lunes, 4 de mayo de 2015

LA ANTICIENCIA EN LOS MEDIOS (II) El verdadero pecado



Leí El moderno Prometheo hace ya muchos años, y lo releí más de una vez. Lo tengo delante de mí, ahora mismo, en una edición magnífica, por cierto, ilustrada por uno de los últimos genios del grabado, Bernie Wrightson. Y, a riesgo de que me acuséis de hacer spoilers, os diré que la historia que se nos cuenta está a años luz del cliché infantiloide inmortalizado por la Universal en 1931.

No esperéis encontrar en esta novela jorobados, laboratorios llenos de luces incandescentes, tormentas eléctricas, gruñidos semihumanos o cerebros defectuosos. La parte científica de la obra apenas está esbozada, lo importante sucede casi de improviso: Victor Frankenstein da vida a una criatura, y al abrir los ojos, tras un sueño reparador, la ve ante él, inmóvil, su mente en blanco, incapaz de pensar, hablar, sentir, siquiera de ser, velando el sueño de su creador. Expectante.

Y Victor la ve fea.


Fea. Ese es el pecado de la criatura. No responde a las altas espectativas estéticas* de Victor, así que éste se deshace de ella. La abandona en un bosque, confiando en que muera de hambre y no deje rastro tras de sí. Luego, sintiendo que su trabajo ha sido un fracaso, retoma su vida tal y como era antes de iniciar su investigación. Poco después, empiezan a suceder cosas, muertes extrañas, y una noche una silueta surge ante él.

La criatura no ha muerto, después de todo. Ha sobrevivido, ha crecido, ha aprendido poco a poco a entender el mundo, y ha entendido que no pertenece a ese mundo. Es diferente a los otros seres vivos, sobre todo a los otros seres humanos. Esa diferencia le convierte en algo horrible, un ser rechazado y perseguido, algo que debe ser aniquilado. Y en su corazón, siente que eso es injusto. El no pidió vivir, alguien le dio la vida. Si tan diferente es de los demás, es porque no fue creado igual, así que vuelve sobre sus pasos, busca una respuesta, y encuentra a su creador. No para buscar venganza, sino para pedir justicia.

La criatura pide a Víctor que no le deje así, porque la soledad y el dolor le están volviendo malvado. Es tarde para deshacer lo hecho, para que Víctor pueda darle una vida con un sentido, con afecto, con lazos, pero su creador puede reparar el daño si le da una compañera, alguien como él, alguien que le vea con los mismos ojos, y que no le sienta extraño. Y Víctor, finalmente accede. Viaja, aprende, y vuelve a trabajar, esta vez en una mujer, una Eva para su Adán.

Y, de nuevo, siente que lo que está creando no es bello. Piensa que la criatura se equivoca, que al ver su fealdad reflejada en otro ser como él, se volverá aún más malvado**, y decide romper su promesa. La mujer no llegará a ver la luz: Victor la destruye antes de darle la vida, y luego trata de justificar lo que ha hecho ante su anterior creación, explicándole sus vagas razones estéticas y morales. Intenta que entienda que la soledad es lo mejor para el, dada su deformidad, incapaz de entender que lo que le ha arrebatado es, ni  más ni menos, que la Esperanza. Es entonces, y sólo entonces, cuando empieza la pesadilla, porque la criatura no dará a su creador la muerte, sino el mismo trato que ha recibido de él. Víctor le condena a la soledad, y le pagará con la misma moneda, arrebatándole todo lo que ama, todo lo que le vincula al mundo y a los hombres, empezando por el amor.


... I shall be with you on your wedding night.

A partir de ahí la vida de Victor empieza a desmoronarse, la criatura va dando muerte a todos los que le aman, y el doctor se ve obligado a huir, perseguido a todas partes por la venganza, hasta que encontrará, finalmente, la muerte, en los hielos del ártico. Allí vemos por última vez a la criatura, y por última vez escuchamos sus palabras, mientras maldice, no a su creador, a quien ha perdonado póstumamente, sino a su destino, que nunca eligió.

My heart was fashioned to be susceptible of love and sympathy, and when wrenched by misery to vice and hatred, it did not endure the violence of the change without torture such as you can not even imagine.


I had no choice but to adapt my nature to an element which I had willingly chosen. The completion of my demoniacal design became an insatiable passion. And now it is ended; there is my last victim!


For while I destroyed his hopes, I did not satisfy my own desires. They were forever ardent and craving; still I desired love and fellowship, and I was still spurned. Was there no injustice in this? Am I to be thought the only criminal, when all humankind sinned against me?


Se pueden extraer lecciones morales de esta obra, por supuesto, pero no son las que nos han transmitido machaconamente. Estamos muy lejos de sacrilegios o conocimientos prohibidos. El pecado de Victor no fue su desmedida curiosidad, sino su necia frivolidad. No hubo maldad en la criatura hasta que su creador se desentendió de ella, no es la ciencia quien se equivoca, es el hombre el que no es capaz de asumir sus actos y responsabilizarse de ellos.

Los medios nos han transmitido un mensaje facilón y edulcorado: saber demasiado es malo, mejor vivir una cómoda mediocridad, a salvo tras nuestra ignorancia. Mejor no hacerse preguntas, porque los que se las hacen, los que buscan las respuestas, son diferentes de nosotros. Cooper, Brennan, Grissom... Frankenstein... se nos presentan como sólo aparentemente humanos: son fríos, incapaces de sentir, están separados de nosotros y, en última instancia, son amenazadores.

Sólo es un cliché, cierto. Un cliché muy triste, que invita a la pereza y la comodidad. Y un cliché sostenido por una mentira: el daño que hizo Victor Frankenstein, a sí mismo y a los que le rodeaban, no fue consecuencia de la Ciencia, sino de su humanidad. Sus pecados fueron la indolencia, la incoherencia, y la incapacidad de asumir las consecuencias de sus decisiones.

Y esos, son pecados muy, muy humanos.

* Victor, probablemente, pertenecería a la corriente conocida como Naturphilosophie, que, entre otras cosas, incorpora un ideal de belleza a la ciencia, a partir de una filosofía finalista.

** Porque, siendo deforme, necesariamente es malvado, y ese mensaje sigue también lloviendonos desde las pantallas.
 




domingo, 3 de mayo de 2015

LA ANTICIENCIA EN LOS MEDIOS (I) Frankenciencia


En los últimos años, el analfabetismo científico de nuestra sociedad se ha ido incrementando hasta un punto en el que empieza a afectar al desarrollo de la propia ciencia. El movimiento antivacunas es, actualmente, su cara más visible, pero hay muchas otras. Tenemos a gente convencida de que les fumigan desde el cielo para ponerles enfermos con la complicidad de gobiernos y farmacéuticas, de que las ondas wifi son una conspiración para que cojan cáncer, de que el cáncer* se cura con agüita de limón pero los científicos nos esconden la verdad, de que los laboratorios se pasan el día insertando genes fosforescentes en alimentos para que a los hombres les crezcan pechos y de que habría que volver a los tiempos felices en los que se araba sin tractores y la vida era felíz, natural, y en contacto con la madre Tierra y los ciclos de la Luna**

Este muestrario de miedos no ha surgido de la nada. Los medios de comunicación favorecen la difusión de todo tipo de noticias del tipo ¡vamos a morir todos!, la red está llena de textos e imágenes que muestran los terrores que la ciencia desencadena sobre la humanidad, y el cine, las series, los tebeos y los libros rebosan de científicos jugando a ser Dios y arrastrando a la humanidad a un agujero de horrores y exterminio.

Dado que hoy tenemos muchas series de éxito protagonizadas por científicos, podría parecer que lo que he dicho es exagerado, pero si las observamos con detenimiento, veremos que hay un patrón: el científico, el cerebrín, es un anormal. Los protagonistas de TBBT son cuatro tarados encabezados por un perfecto autista, y la gracia del argumento es ver como esos inadaptados chocan con la gente normal y trata de adaptarse a la vida real. El doctor House es un científico brillante, con una mente afilada como un bisturí, pero la fuerza de su intelecto le lleva a pisotear incluso a las personas que más le quieren. La doctora Brennan es capaz de desentrañar un asesinato partiendo de un rasguño en un hueso, pero no es capaz de entender una metáfora, y la dinámica de la serie se centra en cómo su compañero Booth logra reconducir su frío intelecto hacia la realidad gracias a su fuerza emocional. El caso más paradigmático es Grissom, el protagonista central de CSI: su intelecto es una herramienta casi perfecta, tan objetiva que no hay matices que se le escapen, ni en lo científico ni en lo emocional. Pero fuera de su trabajo es un completo alien, un obseso del orden cuyas principales aficiones son la cría de cucarachas de carreras o las visitas a una granja de muertos, y cuya vida sentimental es un desierto hasta que empieza a relacionarse con una compañera tan inexpresiva como él (en esencia, Sara es Grissom con tetas)

El reflejo del científico como un ente extraño, incluso una fuerza negativa, nació, más o menos, en el periodo de entreguerras, y se consolidó durante los años de la Guerra Fría. Podemos rastrear hacia atrás en busca de la fuente original del miedo a la ciencia, pero no es necesario: hay un término que se popularizó en los años 60, primeros 70, que, si bien está hoy en desuso, señala certeramente a la causa primigenia. La FrankenCiencia (Frankenscience), la ciencia del doctor Frankenstein.

Victor Frankenstein es el prototipo, el MadDoctor original, tan obsesionado en su búsqueda de la sabiduría que no duda en hollar los senderos prohibidos y sacar a la luz conocimientos que la humanidad no debería poseer. Víctor es un Fausto sin Mefistófeles...

...a man of science who sought to create a man after his own image without reckoning upon God.

El castigo a su desmedido orgullo es el caos y la destrucción: ha desencadenado fuerzas imprevisibles que le arrastrarán, a él y a los suyos, a la condenación. Es la misma idea argumental que subyace, un siglo después, bajo el agumento de JurassicPark, El Hombre Invisible o Prometheus (un nombre elegido a conciencia, como veremos en el párrafo final). Los científicos clonan monstruos, investigan un suero maléfico o investigan en conocimientos arcanos más allá de lo humano, y en lógica consecuencia, hay gritos, terror y muerte. En la película del 93, el doctor Malcolm resume muy bien la idea: la naturaleza ya eliminó a los dinosaurios, luego resucitarlos es ir contra la naturaleza (de nuevo el sagrilegio, reemplazando a Dios por Gea).

La figura del doctor Frankenstein se ha vuelto universal. Cuando, en una narración, aparece un científico obsesionado con la investigación, podemos afirmar, con casi un 99% de seguridad, que sus descubrimientos se volverán contra él y morirá de forma horrible. Al buscar el conocimiento, el MadDoctor se alejará de sus seres queridos, perderá el contacto con la moral y romperá todos los límites. Desencadenará epidemias, creará monstruos, abrirá portales, indagará en el corazón de la materia... todo en nombre de la Ciencia, aunque eso signifique condenar a la humanidad a la extinción.

Este cliché muy triste, por dos motivos. El primero, porque entroniza la ignorancia como algo positivo: mejor no saberlo todo, hay conocimientos que el hombre no debe poseer. Y el segundo, porque la universalidad del mito de Frankenstein demuestra la universalidad de la pereza: nadie se ha molestado en leer la impresionante novela de Mary Shelley, Frankenstein o el moderno Prometheo.

* Siempre que leo el típico mensaje el bicarbonato/los limones/el agua hexgonal...cura el cáncer me pregunto a qué cáncer se referirán, porque los vendedores de humo parecen pensar que el cáncer es una sola enfermedad, no docenas y docenas.
** La época feliz y paradisiaca en la que el 75% de los niños morían antes de cumplir los 5 años, cuando cultivar la tierra significaba vivir agarrado a un arado de sol a sol, y un hongo de la patata podía significar el casi exterminio de una población