Mujer iroqués

domingo, 6 de noviembre de 2011

LA EUTANASIA Y LOS CUIDADOS PALIATIVOS Una visión evangélica





Navegando por una hemeroteca, he topado con una noticia de hace unos años, sobre la que escribí brevemente en mis tiempos preblogueros. Ahora que vuelve a estar sobre la mesa el debate de la muerte digna, gracias a los marrulleos preelectorales de la Iglesia, me parece un buen momento para revisar y publicar de nuevo el tema, desde un punto de vista estrictamente histórico.

Preguntado por la triste historia de la ciudadana francesa Chantal Sébire, que reabrió el debate sobre la eutanasia en el país vecino, el arzobispo de Pamplona, Fernando Sebastián Aguilar declaró durante la Semana Santa de 2008 que la francesa debería haber tomado ejemplo de Cristo, ya que el Hijo de Dios murió por nosotros de forma digna, sin recibir cuidados paliativos de ningún tipo.

Al margen de la evidente falta de sensibilidad del señor arzobispo, que no dudó en empañar la memoria de una persona recien fallecida con acusaciones de cobardía, y su empeño en sostener puntos de vista anclados en ese pasado en el que la Iglesia se consideraba dueña y señora de las almas de todo el mundo, el comentario de su Eminencia denota un sorprendente desconocimiento de los textos que nos han legado los Evangelistas y una visión teológica mal planteada. Una lectura atenta de los testimonios de Mateo, Lucas, Marcos y Juan nos permite extraer las siguientes conclusiones, puramente documentales.

1. Tras analizar cuidadosamente los Sagrados Evangelios aflora la evidencia de que los romanos, bajo presión del Sanedrín, decidieron CARGARSE a Jesús. Es decir, su intención al azotarlo, coronarlo de espinas, emplearlo como transportista de maderos y crucificarlo, era la de MATAR al muchacho.

Quizás monseñor Aguilar interprete que, habiendo Jesús estudiado en su juventud un módulo de carpintería, lo sucedido en el Gólgota pudo ser un encargo profesional que, por motivos ajenos a la narración neotestamentaria (probablemente relacionados con una defectuosa atención a la prevención laboral de riesgos), salió rematadamente mal. No obstante las pruebas documentales son claras: había intención declarada de ELIMINAR a Jesús.

2. Ahora bien, si uno ha decidido matar a una persona, es evidente que dispensar cuidados paliativos a dicha persona no es una premisa necesaria. Aún más, resultaría contraproducente. De haber actuado así, los hombres de Pilatos habrían demostrado ser unos rematados cabrones, puesto que la finalidad de la crucifixión era la defunción del condenado y la ayuda médica sólo hubiera servido para prolongar los sufrimientos del finado. Bien es cierto que la Inquisición solía aplicar cuidados médicos a sus pacientes a fin de que duraran más tiempo y no se les fueran de este mundo antes de las preceptivas sesiones de potro y hoguera, pero hay que reconocer que los romanos, a quien nadie podrá acusar de ser unas Hermanitas de la Caridad, en general no eran tan miserables e inhumanos como los obispos.

3. De ahí se sigue la conclusión de que DESGRACIADAMENTE Jesús no recibió cuidados paliativos, porque de haberlos recibido seguramente en vez de diñarla en apenas un par de horitas habría resistido el tiempo preceptivo para una muerte por crucifixión. Dado que el reo muere por asfixia una vez se agotan sus fuerzas y deja de sostenerse sobre la cruz, éste está estipulado en torno a las 36 horas, e incluso habría podido mantenerse sobre el madero un par de días con ayuda de algunos estimulantes. A primera vista esa circunstancia puede parecer desafortunada para el sujeto paciente (es decir, el susodicho crucificado) pero habría resultado un motivo de gozo y felicidad para la comunidad cristiana en general y un servidor de ustedes en particular, porque entonces en vez de una birria de puente de cuatro días podríamos disfrutar de una verdadera SEMANA SANTA casi completita, de Jueves Santo a Martes de Resurrección, ambos incluidos. Este alargamiento de la festividad hubiera sido especialmente bien recibido en Andalucía, comunidad de arraigado cristianismo pascual, ya que así sería factible sacar los pasos de Semana Santa sin prisas ni embotellamientos que desluzcan las fiestas.

4. Es decir: al no ofrecer cuidados paliativos a Jesús los romanos estaban PERJUDICANDO A TODA LA COMUNIDAD CRISTIANA, algo lógico dadas sus posteriores actuaciones al respecto entre los reinados de Nerón y Trajano. Luego BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA puede presentarse esa desatención médica como un ejemplo para los fieles.

5. Rematando esta argumentación, sólo nos queda anotar que, de acuerdo a los evangelistas, un soldado romano llamado Longinos, apiadado de los sufrimientos del Señor, le arreó un lanzazo en la parte superior del cuerpo, provocando una incisión punzante de entrada por la zona abdominal izquierda en dirección a la cavidad torácica que afectó a pulmones y corazón y produjo una parada cardiovascular en el condenado llamado Jesús, natural de Nazareth, a consecuencia de la cual pasó a mejor vida.

Esto viene a demostrar lo equívoco de las doctrinas eclesiales al respecto, puesto que el así llamado Hijo de Dios no recibió, bien es cierto, cuidados paliativos, pero sí una misericordiosa EUTANASIA, que es lo que demandaba Chantal Sébire. Y esto siempre ha sido reconocida por los Padres Fundadores de la institución católica, que no dudaron en elevar la lanza del citado Longinos a la categoría de objeto milagroso y sacro.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

EL DERECHO DE LA MUJER AL ORGASMO (en la Edad Media) III



(Sólo recordaros que la fuente de este y los dos textos precedentes es la HISTORIA MEDIEVAL DEL SEXO Y EL EROTISMO de Ana Martos)

A comienzos del Renacimiento, la situación parecía estable en lo referido al orgasmo femenino. Los textos de la época consideraban al gozo de la mujer garantía de estabilidad en la pareja y clave para la concepción. Todavía a mediados del siglo XVI Ambroise Paré opinaba que la esterilidad podía deberse a la ausencia de placer, lo que repercutiría en que la mujer no emitiría su propio esperma, y su cuerpo rechazaría el del hombre.

Pese a todo las posturas aristotélicas fueron abriéndose camino a los largo del siglo XVI, preparando el terreno para el desastre que llegaría en el XVII. Recordemos que la mayor parte de las opiniones de Aristóteles sobre la mujer eran profundamente despectivas, ya que consideraba que las hembras eran, en el mejor de los casos, un punto intermedio entre los animales y el hombre varón. Es decir, seres imperfectos, con menos huesos, menos dientes y menos inteligencia. No porque se hubiera molestado nunca en contar huesos y dientes o medir la inteligencia, sino porque, si la mujer era inferior, lo otro era una deducción natural.

En cuanto al tema de la concepción, el griego opinaba que el hijo era engendrado exclusivamente por la simiente masculina, actuando la mujer tan sólo como receptáculo, encargada de nutrir y permitir el crecimiento. Nada más. Eso volvía completamente innecesario el papel del supuesto semen femenino, que no sería sino un subproducto generado por la excitación, sin papel reproductivo. Y bueno, en eso sí tenemos que darle la razón al estigirita. Sí, los fluidos vaginales no intervienen en la formación del embrión, sólo contribuyen a la lubricación y a mejorar el ph de la cavidad genital, evitando la muerte de los espermatozoides antes de tiempo. Pero no podemos hablar de razón en el sentido racional, porque Aristóteles no se molestó en investigar nada al respecto, simplemente acertó de pura chiripa.

Esa chiripa fue viéndose confirmada en los primeros años de la ciencia, a finales del XVI y comienzos del XVII. Las primeras observaciones del espermatozoide en los primitivos microscopios hicieron creer que la simiente masculina era un diminuto homúnculo, agazapado en la cabeza del renacuajillo, que sólo necesitaba el fértil campo de la matriz para desarrollarse. Es decir, la responsabilidad de la progenie recaía en el hombre. Unos años antes se había descuvierto el óvulo, y la vieja polémica del esperma masculino frente al femenino reapareció, esta vez dividida entre ovistas y espermistas.

Al margen de esa disputa, la ausencia de semen en los fluidos femeninos era notoria, y eso dejó en evidencia el papel atribuido al orgasmo femenino. El placer de la mujer no era necesario para engendrar, luego el hombre ya no estaba obligado a buscar el placer de su pareja, limitándose al suyo propio. Es más, el gozo sexual fue estigmatizado, incluso dentro del matrimonio, y el que una mujer disfrutara del sexo paso a ser una mancha de lascivia y pecado. Una situación que se prolongaría hasta el siglo XX, ya que aunque a mediados del XIX el orgasmo femenino dejó de ser una trampa de Satán, los médicos decimonónicos lo etiquetaron como un desorden psicológico que debía ser curado o reprimido.

Y así cerramos nuestra extraña historia, bastante opuesta a lo que tradicionalmente nos han vendido los educadores. Lejos de ser un tiempo de represión sexual, la Edad Media resulta ser un periodo de fogosa carnalidad. Ajenos a los conocimientos de la anatomía moderna, los pensadores más avanzados defendieron el derecho de la mujer al placer, aunque fuera con argumentos erróneos. Por contra, el Renacimiento, tan lleno de luces y humanismo, trajo el fin del goce, con el firme apoyo de Aristóteles, y el advenimiento de la ciencia moderna remató la tarea, convirtiendo el placer de la mujer en una aberración a extirpar.

El gozo por la vida se reflejó en las letras en todo su esplendor por Europa a lo largo de los siglos XIII y XIV, y dio sus últimas coletadas en el XVI, de la mano de Ravelais. A partir de ahí el sexo se convirtió en materia de textos prohibidos y entró en la clandestinidad, como lo hizo el placer de la mujer al verse negado por doctores y filósofos. Quizás fue mejor así, poca alegría podría traernos una literatura picante en la que sólo disfrutan la mitad de los protagonistas.Pero no dejo de dolerme por tantos versos alegres y coloridos que nunca pudieron escribirse, y tantas personas que no pudieron expresar su gozo o incluso se lo negaron, sintiéndose sucias por disfrutar de su cuerpo.

No quiero terminar sin rendir homenaje a esos autores que no se recataron en cantar a la carne, con todo desparpajo. Del genial Alfonso Álvarez de Villasandino, DECIR CONTRA UNA DUEÑA, un divertido poema dedicado a una dama que se le hizo la estrecha.

Señora, pues que no puedo
abrevar el mi carajo
en este vuestro lavajo,
por demás es mi denuedo:
he perdido, segunt cuedo,
mi afán e mi trabajo,
si tras el vuestro destajo
non vos arregaço el ruedo.



Señora fermosa e rica,
yo querría recalcar
en ese vuestro alvañar
mi pixa qu’es grande o chica;
como el asno a la borrica
vos querría enamorar,
non vos ver, mas apalpar
yo deseo vuestra crica.


Señora, flor de madroño,
yo querría sin sospecho
tener mi carajo arrecho,
bien metido en vuestro coño.
Por ser señor de Logroño,
non deseo otro provecho
sinon foder coño estrecho
en estío o en otoño.


Señora, por fijo o fija
en vos querría haber,
más vos querría foder
que ser señor de Torija;
si meades por vedija,
fazedmelo entender,
que yo vos faré poner
atanquía en la verija.


Señora, en fin de razones,
yo me ternía por sapo
si el culo non vos atapo
con aquestos mis cojones,
e a los çinco empuxones
non vos remojaré el papo:
non me den limpio trapo
para enxugar los tajones.


Señora, quien mea o caga
non se debe espantar,
aunque se sienta apalpar
por delante o por de çaga;
la que tal bocado traga
como vos faré tragar,
non se debe despagar,
pues alguna bien se paga.


Señora, notad el modo
de aquesto que vos digo:
vos habedme por mendigo
si diez veces non vos fodo.
En vuestras ingles devodo,
que si subo en vuestro ombligo
de vos çerrar el postigo
non sé si será del todo.


Señora, sabed de çierto
que podedes bien a osadas
medir nueve o diez pulgadas
en mi mango grueso e yerto:
si yo con él vos açierto
a poder de cojonadas,
las sedas bien remojadas
serán d’ese boca-abierto.

Finida

Si vos fallo en descubierto,
como fodo a ventregadas,
veredes por las pisadas
que non duermo, antes despierto.

martes, 1 de noviembre de 2011

EL DERECHO DE LA MUJER AL ORGASMO (en la Edad Media) II


Si el marido estaba obligado a ofrecer placer a su mujer, toda ayuda sería poca, así que filósofos y poetas dedicaron amplios esfuerzos a ofrecer información al respecto. Y de nuevo contaron con la ayuda de los clásicos, como el insigne Aristófanes, maestro de lo obsceno y divertido (recordemos como las atenienses no dicen basta hasta que la Guerra del peloponeso corta el suministro de dildos). O los consejos de Ovidio y Marcial, que van de lo general a lo explícito.

Musulmanes y judíos aportaron su valiosa contribución, ya que en ambas culturas se consideraba que Dios bendecía el amor con el placer. Y no sólo el placer heterosexual, ya que autores como Ibn Yahya sostenían que el coíto es más saludable con muchachos que con mujeres. Y Avicena  afirmaba que el amor entre mujeres resulta un buen paliativo ante la falta de atención del marido.

El gran Maimónides menciona diversos afrodisíacos, pero pronto llega a la conclusión de que nada refuerza tanto la dureza del pene como la propia lujuria, y aconseja esforzarse en retrasar el propio placer para acompasarlo al de la mujer.

Sin ser tan explícitos ni abiertos de mente como sus colegas de otras religiones, los médicos europeos, a cuenta de garantizar la fertilidad de la mujer a través del placer, bebieron de esas y otras fuentes, empezando por su propia experiencia, para ilustrar a los cristianos de bien sobre los mejores modos de excitar a sus parejas antes de la follada propiamente dicha, repasando las diversas zonas del placer femenino y buscando modos de prolongar los juegos, facilitando el gozo simultáneo de ambos cónyuges. Eso sí, con preferencia de la postura clásica (el actual misionero) al final, para asegurar la adecuada retención del esperma en el interior de la mujer. Salvo en el caso de los hombres demasiado obesos, según Alberto magno. De ahí que, como se asevera en los Cuentos de Canterbury, nada podía ser pecado dentro del matrimonio...

¡Ay, esposa mía! Tengo que tomarme ciertas libertades contigo y ofenderte gravemente antes de que me una marital mente contigo. Pero, no obstante, recuerda esto: no hay buen artesano que efectúe una buena tarea apresuradamen te; por ello, tomémonos el tiempo necesario y hagámoslo bien. No importa el rato que estemos retozando: los dos estamos atados por el sagrado vínculo del himeneo -¡bendito sea este yugo!-, y nada de lo que hagamos puede ser peca do. Un hombre no puede pecar con su esposa -sería como cortarse con su propia daga-, pues la ley permite nuestros juegos amorosos. Por lo que él estuvo «trabajando» hasta que empezó a cla rear... 

Este estado feliz para los amantes del buen follar duró hasta el siglo XIV, cuando empezó a extenderse la nefasta influencia del pensador más dañino de la antigüedad. Porque el molesto Aristóteles no estaba de acuerdo con los padres de la medicina.

Algunos creen que la hembra emite su parte de esperma en el coito... pero no se trata de esperma, sino de una secreción local propia de la mujer.

Hasta ese momento Hipócrates y Galeno, y en su nombre Avicena, marcaban la pauta en cuanto a la anatomía del sexo, pero Aristóteles encontró su voz en Averroes, el médico cordobés. Éste decidió verificar las afirmaciones del estigirita y, comprobó que, en efecto, los testículos femeninos (los ovarios) eran más pequeños que los masculinos (en realidad no es así, pero la labia de Aristóteles podría hacer dudar de la redondez del sol a un observador poco atento) y no producían esperma, luego de acuerdo a las ideas de la época no intervenían en la reproducción. Eso dejaba al hombre como único aportador de semen, y, en consecuencia, dejaba a la mujer en el papel de simple receptáculo para la simiente masculina.

Averroes, además, comprobó que muchas mujeres reconocían no sentir placer en sus relaciones sexuales, pese a lo cual quedaban preñadas de forma regular por sus escasamente hábiles esposos. Por no mencionar la evidencia de que una mujer podía tener un hijo a consecuencia de una violación. En defensa de sus posiciones, los defensores del orgasmo como base de la fecundación adujeron que, en realidad, incluso una mujer violada brutalmente experimentaba placer en la cópula y podía quedar, en consecuencia, embarazada. Como es de suponer, ese argumento se empleó para acusar a las mujeres de consentir en la violación, volviéndolas de víctimas en culpables siempre y cuando quedaran embarazadas.

Por su parte, los contrarios a Galeno se esforzaron en sostener lo innecesario del placer femenino en el embarazo y la inutilidad real del esperma de la mujer, ya que éste carecería de espíritu ni fuerza vital, al contrario que el flujo de la regla, que nutriría al feto (la amenorrea durante el embarazo hizo creer a muchos que el embrión se alimentaba de la sangre menstrual). La causa del placer femenino empezó a tambalearse: si toda la responsabilidad del embarazo recaía sobre el hombre, el gozo femenino volvería a su vieja condición de pecado.

Alberto Magno, encargado de refutar a Averroes, adujo que el esperma femenino sí era necesario para auxiliar al masculino, encargándose de facilitar su entrada al útero. Así pues, aunque no era necesario que la mujer gozara durante la cópula, si lo era que tuviera placer en algún momento previo, a fin de disponer del esperma femenino necesario. Y así llegó el Renacimiento, con la disputa aún sobre la mesa y las posiciones claramente enfrentadas, aristotélicos a un lado, galénicos al otro.

(continuará)

domingo, 30 de octubre de 2011

EL DERECHO DE LA MUJER AL ORGASMO (en la Edad Media) I



¿Has apuntado lo que he dicho, maldito capullo? Aún no he acabado contigo. ¡Ni lo sueñes! vamos a practicar el medievo con tu culo.

Escuchando a Marcelus Wallace, está muy claro que el concepto que el vulgo tiene sobre la Edad Media no es demasiado positivo. El término con el que suele designarse a esa etapa de la historia europea no podría ser más descriptivo: los tiempos oscuros.

Sin embargo, el medievo no sólo fue esa época de oscuridad y rechinar de dientes que nos han vendido durante décadas. También fue una época de debate y descubrimiento, sobre todo a partir del primer milenio. En la Universidad de París, mientras se demostraba la esfericidad de la Tierra mediante la observación de su sombra sobre la Luna en los eclipses, pensadores como Tomás de Aquino analizaban y refundaba la filosofían a partir de los textos transcritos por los árabes, llegaban a la conclusión de que el mundo debía conocerse tal y como es, y entronizaban la razón como una herramienta para el debate ajena a la fe.

En medio de ese y otros debates de gran trascendencia, hubo uno que ha pasado desapercibido, pero que merece ser rescatado, aunque sólo sea para reivindicar a unas personas que, aunque equivocadas en sus argumentos, intentaban mejorar la vida de sus semejantes.

A priori, podríamos pensar que el sexo no sería un tema muy debatido en esos siglos. Menos aún si nos referimos al placer, no a la mera reproducción. Pero ese fue el caso. Después de todo si la iglesia condenó una y cien veces la nefanda costumbre de los baños públicos, por ser estos ocasión de escándalos, aventuras, citas y lances de todo tipo, al excitarse la lascivia de unos y otras por la contemplación de cuerpos desnudos y los calores vaporosos, es que la relajación de las costumbres era muy superior a la que suponemos hoy en día.

Los mismos poetas que cantaban al amor cortés no tenian reparo en escribir rimas que hoy en día no pasarían la censura de puro obscenas y explícitas, e incluso todo un duque, Guillermo de Aquitania, no dudó en describirse como trinchador de mozas y compuso versos muy poco sutiles al rememorar su encuentro con dos alegres hermanas en busca de fiesta, camino del Lemosin. Las damas se aseguran de su discreción y entonces...

«Hermana», dijo Agnés a Ernessén
«que es mudo, se ve bien»;
«Hermana dispongámonos al deleite
y a la holganza»;
ocho días o más, estuve
en tal compañía.
Tanto las follé como oiréis
ciento ochenta y ocho veces
que a poco rompo mi correaje
y mi arnés
y no os diré, por vergüenza
la enfermedad que pillé.

Y fue en este ambiente de festiva carnalidad y condena nada encubierta, donde se desarrolló la curiosa discusión sobre el derecho de la mujer al orgasmo. Todo arrancó de un comentario de Hipócrates, donde el padre de la medicina enseñaba que la mujer producía semen como el hombre, y su esperma se reunía en la vagina con el masculino, rezumando el sobrante por la abertura de la vulva (tal vez refiriéndose a la lubricación, en ocasiones muy evidente, o icluso a la eyaculación femenina). Esta aseveración fue apoyada por Galeno, que opinó a su vez que la función del semen femenino era excitar sexualmente a la mujer, abrir el cuello del útero y facilitar la fecundación.

Hoy sabemos que la mujer no produce semen, aunque las glándulas de Sneke sí emiten un fluido bastante similar al líquido espermático. Pero en la Edad Media la autoridad de los clásicos era indiscutible, ya que no era factible realizar disecciones ni estudiar la anatomía humana de forma detallada (recordemos que el clítoris no fue descrito hasta el siglo XVI) así que los médicos europeos aceptaron la autoritas de sus ilustres predecesores, y llegaron a la logica conclusión de que, si el esperma femenino era necesario para la fecundación, y la eyaculación en el hombre se producía a consecuencia del placer, la femenina funcionaría igual. Ergo, para asegurar la fertilidad, era necesario que las mujeres sintieran placer con el coíto.

Hemos mencionado que el clítoris no fue descrito hasta el siglo XVI, en concreto hacia el año 1559, pero eso no significa que se ignorara su existencia, ya que las mujeres medievales, como las de la Antigüedad (y las de la prehistoria, es un suponer) ya sabían lo agradable que resulta sacarle brillo a esa cabecita tan traviesa que se esconde encima de la vagina. Pero la iglesia, recordemos, condenaba de forma implacable el nefando vicio solitario, así que hablar del mejor amigo de la mujer resultaba arriesgado. En consecuencia los médicos atribuían el deseo y el placer sexual al útero (de ahi el término histeria, empleado para designar los síntomas del deseo insatisfecho y, posteriormente, de todo mal femenino). El error era lógico, ya que muchos pensadores medievales consideraban que los órganos sexuales femeninos eran un reflejo invertido de los masculinos, luego si el hombre notaba el placer en la punta del carajo, la mujer debía sentirlo en su inverso, al fondo de la vagina, en la boca del útero. En cuanto al clítoris, la explicación más aceptada era la de Galeno, que opinaba que esa estructura actuaba como soporte de los labios vaginales, que a su vez debían proteger el interior de la vagina del frío.

Las explicaciones sobre la anatomía sexual femenina resultan francamente exóticas, vistas con nuestros ojos modernos, ya que el escritor tunecino Ahmad-al-Tifashi afirmaba que, dado que las mujeres sentían placer cuando el varón acariciaba sus pechos y jugueteaba con sus pezones, seguramente el flujo seminal de la mujer partía de ahí, de la zona situada tras las clavículas. En cuanto al origen del deseo sexual, los autores coincidían en que se debían al exceso de volumen de los órganos sexuales, motivado por el acúmulo de semen bien en los testículos, bien en los ovarios.

Fueran cuales fueran las ideas de los anatomistas del medievo sobre la mujer, la cuestión que nos interesa es que, al deducir la necesidad del placer femenino para la procreación, se encontraron con una justificación del orgasmo más allá de la aristotélica (que se reducía a la necesidad del placer para engañar a humanos y animales e incitarles a reproducirse). Y eso suponía un contrapeso a las tesis que consideraban el placer sexual como un sentimiento inmundo ocasionado por la pervivencia del pecado original en los órganos reproductivos, a todas luces impuros e imperfectos.

Claro está que el placer debía mantenerse en unos límites razonables para no caer en el vicio, ya que, de acuerdo a Alberto Magno, observador tan avispado que incluso comprobó que algunas mujeres alcanzaban el placer con sólo frotar sus muslos entre sí (lo que por cierto tiraba por tierra la idea de la responsabilidad uterina) el exceso de esperma generado por la cópula sin freno atiborraría la matriz de la mujer, dejándola tan resbaladiza que la simiente no lograría sujetarse y caería al vacío.

Pero, con o sin límites a la impudicia, una cosa quedaba clara: si deseaban tener descendencia, los hombres tenían la obligación de ofrecer placer a sus compañeras.

(Continuará)

La historia original y las referencias proceden de la excelente obra Historia Medieval del sexo y el erotismo, de Ana Martos

sábado, 15 de octubre de 2011

Rosas en la Calle de las Rosas


Tras el desastre de Stalingrado, el largo invierno de 1943 daba sus últimas coletadas sobre la Alemania nazi. La moral de la población estaba por los suelos, pero la del ministro de propaganda, Joseph Goebbels, estaba exultante. La derrota le daba por fin la posibilidad de asumir un papel protagonista en el curso de la guerra, llamando a la movilización para la Guerra Total. Pero necesitaba un broche de oro para asegurarse al 100% la estima del Führer, y pensó en un regalo de cumpleaños muy especial: un Berlín libre de judíos.

Sí, en Berlín quedaban judíos. Algo menos de dos millares, en su mayor parte, hombres. Muchos habían sobrevivido porque estaban casados con mujeres alemanas y, aunque esos enlaces habían sido declarados ilegales en las leyes de Nuremberg, la policía había preferido no detenerles, dejándolos para el final.

El final había llegado. Goebbels, además de ministro, era Gauleitier de Berlín, y tenía autoridad absoluta sobre la capital, salvo en los asuntos de seguridad interna, que concernían a las SS. A finales de febrero dio las órdenes pertinentes y el día 27 tuvo lugar la redada. Los que no tenían parientes arios fueron enviados a Auschwitz. Los otros, 1700, fueron hacinados en los calabozos de la sede de la Gestapo en Berlín, un edificio gris y helado situado en la RossenStrasse.

El dos de marzo, Goebbels anotó en su diario, Vamos a limpiar Berlín de judíos... los mandaremos al Este tan pronto como sea posible...no descansaré hasta que la capital del Reich quede completamente libre de judíos...

Ese mismo día, los guardias de la Gestapo vieron acercarse a una mujer con un paquete. Su marido había sido detenido, dijo en la puerta, y le traía algo de ropa y comida. Se burlaron de ella, le dijeron que se fuera a casa, que se estaba equivocando, que no perdiera el tiempo. Salió y se quedó esperando en la acera.

Llegó otra mujer. Tampoco la hicieron caso. Se plantó en la acera. Quizás ambas se miraron, con el mismo dolor en los ojos. Llegaron más mujeres.

Al cabo de las horas había varias docenas de mujeres en la acera de la RossenStrasse. De cuando en cuando alguna entraba a preguntar. No se iban. Los guardias estaban desconcertados, en la Alemania nazi las mujeres no tenían existencia legal, eran simples apéndices de los hombres, coños para su deleite, úteros para parir sus hijos... ¿que hacían esas locas, pasando frío en la calle en vez de volver a sus casas, libres por fin de la peste judía? Las dijeron que se fueran, que no se preocuparan, que todo era un mero trámite burocrático y pronto tendrían noticias. Sus jefes no le dieron importancia, mañana se habrían olvidado de todo.

Esa noche salió el primer grupo de 25 hombres camino del matadero.

A la mañana siguiente, no eran docenas. Eran cientos de mujeres. No gritaban, no alborotaban, no amenazaban. Sólo estaban allí, miraban, algunas preguntaban ¿Dónde están nuestros esposos? ¿Porqué les han arrestado? ¿Porqué no podemos verles?. Y seguían llegando.

Goebbels ordenó cortar los accesos del metro y los autobuses. Con eso esperaba dar el asunto por zanjado ¿Qué iban a hacer esas pobres idiotas? ¿Recorrer toda la ciudad a pie?

Lo hicieron. Ya no eran cientos, sino miles, llenando la calle, colapsando el tráfico. Algunas empezaban a gritar. Los transeuntes se arremolinaban, los rumores corrían... se ordenó a los guardias que detuvieran a las cabecillas, pero no las habia. Sólo una masa indistingible de mujeres, algunas de ojos tristes, otras de mirada furiosa, todas dignas. Los guardias amenazaron con disparar, hubo ráfagas al aire. Retrocedieron, pero no se fueron.

He ordenado al SD que que no continúe la evacuación....tenemos que esperar un par de semanas, después podremos hacerlo con tranquilidad...

Más de 6000 mujeres, algunas con niños. Ya no eran sólo las esposas de los judíos. Venian sus madres, sus hermanas, sus vecinas... ¿Qué hacer? ¿Disparar a matar? Toda la ciudad sabía ya lo que pasaba en la Rosenstrasse, la población estaba furiosa por la destrucción del VI EJército en Stalingrado, apenas había una familia sin luto ¿Cómo se tomarían una masacre de mujeres alemanas a manos de la policía?

El proyecto de detener a los judíos ha fracasado... se nos ha escapado de entre las manos

Los nazis no querían algaradas, tenían demasiado miedo a su propio pueblo. Unos días después, los judíos fueron liberados, incluyendo los 25 enviados a Polonia.

Goebbels cumplió su promesa a Hitler de la forma más esquizofrénica. Prohibió a los judíos que lo fueran. Les ordenó quitar la estrella amarilla de sus ropas. No quería judíos por las calles de Berlín, así que los volvió invisibles.

No todos sobrevivieron a la guerra. Muchos murieron en los bombardeos, y en el feroz asedio de 1945, cuando el Ejército Rojo aplastó los últimos rescoldos del III Reich. Pero otros lo consiguieron.

A Alemania no le gusta recordar a las mujeres de la RossenStrasse. Hay un monumento en un parque de Berlín, no muy a la vista, un telefilm y un par de libros. Algunos historiadores sostienen que en realidad no hicieron nada, que sus maridos fueron retenidos por cuestiones burocráticas pero nunca hubo intención de matarlos, y su liberación no tuvo nada que ver con lo sucedido en la calle. Pero las anotaciones del ministro Goebbels hablan justamente de lo contrario. Así que ¿porqué ese afán por echar tierra sobre el asunto?

Porque es un recuerdo incómodo. La conciencia de los alemanes tras la guerra se sustenta en tres mentiras: que nunca supieron nada, que nunca vieron nada y que nadie podía hacer nada. Pero las mujeres de la RossenStrasse veían y sabían lo mismo que todos los alemanes. Y al contrario que el resto, ellas sí hicieron algo. Son un testimonio, escandaloso en su silencio, de la bajeza y cobardía del pueblo alemán.

Sin saberlo, hicieron más aún, porque, tras los incidentes, las SS recibieron instrucciones de no detener a los judíos casados con no judíos en los países ocupados por Alemania. Cientos de personas salvaron su vida porque ellas se negaron a mirar para otro lado.

Se aduce que, en realidad, no hubo ningún movimiento organizado, que esas mujeres no luchaban contra el nazismo, ni trataban de derribar al gobierno, como sí hicieron los integrantes de la conspiración Valkiria. Ese argumento, al menos, es cierto.

No podemos negarlo: las mujeres de la RossenStrasse no lucharon por una Alemania libre, ni por la democracia o los derechos humanos. No defendían la causa de los oprimidos, ni del proletariado.

Fueron egoístas. Se limitaron a defender a los que amaban.

Y, contra todo pronóstico, ganaron.

domingo, 9 de octubre de 2011

ALGUNAS RECOMENDACIONES Terry Pratchett (y II)



Bueno, pues algunos os estaréis preguntando (y si no, me da lo mismo, cuando me lanzo a hablar no hay quien me pare) ¿cómo escribe Pratchett? Pues, aparte de condenadamente bien, y de jugar muy bien con la sátira social, hay otrosfactores que explican su éxito. Uno de ellos es el generacional.

Terry empezó a escribir en la ola satírica de finales de los 70, junto a autores que habían bebido de la iconoclastia y el afan gamberro de programas como el Benny Hill Show o el Monty Python FC. Esta generación rompió el molde del humor británico tradicional, sutil y elegante, retratando con crudeza una sociedad cuyas premisas de orden y moral se habían divorciado de la realidad, del día a día. El Wilt de Tom Sharpe es un hombre cuerdo en un mundo enfermo, y la hilaridad surge de la crudeza del conflicto entre sus puntos de vista y lo que se espera de él. Otro tanto puede decirse de los protagonistas de la saga del Autoestopista Galáctico, de D. Adams, intentando sobrevivir en un universo cuajado de burocracias incomprensibles, donde la individualidad parece ser el delito más duramente penado.

Ese es el tipo de locura que encontramos en las novelas de Pratchett. Rincewind, con toda su cobardía, no deja de ser un ser muy racional, que abomina del absurdo que rige sus pasos. El conflicto (o la colisión) de su caracter con el de un personaje como DosFlores, cuya inocente curiosidad y eterno buen humor pueden ocasionar guerras civiles o incendios apocalípticos, genera un montón de risas en nuestra cabeza, pero uno no deja de darse cuenta, quizás con un escalofrío, de que Ríncewind tiene razón.

Al lo largo de la saga se repite el patrón, con una serie de personajes principales (Yaya Ceravieja, Vimes, Susan Sto...) cuya mirada es demasiado lúcida como para no comprender lo absurdo y peligroso de todo lo que les rodea, y cuyo sentido de la responsabilidad les obliga a intervenir. Sí, incluso al pobre Rincewind, que ante la inminencia del apocalipsis acude ante el Patricio Vetinari a ofrecerse NO voluntario para embarcar en la nave que salvará el mundo.

- No deseo presentarme voluntario, señor
- Nadie te lo está pidiendo
- No, pero lo harán, alguien dirá: eh, el Rincewind ése sería el hombre idóneo, y yo me escaparé corriendo, y me esconderé en un cajón que de todas formas cargarán en la máquina voladora, O habrá toda una cadena de accidentes que terminen causando lo mismo. Confíe en mí, señor. Sé como funciona mi vida.

Tanta lucidez a veces es una pesadilla. Y algunos personajes secundarios la comparten, aunque sea de forma limitada, como el Bibliotecario, Vetinari, LA MUERTE o el buenazo de Ponder Stibbons, este último siempre intentando que el entusiasmo del claustro universitario no destruya la Realidad. Ese conflicto entre la lógica y la sensatez por un lado, y el caos de la simple vida, nos cosquillea en lo más hondo y nos arranca una sonrisa, aunque sea nerviosa.

Aparte de lo anteriormente dicho, Pratchett juega con varias herramientas muy poderosas. La primera es su capacidad descriptiva. Cuando nos movemos por Ankh, la tenemos ante nuestros ojos, casi la paladeamos*. El Gran Dragón  de ¡Guardias!... es retratado a la perfección, aunque apenas intuímos su presencia, y los personajes se nos hacen tan familiares que nos dan ganas de saludarles al cruzarnos con ellos.**

Otro arma muy penetrante es la habilidad de Terry para los diálogos, en los que alterna comentarios de gran fuerza con respuestas tan simples*** que te dejan parado unos instantes, antes de reir y continuar la lectura. Como cuando las brujas debaten la maldad del nuevo rey de Lancre...

- ¡Es un monstruo! ¡Quema las chozas de los campesinos!
- Bueno, el anterior tambien lo hacía ¿no?
- Sí, pero antes dejaba salir a los campesinos, y cuando se le pasaba la borrachera, se disculpaba.

Y las notas a pie de página. Impagables. Y a veces con su nota a pie de la nota a pie de página. Llegado un momento esperas con impaciencia que aparezca un asterisco, para bajar la mirada y sorprenderte, como cuando alguien explica que los delfines ayudan a los marineros que caen al agua ****

Un último recurso, no muy habitual (después de todo hablamos de libros, es decir, texto) es el grafismo. Pero el caso es que Pratchett tuvo la suerte de trabajar desde el principio con un ilustrador fascinante, Josh Kirby. Sus fantásticas, abigarradas y un poco surrealistas imágenes han acompañado las historias del Mundodisco desde El Color de la Magia hasta Ladrón del Tiempo. Su fallecimiento en 2001 dejó un poco huérfanos a todos los lectores y, consciente de ello, Pratchett hizo de su siguiente obra un relato ilustrado, en el que las imágenes se volvían parte imprescindible del retrato, para que su nuevo artista, Paul Kidby, demostrara que era más que capaz de captar la esencia del Mundodisco.

En El Último Héroe, además de disfrutar de una historia soberbia, pusimos por fin cara a todos los personajes de Pratchett, desde Rincewind al Bibliotecario pasando por Zanahoria, Vetinari, Ridcully, Cohen el Bárbaro, los dragones de pantano... y los dioses, los terribles dioses del Mundodisco. Como Offler, el dios cocodrilo, siempre dispuesto a fulminar a cualquiera de sus creyentes que se atreva a probar El Alimento Prohibido: el broccoli ******.

En los últimos años, el tono de los relatos de Pratchett se ha hecho más duro. El humor ha ido cediendo espacio a reflexiones sobre un mundo que cada día se va volviendo un poco más sombrío, aquí y en el Mundodisco. Además, nuestro autor sufre las primeras fases del Alzheimer, lo que hace que la espera entre título y título se esté volviendo angustiosa, con la duda de si éste que acabamos de terminar no será el último libro de la saga. No obstante, él no se ha rendido y dice que aún le queda cuerda. Cuando llegue el momento, se irá de su propia mano, ya que no desea convertirse en un muerto viviente, pero hasta entonces seguirá escribiendo. Sus últimas obras las ha ejecutado en colaboración con su hija, Rhianna, en la idea de que ella continúe la saga cuando su padre ya no pueda hacerlo. Si funcionará o no, eso es algo que sólo el tiempo nos dirá.

Antes de terminar, no quiero dejar de mencionar las obras de Pratchett ajenas al Mundodisco. La más célebre es Buenos Presagios, escrita en colaboración con Neil Gaiman. El Ángel y el Demonio que protagonizaron la escena del pecado original (uno, con su espada flamígera, el otro, vestido de serpiente) se enteran de la inminencia del apocalipsis y, tras cuatro mil años cogiéndole cariño a los humanos, deciden hacer todo lo posible para evitarlo.

La trilogía de El éxodo de los Gnomos relata la odisea de unas pequeñas criaturas atrapadas en un mundo demasiado grande. Es una escelente obra juvenil, ideal para animar a un chaval aburrido a iniciarse en la lectura, al igual que las novelas de Johnny Maxwell, protagonizadas por unos adolescentes de clase baja enfrentados a situaciones tan absurdas como la rendición incondicional de los marcianitos de un videojuego, o la posibilidad de impedir que su pueblo sea arrasado durante la Segunda Guerra Mundial.

Finalmente, hay una serie paralela al Mundodisco, protagonizada por una niña de mal caracter, brazo firme y una contundente sartén de hierro en la mano. Las aventuras de Tiffany Aching son una pura delicia de fantasía y fuerza, sin el humor que caracteriza a la serie principal, pero con todo el vigor del mejor Pratchett.

No lo dudeis. Buscad sus títulos y disfrutadlos. Pero pagad por ellos, por favor. Cada libro vendido supone una pequeña ayuda a los orangutanes a través de la fundación Ourang-uté de Borneo. Puede parecer un detalle nimio, pero todo buen lector del Mundodisco sabe de sobras que, si tienes una buena historia, y le añades un orangután, consigues una GRAN historia. Y para despedir este texto, cedo la palabra al miembro más erudito del claustro de la Universidad Invisible.

Bibliotecario, si nos hace el honor...

-Oooooooooook!!!

* Lo que no siempre es una ventaja, sobre todo si pasas cerca del gremio de mendigos.
** Bueno, excepto al cabo Nobby. Francamente, no me gustaría estrechar su mano sin llevar un guante de plomo.
***Ojo, simple no es lo mismo que tonto. Una espada es una herramienta muy, muy simple.
**** Siempre y cuando haya marineros fuera del agua que lo vean. Si no hay testigos, los delfines hacen lo que cualquier animal sensato al ver un humano indefenso: matarlo de forma lenta e innecesariamente dolorosa *****.

*****Nunca te fíes de un pez que te sonríe.
****** Offler es un dios bastante amigable, no le gusta ponérselo difícil a sus adoradores.

miércoles, 5 de octubre de 2011

ALGUNAS RECOMENDACIONES Terry Pratchett (I)

El humor y la fantasía no siempre cuadran bien. Dada la proliferación de obras clónicas, resulta difícil de distinguir entre la sátira sutil y el plagio mal ejecutado. Es decir ¿nos resulta gracioso el 14374º libro basado en El S. de los A porque el autor ha caricaturizado la obra de Tolkien, o simplemente le ha salido tan mal que da risa de puro cutre?

En el caso de Terry Pratchett, la duda no existe. El autor más robado de las librerías británicas no nos hace reír porque cuente las cosas con gracia, sino porque sacude nuestras conciencias al mostrarnos que lo que es ridículo es el mundo en que vivimos.

Mi primer contacto con Pratchett, y el de la mayoría de la gente, fue a través de la saga del MundoDisco, un inmenso disco plano sostenido por cuatro elefantes que viajan a lomos de Gran A'tuin, la tortuga planetaria que recorre el universo. Un mundo tan improbable sólo puede sostenerse mediante la magia, y el primer protagonista de Pratchett es, como no podía ser de otro modo, un mago. Bueno, casi.

Rincewind el Echicero (mientras estudiaba en la Universidad Invisible no aprobó ortografía... ni nada) sólo sabe hacer bien una cosa: huir. Y eso es lo que hace durante los dos primeros libros de la saga, El Color de la Magia y La Fantástica Luz, mientras es arrastrado por todo el Disco por DosFLores, el turista. En este primer arco argumental, Pratchett nos presentq además a otros personajes centrales: el Equipaje, Cohen el Bárbaro, LA MUERTE, el Patricio Vetinari y el Bibliotecario.

RItos Iguales nos trajo un nuevo protagonista, Yaya Ceravieja, la bruja más poderosa del Disco, tanto que no se atreve a ser malvada por miedo a sus propios actos, y nos dio una nueva mirada sobre la ciudad de AnkhMorpork, y su Universidad Invisible.

En Mort descubrimos que LA MUERTE no se limitaba a cosechar. También se interesaba por la cosecha, hasta el punto de adoptar una niña y contratar un aprendiz. De pronto la Oscura tenía un lado...humano.

Siguieron otras novelas que introducían nuevas caras y situaciones, entre ellas el trío de brujas de Lancre, la ya mencionada Yaya, Ghitta Ogg (anciana borrachina y juerguista que ha enterrado a cuatro maridos, pero no pierde la esperanza) y Magrat AjosTiernos (una dulce hippy, convencida de la importancia de los ciclos lunares, las flores y la buena voluntad). La novela que reunió tan sorprendente aquelarre fue Brujerías, una fascinante revisión de las obras shakespeaianas, tan repleta de detalles que, por sí sola, nos abre una nueva ventana al Disco.

Pero el fresco del Mundodisco no empezó a cobrar su forma definitiva  hasta la octava entrega, para mí, la mejor de todas. ¡Guardias! ¿Guardias? Allí conocimos al joven Zanahoria, en teoría un enano (salvo por el pequeño detalle de que mide un metro noventa), al sargento Colon y el cabo Nobby, expertos en localizar el crimen (siempre huyen en dirección contraria a los gritos de socorro) y al capitán Vimes, el último hombre honrado del Disco. Conocimos el juego político de Ankh, la maestría política de Lord Vetinari, las ventajas del sistema gremial, lo innecesario de los reyes, la importancia de los Libros, los Bibliotecarios y las Bibliotecas, y lo difícil que es alcanzar una probabilidad de triunfo de uno contra un millón.

Con Eric, Pratchett recuperó a RIncewind, desaparecido en singular combate con las entidades de las dimensiones mazmorra mientras esgrimía un ladrillo envuelto en un calcetín. Y con Imágenes en Acción, el escenario quedó completo al presentarnos, por fin, al Claustro universitario en pleno. Con el Archicanciller Ridcully, un hombre de acción, muy satisfecho de contar con el Bibliotecario, único miembro del claustro que está en forma *, y asistido por el Tesorero, un hombrecito delgado que cree sufrir de anorexia, ya que cuando se mira al espejo ve a un mago enorme **, y el Decano, siempre listo para aportar unas gotas de falta de sentido común  al guiso universitario. Con el tiempo se les unirán Ponder Stibbons, joven y prometedor hechicero, al cargo de la cátedra de Magia de Alta Energía y desarrollador del primer ordenador binario del Disco, HEX (es una granja de hormigas, y en cada espacio, puede haber una hormiga, o no haberla, luego sí, es binario) y el propio Rincewind, como profesor de Cruel y Desusada Geografía (ha huido por la mayor parte de ella, la conoce muy bien)

A partir de este momento, la creatividad de Pratchett, estalla, poniendo en práctica todas las combinaciones posibles. Así, descubrimos que Ridcully fue el primer y único amor de la poderosa Yaya, que la muerte no sólo tuvo una hija, sino también una nieta, y ésta sabe cuidar muy bien de sí misma, que los dioses pueden necesitar a sus fieles mucho más de lo que les gusta aceptar, y que el concepto "hombre" está sobrevalorado, al menos en la Guardia.

Lo importante, empero, no es que Pratchett nos ofrezca un universo coherente y colorido, o que nos arranque carcajadas a patadas. Lo especial de este autor es que, además, nos hace pensar. Como en Dioses Menores, donde, sin más que uno o dos comentarios, nos dice mucho más sobre el origen y desarrollo de las religiones que la mayor parte de los teólogos conocidos***, o las diversas novelas protagonizadas por la Guardia, en las que muestra que una ciudad es mucho más que un conjunto de viviendas, es una forma de sentir y vivir.

* En forma de pera, pero dado que es un orangután, es la forma más adecuada
**Se trata del Archicanciller, detrás de él, gritándo ¡¡¡¡¡¡¡TESOREEEEEEROOOOOOOOO!!!!!!.
***Porque es muy diferente una religión de pastores de ovejas, que una de pastores de cabras.