miércoles, 25 de noviembre de 2015

LOS POLIPANES



Ya hace tiempo que me preguntan si resulta muy complicado hacer panes como los que suelo mostrar en Facebook o Twitter. Así pues, hoy me lío los trastos a la cabeza y voy a intentar contaroslo. Marchando mi tutorial de polipanes.

SI no queréis empezar directamente con panes de masa madre, os recomiendo con entusiasmo este vídeo de Ibán Yarza, ideal para perderle el miedo al pan (alguna vez lo ha llamado así, pan quitamiedos), y esta receta de Chez Therese, para hacer una deliciosa y sencillísima hogaza. Lo único que necesitáis es harina, agua, sal, levadura de panadero, una báscula y tiempo. Trabajo, lo que se dice trabajo, casi igual a cero.

En cuanto al pan de masa madre, sólo requiere haber hecho eso, masa madre, lo cual es de lo más sencillo (hay varios videos en la red, yo seguí, de nuevo, los consejos de Ibán Yarza ) un poco más de tiempo (en vez de 24 horas, el proceso de estos panes requieren unas 36) y un poco más de trabajo (una hora, aproximadamente)

Ingredientes.

Masa madre (90 gramos aprox.)
Harina panificable de trigo: 600 gramos. Yo uso la del mercadona, la del paquete azul, pero se puede usar cualquier harina con 10 gramos de proteina por cada 100 gramos de peso. No se necesita usar harina de fuerza.
Harina de centeno integral: 50 gramos (si no os gusta el toque de sabor del centeno, reemplazadla simplemente por harina panificable)
12 gramos de sal
Agua

Aperos: un bol grande, una rasqueta para el pan (puede usarse la mano pero me he acostumbrado a la rasqueta), papel de horno, una fuente plana de barro y un trapo de lino limpio

Y sin más, vamos allá.

Día 0/FERMENTO BASE: Partimos de un poco de masa madre. Yo tengo en la nevera un cuenco con 80-90 gramos de madre. En la nevera las bacterias de la masa madre están aletargadas, así que lo primero que hay que hacer es refrescarla para obtener el fermento que usaremos al día siguiente. Personalmente suelo hacer la mezcla después de cenar, sobre las 22:00, aproximadamente.

_Mezclo en el bol los 80-90 gramos de madre que he sacado de la nevera con 100 gramos de harina panificable y 20 de centeno. Añado 80-100 gramos de agua (o 100 mililitros, si medís en volumen). El resultado es una masa cremosa y elástica.

-

Tapo el bol con film transparente y lo dejo reposar toda la noche en un lugar a unos 22 grados de temperatura. A las doce horas tendremos una masa más fluida y burbujeante con olor a yogur suave. Esa será nuestra masa de fermentación. Cogemos un par de cucharadas soperas (80, 90 gramos) y las guardamos en un botecito en la nevera para la siguiente vez que hagamos pan. Nos quedan unos 200 gramos de masa madre despierta.

Día 1/AMASADO: Mezclo en el bol los 200 gramos de madre con 600 de harina panificable y unos 325 gramos de agua. La cantidad de agua puede variar un poco en función de la harina y la temperatura, eso es algo que se va notando con la práctica. Mezclo bien a mano o con una cuchara hasta formar una bola de masa y la dejo reposar unos 15 minutos (suelo aprovechar para desayunar). En este punto del proceso podemos añadir una pizca de levadura de panadería seca, un gramo a lo sumo, pero no es estrictamente necesario.

No vamos a amasar, sino a plegar, como se indica en este vídeo de Iban Yarza. Plegamos, dejamos 30 min de reposo, plegamos de nuevo, otros 30 min, y una tercera vez. Si se quiere ahora ya podemos darle un minimo amasado para acabar de dejar la masa a nuestro gusto, pero muy poco, apenas uno o dos minutos (la técnica puede verse en este otro vídeo en el min. 13

Tras el amasado, lo dejamos reposar en un bol tapado con plástico o albal, durante una hora, hora y media, y a la nevera con él. Debe estar en la nevera de 12 a 24 horas.

Como véis el amasado no implica trabajo, sino TIEMPO. Simplemente hay que planificar lo que vamos a hacer durante esas dos horas aproximadamente que dura el proceso con las pausas para los plegados

Día 2/FORMADO Y HORNEADO: Saco de la nevera el bol. A lo largo de la noche la bola se habrá hinchado y puede que presente algunas burbujas grandes.Despejo y limpio la encimera y espolvoreo harina. Dejo al lado un trozo de papel de horno sobre una tabla de corte grande o una bandeja y lo espolvoreo igualmente. Con la rasqueta de pan (o la mano) saco con cuidado la bola de masa, procurando no desgarrarla, y la dejo sobre la harina. La extiendo presionando con cuidad para que se desgase sin romperse, y formo una plancha de entre dos y tres centimetros de grosor.


Corto por el centro, longitudinalmente, la plancha de masa. Al hacerlo lo normal es que la zona por donde cortemos se estire un poco, eso nos vendrá bien. Tomo una de las mitades y la moldeo un pelín, aprovechando para darle forma de pez. La enharino un poco y le doy la vuelta, dejando la cara más plana y enharinada al descubierto. Procedo a doblarla longitudinalmente, como quien cierra una carpeta, la ruedo un poco para que coja tensión y la dejo sobre el papel de horno con el pliegue hacia abajo. Repito el proceso con la segunda pieza. Dejo un poco de espacio entre ambas  sobre el papel y las acerco, de forma que el papel enharinado se pliegue entre ellas y no se toquen.

Lo dejo reposar dos horas con unos libros presionando los lados para que las barras fermenten sin desparramarse. Si estamos en verano, os aconsejo poner sobre los libros, estirado, el trapo, tras humedecerlo en el grifo. Así evitaremos que la masa se reseque por fuera y se agriete al levar.

Unos 15-20 minutos antes de que terminen las dos horas, pongo el horno a 250 grados con la bandeja metálica dentro, por debajo de la altura central (o una piedra de horno, si tenéis) y una fuente de barro en la parte inferior del horno. Cuando pasen las dos horas, le doy la vuelta a las barras rodandolas sobre el papel de horno, para que el pliegue quede ahora hacia arriba, y adentro con ellas (en el video del pan quitamiedos podéis ver como se hace, de un golpe seco). Echo un vaso de agua sobre la fuente de barro para que se forme mucho vapor y, según cierro el horno, bajo la temperatura a 170.

El horneado tarda 40/45 minutos, en función de si os gusta el pan más tierno o más cocido (yo, personalmente, lo prefiero bien cocido y crujiente). Comprobad que la corteza es adecuada (dando unos toquecitos con un cuchillo) y si todo os parece correcto, apagad el horno y poned a enfriar el pan sobre una rejilla, sin tocar la encimera. En una hora se habrá enfriado y habrá reposado lo suficiente.

Y ahora, la parte friki ¿porqué hemos hecho todo esto? Vayamos por partes

Al refrescar la masa madre con esa cantidad de harina multiplicamos mucho las bacterias, que se tirarán toda la primera noche reproduciéndose como locas y generando ácido láctico. El porcentaje de madre que usamos con el pan final es muy alto, casi un 20 por ciento del total. Ahora todas esas bacterias van a trabajar mientras la bola amasada reposa en la nevera 24 horas, y en ese tiempo van a zamparse buena parte del gluten y convertirlo en otras proteínas más digestibles, a modificar las cadenas de hidratos, haciendo que la miga resultante sea firme y elástica, y los hidratos de más calidad, no de absorción inmediata como en el pan industrial. Además le van a dar un sabor espectacular a la masa y, finalmente, van a generar miles de bolsitas que se hincharán en el horno, dejándonos un alveolado de lujo.

El reposo, como dice Yarza, amasa. Por eso dejamos la mezcla de madre y harina reposando antes de empezar a amasar. Añadimos la sal entonces porque poniéndola directamente en la mezcla alteraría la consolidación de la masa, y si hemos añadido un poco de levadura, la neutralizaría. Por eso se añade durante el amasado. El reposo tras el amasado hace que, cuando metamos la masa en la nevera, la fermentación ya esté en marcha.

Fermentar en frío, en la nevera, permite que nuestras bacterias trabajen sin prisa, y sin que el pan leve excesivamente. Con doce o 16 horas es suficiente, pero yo prefiero darles un poco más de tiempo

El doblar el pan por la parte más enharinada es para que, al meterlo en el horno con el pliegue hacia arriba, se abra por esa zona mientras sube con el calor. Da un resultado muy bonito y evitamos que la barra se rompa por un mal sitio. Dado que no habremos presionado igual las barras, no saldrán dos iguales, lo cual a mí me encanta


Así que ya sabéis, no se trata de trabajar, sino de planificar y tener paciencia. Y, creedme, el resultado os dejará picuetos, hasta el punto de que os costará un esfuerzo comer pan comercial.


 Dicho sea de paso, el horneado no consume demasiada corriente. Una hora de horno viene a salir, en un horno medio decente, por 40 céntimos. Las cantidades de harina y agua que he indicado arriba dan para dos barras, pero si os limitáis a duplicarlas podéis hacer cuatro barras por hornada, como hago usualmente (doblad todas las cantidades, empezando por la del prefermento, pero amasad en dos bolas, no me intentéis amasar un mogote de kilo ochocientos). Eso supone un coste de unos 60 centimos de harina (precio del mercadona) y 40 de luz, es decir, cuatro barras de 400 gramos cada una por un total de un euro.

Ahora, cortad con un buen cuchillo, y con un poquito de aceite disfrutad del placer del pan recién hecho. Lo que sobre, cortadlo en rebanadas y al congelador, este pan congela de puta madre y tienes rebanadas para desayunar, merendar o cenar para varios días. Bon appetit!






domingo, 1 de noviembre de 2015

SER INVISIBLE


El Hombre Invisible, uno de los primeros personajes con poderes de la ciencia ficción, suele ser un villano. El protagonista de la novela de H. G. Wells quiere usar su poder para chantajear al mundo, pues nadie podrá esquivar su mortal y asesino ataque.Ese planteamiento se mantiene hasta la última versión cinematográfica, donde los protagonistas van cayendo uno por uno ante el monstruo (ya sabéis, la típica peli de se salvan el chico tímido o la chica virgen)

Bueno, pues debo decir que la invisibilidad es el poder más mierder que te puedes echar a la cara. Sí, ya sé lo que estáis pensando: si yo fuera invisible me colaría en los bancos, y en los vestuarios de las animadoras (modo masculino), y le daría de hostias a todos los chulitos que me cruzara y...

Vamos a centrarnos en el hombre-mujer invisible de la ciencia ficción (descartamos el argumento "fue un mago") cuyo cuerpo se vuelve transparente a la luz visible (pero es visible en el espectro infrarrojo, ya que sigue generando calor, circunstancia felizmente aprovechada por Mr Hyde en la segunda serie de The League of Extraordinary Gentleman)

Tenemos, pues, a una persona totalmente transparente (presupongamos que es un hombre, los tíos somos más de hacer este tipo de mongoladas). Nuestro amigo ha inventado el suero de la invisibilidad o le ha picado una araña invisible, así que ya puede salir a la calle a iniciar su reinado de terror y... bueno, eso siempre y cuando viva en un clima cálido, porque como llueva, nieve o se levante el Moncayo (¿qué pasa, que el hombre invisible no puede ser de Zaragoza?) se va a pelar de frío y le van a descubrir por el  tilín tilín de sus helados cojoncillos. Ay, amiguete, la ropa no es invisible, así que hay que salir a la calle en pelotas y descalcito.

De acuerdo, nuestro hombre invisible es murciano: descartamos el frío y la lluvia. Pero como no cruce por los semáforos, su carrera criminal va a durar poquito. Si lo hace a pelo, o por un paso de cebra, el primer conductor se preguntará qué cojones es lo que le ha abollado el capó, y el segundo qué es eso que ha pasado por debajo de sus ruedas.

Supongamos que había suficientes semáforos y nuestro coleguita ha logrado llegar a su objetivo, el vestuario femenino del polideportivo donde compite la selección de boleyplaya brasileña. El mozo se introduce subrepticiamente en una esquina, se agarra el mango feliz y se dispone a darse un homenaje visual... un momento, no, no puede.

Porque el hombre invisible es ciego

Para ver, es necesario que la luz se refleje en la retina del ojo. Si eres transparente, la luz te atraviesa sin reflejarse, así que no hay de donde rascar: un topo tuerto en un túnel del metro ve más que el hombre invisible. Y dado que un bastón flotante cantaría mucho en la acera, nuestro héroe lo tiene negro, no ya para cruzar la calle, sino para esquivar ñordos y meos perrunos, botellas rotas, condones usados, colillas encendidas, cáscaras de pipas, chicles y todo aquello con lo que sus conciudadanos decoren las aceras. Así que, o se para en todas las fuentes disponibles a lavarse los pies, o le delatará la mierda que lleva pegada a los mismos, y el montón de sordas maldiciones que proferirá cada vez que pise un regalito.

Por no mencionar otros detalles, como que si acaba de comer, llevará en el estómago un montón de cosas masticadas (a menos que antes de zamparse un pollo lo vuelva invisible), y como haya tenido caries veremos unos sospechosos empastes flotando a media altura. Y también habrá algo así como una bolsita de pis flotante, salvo que nuestro rompetechos sepa como invisibilizar el ácido úrico.

Estirando mucho mucho mucho nuestra credulidad, si el hombre invisible fuera capaz de ver, tampoco sería demasiado problemático librarse de él. Bastaría con enviar tras él a un comando bien entrenado de vendedores de la ONCE armados de gruesos garrotes. Y, si ha logrado infiltrase en nuestro cuartel general/laboratorio secreto/apartamento en Torrevieja, cubriremos el suelo de tachuelas, apagaremos la luz y nos descojonaremos escuchando los ¡ay! ¡huy! ¡me ca...! ¡ouch! cuando intente acercársenos.

El Hombre invisible, lo mires por donde lo mires, es un loser.

Aún así, habrá quien piense que debe ser genial hacerse invisible: A esas personas, las invito a disfrutar de la experiencia real. Encontrarte entre treinta, cuarenta, cien personas, y que nadie repare en tu presencia. Porque no eres una persona alta y guapa, no tienes una sonrisa deslumbrante, no destacas por la calidad de tus ropas ni lo hermoso de tu timbre de voz. No tienes una vida fascinante. 

No importas.

Da igual que valgas la pena, nadie repara ni un instante en ti, ni se toma la molestia de descubrirlo. Si hablas, no te escuchan, si preguntas, no responden. Si falta un asiento te toca estar en pie, si no hay suficientes plazas eres quien se quede en tierra, si hay planes nadie cuenta contigo y, si no estás, nadie se preocupa ni se pregunta porqué no estás, porque nadie te echa en falta. 

Están en su derecho, ninguna ley puede obligarles a prestarte un solo minuto de atención. Pero eso no hace que duela ni un ápice menos.

Bienvenidos al maravilloso mundo de la invisibilidad, que no es un regalo, sino una cadena. Por mucho que pienses que ya te has acostumbrado a su peso, volverá a doler cada vez que te den de lado y seas consciente de que sigues arrastrándola.

Eres un mendigo. Y nadie va a darte una limosna: no te ven.