Mujer iroqués

Mostrando entradas con la etiqueta coño. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta coño. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de julio de 2010

El clítoris y otros misterios (III): mitos y falacias


Siguiendo con los enigmas que nos deparan los genitales femeninos, quiero tocar, aunque sea de pasada, algunos equívocos muy usuales, empezando por uno de los mitos más perniciosos sobre el tema.

EL ORGASMO VAGINAL.

Freud estableció a principos del siglo XX un patrón evolutivo de la sexualidad femenina. De acuerdo a su hipótesis, en las fases juveniles de la mujer el orgasmo era clitoridiano, siendo inmaduro e incompleto, asociado a la masturbación y motivado por el enquistamiento de la envidia peneana que sentían las niñas desde su infancia. A medida que la mujer alcanzaba la madurez ésta debía transferir su orgasmo al interior de la vagina de modo que el placer se alcanzara a través del coíto: así la paciente asumiría plenamente su condición de mujer.

Ni las ideas de Freud ni las de sus sucesores tienen la más mínima validez científica: el orgasmo se localiza en torno al clítoris porque es ahí donde se concentra el mayor volumen de terminaciones nerviosas, no porque la mujer tenga algún tipo de oscuro resentimiento hacia su propio género. Es una simple cuestión física, algo que el buen doctor debería haber sabido si en vez de perder su tiempo elucubrando estupideces hubiera prestado algo más de atención en las clases de anatomía. Por desgracia esta patochada ha gozado durante décadas de un asombroso prestigio, gracias a la sofisticada palabrería de su fundador y, como consecuencia, varias generaciones de mujeres han visto su sexualidad frustrada por la obsesión de sus terapeutas en exigirlas un imposible anatómico.

Dejemos esto claro: el orgasmo vaginal NO EXISTE. Es posible la estimulación desde el interior de la vagina, pero lo que hacemos es actuar sobre el clítoris de forma indirecta. Si nos ponemos puristas TAMPOCO EXISTE EL ÓRGASMO CLITORIDIANO El clítoris no es una palanquita mágica que provoque descargas de placer al pulsarlo, sólo una zona extremadamente sensible. El orgasmo se genera por una combinación de excitación, tensión y estímulo y en general se desencadena mediante el clítoris, pero donde se produce realmente es en el CEREBRO. Es posible tener un orgasmo a través de caricias no genitales, por estímulos visuales, a través de un cierto nivel de dolor e incluso sin el más mínimo contacto físico, como demuestran los éxtasis de Santa Teresa.
El planteamiento freudiano tiene una fuerte implicación machista: de creer a Sigmund lo único que necesita una mujer para realizarse es que le metan un buen cipote y lo meneen un par de minutos adentro y afuera, y si ella no logra gozar de esa forma psicoanalíticamente bendecida no será porque su semental sea torpe, sino porque ella es una frustrada infantiloide y frígida. Y eso nos lleva al segundo mito en torno al coño.

EL PUNTO G

El punto o zona G es el santo grial de la sexualidad: un área en la pared vaginal frontal cuyo estímulo desencadena orgasmos intensos y múltiples. Según Gräfenberg, su descubridor, se trataría de una porción de tejido esponjoso situado más o menos entre las glándulas de Skene y que al ser acariciado se abultaría haciéndose más evidente. Por desgracia no hay pruebas reales de su existencia: ni la observación ginecológica ni las biopsias o los análisis no invasivos (rayos X, resonancias…) han revelado la presencia del área G, que, entre otras cosas, debería estar claramente señalada por la abundancia de terminaciones nerviosas.

El tema se ha vuelto una cuestión de fe para muchos sexólogos, convencidos de que esa zona no puede localizarse mediante análisis convencionales porque sólo se manifestaría durante la cópula. Sin embargo las resonancias y termografías tomadas sobre parejas follando y corriéndose*, que han ofrecido un montón de información nueva sobre el coito, tampoco han revelado nada. Las pruebas de su existencia son de tipo testimonial, es decir, personas que relatan su propia experiencia, y no pasan de tener un valor anecdótico.

La terminología empleada por los defensores del punto G recuerda sospechosamente a los planteamientos freudianos sobre el orgasmo vaginal, así que es posible que estemos ante un prejuicio mal asimilado: el puntito de marras tiene que existir porque a priori sus defensores quieren que exista. De nuevo el sueño masculino: un botoncito del placer situado de forma que basta un enérgico metisaca para dejar a la pareja más que satisfecha. Y si no funciona, culpa de ella por no saber encontrarse el dichoso punto.

Dada la zona en la que supuestamente se localiza la zona de Grafenberg hay una buena probabilidad de que lo que observó el doctor fuera el abultamiento producido por la excitación del clítoris que, no lo olvidemos, es un órgano eréctil. En consecuencia el orgasmo grafenbergiano no sería sino un orgasmo producido por  estimulación inferior del tronco clitoridiano. Las descripciones que indican el modo correcto de activar el punto G coinciden bastante con ese tipo de estímulo. No podemos afirmar con certeza que sea el mismo caso, pero esta explicación no requiere misteriosos órganos invisibles, luego, de acuerdo a la navaja de Occam, es más verosimil.

Para terminar, hay quien relaciona el punto G con la eyaculación femenina. Volvemos al mismo argumento: la eyaculación puede explicarse sin necesidad del punto G, luego dicha relación, como mínimo, es nebulosa.

OLOR Y FEALDAD

Aquí salimos del mito y entramos directamente en la falacia. Según la leyenda (por desgracia no siempre masculina) el coño es feo y por añadidura su olor es desagradable.

Yo, personalmente, encuentro que el coño es una preciosidad. Me podéis decir que no soy parcial, y que para gustos se hicieron los colores, pero desde un punto de vista objetivo la estética de los genitales femeninos es evidente.

El coño medio** es ERGONÓMICO: está perfectamente integrado en el perfil del cuerpo femenino, sin salientes absurdos, mientras que la picha y los testículos cuelgan de cualquier forma y resultan un estorbo en demasiadas ocasiones. Además, presenta una ordenación de fuera a dentro con una estructura de tipo floral muy similar a la de las orquídeas.  Como remate, al margen del color de piel de la mujer, al separar los labios menores siempre aparece un atractivo color rosado claro, relajante a la vista y muy apetecible.

Algunas mujeres encuentran desagradable su coño la primera vez que lo ven con detalle. Creo que eso se debe a que dada la posición de la vagina las mujeres no contemplan de forma cotidiana sus genitales, como sí hacemos los hombres. Las primeras veces que lo examinan de cerca les resulta extraño, y si, como suele ser habitual, usan un espejo (no hay demasiadas contorsionistas como las del Circo Chino) lo ven en una imagen externa, no en su propio cuerpo, como si fuera algo ajeno. En general no hay más consecuencias que la extrañeza inicial, pero una persona con dificultades para asumir la propia sexualidad (timidez, complejos…) puede sentir un cierto rechazo e incluso repulsión. Una adecuada educación sexual, entre otras cosas, debe incluir el conocimiento de la propia anatomía, así que esas situaciones, con suerte, serán cada vez más escasas.

En cuanto al mal olor, es una insinuación que me parece indignante e incluso ofensiva. Por supuesto que una mujer con escaso amor por la higiene emanará un olor genital desagradable, pero también lo hará un hombre, y si alguien lo duda le animo a que se ponga cerca de la cara una polla bien sudada, a ver si encuentra algo positivo en la experiencia. Así pues vamos a olvidar los chistes facilones, porque si hablamos de higiene me temo que el género masculino, en general, tiene mucho más de lo que avergonzarse. También hay gente que tiene problemas debido a determinados alimentos que añaden su olor al de la persona, pero estamos hablando de una patología digestiva y no afecta específicamente a los genitales sino a toda la epidermis.

¿A qué huele un coño, entonces? No voy a presumir de una cultura enciclopédica porque los que he conocido en profundidad se cuentan con los dedos de las manos, pero todos tenían el aroma de la piel de su poseedora, más concentrado, y una fragancia añadida entre canela y almizclada, intensa y penetrante, más evidente al aumentar la excitación, no sé si si porque entonces la mujer la emite en mayor volumen o porque al excitarnos somos más sensibles a los olores (probablemente sea una combinación de ambos factores). Por lo que a mí respecta es agradable y estimulante así que, a mis ojos, los que mencionan el mito del olor a pescado no merecen que se les preste oídos y sí una buena patada en los cojones, a ver si se les despejan las fosas nasales.

Para terminar, un consejo: después de un polvo con un buen cunilingus (o un buen cunilingus sin polvo, que también tiene su gracia) hay que procurar lavarse la cara. Como he dicho es un aroma intenso y penetrante, y aunque no lo notemos puede permanecer en nuestra piel durante mucho tiempo, con el curioso resultado de que al día siguiente no paren de venirnos a la cabeza ideas libidinosas, lo que en según qué situaciones puede ser raro e incluso incómodo... qué leches, para qué lavarse, disfrutémoslo

Y lo digo por experiencia. Seas hombre o mujer, si no acabaste con la faz empapada, no lo has disfrutado.

* Hay gente para todo. Me imagino luego a la Choches pasando el mocho por el aparato y diciendo ¡hay que ver como me dejan el TAC estos marranos! ¡Como los pille yo…!

** Entendido como el normal y corriente, el de andar por casa, que no ha sufrido cirugías estéticas por la moda , que de eso también hay

viernes, 25 de junio de 2010

El clítoris y otros misterios (II): la eyaculación femenina




Como ya he apuntado, mi relación con mis amigas es bastante estrecha. Por causas de todo tipo he sido asesor sentimental-hombro para lágrimas-fisioterapeuta-confesor; tiene su lógica, nunca me he enrollado con ellas y eso me ha dado un estatus neutro, sin tensiones.

Sin tensiones por su parte: yo sí las he notado, muchas, sobre todo en mis partes pudendas. Si nunca follé con ninguna no fue por falta de ganas sino de posibilidades. Cuando andaba solito (ergo durante toda mi patética adolescencia y buena parte de los años posteriores) no tuve demasiadas oportunidades, y todas fueron ajenas a mi círculo de amigas. Cierta vez, A me confesó que sobre los 19 tenía unas ganas locas de enrollarse conmigo, pero acababa de cortar con otro amigo de nuestro grupo y no quería encasillarse. Estuve en un tris de matarla. Ya fue malo que no me lo dijera entonces, pero decírmelo después, cuando yo ya tenía pareja, fue un detalle de verdadera sádica. No hay polvo que echemos más de menos que el que nunca echamos.

A lo que vamos: superadas las tensiones a base de duchas frías y manualidades, mis amigas contaban conmigo para muchas cosas, incluyendo consultas sexuales de todo tipo. Y fue así como tomé contacto con el misterioso mundo de la eyaculación femenina.

Una noche de copas, mientras el resto de la banda estaba en la pista de baile, P y yo manteníamos una charla más o menos intrascendente que fue derivando hacia temas intimos. En un momento dado ella me preguntó ¿Y cómo sabes tú si una chica se está corriendo?. Normalmente no respondo a cuestiones tan personales, pero ella es de las pocas personas que pueden hacérmelas, así que le expliqué que yo lo notaba en el cambio de la tensión muscular y en las contracciones de la pared vaginal. La respuesta la dejó un tanto…¿decepcionada? así que supuse que no era una pregunta meramente informativa. Unas semanas antes había visto por primera vez una película X con escenas de eyaculación, y le comenté que al parecer algunas mujeres tenían la peculiaridad de emitir un fluido durante el orgasmo. Antes de que acabara la frase me agarró del brazo y me dijo que eso era lo que le pasaba a ella,  y no tenía ni idea del porqué.

Centremos la situación: P no era una adolescente medio boba, sino una mujer muy inteligente que cursaba estudios superiores. Ella había buscado información por su cuenta, no había encontrado nada de nada y no lo había consultado con su ginecóloga porque le daba un yuyu tremendo. Por lo que me describió se trataba de un volumen considerable de líquido transparente (hasta 150 cc en ocasiones) que no era orina (lo había comprobado), y salía expelido con bastante fuerza. Le había sucedido por primera vez con 16 años, y se quedó pasmada y bastante asustada (y su novio muy asombrado). A esas alturas ya no le daba importancia pero quería saber qué era eso y pensó que a lo mejor yo sabía algo más sobre el tema.

Bueno, no tenía datos al respecto, pero por P puedo mover cielo y tierra, así que le prometí investigar. Durante los dos meses siguientes me dediqué a encuestar a todas mis conocidas con docenas de respuestas negativas y bastantes caras extrañadas (por suerte ninguna dejó de hablarme). Busqué información a través de mis contactos profesionales (ya llevaba unos años haciendo ilustraciones de tema médico) con igual resultado. Entonces mi chica me buscó unos cuantos teléfonos de los servicios de asistencia femeninos de la CAM (la misma gente que años después me ayudaría en el tema del clítoris), donde tampoco sabían nada, pero me dieron a su vez el teléfono de un servicio de salud sexual, donde finalmente me derivaron a un médico especialista en sexología que por fin pudo informarme al respecto.

Era la época pregoogle: o sabías moverte o no encontrabas lo que buscabas.

Quedé con P y tuvimos una amena charla, me gané un par de besos y unos achuchones (más tensiones, que en el fondo se agradecen) y a lo tonto adquirí unos conocimientos sin demasiada utilidad práctica pero muy interesantes. El caso es que, si bien hoy en día es más fácil conseguir información, ya sea a través de enciclopedias virtuales, webs de contenido médico o descargas piratas de porno (el squirting es muy apreciado por los conneusseurs) resulta difícil separar la información real de la mitología y las exageraciones, así que vamos a repasar el tema con un poco de detalle.

Ante todo aclaremos esto: la eyaculación femenina no tiene ninguna utilidad aparente, pero tampoco es una disfunción. Lo digo porque he leido afirmaciones para todos los gustos, desde que es un síntoma de distensión en el suelo pélvico hasta que los orgasmos de las eyaculadoras son incomparablemente más intensos que los del resto de las mujeres. Ambos supuestos me parecen erróneos, pero para entenderlo vamos a ver cómo se produce este fenómeno.

A los lados de la abertura vaginal hay dos pares de glandulas. Las inferiores son las de Bartholin, que entre otras cosas ayudan a la lubricación, y encima están las de Skene, que al parecer son homólogas de la próstata masculina y carecen de una función conocida. Es muy común que un órgano que cumple una función definida en uno de los sexos aparezca en forma residual en el otro, por pura economía genética, como las glándulas mamarias inoperativas de los machos de mamífero, así que es posible que estemos ante un caso similar. De hecho cerca de un 20% de las mujeres no llega a desarrollar estas glandulas y en la mayoría son de pequeño tamaño. Tanto la próstata como las glándulas de Skene segregan un fluido alcalino y azucarado que entre otras cosas contiene PSA, un anticoagulante seminal. La eyaculación femenina se produce cuando las contracciones musculares del orgasmo comprimen las glándulas y estas expulsan su contenido por la uretra. Parecen ser capaces de recargarse a gran velocidad, y hay casos, como el de la actriz porno Cytherea* (en las imágenes superiores), célebre eyaculadora multiorgásmica, capaz de lanzar seis o siete emisiones de gran volumen en menos de un cuarto de hora (la pobre debe acabar medio deshidratada).

Como podemos ver, no hay conexión física entre la eyaculación y el debilitamiento del suelo pélvico (el equívoco se debe a que sí la hay entre el suelo pélvico y las pérdidas de orina) y la expulsión del líquido se produce a consecuencia del orgasmo, luego no influye en su intensidad. Otra leyenda al respecto, muy difundida en los años 80, relacionaba la eyaculación con el orgasmo vaginal a través de la célebre zona o punto de Gräfenberg, pero también podemos desechar esa idea: el líquido sale por pura presión física, independientemente del tipo de orgasmo (otro día pondremos los puntos sobre las íes en el asunto del orgasmo vaginal). Es más, no hace falta un orgasmo, basta con que se produzcan contracciones musculares en ese área, por un calambre o durante un parto, por ejemplo, sólo que en esos casos probablemente la mujer pensará que ha perdido momentaneamente el control de la vejiga. Es cierto que un suave masaje alrededor de la uretra con los dedos o la lengua resulta placentera y excitante, pero creo que se debe al efecto de acariciar una zona en contacto con el tronco del clítoris, no a la presencia de las glándulas.

Un último mito afirma que la eyaculación es más habitual entre las mujeres brasileñas (otra vez el maravilloso Brasil) pero resulta un dato dudoso porque no existe una estadística real al respecto, ni allí ni en ninguna parte del mundo. De hecho éste es uno de los aspectos menos investigados de la sexualidad femenina porque no afecta a la reproducción ni al placer sexual, y al margen de los aficionados al cine X sólo los anatomistas han mostrado interés por él. Si le añadimos que las mujeres que eyaculan pueden confundirlo con una pérdida de orina (no todo el mundo se molesta en analizar líquidos corporales) tenemos un perfecto escenario de desinformación. Ese es el motivo de que use términos como parece y aparentemente: hay pocos estudios que vayan más allá de la anecdota y las muestras estadísticas son reducidas.

En sí el fenómeno no causa más problemas que la sorpresa y el azoramiento de las primeras veces pero eso no es baladí. Una muchacha acomplejada (y las adolescentes se caracterizan por serlo) puede sufrir una impresión enorme al experimentar una eyaculación voluminosa e inesperada, y sentir a partir de ahí un fuerte rechazo por su cuerpo, incluso una anorgasmia. No estaría de más que los cursos de educación sexual incluyeran alguna referencia al tema, de forma que nadie sea cogida por sorpresa, y al menos sepa que no sufre ningún trastorno.

Las prodigiosas eyaculaciones de las profesionales del squirting son raras pero la mayoría de las mujeres eyacula en alguna ocasión. En general se emite muy poco volumen de líquido, por lo que suele pasar desapercibido, pero es posible darse cuenta, si no ellas al menos sí sus parejas. Yo he podido notarlo en un par de ocasiones, mientras practicaba un cunnilingus. Al iniciarse el orgasmo de ella noté una breve sensación cálida y fluida en la lengua y un repentino cambio en la acidez de la zona. Nada espectacular, pero fácil de identificar, porque carecía del tono amoniacado de la orina.

Si lo pensamos fríamente, es una pena que la eyaculación abundante no sea la norma. Supondría una cierta incomodidad para las relaciones (habría que tomar alguna precaución para no empapar las sábanas) pero sería ventajoso para ambos sexos: para nosotros, porque no nos quedaría la más mínima duda sobre cuándo tiene un orgasmo tu chica (nada de temblores o contracciones: la Fontana de Trevi en todo su esplendor) y para vosotras sería un mecanismo compensatorio por tantos accidentes. Por fin podríais devolverle a más de uno la gracieta del tú sigue chupando, que ya te aviso, y dejarle que descubra lo que se siente cuando alguien se corre en tu boca.

 Y oye, si le gusta, pues miel sobre hojuelas ¿no?.

sábado, 19 de junio de 2010

El clítoris y otros misterios (I)

Voy a hacer una afirmación que, a priori, puede resultar escabrosa: soy un gran entendido en coños.

Antes de que visualicéis a un obseso enfermizo al que evitar por las calles puntualizaré: debido a mi trabajo, mi estrecha relación con mis amigas, mi curiosidad y mi carácter obsesivo compulsivo conozco detalladamente la anatomía y funcionalidad de los genitales femeninos. Podría haberlo expresado así desde el principio, pero creo que he logrado atraer vuestra atención ¿verdad?

Un pelín rarito sí que lo soy, porque encuentro que el coño es una preciosidad anatómica y una prueba de la inexistencia de Dios ¿iba a crear nadie un órgano tan bonito para señalarlo como fuente de todo pecado? ergo Dios no existe (o existe y es un cabrón, otro día podemos debatirlo). Pero dejemos el tema general del coño y centrémonos en el elemento que da nombre a esta entrada: el clítoris.

En los comienzos de mi carrera profesional, allá en el pleistoceno, colaboré con una revista dedicada a salud y calidad de vida. Ahí realicé mis primeros trabajos de anatomía con la ayuda de mi amiga P, que me facilitó toda la documentación posible (hablamos de los tiempos anteriores a internet, así que su apoyo fue muy valioso) y en más de una ocasión me asesoró a la hora de desarrollar alguna ilustración.

Si lees esto, P, quiero que sepas que cuando pienso amiga siempre te veo a ti: eres un tesoro. Gracias por tu ayuda y por mil cosas más.

Dada mi naturaleza inquisitiva procuré aprender todo lo posible sobre el cuerpo humano y eso me fue de gran ayuda cuando empecé a trabajar con Geo y Muy Interesante. Entonces, hace seis años, me propusieron hacer una serie de ilustraciones sobre el cuerpo humano, cada una dedicada a un apartado funcional: la vista, el oído, la circulación de la sangre, el conjunto oseo muscular, la respiración… y el sexo.

Como base documental contaba con los  atlas anatómicos  Sobotta y Netter. Ya los había manejado en otras ocasiones y supuse que no tendría problemas para localizar la información necesaria. La ilustración debía combinar la anatomía externa e interna de los genitales y me pareció interesante ofrecer una imagen detallada de la estructura del clítoris. No recordaba exactamente como eran las láminas correspondientes en los atlas, pero pensé que sería sencillo interpretarlas. Entonces vino la sorpresa: no existían.

Para entendernos: el Netter y el Sobotta muestran en detalle TODO el cuerpo humano, masculino y femenino. No una ilustración por órgano, sino muchas, con cortes en diferentes direcciones y vistas desde ángulos dispares para apreciar los elementos más nimios. TODO el cuerpo humano salvo el clítoris.

Me dije, al ser un órgano pequeño bastará con las imágenes generales de la vagina, así que fui a ellas y me llevé otra sorpresa: de pequeño, nada. Estaba la imagen clásica con los labios mayores entreabiertos mostrando en la parte superior el glande del clítoris, la cabeza del conejito sin orejas ¿recordáis? luego un primer corte con el vestíbulo vaginal y, sobre él, un corte circular del clítoris. El siguiente mostraba dos estructuras cilíndricas. Otros cortes mostraban que éstas se dirigían hacia los laterales de la vagina y se ensanchaban muchísmo. Con esas secciones y alguna documentación que me facilitó un servicio de ayuda a la mujer de la Comunidad de Madrid, dibujé la estructura que podéis ver en la cabecera de la entrada. Su posición en el cuerpo es abierta, se curva hacia abajo a partir del punto donde muestro el corte y los cuerpos cavernosos quedan situados a ambos lados del canal vaginal, pero opté por representarlo así para compararlo con un corte del pene.

No tendría porqué haberme extrañado: entiendo un poquito de embriología y sabía que el clítoris y el pene son órganos homólogos y se estructuran a partir de la misma parte del embrión cuando éste inicia su diferenciación sexual. Era lógico que se parecieran muchísimo, pero me sorprendió porque jamás había visto una sola imagen de la anatomía del clítoris.

Incluso hoy en día, si buscamos en Google, junto a imágenes anatómicamente correctas encontramos ilustraciones erróneas, en las que está representado como un cuerpo de apenas dos o tres centímetros de longitud. La causa de tanta inexactitud es, cómo no, el machismo. El clítoris no está relacionado con la reproducción o el aparato digestivo: su única actividad conocida es dar placer a su poseedora, y dado que hasta hace medio siglo nadie (nadie masculino) consideraba importante el placer de la mujer,  el clítoris no interesaba. Incluso algunas escuelas médicas consideraban el orgasmo femenino como una patología y aconsejaban la extirpación (cliteridectomía) como remedio contra la histeria y la consunción femenina. Bravo y hurra.

Ya en 1559 el hombre que hizo la primera descripción moderna del clítoris, el médico paduano Renaldo Columbus, se vio enfrentado a un juicio inquisitorial, siendo acusado con estos dos argumentos:

1.: Aristóteles no describía semejante órgano, luego no existía
2. Si existía, Aristóteles lo había descrito, luego él no había descubierto nada

(¿He mencionado ya que Aristóteles me cae muy, pero que muy mal?)

Renaldo, que logró salir airoso del juicio, quiso llamar a su descubrimiento Dulzura de Venus, ya que era el lugar del placer de la mujer. Por desgracia no lo logró y el anodino término clítoris entró en la literatura médica, sin menciones a su estructura o utilidad. Y así hasta nuestros días, cuando el orgasmo femenino ha dejado de ser un tabú, pero la anatomía del órgano que lo produce sigue siendo desconocida por la mayoría de la gente, incluyendo muchas mujeres.

Alguien dirá ¿y qué? sabemos que da placer así que ¿para qué más? Craso error, porque conociendo su estructura es posible mejorar su uso. Por ejemplo, al hacer un cunnilingus muchas personas se limitan a acariciarlo con la lengua de forma homogénea, o chuperretearlo como un chupachup, pero dada la estructura del glande la caricia es más eficaz si de cuando en cuando nos concentramos en la parte inferior, el frenillo, ya que al igual que en el pene la sensibilidad es ahí mucho mayor. Además las terminaciones nerviosas se concentran no sólo en la cabeza del glande, sino también en el tronco, la parte que va de la bifurcación a la punta, y es posible estimularlo desde abajo, acariciando la pared superior de la vagina, a unos cuatro-cinco centímetros tras la apertura de los labios, donde se nota un ligero abultamiento cuando aumenta la excitación y el clítoris entra en erección (el célebre punto G, que no es tal punto). Otra forma de actuar sobre ese tramo es situando los labios sobre el glande, formando un pequeño vacío y ejerciendo una suave succión rítmica, es decir, practicándole una felación con la presión justa como para que el glande y el capuchón del clítoris describan un pequeño vaivén en nuestros labios. He dicho suave: señores, no es la rueda del ratón ni un M&M, hay que tratarlo con cariño, no como si quisiéramos batir un record olímpico.

¿No dicen que en la variedad está la riqueza? Pues no hay dos clítoris iguales. Van desde diminutas cabecitas apenas perceptibles tras el capuchón hasta los asombrosos clítoris de algunas mujeres brasileñas, que en erección sobresalen hasta cinco o seis centímetros para pasmo de los ignorantes ¿que tendrá Brasil, que contiene tanto prodigio?

Un inciso: hace unos meses algunas diputadas de la oposición se burlaron agriamente de una iniciativa  de la Administración, destinada a elaborar un mapa del clítoris. Con ello demostraron su ignorancia, su mala fe o ambas cosas a la vez. No se trata de un plano para enseñar a las niñas a hacerse pajas, sino de un estudio sobre la inervación del glande del clítoris (que no está correctamente identificada) para ver la viabilidad de practicar una cirugía de reconstrucción a las mujeres que han sufrido una ablación. Se puede discutir la conveniencia de realizar ese estudio con prioridad a otros (personalmente lo veo conveniente ahora y debería haberse hecho mucho antes) , pero en ningún caso se trata de una frivolidad.

Bueno, a estas alturas mi fama de depravado psicótico estará ya firmemente establecida, luego no merece la pena seguir insistiendo en el tema. En alguna próxima entrada trataré otro interesante misterio, el de la eyaculación femenina, pero dejaré pasar un tiempo a ver si entretanto recupero alguno de los lectores/as que habré espantado con esta entrada, quizás con algún texto lleno de salves a María.

O puede que no me merezca la pena recuperar a quien se espanta con demasiada felicidad. Total, mi imagen ya no puede empeorar mucho más …

lunes, 3 de mayo de 2010

Sobre fósiles, coños y fenicios

Si hay una letra que caracteriza a nuestro idioma, es sin duda la eñe. Una consonante única que da sonoridad a términos tan elegantes como cáñamo, ñandú, entraña, cañaveral o añoranza, siendo ésta una de las palabras más bellas de nuestra lengua, sólo inferior a esperanza porque una habla de pérdida donde otra dice ilusión. Pero no trataré sobre estos vocablos, sino sobre otro que, pese a su popularidad, ha sido ignorado por los literatos y maltratado por los académicos. Me refiero al humilde pero directo coño.

Leyendo un ensayo de Stephen J. Gould, conocí la existencia de los histerolitos. Estos fósiles son los moldes internos de unos braquiópodos con una curiosa marca en forma de vagina. Gould mencionaba que un autor francés trató de reemplazar el prefijo griego por el latín cunnus ( llamándoles coñolitos) pero la idea no cuajó. Yo debía estar muy espeso ese día porque tardé un tiempo en darme cuenta que coño debía ser una palabra muy antigua.

Rememorando mi escaso latín sólo fui capaz de recordar vulva, pero indagando un poco vi que cunnus era empleado por la gente de baja extracción social, mientras que vulva era preferido por las personas de calidad. A los que han sufrido a Cicerón no les sorprenderá mi felicidad al saber que una palabra tan maja tenía origen plebeyo.

¿Y de dónde sale cunnus? No hay un acuerdo al respecto, porque los filólogos son un tanto rancios y prefieren debatir sobre temas más sesudos, pero podría ser una forma abreviada de cuniculus, es decir, conejo. Este símil de los genitales femeninos no es exclusivo del castellano ya que, en un cuento de las Mil y Una Noches unas muchachas y un palafranero usan el término conejo sin orejas. La comparación, dicho sea de paso, parece deberse por un lado al mechón de vello que adorna el monte de Venus, y por el otro a que el glande del clítoris, al excitarse, asoma como haría un conejo por la puerta de su madriguera.

Si cunnus deriva de cuniculus, su origen sería entonces peninsular, porque los romanos sacaron su vocablo del ibero kyniclos (fue en Hispania donde los latinos toparon con el orejoncete). Eso convertiría a coño en la más española de las palabras.

Una pequeña disgresión: se dice que los romanos llamaron a la península Hispania por sus muchos conejos, pero ese nombre no viene de kyniclos o cuniculus, ni del griego orycto así que ¿de donde procede?

Según los lingüistas, viene de los fenicios, pero éstos no tenían nombre para el conejo, pues no los había en Tiro. En cambio conocían unos animales que resultan bastante parecidos, llamados damanes (se les menciona en la Biblia como carne prohibida). En fenicio, damán es spn (las lenguas semíticas no usaban vocales, sólo escritura consonante) y su sonido vendría a ser sphan. El plural es spnm y se pronunciaría sphanim. Tierra de damanes sería I-spnm, y sonaría Isphanim. Luego quizás nuestro país deba su nombre a una confusión zoológica.

Es una lástima: si los romanos hubieran llamado a nuestro país cunicunnia puede que nuestro gentilicio fuera coñogurritanos y nuestros antepasados no se habrían tomado la vida tan en serio.

De cualquier forma, coño es un término repleto de historia, con parientes tan nobles como el gallego cona y el francés cun. Hay quien prefiere usar eufemismos, como una autora de novela romántica cuya protagonista se estremecía mientras su amante bebía del cáliz de su amor. Ya conocéis mis opiniones al respecto ¿Tan difícil era decir que la gustaba que la comieran el coño?

Hay sinónimos como chocho, chichi, quiqui, chumino, almeja o su derivado platense, concha, todos muy válidos, pero no acaban de complacerme. Muchos se apoyan en la che, que carece del sabor y la españolidad de la eñe. Además chocho y sus derivados comparten la limitación de conejo, ya que usan una parte, el clítoris, para designar el todo (para los ignaros, un chocho es una pepita de altramuz). En cuanto a almeja o concha, me temo se relacionan con la falacia del olor. Y digo falacia porque una vagina cuidada desprende una fragancia almizclada, intensa pero agradable, que en nada recuerda a un alimento en mal estado. Por todos esos motivos yo me quedo con coño.

Y aquí viene mi protesta. Coño tiene muchos empleos loables. Se usa en exclamaciones de sorpresa agradecida,  ¡Coño…!, como sugerencia de misterio,  ¿Qué coño hay ahí? , o como sinónimo de broma o chanza (el que hace coñas es un coñón). Pero ¿cómo pueden convivir estos usos con una definición repleta de vileza? Porque si aplicamos el diminutivo tenemos coñito, una palabra preciosa, que retrata un coño pícaro, coquetuelo, bien arreglado, promesa de alegrías presentes y futuras… pero el superlativo es coñazo, y el diccionario nos tira un cubo de agua helada: cosa latosa e insoportable.

¿O sea, que si algo es fantástico es la polla o cojonudo, pero si molesta es un coñazo? Señores de la RAE, esta definición es un baldón sobre nuestra lengua, una infamia que nos recuerda un pasado de machismo y opresión, y merece ser erradicada. No me vengan con excusas protocolarias, porque si en nombre de la corrección política se han perpetrado desgracias tan lamentables como presidenta o lideresa mucho más urgente es desterrar la misoginia del lenguaje coloquial. Usemos muermo, tostón o peñazo, pero dejemos en paz al coño.

Todos nacimos mediante un coño y le debemos respeto, agradecimiento y cientos de horas de sana diversión. Por lo que a mí respecta, no pienso avergonzarme ni usar sinónimo alguno, porque es palabra breve, concisa y musical, y no conozco modo más noble de llevar una eñe a la punta de mi lengua.