si me hubieran dado diez céntimos por cada tarde que aquí el muchacho encaró el trabajo de buen humor y mejor ánimo ahora tendría... ¿alguien me presta diez céntimos, porfa? prometo no gastarlo en vino.

¿Cómo explicártelo, hijo mío? eres TÚ quien ha suspendido, TÚ quien iba sobrado, TÚ quien tiene que estudiar y, sobre todo, TÚ quien tiene que examinarse. Así que cierra esa boquita, deja de quejarte y trázame de una puñetera vez esa bisectriz.

Porque esa es otra, no para de quejarse y protestar de lo injusta que es su vida y lo crueles que somos, sobre todo yo, que no le dejo ver suficientes simpsoms. Creo que me he ganado sobradamente el título de Ogro Honoris Causa por la universidad de Springfield.

Sumemos a todo ello las hormonas. Rebosan, se le notan  a simple vista, se huelen en el ambiente. Y por cierto ¡qué mal huelen los adolescentes! y qué fobia a la ducha, prácticamente hay que encañonarle para que se duche (y luego para que salga, quizás la fobia sea a atravesar la puerta de la ducha). Lo sé, las hormonas no son culpa suya y le alteran un montón, pero estoy seguro en un 99% de que el tema de la ducha no es patológico. Ni la torpez...

Mejor me callo. Si la torpeza es hederitaria, la suya es culpa mía, porque yo soy un completo manazas. La gente no suele fijarse en ello porque me he disciplinado con los años (ah, esos retiros en el Tibet, aprendiendo con mis hermanos ShaoLin a sacar mi yo interior y ser uno con el universo...) y soy ilustrador, se me presupone que soy habilidoso. Pues no, a veces parece que en vez de dedos tengo pezuñas, y mal usadas.

Pero ya está. Logré introducir en su mollera las nociones básicas de plástica, estudió sin parar durante dos mesecitos y hoy por fin recogimos su boletín de notas. Hemos sacado la nave de los arrecifes y podemos continuar la travesía. Además ahora D conoce las consecuencias de confiarse en exceso y, al mismo tiempo, ha visto que el esfuerzo compensa. Porque no ha aprobado, no: ha aprobado con nota, incluso ha subido la media. Su  tutora me decía esta mañana es para matarlo y tiene razón.

... deberíamos planteárnoslo seriamente, si lo matamos ahora nos vamos a ahorrar un potosí en libros... nchts... creo que ahora mismo su madre ya habrá salido de la librería donde iba a encargarlos... pues nada, ya habrá otra ocasión el año que viene.

Otra cosa buena es que este verano D ha aprendido a captar las indirectas. A la vuelta del insti ha iniciado una conversación en la línea y ahora que lo he aprobado todo tendré un premio ¿no?. Como quien no quiere la cosa yo he comentado lo que nos han cobrado por la academia de repaso y, con notable agilidad de cintura, el muchacho ha cambiado de tema.

Y eso es todo de momento. La semana que viene empieza el nuevo curso. Nuestro alegre sinvergüenza de ojos claros pasa a 2º, con el ánimo alto y las asignaturas de gramática bien repasadas. Ha sido un verano duro, pero ya se ha terminado.

Parcheado y calafateado, el bote de la paternidad sigue su marcha con buen viento. Seguiremos informando.

P.D: Sí, soy un fan de Guillermo Brown. No sé si ahora estaré pagando por todo el deleite que me produjeron sus aventuras, en plan reajuste del karma cósmico, pero si es así lo doy por bien pagado.

domingo, 1 de septiembre de 2013

ALGUNAS RECOMENDACIONES Retomando la afición gracias a Don Benito



Hace poco mencioné que alguién me ha ayudado a recuperar mi gusto por la lectura. No es que lo hubiera perdido, pero no lograba encontrar el placer que sentía tiempo atrás. Quizás porque he leído muchos textos áridos por cuestiones profesionales, llenos de información, pero bastante alejados de aquello que nos hace meternos en un libro y perder la noción de las horas. Tal vez porque se publica demasiada morralla aupada al podio de los superventas a fuerza de promoción machacona. Puede que influyera la saturación de oferta, porque gracias a la red hay muchísimas más obras a nuestro alcance, y eso hace muy difícil seleccionar, por puro mareo.

Sea como sea, mi amor por las páginas ha reverdecido, y lo hizo de la manera más sencilla: volviendo a los clásicos, y más en concreto a Galdós.

Como mucha gente de mi quinta, lei los Episodios Nacionales de chaval. Como mucha gente de mi quinta, tenia un recuerdo muy vívido de la primera serie, la correspondiente a la Guerra de la Independencia. Es normal que sea así: Trafalgar, Bailén, Zaragoza, Gerona... son un retrato crudo y majestuoso de una gesta inmensa, un homenaje no a las grandes figuras (que están y son retratadas con un vigor increíble, la muerte de Churruca a bordo del San Juan Nepomuceno es un buen ejemplo) sino a la gente sin apellidos rimbombantes, al soldado de a pie que muere sin saber porqué, al pueblo arruinado y engañado mil veces, y aun así dispuesto a darlo todo, al campesino, al mulero...

Tenía frescos esos recuerdos, así que opté por pasar directamente a la segunda serie y empezar mi relectura con las andanzas de Monsalud, que tenía (raro en mí) casi completamente olvidadas. Para mi gozo Galdós despliega un tapiz fantástico de personajes tan vibrantes que es casi imposible no sentirles vivos más allá del papel. Empezando por el protagonista,  el joven revolucionario, hilo conductor de la saga, que sospecho esconde mucho del propio autor. Lleno de valor e ilusiones, y al mismo tiempo con una fría lucidez que día a día le entristece el ánimo, ante una realidad que nunca será la que sueña, hasta su desengañada madurez. Le vemos cambiar, crecer, y al final convertirse en un hombre cansado que ya solo busca cerrar las viejas heridas, saldar sus cuentas y buscar, de ser posible, el amor que se ha negado en nombre de ideales que ya no son más que palabras gastadas. Está muy lejos de los héroes de una pieza tan usuales en la novela moderna, que esconden su romanticismo tras una capa de cinismo, porque Monsalud es tan sincero en su entusiasmo como en su desengaño.

Desengañado es también el caracter de su hermanastro, el recio Navarro, tan ardiente en sus convicciones como su enemigo, tan enamorado y desesperado como él, y al final tan cercano que cuesta no entender el dolor de una vida desperdiciada por su brutal sinceridad.

Sincero, paradójicamente, es el antihéroe por excelencia, el miserable Juan Bragas, al que Galdós de pronto cede la palabra durante dos novelas, dejando que un rastrero tiralevitas retrate en toda su inmundicia la corte de Fernando VII. Y así vemos como va dando bandazos el canallesco Pipaón, siempre al sol que más calienta, primero absolutista, luego ferozmente absolutista, transfigurado en ardiente masón, después defensor a ultranza del alboroto y las libertades, para volver a su papel de fernandista acérrimo, a punto de caer en el carlismo para hacerse cristino al primer cambio del viento... y sin caer nunca en la caricatura absurda, porque incluso ese miserable es mucho más que un cliché y puede tener un arranque de decencia.

Decente es el final de Sarmiento, el fanático y desagradable maestro de escuela, apenas un secundario de relleno cuya bajeza me llevó a odiarle. Pero a la hora de morir es capaz de redimirse y, literalmente, me dejó llorando hasta tener que parar la lectura y continuar después con más calma.

Gente cotidiana y sencilla, como don Benigno Cordero, a quien llaman héroe por cumplir su deber ciudadano sin alardes ni afan de gloria, y que nos da ejemplos sobrados de rectitud y honestidad sin caer en la moraleja, o Solita, tan abnegada y gris, pero capaz de crecer poco a poco ante nuestros ojos hasta apagar cualquier otro brillo a su alrededor.

Y Genara. Donde Solita nos conquista casi sin darnos cuenta, Genara nos estremece con su pasión. Una mujer llena de sombras y luces tan difícil de catalogar que cuesta incluso decidir si debemos considerarla buena o mala. Es demasiado fuerte para caber en una etiqueta.

Quizás eso es lo que más me sacude al leer a don Benitos: sus mujeres. No diré sus personajes femeninos, porque resultan demasiado sólidas como para ser comparsas. Solita y Genara son mucho más que las enamoradas de Monsalud, son mujeres enteras que, cada una a su manera, sobreviven contra un mundo que las niega el derecho a ser ellas mismas. Y eso escrito en una época en la que los personajes femeninos son simples adornos para que las pasiones se desencadenen a su alrededor, sin voluntad propia ni capacidad de decisión.

Galdós ama a las mujeres por lo que son, y las retrata como las ve: reales y vivas, no simples adornos ni excusas narrativas. No sólo a las principales, porque todas y cada una pisan con fuerza, como Nazaria la Pimentosa, a la que casi podemos oler en su zafiedad, y cuyo cerrilismo es mucho más que un cliché, pese a ser apenas un personaje lateral de una trama secundaria.

Y por si fuera poco, la construcción del escenario, apenas unas pinceladas en cada momento, pero suficientes para que nos movamos sin dificultades por los montes de la Cataluña rural, los barrios más míseros de Madrid, las casonas señoriales medio desvencijadas, los corredores del Palacio Real, los caminos rurales, las fondas... No necesitamos conocer el carácter de Don Feliciano: su casa agrietada, polvorienta y aplastada de armarios reventando de legajos grasientos basta para que sintamos asfixia y deseos de buscar la calle.

Sumadle una narración llena de idas y venidas, donde no se repiten las fórmulas literarias ni los estilos y en donde a cada vuelta podemos encontrarnos con que el protagonismo ha pasado de una mano a otra, sin juicios morales ni sentencias absolutas, y un retrato implacable de España que un siglo y medio después sigue siendo de la más triste actualidad y entenderéis el porqué de mi entusiasmo. Galdós me sumerge hasta el punto de que me veo en sus caminos, comparto tertulia con sus protagonistas y casi siento en la boca sus alimentos. 

No recuerdo que en nuestras clases de literatura se le diera demasiada importancia. Se mencionaban sus episodios con los tópicos al uso (el gran friso narrativo etc, etc...), algunas alusiones a Miau y a Doña Perfecta y poco más. He tenido que dejar pasar 30 años para descubrir al que, probablemente, sea el autor más sólido, completo y fértil de los últimos tres siglos.

Ahora mismo voy arrancando la cuarta y última serie de los Episodios, y luego pienso leerme el resto de su obra. Voy alternando con autores de todo tipo y obras variadas, para no embriagarme, pero tengo muy claro que mi renovado afán devorador se lo debo a este alegre canario enamorado de mil mujeres, de mirada penetrante y pluma implacable. 

Gracias, maestro.

Y gracias a ti, Teresa, por el empujoncito.