Mujer iroqués

lunes, 21 de febrero de 2011

EL ORO Y EL IMPERIO (y III)


La situación a la muerte de Domiciano es catastrófica: el tesoro imperial está en las últimas. Tras el breve intervalo de Galba, el emperador Trajano toma las riendas y se dispone a buscar nuevas fuentes de ingresos.

Dacia, en la actual Rumanía, es una tierra de gran riqueza minera que no sólo ha escapado al control de Roma sino que incluso recibe un tributo debido a una desastrosa campaña de Domiciano. Trajano atraviesa el Danubio, conquista la región, extermina a casi toda la población y esclaviza a los supervivientes para que sigan explotando las minas. El botín es tan inmenso que el precio del oro cae más de un 20%.

Las nuevas riquezas permitien a Trajano emprender una febril política de construcción tanto en Roma como en las provincias (de ese periodo data el acueducto segoviano) y reorganizar el ejército y la administración. Luego, tras varios años de paz, vuelve su mirada a Oriente y emprende una nueva guerra contra los partos. El objetivo es doble: ganar las riquezas del único imperio rival de Roma y abrir una ruta hacia la India a través del Golfo Pérsico controlada por los romanos, acabando así con las costosas tasas que cobran los mercaderes a las importaciones orientales. Su muerte impide que se completen las conquistas y su sucesor, Adriano, se repliega a las fronteras originales de Oriente.

Adriano reorganiza el tesoro y el fisco, dejando a su muerte un excelente sistema administrativo que prolonga la prosperidad hasta finales del siglo II, cuando el desastroso gobierno de Comodo vuelve a vaciar las arcas, gracias entre otras cosas a sus dispendiosos festejos, que se prolongan durante meses.

Tras la crisis sucesoria de Comodo, Septimio Severo retoma los pasos de César y Trajano y esta vez el imperio parto es derrotado de forma definitiva. De nuevo el oro corre por las calles de Roma y el propio Severo encuentra nuevas formas de gastarlo, incrementando los repartos de alimentos al pueblo, aumentando el volumen del ejército y mejorando sustancialmente sus ingresos para asegurarse su lealtad. Pero esta riqueza es tan sólo un espejismo.

Con la conquista de las provincias occidentales del imperio parto Roma ha vaciado la última fuente de oro a su alcance. A partir de ahí no volverá a haber ingresos espectaculares y a medida que los gastos imperiales aumenten el único recurso a esquilmar será el propio imperio. El sucesor de Severo, Caracalla, extiende la ciudadanía todo el imperio, no como gesto de magnificencia, sino para ampliar el número de ciudadanos sujetos a contribución.

El mismo Caracalla reemplaza el viejo denario, por una nueva moneda de plata, el antoniniano, que devalua al anterior en un 20%. Ni aún así es posible sostener los enormes gastos de la administración y el siguiente emperador, Macrino, tiene que rebajar el sueldo de las legiones para hacer frente a un costoso tratado de paz con los partos, lo que le costará la vida.

A lo largo del siglo III se suceden las administraciones de forma caótica, siendo el único interés de los emperadores el de reunir suficiente dinero como para mantener contento al ejército. El desastre económico se refleja en el desatre administrativo, que culmina con la muerte del emperador Valeriano a manos de los Sasánidas, sucesores de los partos.

Los sucesores de Valeriano acuñan moneda compulsivamente y la inflación campa a sus anchas: los antoninianos apenas tienen una mínima fracción de plata en una amalgama de vellón. La crisis política sucede a la económica y cuando Aureliano sube al trono en 270 el imperio incluso ha perdido sus provincias orientales y occidentales a manos del efímero imperio de Galia y el reino de Palmira. El nuevo emperador logra enmendar la situación y el saqueo de Palmira aporta algún alivio a las arcas, lo que permite estabilizar el Antoniniano con el valor de un vigésimo de denario y una proporción de un 5% de plata ¡una caída de valor del 4000% en menos de 60 años!

Tras Aureliano los emperadores se suceden a una velocidad pasmosa. Algunos intentan avanzar de nuevo hacia Oriente pero los persas sasánidas se encargan de cortar de raíz sus sueños de riqueza. Diocleciano, en el cambio de siglo, restaura la administración, establece un sistema impositivo universal y vuelve a reformar la moneda, eliminando el antoniniano e introduciendo el solidus de oro como reemplazo del aureus, al cambio de 1000 denarios de plata.  Eso estabiliza las finanzas imperiales a costa de una monstruosa inflación al tirar de nuevo por tierra el valor de la moneda menor, la única a la que tiene acceso la plebe.

Diocleciano separa las administraciones de Oriente y Occidente, y Constantino da el paso definitivo: establece su capital en Bizancio y acuña el nuevo solidus bizantino como moneda de referencia. A finales del siglo IV la división administrativa se convierte en real y el imperio de Oriente separa su destino del de Occidente.

La escisión es inevitable: al agotarse los recursos de Hispania, Galia y Britania los principales ingresos del Imperio vienen de Oriente, cuyos puertos monopolizan el rico comercio con Asia. El oro del imperio ha ido acumulándose ahí mientras la moneda occidental inicia una devaluación crónica. En Roma, los ricos acaparan el dinero de calidad, quedando tan solo en circulación el vellón: la ciudad que ha saqueado el mundo ni siquiera tiene ya plata para acuñar. Sin una moneda de confianza, cobrar los impuestos resulta ruinoso y reclutar tropas es casi imposible; a lo largo del siglo IV la movilidad social desaparece: el hijo de soldados debe ser soldado, el hijo de aparceros será aparcero, es la única forma de evitar que todo quede abandonado.

La llegada de las migraciones germanas en el siglo V dará la puntilla al tambaleante dominio occidental. Los diversos pueblos recién llegados, tras intentar integrarse en el imperio, se federan a sus órdenes, pero el coste en oro es alto, y mucho más se consume intentando mantener a los hunos fuera de las fronteras. Los saqueos de Roma del 410 y el 455 vacían las últimas arcas de la ciudad Eterna.

Al desaparecer el Imperio Occidental la mayor parte de los recursos monetarios han desaparecido, bien rumbo a Oriente, donde el Imperio se sostendrá varios siglos más, bien en manos de los recien llegados, que a a falta de una economía monetaria activa optan por atesorar o convertirlo en joyas y objetos de culto para las las iglesias, que en los siguientes siglos acumularán una enorme cantidad de bienes. El solidus bizantino se convierte en la moneda de referencia, y la riqueza acumulada en el imperio de oriente alcanza incluso para el semisuicida intento de Justiniano de reconquistar Hispania, Libia e Italia. Los escasos resultados no compensan el enorme esfuerzo: ni siquiera la rapacidad de los recudadores de Justiniano puede extraer oro de donde no lo hay.

La primera parte de la Edad Media verá muy poca circulación de oro. Los nuevos reinos se han establecido sobre tierras que han sido desangradas durante siglos. La única fuente de moneda son las casas bancarias, vinculadas a los puertos italianos, que abren de nuevo el tráfico con Oriente, y a partir del siglo VII el nuevo reino de Al Andalus. Al alba del siglo X los banqueros italianos y la Iglesia se sienten lo bastante poderosos como para alentar y financiar las cruzadas: les atraen las rutas comerciales hacia China y la India, el oro de Oriente y, en el caso de los italianos, el deseo de destruir el dominio de los bizantinos sobre el tráfico de la seda y las especias. El oro vuelve a fluir por toda Europa tras la toma de Jerusalén y a comienzos del siglo XIII los cruzados arrasan Constantinopla, 8 siglos después del primer saco de Roma. Los últimos tesoros saqueados por los romanos vuelven así de nuevo a la circulación, contribuyendo a la creciente monetarización de la economía en la Alta Edad Media y preparando el camino para la futura expansión europea por el globo.

sábado, 12 de febrero de 2011

EL ORO Y EL IMPERIO (II)


La muerte de Craso es una pésima noticia para César ya que el difunto equilibraba el poder de Pompeyo, y apoyaba económicamente la estrategia política de César, que se queda en la más absoluta bancarrota. Entonces llega el permiso del senado para intervenir en los asuntos de la Galia.

La imagen que tenemos de los galos, alegres, bárbaros y pobres, pero felices, no se ajusta demasiado con la realidad. La Galia es muy rica y cuenta con grandes cantidades de oro, tanto en forma ornamental (los celtas acostumbran a adornarse con collares, brazaletes y torques) como en moneda, en un momento en que en Roma la moneda circulante es de plata o cobre. La campaña gala da dos formidables bazas a César: un ejército experimentado y devoto a su general, y oro, muchísimo oro.

En los dos años anteriores a la Segunda Guerra Civil César reparte riquezas a manos llenas en Roma, ganando el favor de la plebe, atrayendo a su bando a una buena cantidad de senadores y, de paso, provocando una nueva inflación: la devaluación del oro merma los recursos económicos de sus rivales. Luego, declarado el conflicto, se hace rápidamente con la península italiana y traslada la guerra a las provincias orientales, venciendo a Pompeyo en Farsalia. Finalmente se alía con la reina egipcia Cleopatra, que vuelve a llenar los ya vacíos cofres del conquistador.

Con el imperio ahora en sus manos, César planea la conquista del imperio parto, pero su asesinato vuelve a encender la guerra civil, primero entre Octavio y Antonio contra sus asesinos, y luego entre ellos por la supremacía. Antonio se une a Cleopatra, ganando el apoyo de sus riquezas y el control sobre el trigo de Egipto. De haber afianzado su posición hubiera podido desangrar tranquilamente a Octavio ya que el otro recurso alimentario de Roma, Sicilia, es amenazado por las fuerzas de un nuevo rival, Sexto Pompeyo, y el sobrino de César no tendá más opción que pagar un precio cada vez más elevado o dejar morir de hambre a Italia.

Octavio actúa con rapidez: mientras Agripa aplasta a Pompeyo, él maniobra políticamente para cortar de raíz el apoyo a Antonio en Roma. Luego le declara la guerra, derrotándole en Actium y apoderándose de Egipto, después de que Cleopatra intente en vano unirse al nuevo poder. Octavio se hace con el dominio de las provincias orientales y el trigo egipcio, más los inmensos tesoros de Alejandría.

Tras el establecimiento del Principado el denario se ve desplazado por el aureus. Octavio, ahora Augusto, y su sucesor Tiberio, tratan de evitar que el río de oro de Oriente hunda la economía romana, pero fracasan y la inflación vuelve a dispararse, igual que fracasan al intentar convencer con su ejemplo a las clases pudientes para que refrenen sus gastos. Empero, su administración es austera y eficaz, y a la muerte de Tiberio el Tesoro Imperial está lleno y saneado.

No durará: Calígula dilapida todo el oro ahorrado en cuarenta años. Claudio logra equilibrar la situación con una administración prudente, pero Nerón vuelve a la política del despilfarro y la guerra iniciada a su muerte ocasiona una nueva ruina económica. Los dos primeros emperadores flavios logran de nuevo sanear la situación, pero Domiciano acaba de hundir las cosas.

¿Porqué se producen estos vaivenes? Roma es ya dueña indiscutible del Mediterráneo , tiene en sus manos el trigo de Egipto y prácticamente todo el oro y la plata de medio mundo pero cuanto más grandes son sus riquezas, mayores son sus crisis económicas. El Imperio, como antes la República, no es capaz de gestionar sus recursos, se limita a devorarlos: sin una economía productiva la propia Roma se ha convertido en un inmenso sumidero de recursos. 

Mientras se ha mantenido la expansión el saqueo ha mantenido la maquinaria en marcha, pero Augusto ha detenido las conquistas tras la pérdida de Germania, una provincia de la que se esperaba sacar gran cantidad de tributos (el Tesoro se nutre de los tributos, incluyendo la mitad de todo el metal precioso extraído de las minas) y los gastos son ingentes. Hay que pagar un enorme ejército permanente, que puede hacer y deshacer emperadores a su antojo, y el estado corre igualmente al cargo de la manutención de la plebe, pagando además grandes espectáculos para mantenerla feliz (panem et circensis).

El campo se mantiene vivo en provincias como Hispania, Galia, Libia… pero en la propia Italia o en Grecia la ruina es casi total a finales del siglo I y las ciudades de provincias, medio deshabitadas, están rodeadas de eriales: nadie quiere cultivar la tierra porque no hay beneficio en ello, salvo en los grandes latifundios explotados con esclavos y aparceros.  Los campesinos se han hacinado en las urbes, y la escasa industria no permite ocupar más que a unos pocos. El resto sobrevive a costa de las distribuciones pagadas por el estado o los plutócratas locales.

 Las clases altas llevan un tren de vida fastuoso y gastan enormes cantidades de dinero en productos exóticos, que, como ya hemos visto, sólo pueden conseguirse en Oriente y siempre a cambio de oro y plata porque Roma no produce nada que pueda comercializarse a su vez en esos puertos. Los ricos reciben sedas, opio, perfumes, vinos, exquisiteces... gran parte de la plata romana acabará así sus días en China, como hará después mucha de la plata del Perú. 

Los grandes banqueros y comerciantes, como Mecenas, protegido de Augusto, y Séneca, consejero de Nerón, se dedican a la usura y la especulación y van acaparando poco a poco todo el oro circulante, forzando al Tesoro a nuevas acuñaciones. El fantasma de la descapitalización es constante. Claudio se ve obligado a conquistar Britania y Nerón debe gastar grandes recursos en mantenerla: sus minas de plata son vitales para sostener el valor de la moneda imperial, que en apenas un siglo empieza a dar síntomas de hundimiento. Durante el reinado de Nerón se produce la primera gran devaluación del aureus, por el expeditivo sistema de reducir su peso en un 9%…

lunes, 7 de febrero de 2011

EL ORO Y EL IMPERIO (I)


Como ya comenté anteriormente, el estudio de la Historia no es una práctica estéril y fosilizada. La Antigüedad admite acercamientos muy novedosos y hace poco, hablando en un foro sobre los problemas administrativos del imperio romano, salió a la luz uno de esos enfoques, centrado en la disponibilidad y consumo de metales preciosos.

La antigua Roma republicana no es un estado rico en términos de liquidez. La base de su economía son los pequeños agricultores que, al contrario que en Atenas y otras ciudades estado, participan activamente en la vida pública y forman la espina dorsal del ejército. Hay una cierta monetarización pero muy pocos metales preciosos, como denota el asedio galo del 387, cuando el Senado apenas logra reunir las 1000 libras de oro exigidas por Brenno a cambio de su retirada. La moneda circulante es el as de cobre, el trueque está a la orden del día y apenas hay inflación. Más adelante, al expandirse a lo largo del siglo III a costa de la confederación Etruria, los romanos se hacen con un razonable botín pero su principal interés es la búsqueda de nuevas tierras de cultivo. El Tesoro tiene ya importantes recursos pero su pecunio está lejos de las inmensas riquezas de Oriente o de Cartago. 

La situación empieza a cambiar con la primera Guerra Púnica. Roma casi se arruina en la contienda, pero sus condiciones de paz son leoninas: Cartago entrega 1000 talentos de plata (30 tn) más otros 2300 en diez años. Roma, además, se ha hecho con Sicilia y el botín de Siracusa. El resultado es negativo para la economía tradicional: el as de cobre es desplazado por el nuevo denario de plata, y la abundancia de moneda favorece una fuerte inflación. Las familias senatoriales acaparan buena parte del oro de Sicilia e invierten en las nuevas tierras, inundando el mercado romano con trigo siciliano, bajando así los precios del cereal y dañando aún más la la economía de los granjeros romanos. La sociedad romana ha empezado a capitalizarse.

La guerra de Aníbal acelera las cosas. tras la victoria Roma queda dueña de Hispania, parte del norte de África, Grecia y la parte occidental del Imperio Seléucida, acumulando un inmenso botín. El oro circula en abundancia y la alta sociedad multiplica sus gastos suntuarios. La clase agrícola, diezmada por las guerras, no puede hacer frente a la nueva situación: los precios del trigo están por los suelos, la mayoría de las granjas dejan de ser rentables y los especuladores se hacen con grandes extensiones de suelo a bajo precio que explotan con mano de obra esclava. Roma se llena de veteranos que lo han perdido todo, pero la escasa industria existente utiliza también muchos esclavos y apenas da trabajo a una pequeña parte de los desplazados.

Catón clama contra la decadencia que ha traído la riqueza. Los intentos de enmendar las desigualdades, como las reformas de los Gracos, fracasan, y las tensiones sociales se multiplican: para evitar revueltas los ediles subvencionan parte de los costos del cereal, de modo que la plebe pueda adquirirlo a costes reducidos, pero eso sólo aumenta la especulación. Además los terratenientes dedican sus tierra a la ganadería o la viticultura, más rentables que el trigo, y el desabastecimiento agrario de Roma aumenta pese a contar con las cosechas de Hispania y África. La annona, el suministro de cereal a la capital, se convierte en una sangría para el erario público, que debe adquirir grandes cantidades de trigo en el extranjero, principalmente en el Egipto de los Lágidas; pagando, por supuesto, en oro y plata.

Roma obtiene oro de las minas de Hispania y el tráfico de caravanas con el África Occidental, pero a los gastos comerciales se suman los enormes costes de la Guerra Social y la guerra Civil. La clase agrícola, arruinada, ya no puede suministrar tropas y las nuevas legiones de Mario son levas de pago. Sila trae un nuevo botín del Ponto y la situación económica se estabiliza momentáneamente, pero tras su dictadura y las guerras serviles la República se ve incapaz de construir un sistema económico viable porque la propia Roma es un enorme sumidero de recursos, y dilapida buena parte del tesoro acumulado en el siglo anterior. 

La nueva campaña de Pompeyo en el Ponto supone un alivio para las arcas estatales, que reciben más de 20000 talentos y tributos de los reinos orientales, ahora feudatarios de Roma. La sed de oro del imperio, empero, es inagotable, y la estrategia del primer triunvirato así lo demuestra. 

Pompeyo retiene Hispania, principal fuente de metales preciosos de la República, Craso parte hacia Oriente, planeando  hacerse con las riquezas y las rutas comerciales de Oriente y César obtiene la Galia Cisalpina, siendo a priori el más desfavorecido de los tres. Craso muere a manos de los partos y los recursos de Hispania parecen dar la supremacía a Pompeyo…

miércoles, 19 de enero de 2011

MI PENE Y YO (II) Siempre de la manita…


Hace unos meses vi en la red una hoja de ayuda para jóvenes cristianos: se trataba de una lista de precauciones para evitar  el nefando vicio del onanismo. Entre otras cosas se aconsejaba a los muchachos rehuir las reuniones de amigos sin supervisión de adultos, para evitar la tentación de la masturbación en grupo, motivada, según el autor, por el deseo de emulación y la competitividad. Debo decir que la recomendación me dejó un tanto preocupado, porque en mi pandilla nunca nos dedicamos a la paja tribal, mucho menos a los concursos. También me entraron dudas sobre la temática de las pruebas ¿Se trata de ver quien se la menea más rápido, o más veces? ¿Se valoraba la distancia alcanzada por el eyaculado, su volumen, sus cualidades organolépticas? El cristianismo está lleno de misterios.

Vale, nosotros no nos la pelábamos en comité, pero ya se sabe como son estas cosas: quien más, quien menos, intuye cómo la tienen sus amigos. Nunca hemos elaborado un estadillo regla en mano, pero pronto sabes quien se sale de la media, sea por arriba o por abajo, o quién ha tenido problemas de caperuza. Esas cosas resultan obvias cuando se han compartido unas cuantas borracheras. Y pueden ser problemáticas, como le pasó a mi amiga M, cuando una tarde veraniega, medio adormilados en el parque, nos preguntó si sabíamos cuanto eran veinte centímetros.

A mí se me da bastante bien calcular esas cosas, así que tracé en el suelo una raya de la longitud requerida, a lo que ella respondió ¡Vaya! ¡Pues era cierto!  Ese comentario, tras unos segundos de incredulidad, fue acogido con un entrecruce de miradas descojonadas de los presentes, pues sabíamos que la medida que intrigaba a M correspondía a la polla de nuestro amigo P, no a la de su novio. Novio que, por cierto, también oyó el comentario: ni que decir tiene la cosa acabó medio mal.

M, dicho sea de paso, es un pedazo de hembra que pasa difícilmente desapercibida (cuando nos damos un abrazo mi cara queda, aproximadamente, a la altura de sus tetas, lo que no está tan mal como puede parecer a primera vista), y alguna vez he hablado con ella del espinoso tema de las medidas. Según su testimonio, nunca ha tenido problemas con la humilde talla nacional (humilde para ella, evidentemente) ya que, según sus palabras, sus usuarios suelen ser de lo más activo. Si alguna otra dama quiere ofrecernos su propia opinión, será mas que bienvenida, porque ese es uno de esos temas en los que el saber no ocupa lugar (aparte de los 14 cm famosos). 

Por cierto ¿cómo se mide una picha? Con regla, hasta ahí llego, pero ¿cómo se establece el punto cero? ¿En la parte que da al ombligo, o en la base inferior? ¿Y cómo se calibra la erección adecuada para la medición? Porque según la situación y el ánimo, la cosa puede oscilar fácilmente un par de centímetros.

Sí, reíros si queréis, pero cuando eres un chavalín sin experiencia estas cosas pueden tirar tu autoestima por los suelos. Porque, hablando en plata, hacerte pajas está bien, pero lo que quieres es follar, y te comes mucho la cabeza. Puede que hoy los adolescentes lo tengan bastante fácil, pero no era el caso allá en mi lejana juventud.  O mejor dicho, no era mi caso: como ya comenté anteriormente, los vientos del amor no me eran demasiado propicios y puedo apostar toda mi fortuna presente y futura a que los amigos de mi panda, sin excepción, se estrenaron antes que yo. Pero poco a poco, cogí experiencia en eso de relacionarme con mujeres sin que huyeran despavoridas, hasta el día feliz de mi primer polvo.

Claro que feliz, lo que se dice feliz, pues no: un puto desastre. Yo había salido de una relación bastante negativa, y aunque logré ligar esa noche (debía ser una santa o estaba más desesperada que yo) no sé quien de los dos estaba más acojonado y no hubo manera de llevar aquello a buen puerto. No buscaré excusas: mi pene se mantuvo en todo momento a la altura de las circunstancias, pero yo no. Por suerte entablé amistad poco después con C, una chica realmente increíble, y aunque no llegamos a follar me enseñó que las mujeres eran seres fascinantes, me quitó el miedo, me dio unas cuantas lecciones muy valiosas y me lanzó sin salvavidas a un mundo maravilloso.

La siguiente vez que convencí a una prójima para retozar, mi cola y yo íbamos relajados, tranquilos y llenos de esperanza, y no fuimos defraudados. Es más, la cosa superó todas mis expectativas: estar dentro de otra persona, notar sus reacciones, su calor, su vibración, acompasar tu respiración a la suya… por mucho que te lo hayan contado, no estás preparado para sentirlo. O al menos la parte que se queda fuera, porque mi picha se sentía natural cual polluelo en el nido, casi funcionando en automático y sólo le faltó gritar ¡ESTO ES LO MÍO!

Desde entonces mi pene y yo hemos mantenido una larga vida de entendimiento y buenas maneras. Al principio conocimos bastante sequía (lo de ligar se me daba de pena y sospecho que aún es así porque antes de que me diera tiempo a coger práctica conocí a la mujer de mi vida) pero en conjunto tenemos una relación altamente satisfactoria. Yo no le pido imposibles y él no me da disgustos, más allá de las puñeteras erecciones matutinas.

Las mujeres no tenéis ni idea de lo incómodo que resulta despertarte con el rabo tieso. Y mucho, porque la cosa puede ponerse realmente muy dura. Tú ahí, con la vejiga llena, y no puedes aliviarte porque tu nardo se ha puesto en huelga a la japonesa y no hay manera de que la cosa baje. Mejor dicho, no hay manera correcta, porque yo, al menos, no suelo tener ganas de meneármela recién amanecido y en días laborables mi dueña y yo tenemos horarios incompatibles, así que no queda más opción que la dolorosa ducha fría. En días no lectivos el problema horario desaparece, pero surge el del niño reclamando desayunos. Aunque alguna ocasión de ejercitarse siempre encuentras, y debo confesar que en un universo ideal en el que las parejas se despertaran ambos de buen ánimo y los hijos, recién levantados, se alienaran con algún videojuego o unos dibujos, el endurecimiento matinal sería un gran invento. Pero vivimos en un universo hostil y despiadado, y la mayoría de las erecciones mañaneras mueren sin utilidad alguna.

Por lo demás, como digo, las cosas se desarrollan plácidamente, ya sea para juegos de pareja o para partidas de solitario. Porque sí, los hombres adultos de vida sexual activa también se la menean ¿Porqué iba a ser de otro modo? Más de una vez he conocido mujeres que se sorprendían e incluso se escandalizaban de oírlo. ¿Matarse a pajas mi Antonio? ¿Porqué iba a hacer algo así? ¿Acaso no le doy yo todo lo que necesita?. Pues no lo dudo,  guapa, pero ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Son placeres diferentes y ambos están muy bien. Que la picha no se gasta por mucho que la frotes ¿sabes? y aunque a uno le guste jugar al tenis también puede matar los ratos libres en el frontón.

Poco puedo añadir. A nivel estético debo decir que el rabo no es ningún prodigio, y en cuanto a su funcionalidad, pues deja mucho que desear: el sistema de erección es eficaz, pero complejo, puede fallar de forma puntual* y cuando no está en activo puede resultar un estorbo. Por comparación, el coño es un ejemplo magnífico de buen diseño, con unos estándares de seguridad y un concepto estético muy superiores, dónde va a parar. Pero oye, mi colita cumple con su cometido y me ayuda a pasar el rato así que no puedo echarle nada en cara.

Quisiera terminar con algunos consejos para un uso y mantenimiento adecuados del invento. El primero va dirigido a los fabricantes de ropa. Queridos señores de la industria textil, la seguridad es un valor en alza en nuestros días, así que ¿porqué no toman ejemplo de ese prohombre, el gran Jacob Davis, y universalizan la bragueta abotonada. Pocas terminos resultan más amenazadores para el pene que la ominosa palabra cremallera.

Y para vosotras, mis maravillosas amigas, sólo dos anotaciones:

– NO ES DE GOMA. Se maneja con firmeza y suavidad, sin sacudidas bruscas o frenéticas. Las lesiones peneanas duelen mucho. Pero mucho, mucho.

– NO ES MASTICABLE, así que mucho ojito. Y por favor, lo de chascar los dientes en sus proximidades, ni en broma ¿Habéis visto las tortuguitas, como esconden la cabeza en cuanto notan la proximidad del peligro? pues eso.

Yo lo dejo caer. Meditadlo y evitad indeseables accidentes. Y sólo me queda desear a todo el mundo buenas noches. Mi pene y yo nos vamos a la camita, a tener dulces sueños. Preferiblemente de los muy cochinotes, aunque luego me levante soliviantado. Que en el fondo uno es un pelín masoquista.

* Aunque yo no puedo quejarme: dos caídas del servicio en veinticuatro años de folleteo dan una tasa de errores prácticamente despreciable.

viernes, 31 de diciembre de 2010

MI PENE Y YO (I) Los primeros escarceos


El cuerpo humano está lleno de elementos interesantes. La mano, por ejemplo, siempre me ha fascinado: desde niño me recuerdo mirando mis manos, moviendolas, rotándolas, jugando con los dedos… y asombrándome, como si tuvieran vida propia. Los ojos también tienen su aquel y les he dedicado muchas horas de espejo, intentando sorprender a la pupila cuando se contrae, buscando manchitas en el iris, u observando el relieve las venillas de la conjuntiva. Pero la única parte de mi cuerpo con la que mantengo una relación realmente complicada es con mi pene.

Pene, falo, miembro, picha, polla, cola, pinga, pinganillo, pindonga, minga, mango, nabo, nardo, rabo, palote, cimbel, sinhueso, calvo, pija, pájaro, cipote, carajo, verga, chola, churra, chistorra, pepino, manubrio, plátano, cigala, cuca, flauta, hermanito pequeño, soldadito, trompa, hurón, dedo de en medio, báculo, pito… Dudo mucho que exista en castellano un concepto con tantos sinónimos y apostaría mi brazo izquierdo a que la pilila ocupa un lugar de honor en el inconsciente humano, o mejor dicho en el masculino. Hablemos claro, señores: que levante la mano el tío que no piensa en su polla al menos un par de veces al día… ¿nadie?…  ¿El Papa, dices? ¡Pero si no hay nadie más obsesionado con las genitales que los miembros de la iglesia! Fíjate en todas las normas que intentan imponer a su uso ¡No piensan en otra cosa!

La fijación peneana nos viene de lejos, casi desde nuestros primeros días de vida. El primer mes uno no le da demasiada importancia a nada que no sea comer y cagar, pero sobre el tercero ya hemos descubierto que además de manos y pies los chicos tenemos por ahí abajo un juguetito de lo más interesante, y a la que estás un ratito sin pañal te pasas el rato manoseándolo. Luego empezamos a interesarnos por el mundo que nos rodea y poco a poco dejamos de darle importancia al colgajillo, pero un día, entre los cuatro y los seis años, volvemos a ser conscientes de que la colita no sólo sirve para hacer pis (y qué gustico te da cuando llevas aguantándote un buen rato y por fin puedes desenfundar y dejarte llevar ¿verdad?) sino que es un cacharrillo de lo más entretenido y relajante. Claro que la sociedad no ve con buenos ojos que uno explore la diversidad de su cuerpo y pronto se encarga de poner límites a la investigación ¿O no habéis oído nunca a una madre soltar un rotundo ¡niño! ¡dejayadetocartecoooooño!?

Da igual: si van a coartar la natural inocencia de nuestros estudios en público, seguiremos con ellos en la clandestinidad. Y con más interés, porque tu pito no sólo es útil y da gustirrinín, sino que tiene vida propia y a veces, sin saber muy bien porqué, se pone rígido y apunta para arriba. Y tú te dices ¡esto es genial! y puede que incluso pienses que debe valer para algo, porque si no ¿de qué? Y anda que no juegas a toquetearlo para que se endurezca. Además por aquel entonces quien más quien menos ya sabe que las niñas gastan otra cosa, que también resulta fascinante. Claro que tus indagaciones probablemente te consigan una buena bronca y un castigo de magnitud sorprendente, porque no nos engañemos, los papis comprensivos y amigos de lo didáctico escasean y cuando alguien intenta explicarte el porqué de las diferencias y su utilidad emplea términos bastante aburridos, así que el interés puede decaer un poco.

Entre los 11 y los 12 tu curiosidad por los genitales femeninos (bueno, quiero decir mi curiosidad, pero extrapolo) y otros diferenciales anatómicos se renueva y los toqueteos aumentan en intensidad, hasta ese día inolvidable en que, de forma accidental, te haces tu primera paja. Y puede que la segunda también, pero a partir de la tercera ya son deliberadas, y el que diga lo contrario (o afirme que no se asustó un poco) miente como un bellaco.

Bueno, por fin has averiguado para que servía el invento, pero no lo sabes todo: el afán investigador te lleva a buscar documentación y descubres nuevos misterios, algunos muy interesantes, otros más bien preocupantes. Hoy en día la red facilita mucho el trabajo de los adolescentes, pero mi generación se educó a base de revistas, y el día que cayó en mis manos una de las verdaderamente informativas (o sea, de las muy, pero que muy guarras*) descubrí que algo no cuadraba. Tú ves a las mozas en plan ginecológico y mola ¿no? que el saber no ocupa lugar, pero también están los partenaires, con esos trastos enormes, enhiestos, de cabeza purpúrea, amenazadora y reluciente… y claro, miras para abajo, comparas y sí, la idea general es más o menos esa, pero está claro que los detalles no coinciden.

El trauma no dura demasiado, todo hay que decirlo, porque con la edad tus proporciones mejoran y el pelo empieza a disimular un poco las cosas, pero siempre te va a quedar un cierto resquemor. Y todo por esa manía de los editores de pornografía de buscar siempre lo exagerado. Entiendo que eso facilita mucho el enfoque y la iluminación, pero podrían pensar un poco en el público juvenil y lo fácil que resulta traumatizarlo.

Lo que sí dura es el afán de meneártela: los moralistas consideraban (supongo que siguen considerándolo, pero ¿a quién le importan) que el onanismo es un síntoma de inmadurez, un vicio juvenil  que remite con la edad. Y yo digo ¡y una polla!  Al principio puede que te muestres un poco comedido, por aquello de la vergüenza y la sensación de desasosigo que te queda  tras la salpicadura ¿no? pero  enseguida le cojes ritmo, mejoras la técnica, descubres los cleenex y ya es un no parar.  Hace unos años oí a unas mamis hablando de sus retoños,  que por lo que decían rondaban los 13 añitos y una de ellas decía ¡Ay, chica, es que yo no sé si se masturba, y claro, con lo raros que son los chicos, cualquiera le pregunta! Yo pensé, señora ¿tiene picha, manos y 13 años?  se la pela, créame, sé de lo que hablo.


*¡Cuanto le debemos los hombres de mi quinta a Berth Milton padre! El Lib molaba, pero el primer Private marcaba un antes y un después.

martes, 28 de diciembre de 2010

Roma y la ambigüedad bíblica (II)


El valor otorgado a la Biblia no supuso una diferencia significativa a lo largo de los siglos XVII y XVIII porque nadie dudaba de su veracidad, pero en el XIX el Libro empezó a hacer aguas. El reverendo Buckland, buscando evidencias del Diluvio Universal, descubrió las pruebas de una glaciación continental, un cataclismo que ni siquiera aparecía a pie de página en el Génesis. Lyell puso las bases de la geología moderna, demostrando que la Tierra era asombrosamente antigua. Y llegó Darwin.

La iglesia anglicana anatemizó a los científicos, el ponzoñoso Pio IX publicó la encíclica Syllabus Errorum, condenando cualquier propuesta que contradijera el magisterio eclesiástico y las diversas confesiones protestantes hicieron otro tanto. No sirvió de mucho: a lo largo del siglo XX los estudiosos de la Biblia, libres de dogmas, demostraron que no era una crónica veraz sino un compendio de mitos mesopotámicos mezclado con otros de origen local.

En 1950* Pio XII escribió la  Humani Generis, aceptando, la viabilidad de la hipótesis darwiniana, y Juan Pablo II lo refrendó en 1996. La iglesia anglicana también suavizó su postura y en 2008 pidió perdón a Darwin. En cambio los luteranos europeos pasan de puntillas por el tema, la mayoría de los calvinistas apoya la literalidad bíblica, las diversas sectas de origen protestante (episcopalianos, adventistas, baptistas, renacidos, pentecostales …) son plenamente literalistas y la Iglesia Ortodoxa, pese a no tener una doctrina clara al respecto, se inclina también por la tradición.

¿Porqué esas diferencia? Porque católicos y anglicanos dejaron de lado el valor doctrinal del antiguo testamento mucho antes del siglo XIX. Además ambas iglesias están jerarquizadas en forma piramidal lo que facilita los cambios. Una vez la jerarquía anglicana o el Papa deciden soltar lastre, soltado queda. Eso explica la ambigüedad de los ortodoxos, ya que su concepto religioso es profundamente conservador y no hay una autoridad central, tomándose las decisiones en Concilios Ecuménicos.

Y llegamos al punto conflictivo. Hoy está claro que la Biblia es obra de hombres y no de Dios, ha conocido varias reescrituras, se basa a su vez en mitologías paganas bien conocidas, y la historia que narra no es más que un relato, y ni siquiera demasiado bueno. La postura de las sectas, aunque irracional, es lógica, ya que la base de su fe es el Libro, y la de los ortodoxos es comprensible, pero ¿católicos y anglicanos? Roma no tuvo problemas en renunciar al latín, aceptar la evolución y abrirse al ecumenismo. La iglesia anglicana acepta además la ordenación sacerdotal y episcopal de las mujeres, lo que se da de hostias con el antiguo Testamento. Así que ¿Porqué mantenerlo como canon?

El problema es que no hay reemplazo. Yahvéh es un impresentable, asesino de niños, vengativo hasta lo indecible, puntilloso, genocida… Roma estaría feliz de sacárselo de encima y librarse de la incongruencia que supone que un psicópata que ordena la lapidación de los que tejen con dos fibras diferentes, se transforme por arte de magia en un padre amoroso. Pero durante veinte siglos han procurado erradicar a todos los demás panteones del imaginario popular, tachándolos de fantasías o encarnaciones de Satán, así que si le rechazan, se quedan sin dios.

Eso no debería ser importante, ya que el cristianismo se basa en el Nuevo Testamento ¿no? Pues sí, pero no. La Palabra de Jesús no es ni demasiado original, ni demasiado coherente, ni demasiado profunda. Es muy buenrollista ¿no? amaos los unos a los otros, poned la otra mejilla y todo eso, pero para ese viaje no hacían falta alforjas. El Nuevo Testamento sólo tiene peso si  Cristo es el Hijo primogénito de Dios, anticipado por los profetas, nacido en el linaje de David y cordero sacrificial por el Pecado Original. Y el único Dios disponible es el viejo cabroncete del Génesis. Así que si no aceptamos las Escrituras en su totalidad, no hay un Padre para el Hijo, ni un Pecado que lavar, ni una Promesa que cumplir, y Jesús pierde su credibilidad. Ergo, si no hay Biblia, no hay Iglesia.

La paradoja no tiene solución. Los mitrados están demasiado ocupados tratando de mantener a flote su barca como para preocuparse de cuestiones de detalle. Además son muchos siglos de nadar y guardar la ropa así que tampoco pasa nada por chapotear un poquito más. Pero al afirmar que razón y cristianismo son compatibles se equivocan, porque éste se asienta sobre el pilar de la verdad bíblica, y la razón ha tirado por tierra ese pilar. De hecho, en España la mayoría de los creyentes rechaza la autoridad papal, un 40 % no cree que Jesús fuera hijo de Dios y un 40% de los creyentes no practicantes no cree en Dios**. Al relativizar la base de su fe, se han saboteado a sí mismos.

No me gusta jugar a profeta, pero voy a hacer un vaticinio: la tendencia a la baja seguirá y se acelerará no porque aumente la racionalidad de la gente (qué más quisiera yo) sino porque la incoherencia del cristianismo socava su posición. Despojada de su manto sagrado, la Iglesia tiene que competir en igualdad con todo tipo de supercherías tan incongruentes como ella, pero más cómodas para sus seguidores y no va a dejar de perder terreno. Dudo que yo viva lo bastante para verlo, pero un día el Vaticano tendrá que echar el cierre por impago del alquiler, y mi hijo o los suyos podrán brindar por el entierro de una de las instituciones más aburridas y sucias que ha conocido la Humanidad.

* 90 años entre ambas encíclicas. No está mal si tenemos en cuenta que Roma aún no le ha pedido perdon a Giordano Bruno.

** El concepto  creyente no practicante está muy traído por los pelos, pero el de creyente no creyente me resulta dadaista.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Roma y la ambigüedad bíblica




Una de las diferencias más llamativas entre las iglesias tradicionales (es decir, la católica, la ortodoxa y, en cierta medida, la anglicana) y las reformadas (luteranos, calvinistas, adventistas, renacidos…) es su posición con respecto al Antiguo Testamento.

Los cristianos reformados son literalistas bíblicos, es decir, consideran que los textos religiosos judíos precristianos son veraces y fiables al ser Palabra Revelada. Eso incluye el Pentatéuco, los libros que narran la historia del pueblo judío entre Josué y los Macabeos, el conjunto de los textos proféticos (Isaías, Ezequiel, Zacarías…) y los Libros de Sabiduría (la historia de Job, el Eclesiastés, los Salmos…). Por el contrario los tradicionalistas consideran que estos libros, si bien son canónicos y dignos de reverencia como parte del mensaje divino y preludio a la Venida del señor, no deben interpretarse en un sentido literal, sino metafórico. Un teólogo católico puede utilizar en su argumentación las epístolas de Pablo, pero no se apoyará en las normas levíticas, por considerar que estas, como todo el conjunto de la ordenación religiosa mosaica (a excepción del decálogo) quedan abolidas tras la predicación de Jesús.

Para entender esta diferenciación hay que remontarse a los orígenes de la Iglesia. En sus orígenes los cristianos eran una rama más del judaísmo, como lo eran los fariseos, los saduceos o los zelotas. La autoridad estaba en manos de Santiago, que dirigía la comunidad de Jerusalén. Todo cambió tras el alzamiento del año 66: Jerusalén y su templo fueron destruidos, Santiago murió en el asedio junto a toda su congregación y las diversas comunidades judías del Imperio sufrieron una dura represión (es probable que la persecución de Nerón contra los cristianos fuera en realidad contra los judíos). Desaparecida la autoridad tradicionalista, los cristianos se desligaron del judaísmo, ya que buena parte de los supervivientes eran gentiles y las normas judaicas como las prohibiciones alimentarias o la circuncisión les resultaban muy problemáticas (recordemos el debate entre Pablo de Tarso y Santiago a respecto). Para cuando tuvo lugar la segunda Guerra Judía, en tiempos de Adriano, el cristianismo ya se había desvinculado de sus origenes y formaba una comunidad diferenciada.

El alejamiento del judaísmo prosiguió durante las fases finales del Imperio y cuando, ya en la Edad Media, los teólogos buscaron referentes en los que apoyar sus argumentos, no los buscaron en las Escrituras, sino en la filosofía clásica. Era lógico que así lo hicieran, ya que las normas hebreas no están abiertas al debate, y resultaban difíciles de adaptar a una sociedad radicalmente distinta del pueblo de pastores que las engendró. Además los primeros organizadores de la Iglesia Imperial, como Orígenes o Agustín de Hipona, eran inicialmente seguidores de la de filosofía griega, con lo que la Escolástica Medieval, apoyada primero en Platón y más adelante en Aristóteles, cayó en terreno abonado. Todo eso cambió con la llegada del Renacimiento y, poco después, la Reforma.

Al denunciar la autoridad papal y rechazar la preeminencia de Roma en las cuestiones religiosas, Lutero arrojó por la borda todo el bagaje teológico acumulado en 14 siglos de cristianismo y decidió recuperar la pureza del cristianismo original, antes de que fuera contaminado por el paganismo y el poder. Por eso tradujo la Biblia al alemán: así los cristianos podrían leer la Palabra de Dios en su propio idioma, sin necesidad de intermediarios. Sin embargo el antiguo monje no era un literalista, y no pensaba que todos los textos testamentarios tuvieran el mismo valor. De hecho consideraba que buena parte de los escritos precristianos eran puramente anecdóticos y tuvo incluso la intuición de que el Apocalipsis era ajeno al conjunto de los Libros (acertaba, ya que se trata de un poema escatológico escrito durante el alzamiento contra Roma del año 66).

Lutero estableció que cualquier cristiano podía interpretar el mensaje de Dios por sí mismo, bastando con la fe para la comprensión de la Verdad Revelada. Eso dio pie a la aparición de innumerables grupúsculos, ya que nadie tenía porqué aceptar la autoridad ajena en materia de fe y cualquier persona con carisma estaba en situación de convencer a sus vecinos de que a Verdad era la que él predicaba, con tal de que pudiera usar la Biblia para apoyar sus aseveraciones. Sin embargo la sociedad nacida de las sangrientas guerras religiosas del XVI no era demasiado amiga de experimentos anárquicos y tanto luteranos como anglicanos formaron iglesias jerarquizadas y reglamentadas, intolerantes con las desviaciones o los misticismos.

Así las cosas, las sectas no tenían demasiadas posibilidades de expandirse en la vieja Europa, y los grupos más radicales, como hugonotes y puritanos, no vieron más salida que emigrar al Nuevo Mundo. Allí, lejos de reyes y obispos, se vieron a sí mismos como un nuevo Pueblo Elegido conquistando la Tierra Prometida (y exterminando de paso a sus anteriores ocupantes, una actividad bendecida por el Jehová del Antiguo Testamento). Así nació el literalismo puro y duro, ya que mientras el mensaje de Cristo rezuma ambiguedad (el mismo Jesús que se presenta como el Cordero de Dios preparado al sacrificio aparece también como Señor de los Ejércitos y dueño de la Venganza), las leyes de Moisés son tajantes en sus afirmaciones, sin espacio para componendas o medias tintas, algo muy adecuado para una sociedad reducida y fanática. Además los relatos del Génesis, el Éxodo o los Macabeos resultan mucho más vivos y coloridos que las anécdotas del Nuevo Testamento, y los parsimoniosos textos de Pablo palidecen frente a personajes como Eliseo, capaz de enviar una manada de osos a despedazar a unos niños que se burlaban de su calvicie, o Sansón, derribando el templo y sepultándose junto a sus enemigos.