sábado, 30 de octubre de 2010

DIARIO DE LA PATERNIDAD RESPONSABLE (VIII) El parque: observaciones


Algunas de las vivencias del parque acarrean un valioso aprendizaje de cara a nuestro posterior devenir en áreas tan dispares como la física, la nutrología o el puro zen. Veamos algunas de esas valiosas lecciones.

El juego de chocar nos introduce en el apasionante mundo de la mecánica de sólidos. La dinámica es muy sencilla: el receptor (yo) se sitúa en un área despejada, en posición acuclillada y con brazos abiertos, mientras el pelotón de pequeños corredores se coloca a una distancia de cinco, seis metros para tomar carrerilla y chocar con el citado receptor. Este juego se mantiene en unos límites razonables mientras los churumbeles oscilan entre los dos y tres años de edad, con un peso medio de 12 kg. Los problemas aparecen un año después, cuando el pelotón kamikace tiene de tres a cuatro años de edad, su peso medio alcanza los 15 kg y su coordinación motriz está más desarrollada, lo que se traduce en una sorprendente capacidad de aceleración en distancias cortas. El aumento de peso no es importante, pero sí lo es el incremento de la velocidad ya que la fuerza del choque depende de la energía cinética y en ésta el factor velocidad se eleva al cuadrado.

La mejora en la coordinación supone además que, en vez de una serie de impactos separados, la infortunada víctima en precario equilibrio (insisto: yo) recibe el impacto colectivo de seis u ocho bultos cuyo peso conjunto supera el de un adulto medio y que, por casualidad o mala hostia, aciertan en las partes anatómicamente más vulnerables (bajo vientre, tráquea, entrepierna…). Para hacernos una idea del resultado debemos imaginar lo que le sucedería a un solitario bolo que fuera golpeado a la vez por media docena de jugadores decididos a obtener un strike.

La experiencia es un grado, también aquí, y aparte de tácticas dilatorias (como intentar convencer a los peques de que arrollar a un indefenso papi cual manada de ñues enloquecidos no es tan divertido) uno acaba por desarrollar ciertas habilidades, como rodar en la caída para evitar lesiones graves o situarse en la parte blandita del arenero (es mejor enarenarse el pelo que sufrir una luxación)

La palatabilidad de un alimento se ve notablemente influenciada por la persona que lo ofrece. Una de las mamis llamada C se las ve y se las desea para que su hija M, adorable y vivaracha niña de la misma edad que mi hijo D, se tome las galletas, el yogur y la chocolatina de la merienda. Es todo un problema porque socialmente está mal visto abrirle la boca con una palanqueta a la niña e introducir las viandas gañote abajo empujando con un palo. Sin embargo la encantadora mica sí come a dos carrillos si le ofrezco parte de las galletas que traigo para D, de la misma marca y clase que las de su madre (siempre llevo galletas de más, por si me entra gusilla). Solución rápidamente negociada: cuando llegamos al parque C me pasa subrepticiamente la merienda de M, yo la camuflo en la bolsa de la merienda de D, y M merienda feliz y contenta. Nótese el subrayado del término subrepticiamente: la única tarde en que M1 se apercibió de la jugada no hubo manera humana de hacerla comer las puñeteras galletas, pero el resto de días fui capaz de endiñarla incluso los quesitos El Caserío, infame producto que yo mismo me negaría a comer incluso en las situaciones más extremas de necesidad.

La capacidad de los niños para encajar daños psíquicos es muy elevada. Según los pedagogos, el nene aumenta su madurez si depositamos nuestra confianza en su criterio y dejamos, por ejemplo, que tome de forma autónoma la decisión de volver a casa para cenar. La triste realidad es que por lo que a ellos respecta, los peques pernoctarían en el parque ya que la tarea de trasladar cubos de arena de un lugar a otro y rebozarse de barro hasta las cejas es no sólo prioritaria para ellos sino vital para el equilibrio planetario. Tras algún intento de razonar con mentecillas cerradas todos optamos por el plan B: se coge al enano pataleante, se le ata firmemente en la silla, se recogen los juguetes dispersos y a casita, que ya es la hora. En el caso de no haber silla o carrito se recogen primero los juguetes en medio de encendidas protestas infantiles y luego se pone uno al cachorro bajo el brazo y en marcha. Y si se traumatiza, pues que se traumatice, pero vamos, que no, que nadie requiere ayuda psicológica por tener que abandonar el parque a su hora. Y en cuanto a las típicas plastimamis opinantes (que se cruzan contigo y comentan, pobrecillo, eso es que quiere jugar un ratito más, es que no es forma de llevarlo, si seguro que quiere ir solito…), resumiré mi opinión en forma piscícola: que las folle un atún.

Según los expertos la infancia ama las novedades. Nada más falso. De cuando en cuando alguno de los enanos pregunta ¿Nos cuentaz un cuento? e, indefectiblemente, una vez tengo sentada a mi alrededor la agrupación de oyentes se oye la vocecilla de M2, la más peque de la pandilla, apostillando ¿Noz cuentaz Piterpán?. No tengo nada en contra de la obra de P. M. Barrie, pero he llegado a desear que su madre lo hubiera arrojado al Támesis nada más nacer con una piedra atada al cuello. ¿Cuantas veces es posible contar Peter Pan sin perder la cordura? ¿Cuantas veces se puede escuchar esa historia sin perder las ganas de oírla una vez más? Por suerte tengo bastante aguante pero estuve tentado de contarles algún día cómo Garfio hizo lonchas a Peter Pan y alimentó con ellas al cocodrilo mientras Tigrilia se follaba a toda la tripulación pirata, incluyendo al señor Shmee, y Wendy y Campanilla triunfaron en el show bussiness con un espectáculo lesbo-faérico.

La inventiva infantil también está sobrevalorada: cada vez que jugamos al escondite y me toca contar, la manada sale escopeteada a la carrera para esconderse, todos juntos, en el mismo sitio. Encontrarles no es difícil, sólo hay que fijarse en qué banco o arbusto destaca por la presencia de docena y media de pies asomando por abajo. Todos salvo una, que suele correr menos y se esconde en algún sitio más cercano, pero tampoco cuesta encontrarla: basta con esperar a que se aburra (enseguida) y pregunte ¿Noz cuentaz Piterpán?.

Otro interesante descubrimiento realizado en el parque, esta vez de tipo biológico: el agrupamiento de embarazos. Durante el segundo año de parque, a mitad de la primavera, R (la madre de M3) se anima a buscar la parejilla y se nos preña. A las dos semanas una segunda mami sigue su ejemplo y a la vuelta del verano tenemos cinco bombos en marcha. ¿Envidia de barriguita? ¿Mimetismo cultural? ¿Ataque colectivo de lujuria femenina? ¿Alguna misteriosa hormona flotante que dispara los relojes biológicos?. Yo, sólo por si acaso, prohibo taxativamente a mi chica acercarse a menos de 200 metros del parque*, y durante un tiempo valoro la posibilidad de follar con dos preservativos, no sea que mis espermatozoides se hayan contagiado del frenesí procreador y logren atravesar el primero a fuerza de cabezazos suicidas.


* He mencionado la parquefobia de mi pareja, pero de cuando en cuando (MUY de cuando en cuando) ella se pasaba por el arenero a vernos. En una de esas ocasiones me levanté, la di un beso y un cariñoso achuchoncete, lo que fue comentado por el resto de mamis con expresiones del tipo chica, así da gusto que te reciban lo que me llevó al siguiente planteamiento: ¿no es normal darle un beso a tu pareja cuando llega? ¿Acaso a ellas las reciben con un gruñido? ¿Las tiran zapatos? ¿las tirotean?. 

Después me fui fijando en que la mayoría de hombres, llegada la edad adulta, parecen poco proclives a las manifestaciones de cariño públicas. Es más, el marido de una buena amiga se puso rojo como un tomate cuando, estando en el cole a recoger a los enanos, ella le dijo Anda, dame un beso. ¿Qué habría pasado si se hubiera sacado las tetas y le hubiera pedido un besito para cada una? ¿Habríamos asistido a una combustión espontánea?

sábado, 23 de octubre de 2010

DIARIO DE LA PATERNIDAD RESPONSABLE (VII) El parque


Uno de los aspectos en los que no pensamos demasiado cuando nos decidimos a traer niños al mundo es que su presencia abre nuevas y bizarras perspectivas en nuestra vida social. Una de ellas, sin embargo, no sólo no me era desconocida sino que la esperaba incluso con un poquito de impaciencia: el parque.

Un servidor compartió su adolescencia y juventud con Rocko, un maravilloso pastor alsaciano. De todos mis hermanos fui el único al que el entusiasmo perruno inicial no se le apagó cuando el alegre y orejudo cachorrito se convirtió en un percherón de cincuenta kilos de peso, así que disfruté de innumerables jornadas de parque. A veces era cansado ser el único que se ocupaba del perro en una casa superpoblada, pero en conjunto fue muy divertido, así que cuando nuestro retoño tuvo un año y medio y su madre señaló su fobia extrema por el césped, los pajarillos y los columpios asumí gustoso las funciones de paseador por espacios verdes.

Así fue como, con permiso del clima y la autoridad competente (Ella) encontré entretenimiento para mis ocios todas las tardes durante los siguientes tres años. Las dos primeras semanas fueron exploratorias, buscando un parque no demasiado remoto, de aspecto amigable, suficiente espacio, abundantes niños y (muy importante) parroquianos que no fueran hostiles ni tuvieran aspecto de psicópatas. No fue fácil, pero el pueblo abunda en zonas arboladas y al tercer intento di con el lugar idóneo.

El Parque de Navarra tenía todos los detalles requeridos, más una espesa arboleda, garantía de sombra y frescor, y un amplio arenero para los pequeñines, así que a media tarde empuñaba carrito, mochila y niño (y pañales, muda, cambiador, agua, toallitas, pala, cubo, rastrillo, moldes, muñecotes variados biberón-galletas-merienda en general… es sorprendente todo lo que puede llegar a cargarse para unas horas de asueto) y allá que íbamos, felices y contentos.

Al principio las mamis del arenero se sorpendieron, ya que la presencia de papis en el parque es en general puntual y breve. Sus pitufillos se mostraron asombrados: los primeros días mi peque, poco acostumbrado a estar con más niños, se quedaba un poco parado al ver tanto crío junto, así que yo me sentaba en el arenero con él, para iniciarle en los placeres del hurge y el enguarramiento con tierras, barrillos y derivados. Un señor grande bien sucio jugando con el cubo y la palita les parecía un espectáculo fascinante y a los pocos días me encontré convertido en el alma del colectivo de pequeñas excavadoras.

Pronto entablé amistad con un montón de niñas, ya que salvo el mío y otro chiquillo llamado D la población residente del arenero era de sexo femenino. A lo largo de los primeros meses las relaciones se mantuvieron en unos límites razonables. aprendí mucho sobre el arte de los pasteles de barro y sus rituales asociados (nunca se debe retirar el molde sin un rítmico golpeteo en su parte superior acompasado al son del mantra que se ponga duro que se ponga duro que se ponga duro…), hice un montón de dibujos en la arena con palitos y hojas y escuché un montón de chapurreos vagamente comprensibles. Cuando me dolían las rodillas me sentaba con las mamis y charlábamos sobre los enanos, los pediatras, las cacas… lo usual. Y entonces las cosas se aceleraron.

Una tarde mi hijo me pidió que le diera una campana y luego, llevado del entusiasmo, le cogí por las axilas y lo volteé unas cuantas veces. En cuanto lo dejé en el suelo se me acercó A, la niña más espabilada del grupo, y me dijo ¿me daz a mi también?. La cogí, la volteé, y me encontré en medio de un círculo de cabezas que se apretujaban al grito de ¡ahora yo, ahora yo, ahora yo!. Tras seis turnos completos de vueltas y otros tres de campanas me derrumbé bastante mareado en el banco, en medio de las mamis que, muertas de risa, me protegieron del ansioso rebaño que me perseguía (venga, a merendar todas, y dejad que José Antonio descanse, que lo vais a romper, sí, luego os da unas vueltas más, pero ahora dejadle que respire…)

A partir de entonces mi llegada al parque solía verse saludada por A con el grito de ¡¡¡¡¡JOZEEEEEEEEE!!!!! seguido del tumulto colectivo ¡VUELTAZ! ¡VUELTAZ! ¿JUGAMOZ A PILLAR? ¿NOZ DAZ LA CAMPANA? ¿JUGAMOZ A CHOCAR? ¿NOZ CUENTAZ UN CUENTO?. Las madres también me saludaban encantadas, porque el rato que me tiraba en el arenero la horda estaba reunida, controlada y, lo más importante, con su atención centrada en mi persona, con lo que ellas podían relajarse. Al cabo de una horita (tras dos semanas de anarquía logré negociar con las niñas un plazo razonable de juegos) me dejaban sentarme y relacionarme con seres adultos sin más interrupciones que las usuales (meriendas, peleas, caídas del tobogán…). Y así a lo tonto hice pandilla con media docena de mamis y llegamos a tener una buena relación de confianza.

Alguien podría pensar que adopté el papel de macho alfa del arenero, pero se equivocaría: lo que hice fue convertirme en una mami más, sólo que con una sorprendente autoridad sobre el conjunto de la chiquillería, ganada a costa de grandes esfuerzos físicos que irían en aumento a medida que la tropa fue ganando agilidad y fortaleza, algo inevitable en cachorros saludables, activos y bien alimentados. 

(continuará…)

lunes, 11 de octubre de 2010

DIARIO DE LA PATERNIDAD RESPONSABLE (VI) El follar NO se va a acabar


Algunos psicólogos infantiles opinan que la criaturica debe dormir durante sus primeros años con los papis, para que no se sienta abandonado, refuerze su seguridad y confianza y no sé qué cuantas cosas porque los ninios son frágiles cual cristal de Murano.

Nosotros somos más de la escuela espartana: a la primera oportunidad (ya tiene un año) le soltamos a dormir sin pasearle en brazos hasta que doble, y a la segunda le montamos dormitorio propio. Lo de suprimir el paseillo resulta brevemente traumático: el enanín llora desconsolado cerca de una hora, acurrucado en una esquina de la cuna para dar más pena, mientras nosotros nos agarramos al sofá para no ir a cogerle, sintiéndonos Herodes y señora. La segunda noche hace el paripé cinco minutos y a la tercera se rinde. Cuando le pasamos a su dormitorio un par de meses después no hay protestas.

En el tema del sueño hemos tenido suerte. De día no hay manera de que haga la siesta (sí la hay, sólo que los calcetines rellenos de arena arrastran una inmerecida mala fama) pero de noche, casi desde el cuarto mes, una vez lo ponemos en horizontal, cae redondo y salvo el tentempié nocturno, ocasionales peticiones de agua y alguna excursión para cambiarle gozamos de unas cuantas horas de asueto infantil. Podemos, relajarnos, charlar, dormir sin agobios y (¡albricias!) en ocasiones hasta podemos follar.

Siempre me han sorprendido las causas que expone la gente para no follar cuando tiene niños. Hay quien sí tiene problemas: el nene tiene mal dormir, o sufre de cólicos, o terrores, o son ellos los que llegan agotados… y en esas circunstancias no estás para fiestas, pero algunas amigas me dicen es que me da no se qué ponernos con el bebé al lado en la cunita, es que me da miedo que se despierte, es que no quiero que nos vea… Di es que no me apetece y punto, mujer, que no es un delito estar desganada, cansada o agobiada, pero no me pongas al bultito como excusa.

Hablando más en serio, el reparo que ponen muchas mujeres tras el nacimiento no es tanto por el bebé como por ellas. Más de una y más de cien cogen complejo de máquinas lecheras y dejan de sentirse atractivas, por eso es importante retomar el folleteo. No se trata de vivir una orgía continua, sé demasiado bien lo cansado que es sacar adelante una minipersona cuando se empeña en coger absolutamente todas las miasmas del planeta y nos pasamos media vida de casa a Urgencias y de regreso. Pero de cuando en cuando, esas noches en las que se tiene un poquito de paz y no se está al borde del agotamiento merece la pena hacer un esfuerzo y poner manos y genitales a la obra. Despacito y sin planteárselo como una maratón, un polvete mimosín hace mucho por rebajar el estrés, subir la autoestima y recordar que se puede ser madre y seguir siendo deseable.

(Dicho sea de paso, y pese a los chistes estúpidos que circulan al respecto, una –más– de las cosas maravillosas del coño es su capacidad de recuperación: a poco que se le trate con mimo, cariño y su poquito de ejercicio para tonificar el suelo pélvico a los pocos meses del parto está en perfecto estado de revista. Suave, fragante, sabroso, bonito, coqueto, peludín, profundo, marino… lo que viene a ser un coño en condiciones, ya me entendéis.)

Follar con niño en casa tiene sus pequeños inconvenientes. Sobre todo al principio, cuando comparte dormitorio con la pareja de sátiros, y te inmovilizas cuando oyes un remeneo, alguien asoma la cabeza por el lateral de la cuna en plan periscopio y luego vuelve a tumbarse, pero se le coge práctica y al final hasta te ríes. Oye, que esta vez casi nos pilla jaja, no mujer, pfffffff, menudo soy yo haciendo la estatua, sí, se te queda una cara jjjiasss …

Una vez tiene su propio dormitorio la cosa es más sencilla, porque los sumerios, allá en el siglo 30 AC, inventaron un artilugio la mar de práctico llamado pestillo gracias al cual tienes la tranquilidad de que tu retoño no quedará traumatizado al veros haciendo acrobacias (hasta yo acepto que mi trasero no es una visión agradable para un peque medio dormido.

Y no sólo está el follar. Una vez el cachorro tiene cierta edad vale la pena buscar el modo de colocárselo a alguien alguna noche para recordar que hay un mundo más allá de nuestras cuatro paredes (si no hay abuelos a mano conviene indagar en busca de canguros de confianza: interesados hablar con mi supersobri, llevo comisión). La primera vez te la pasas con el móvil en la oreja por si hay una emergencia, pero a la tercera te relajas.

Siempre que no seas mamiangustias. Ese tipo de mujer, más usual de lo que uno querría creer, opina que no se puede ser una buena madre si no vives pegada a la cuna, con las rodillas ensangrentadas por velar el sueño de la criaturica y dedicada en cuerpo y alma a memorizar y poner en práctica tooooooooodos los consejos de las publicaciones al uso. Cuando te la encuentras siempre te cuenta la horrible semana que acaba de pasar por culpa de esos médicos intransigentes que no le dejan hospitalizar a su niño pese a que era evidente que tenía mocos, y siempre habla entre profundos suspiros, para que quede muy claro que su dedicación es una suerte de sacerdocio.

Conozco una mamiangustias de libro y cada vez que la oigo lamentarse de lo dura que es la vida de las Madres (porque las demás no son tan madres como ella) no puedo evitar el muy machista pensamiento de a ver si su señor marido la agarra por banda y la mata a pollazos, porque esta plasta necesita follar, y pronto. Pero esa terapia no va a llegar porque el maridín de mamiangustias procura darla esquinazo y, no nos engañemos, le entiendo perfectamente: con alguien así un polvo se convierte en una obligación soporífera. Olvidémonos de mamiangustias, yo ya lo he hecho, fuera, borrada de mi pensamiento, yastá, sólo pensar en ella bastaría para desinflar la erección más firme.

Ya lo sabéis, amigas, si no queréis acabar así, hagamos un pequeño esfuerzo. Durante los primeros dos, tres años de la vida parental hay que ponerse las pilas y no dejar pasar una ocasión para follar y disfrutarnos, aunque estemos más cansados que antes, aunque sea a poquitas dosis. Ya habrá tiempo más adelante para cogerlo con energía y joder el somier, lo importante ahora es mantener las buenas costumbres.

sábado, 2 de octubre de 2010

ALGUNAS RECOMENDACIONES (IV)


Deambulaba yo a mis tiernos 19 abriles (recien cumpliditos) por la librería de un centro comercial cuando me llamó la atención un título: Solaris. El autor no me sonaba de nada pero recordé que un tema musical de la serie Cosmos se llamaba El mar llamado Solaris. La edición (a cargo de Minotauro) era sencilla, casi austera, pero me entró bien por los ojos y dado que el precio no era abusivo me hice con el libro. Así, de la manera más tonta, empezó mi historia de amor con Stanislaw Lem.

El primer fin de semana me leí esa novela tres veces y durante los siguientes años me lancé a la caza de todo lo que pudiera encontrar de su autor. Tuve mucha suerte: Minotauro sólo había editado otra de sus obras (El Invencible) pero Bruguera tenía una buena cantidad de títulos en su entrañable colección LibroAmigo (aquella del gatito en el lomo ¿recordáis?) y Alianza Bolsillo acababa de sacar algunos más. A fecha de hoy mi biblioteca incluye 22 volúmenes de Lem y para mi felicidad de cuando en cuando se editan nuevos títulos en castellano.

¿Qué tiene Lem de especial? Es difícil de explicar. Sus libros se consideran ciencia ficción, pero son más bien ensayos filosóficos. Una filosofía amarga y desesperanzada, porque el tema central de su obra es la imposibilidad de la verdadera comunicación y lo inadecuado de las escalas humanas de valores al confrontarlas con el mundo que nos rodea. Para Lem no estamos mirando las cosas de la forma adecuada, y nos quedamos con lo anecdótico porque somos incapaces de asumir lo importante. Hasta ahí nada demasiado llamativo, hay mucha gente que ve la vida de forma pesimista, pero lo asombroso de Lem es su manera de explicarse. Probablemente sea el mejor escritor europeo de la segunda mitad del siglo XX, a la altura de Graham Greene o Borges, por citar otros dos de mis predilectos.

Uno podría esperar que los libros de Lem fueran oscuros y desesperanzados. Algunos lo son: Solaris, el Invencible, Fiasco, retorno de las Estrellas, regreso a Entia, La voz de su Amo… obras que apenas dejan pasar un rayo de sol en medio de la tristeza, pero también tiene otras formas de narrar.

Algunas de las novelas menos conocidas de Lem son frías, distantes. Observamos los hechos de forma desapasionada, como si los diseccionáramos en un laboratorio. Es el caso de La Fiebre del Heno o La Investigación (dos extrañas historias que podrían describirse como literatura estadística) sus curiosas colecciones de críticas e introducciones a libros no escritos (Vacío Absoluto y Un valor Imaginario) o las desapasionadas (pero fascinantes) andanzas del Piloto Pirx. Pero de lejos lo más llamativo de su producción es su obra humorística, centrada en torno a las andanzas del absurdo cosmonauta Ijon Tichy y los estrambóticos maquinoconstructores Trurl y Klapaucius.

Ijon Tichy navega por un universo surrealista en el que las plantas carnívoras de un planeta turístico fingen ser bares con barra libre para atraer a sus víctimas, las lavadoras y las mesas crecen en ordenadas hileras en campos de cultivo y las máquinas cuentachistes para amenizar el viaje se averían antes de que hallamos salido de la órbita de Júpiter, lo que es una suerte porque son unos chistes horrendos. Los mundos que visita suelen estar gobernados por tiranos con ambiciones incomprensibles (lograr que sus súbditos se vuelvan anfibios, sin ir más lejos) y el vacío entre esos mundos puede estar mucho más lleno de lo previsto, como en el extraño viaje en el que la nave de Tichy cae en un bucle espaciotemporal y la nave acaba atestada de Tichys paradójicos.

Las dos novelas largas protagonizadas por Tichy, Regreso a Entia y Congreso de Futurología, son más realistas, sobre todo la última, en la que nuestro viajero visita el futuro de nuestro mundo, descubriendo una pesadilla frente a la cual las más negras historias de Orwell parecen alegres cuentos de hadas.

Por el contrario las aventuras de Trurl y Klapaucius siempre se mantienen dentro de un registro humorístico. Amigos, rivales y Constructores de gran prestigio, sus servicios son requeridos en las más asombrosas circunstancias. Por cierto que no son personas: la Cyberiada es una recopilación de fábulas para robots. Sus historias desbordan emociones, gallardía, amores imposibles… siempre protagonizados por máquinas, como la IV Expedición, o como Trurl se sirvio de un mujerotron para liberar al príncipe Pantarctico de las torturas del amor, y como luego tuvo que usarse un Lanzaniños (y no miente: éste título describe con notable exactitud la historia referida) Nuestros audaces constructores se enfrentan a piratas espaciales, religiones tecnológicas, totalitarismos militares e incluso criaturas imposibles, como en el magnífico relato Los Dragones y la Probabilidad. Porque no es que los dragones no existan, sino que la probabilidad de encontrarlos aquí y ahora es muy baja.

El surrealismo presente en la obra de Lem fue parte esencial de su vida. Superviviente del holocausto, combatiente frente a los nazis, enfrentado a las absurdas hipótesis bioestalinistas de Lysenko, medico e ingeniero frustrado, filósofo de la ciencia, acabaría saltando a la fama por sus cuentecillos cibernéticos y vería Solaris llevada al cine por Tarkovsky a primeros de los 70, en pleno recrudecimiento del neoestalinismo bajo Breznev, y por Hollywood ya en pleno siglo XXI. Dado su periplo, no es extraño que uno de sus ensayos sobre estadística demostrara, entre otras cosas, su propia inexistencia.

En los últimos años, Alianza y Minotauro se han lanzado a reeditar en castellano la obra de Lem, y Editorial Impedimenta ha adquirido los derechos de sus trabajos inéditos, incluyendo sus ensayos científicos, así que animo a todos los amantes de la buena literatura a darle una oportunidad a este singular polaco. Y sí, dije literatura, porque para Lem la ciencia ficción era un vehículo para llegar a todos los lectores, y sus libros van mucho más allá del diminuto ghetto del fandom.

Si alguien quiere intentarlo, le recomiendo que empiece por las distancias cortas: la cyberiada y los Diarios de las estrellas son un modo excelente de abrirse el apetito. El siguiente paso es Solaris y a partir de ahí el límite es el cielo. Sí, yo empecé al revés, pero siempre he sido bastante raruno.

En cuanto al cine, la peli estrenada en 2002 es fácil de conseguir, pero yo no me molestaría ni en echarle un vistazo a la carátula. El propio Lem se llevó una gran decepción ya que lo único mínimamente salvable era el culo de Clooney. La de Tarkovsky, al contrario, es una verdadera joya para los amantes de la ciencia ficción, pero antes de intentar verla recomiendo precaución: son cuatro horas de ciencia ficción de arte y ensayo en ruso subtitulado. No es para mentes débiles.

Poco más puedo decir. Esta semana voy a releer una de sus obras más extrañas, Memorias encontradas en una bañera, que podría describirse como la novela que habría escrito Kafka si hubiera follado de cuando en cuando y no se hubiera tomado la vida tan en serio. La disfrutaré, estoy seguro, pero no tanto como la primera vez que le hinqué el diente. De hecho acabo de darme cuenta de que os envidio. Sí, envidio a todos los que no habéis leído Solaris porque podréis hacerlo cualquier día de estos y quizás (sólo quizás) alguno de vosotros sentirá el mismo asombro que disfruté hace casi tres décadas.

Y si encima vuestra máquina de contar chistes funciona bien os habréis ganado mi odio para toda la eternidad, cabritos suertudos.