Mujer iroqués

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jueves, 6 de abril de 2017

AMAZONAS CON ALAS


Entre los años veinte y los treinta, la aeronáutica se convirtió en una pasión entre los ciudadanos soviéticos. Proliferaron los clubes de aviación y paracaidismo y miles de hombres y mujeres se adiestraron como pilotos, tanto en planeadores como en aviones a motor. Eso permitió construir una gigantesca fuerza aérea, probablemente la mayor del mundo en el comienzo de la segunda guerra mundial. Sin embargo, la falta de unas directrices tácticas adecuadas, los vaivenes doctrinales ocasionadas por las cambiantes tendencias políticas y, sobre todo, la gran purga stalinista, convirtieron a la VVS en un gigante con pies de barro. Como remate, el desastroso despliegue en primera línea entre 1940 y 1941, dejó a los pilotos de la URSS, literalmente, a los pies de los caballos.

Cuando los alemanes iniciaron su ataque, la aviación soviética fue prácticamente aniquilada. Las unidades de primer y segundo escalón fueron trituradas en los primeros días de Barbarroja, y los alumnos de las escuelas de pilotos fueron lanzados al combate sin completar su adiestramiento, derrochando valor pero sin ninguna posibilidad de victoria, hasta el punto de que los pilotos alemanes consideraron la lucha de esas semanas como una carnicería sin sentido.

Las normas no prohibían explicitamente la participación de las mujeres en misiones de combate, pero las pilotos que formaban parte de la VVS al comienzo de la guerra fueron relegadasa misiones de transporte y adiestramiento, al igual que lo serían sus homólogas estadounidenses, las WASP. Sin embargo, la sangría del comienzo de la campaña y la desesperación ante la imposibilidad de detener el avance de los nazis permitieron a una mujer acabar con ese prejuicio.

La Coronel Marina Raskova era instructora de vuelo desde 1933. Había protagonizado varias hazañas de aviación antes de la guerra, incluyendo un vuelo sin escalas de 6500 km con una tripulación formada por otras dos mujeres, lo que les mereció el título de heroinas de la URSS y, a su comandante, el apodo de la Amelia Earthart de Rusia. A raíz de ese vuelo conoció personalmente a Stalin, estableciéndose entre ellos algo parecido a una amistad. Gracias a ello, en 1941 pudo convencer al dictador de empezar a alistar a los pilotos mujeres que ardían de impotencia viendo morir a sus camaradas sin poder combatir a su lado. Así fue como, en octubre del 41, se dio la orden para la formación de tres regimientos aéreos femeninos, el 586 de caza, el 125 de bombardeo y el 588 de bombardeo nocturno, que habría de convertirse en la más célebre de las tres unidades.

Llenar las plantillas no fue difícil. Cientos de voluntarias acudieron a la llamada de inmediato. Se seleccionaron a las cien más cualificadas y empezó su instrucción militar. No había apenas medios para destinar a las nuevas unidades, todo lo que salía de las pocas fábricas aún en funcionamiento era enviado directamente al frente. Las propios pilotos tuvieron que cortarse entre ellas el pelo, reconfeccionar los uniformes, rellenar con calcetines las enormes botas de fieltro de la talla 42 que les entregaron y, sobre todo adaptar artesanalmente los asientos y pedales de los aparatos, ya que se habían diseñado pensando en estaturas mayores que las suyas.

El adiestramiento tuvo lugar a bordo de viejos biplanos Polikarpov II, y ese sería el avión en el que tendría que combatir la más célebre de las tres unidades: el regimiento 588, a las órdenes de la mayor Yevdokia Bershanskaya.

Estos aviones eran viejos conocidos de las jóvenes aspirantes. Se trataba del biplano más construído de la historia, con casi 30000 ejemplares y se había usado como entrenador desde 1929. Era una carraca, un avión de madera y tela, endeble y voluminoso, que volaba a una media de 100 km/h y, con el motor a toda potencia, apenas llegaba a 165. Tras la pérdida de miles de aviones modernos en los primeros momentos de la invasión, la URSS carecía de recursos, así que los viejos PO2 se estaban empleando ya como aparatos de reconocimiento y se barajaba la posibilidad de utilizarlos como bombarderos a la espera de volver a contar con aparatos más adecuados.

Las pilotos del 588 empezaron a desarrollar sus propias tácticas, ante la sorna y la incredulidad de sus superiores masculinos, que no creían que un puñado de niñas de entre 17 y 24 años fueran a aportar algo más que algún valor propagandístico. Aun así, en junio de 1942, se incorporaron al 4º Ejército aéreo, estacionado en Ucrania, que iba a hacer frente a lo largo del verano y el otoño a la enmbestida alemana contra el Cáucaso. Durante los meses de la retirada hacia el Volga las jóvenes combatientes poco pudieron hacer con sus anticuados aparatos, más allá de ir ocupando sucesivas posiciones mientras el Ejército Rojo se retiraba, dejando tras de sí la tierra quemada. No sería hasta agosto cuando llegaría su oportunidad, cuando las columnas del VI ejército llegaron a Stalingrado y el frente se estabilizó. Pronto empezaron a actuar desde bases improvisadas al este del río y, para sorpresa de los mandos, lo hicieron muy bien.

Las niñas volaban en formación de tres aparatos casi rozando el suelo, indetectables para los artilleros que apuntaban al cielo. A un par de millas del objetivo, las pilotos apagaban el motor y planeaba mientras las navegantes, en el asiento trasero, armaban las dos bombas que podían cargar aquellos venerables cascajos. La formación se separaba en abanico, de forma que los dos primeros aparatos atrajeran los reflectores y los disparos antiaéreos, para, bruscamente, romper el contacto y desaparecer mientras el tercero atacaba a cubierto de la oscuridad. La navegante, apuntando a ojo, lanzaba a mano sus bombas sobre las líneas enemigas. Luego, motor en marcha y de regreso a la base, a cargar más bombas y volver, en ocasiones hasta diez misiones por avión cada noche.

Puede no parecer muy impresionante, y desde luego los daños materiales que podían ocasionar las mujeres del 588 no eran más que arañazos, pero en poco tiempo se convirtieron en algo más que una incomodidad. Sus ataques llegaban en silencio, por donde menos se las esperaba, en cualquier momento de la noche. En vez de dormir, los soldados alemanes se desvelaban ante las explosiones, las alertas, los disparos de la Flak tirando a ciegas. Los primeros ataques fueron vistos con desprecio, pero las tropas germanas pronto descubrieron que la falta de descanso podía ser más peligrosa que las bombas. A eso se sumó el desconcierto de saber que quien se jugaba la vida sobre sus líneas, noche tras noche, eran mujeres, lo que añadía aún más sal a la ofensa, dado el estupor que suponía, para los nazis, el concepto de las mujeres soldado.

Con el tiempo los soldados del VI Ejército aprendieron a identificar el sibilante sonido de los biplanos atravesando el aire a motor parado, que les recordaba al susurro de las brujas del cuento, volando sobre sus escobas. De ahí vendría el apodo que recibirían sus silenciosas enemigas: die Nachtexen, las Brujas de la Noche.

El mando alemán acabó por aceptar que la amenaza que suponían esos ataques iba más allá de lo anecdótico y ofreció la cruz de hierro a cualquier piloto que lograra derribar uno de sus aparatos. Los pilotos germanos se veían espoleados por el deseo de barrer del aire a un enemigo doblemente indigno de ellos, por mujeres y por eslavas, subhumanas. Empero, las subhumanas eran duras de roer.

Las pilotos del 588 aprovechaban en su beneficio las principales desventajas de sus anticuados aviones: la endeblez, ya que, salvo que un disparo afectara al motor o alcanzara directamente a las tripulantes, era muy difícil que las balas hicieran otra cosa que atravesar limpiamente la estructura de madera y tela, y la velocidad. Los ataques de los Po2 se ejecutaban a 100-120 km por hora, y los Me-109 no podían reducir su velocidad tanto como para ponerse a la cola de los biplanos y acribillarlo, ya que entraban en pérdida a 250 km por hora. Su única opción era dar pasadas sucesivas, fijando el blanco en sus visores apenas unos segundos, y eso contra unos aviones tan ágiles a baja velocidad que a veces los hombres de la Luftwaffe tenían la sensación de que el avión enemigo se había detenido en el aire para esquivar la ráfaga. Al igual que los griegos con las amazonas de la leyenda, los nazis mitificaron, sin pretenderlo, a sus feroces adversarias. Corrían rumores, se decía que las zorras rusas eran mujeres entrenadas especialmente en Siberia bajo las más duras condiciones, que hacían un juramento de sangre, que eran vírgenes, que las habían operado los ojos para ver de noche, que tomaban drogas secretas... Nadesha Popova, una de las pilotos más laureadas, fallecida en 2013, dijo al respecto, qué estupidez, no éramos más que un puñado de chicas bien educadas, listas y con talento.

No era un juego. En las reducidas carlingas de los viejos biplazas, las aviadoras no tenían espacio para llevar un paracaídas. En caso de ser alcanzadas, la única opción era planear lo más cerca del suelo posible y saltar, confiando en no matarse con la caída. La propia Popova fue derribada en varias ocasiones, sobreviviendo con contusiones y varias costillas rotas, e incorporandose de nuevo a los ataques en cuanto lograba retornar a pie a las líneas soviéticas, totalizando a lo largo de la guerra 852 misiones de ataque, con el record de 18 misiones en una sola noche. No todas tuvieron esa suerte. Una noche aciaga cuatro Polikarpov fueron abatidos sobre las líneas enemigas, sin supervivientes.

En febrero del 43, tras la caída de Stalingrado, el 588 fue honrado por los mandos soviéticos, pasando a denominarse 43 Regimiento aéreo de Guardias, Taman. Tras cubrir sus bajas la unidad fue reequipada con Pe-2, como sus compañeras del 125, participando en todas las batallas que culminarían con la expulsión de los alemanes de Ucrania a finales del 43.

Al final de la guerra las Brujas habían sumado 30.000 misiones de ataque nocturno, lanzando sobre los invasores nazis más de 25000 toneladas de bombas. 32 aviadoras murieron en combate, al igual que su valedora, Marina Rashkova, caída en enero del 43 al mando del regimiento 125, también sobre stalingrado, a bordo de un bombardero bimotor Pe-2.

El final de su historia es triste. En el 45 las supervivientes, tras recibir sus últimas condecoraciones, volvieron a sus hogares, recibidas como héroes, pero la unidad fue desbandada y se les prohibió hablar con nadie de su lucha. La historia oficial iba a ignorarlas: la imagen de las mujeres tomando las armas no casaba con el ideal stalinista que ensalzaba la hombría del soldado soviético, así que su recuerdo quedó limitado a la memorias de las supervivientes y de los militares que combatieron a su lado, primero con desdén, y al final con la admiración y el respeto merecido por camaradas de armas.

No sería hasta finales de los años 80 y primeros de los 90 cuando empezó a recuperarse la historia de las pilotos de la VVS. Lejos ya la mitología estatal de los 50, su recuerdo ponía la piedra de toque en la historia de la Guerra Patriótica, cuando hombres y mujeres, hombro con hombro, se enfrentaron a una guerra de exterminio y la vencieron.






martes, 15 de diciembre de 2015

NOMBRES A PIE DE PÁGINA (II) Joe el Saltarín



Leí por primera vez esta historia en el foro Gran Capitán. No entiendo como nadie ha intentado convertirla en una película, quizás los productores la encuentran demasiado inverosímil, o la ven falta de patriotismo .

Josep Beyrle, conocido como Jumpin' Joe Beyrle, Joe el saltarín, nació en 1923 en el pueblo de Muskegon, a orillas del Michigan. Sus fotos de juventud nos muestran un rostro muy estadounidense, mandíbula prominente, un poco desgarbado.  Era alto, fuerte, despierto y con mucha iniciativa, así que, en vez de destinarle a infantería, cuando se alistó pasó a la 101 aerotransportada, las águilas aulladoras, pese a ser daltónico. Se adiestró en el campo de entrenamiento  de Toccoa, y en septiembre del 43 viajó a Inglaterra con el grado de sargento especialista en radiotransmisiones y demolición.

Joe fue lanzado dos veces sobre Francia durante la primavera, en misiones de apoyo a la resistencia francesa, pero la suerte se le acabó, aparentemente, el 5 de junio, cuando la 101 voló sobre Normandía. Su avión fue alcanzado, y los paracaidistas tuvieron que saltar desde una altura muy baja. Se perdió contacto con ellos y, el 10 de junio, una patrulla estadounidense encontró su cuerpo destrozado. Recogieron su chapa de identificación y enterraron sus restos.

¿Qué había pasado? Al saltar, Joe quedó aislado de sus compañeros, cayendo sobre el tejado de la iglesia de St. Come du Mont. De ahí bajó al cementerio y, una vez comprobó que nadie le había visto caer, se orientó y se dijo, algo tendré que hacer para matar el rato, así que procedió a cumplir en solitario con la misión que se le había asignado a su pelotón, volando dos puentes en la ruta que llevaba hacia la playa de Utah y una planta eléctrica. Finalmente fue sorprendido y capturado al tropezar con un nido de ametralladoras germano, y conducido a la retaguardia junto a otros prisioneros.

Mientras marchaban tras las líneas alemanas, cerca de Carentan, un ataque aéreo dispersó la columna y Joe, con varios fragmentos de metralla en la pierna, aprovechó para poner tierra de por medio tras atender a otros dos soldados estadounidenses que habían sufrido graves heridas en el bombardeo. Un soldado alemán, que vestía un chaquetón estadounidense, y que le había quitado a Joe su placa de perro como recuerdo, cayó durante el ataque. Ese sería el cuerpo encontrado por sus camaradas pocas horas después. En septiembre, sus padres recibirían el telegrama con la noticia de su fallecimiento, ignorando que su hijo seguía vivo y dando guerra. Mucha guerra.

Joe fue capturado de nuevo y conducido a un campo de prisioneros provisional en Saint Lo. Allí volvió a intentar escaparse, recibiendo una paliza como castigo, y porque sus captores descubrieron que su familia era de origen alemán, por lo que fue acusado de traición al Reich. No sería la última paliza. A lo largo de los siguientes meses, logró escapar otras dos veces y organizó varias fugas fallidas mientras era trasladado de campo en campo. En septiembre llegó al Stalag III de Drecwize. Allí los prisioneros eran maltratados brutalmente y apenas lograban sobrevivir robando patatas en los campos cercanos, muriendo muchos a manos de los guardias. Por esas fechas, su familia recibió un nuevo telegrama informándoles de que, después de todo, su hijo estaba vivo.

En Drecwice descubrió que los planes de fuga del campo fallaban de forma sospechosa, y consiguió desenmascarar a un infiltrado alemán que pasaba información a los guardias, ejecutándolo sumariamente. Luego, organizó una nueva escapada, aprovechando una alarma por un bombardeo. Descubierto, fue entregado por unos civiles a la gestapo, que le torturó para que confesara los nombres de sus inexistentes colaboradores, convencidos de que se trataba de un espía lanzado tras las líneas alemanas. Finalmente fue reclamado por el ejército como prisionero poco antes de ser ejecutado y regresó al Stalag. Entretanto, se informó de su desaparición durante el bombardeo, con lo que, de nuevo, se informó a su familia de que había muerto.

Tras un internamiento en solitario, medio congelado, con el cuerpo lleno de magulladuras, y prácticamente muerto de hambre (le habían reducido las raciones como castigo a su deplorable falta de sumisión), Joe volvió a escapar en enero del 45, sin más provisiones que un cartón de tabaco. Hasta entonces había intentado huir hacia el oeste, o hacia el sur, pero esta vez decidió que sería más sensato caminar hacia el este, buscando la vanguardia soviética .

Mientras avanzaba por un camino forestal, al frente de una columna de carros del I Ejército Acorazado de Guardias, la comandante Alexandra Samusenko, una de las heroínas más condecoradas del ejército rojo, vio a un hombre alto y esquelético que salió del arcén y se les acercó haciendo aspavientos con un paquete de cigarrillos Lucky y gritando ¡Americkansky tovarich!. Tras las oportunas explicaciones, Joe pidió permiso a la oficial para unirse a su tropa. El comisario de la unidad le dio un subfusil y munición, el paracaidista saltó a lomos de un sherman y la columna reemprendió su marcha. Sí, un sherman, los guardias empleaban carros del Préstamo y Arriendo, así que Joe retomó su camino hacia Alemania sobre un vehículo de Detroit, a las órdenes de una oficial comunista.

Los tanquistas no sabían muy bien qué hacer con Joe, pero tras atenderle y darle de comer (estaba realmente hambriento) vieron que era un buen camarada, y que sabía volar cosas: cada vez que se encontraban un obstáculo en el camino, él cogía los explosivos (por cierto, americanos, también del Prestamo y Arriendo) y despejaba la ruta. Así que nuestro protagonista se quedó con ellos como combatiente. Pocas semanas después, los Guardias arrollaban el Stalag donde había estado prisionero, ya evacuado, y prosiguieron hacia Berlín. En febrero, finalmente, Joe fue gravemente herido  y enviado a un hospital militar en retaguardia*.

Esa semana, el mariscal Zukhov (nada menos ¡el mismísimo Zukhov!) visitó a los heridos y se quedó boquiabierto al ver a Joe. El diálogo, con ayuda de un intérprete, fue tal que...

_... tú no eres ruso
_ No, soy americano
_ ¿Y qué haces aquí?

Joe le explicó su historia al mariscal y éste, fascinado, la verificó con el NKVD. Dado que Joe había sido dado por muerto y no tenía ninguna documentación que demostrara su identidad, no era posible enviarlo directamente con los estadounidenses, así que en cuanto estuvo recuperado de sus heridas le dieron unos papeles de tránsito y un billete hacia Moscú, para que se presentara en la embajada estadounidense y aclarara su situación.

En Moscú los guardias de la embajada alucinaron en colores al ver venir a Joe con su uniforme de retales, y su fuerte acento de pueblo. Convencidos de que se trataba de una maniobra de los rusos para colarles un espía, lo llevaron directamente a un calabozo, pero les insistió para que le tomaran las huellas y así, finalmente, se aclaró todo el embrollo. Joe viajó a Odessa, de ahí navegó a Estambul, luego a Alejandría, de Alejandría a Napoles y, finalmente, el 21 de abril, abrazó a su familia en Muskegon

 Joe siguió con su vida, sin llamar demasiado la atención de nadie, hasta que, en 1994, durante los actos de celebración del día D, los presidentes Clinton y Yeltsin le homenajearon, y el propio Yeltsin le entregó cuatro condecoraciones como veterano del ejército Rojo.

En Mayo de 2004 Joe volvió a Moscú, y asistió al desfile de la Victoria sobre Alemania junto a otros 15000 veteranos del frente oriental, que le acogieron entre aplausos, como al único estadounidense que compartió con ellos la lucha.  Murió ese mismo año, precisamente en Toccoa, el pueblo donde se entrenó como paracaidista, ya que había acudido a dar una charla como veterano de la 101.


Una placa en St. Come du Mont recuerda dónde empezó su aventura europea, y en Saint Mere Eglise, en Francia, la tumba 48 del ejército estadounidense también lleva su nombre. Nadie la ha abierto pero se supone que ahí está enterrado el soldado alemán que le quitó la chapa. Por su parte, Joe descansa por fin en el cementerio de Arlington, suponemos que definitivamente, aunque con un hombre así uno nunca puede estar del todo seguro,

Su hermana dijo durante el funeral, es la tercera vez que enterramos a Joe. Espero que esta vez lo consigamos.

Su hijo, John Beyrle, embajador estadounidense en Moscú desde 2008, declaró años después,
La gente llama a mi padre "héroe de dos naciones" pero a él no le gustaba, decía que los héroes fueron los que no regresaron . El día que le condecoraron, fue el más feliz de su vida, él nunca olvidó que, cuando estaba hambriento y desamparado, los rusos le alimentaron, le acogieron como uno más, lucharon con él, salvaron su vida en el hospital y le ayudaron a volver a casa con los suyos.

*Alexandra no tuvo tanta suerte como Joe: murió aplastada por un carro poco antes de la rendición de Alemania



viernes, 5 de diciembre de 2014

YO HE VENIDO A HABLARLES DE MI LIBRO


Anteayer me llegó un correo de la editorial. Sólo unas pocas palabras, y podrían habérselas ahorrado: con decirme YA habría sido suficiente.

Apenas me lo creo. O sea, sí, me lo creía ¿no? el texto y las ilustraciones ya estaban revisados y enviados, firmé el contrato, el libro estaba en máquinas... pero no lo sentí como real hasta que me dijeron que sí, que ya empezaba la distribución. Y fue un subidón.

Me aceleré, se me quedo cara de tonto, me noté la cabeza caliente, y apenas logré dormir en toda la noche.

Empecé a escribir sobre la PanzerWaffe en 2007, sin un objetivo claro en mente, sólo el de investigar y escribir por puro placer. Dos años después, y tras una primera revisión mientras lo desarrollaba en el Foro Gran Capitán, empecé a pensar en darle a todo aquello una estructura de libro, con la idea de, en algún momento, subir a la red un pdf o algo así.

7 años. Buscar la documentación, localizar las fuentes, localizar otras fuentes para cotejar las primeras... todo eso lleva mucho tiempo, pero yo no tenía ninguna prisa.. Rematé el texto durante el pasado invierno, a falta de corregir los últimos capítulos y di por cerrado el trabajo en la red este mes de mayo. Pensaba dejar pasar unos meses, para tomar un poco de distancia antes de darle la forma definitiva, cuando la editorial HRM se puso en contacto conmigo para sacarlo en papel.

O_O

Así me quedé, en efecto. No sabía si tomármelo en serio, pero me dije ¿porqué no? ¡vamos adelante con ello!.

Hubo que ajustar muchas cosas, empezando por la extensión. No era consciente de cuánto había escrito. Al final se eligió la solución salomónica, dividir el trabajo en dos volúmenes. Aún así tuve que meter tijera a mansalva. Me lo releí entero, recortando párrafo a párrafo, suprimiendo redundancias, abreviando, concentrando. Si en vez de seis palabras puedo usar cinco ¿por qué no? y quizás con cuatro, incluso tres...

Entre medias, escribir otro texto, ya que la editorial me pidió una colaboración en otro volumen, porque uno de los autores no podía hacerse cargo, así que Tanquistas ha sido mi primer trabajo editado, pero no puedo considerarlo mío, o sólo en un 20%

Revisión de la documentación gráfica, para buscar las fuentes de las fotos y ver cuales podían utilizarse sin menoscabo de los derechos de autor. Dibujar, ya que había unos cuantas ilustraciones técnicas y me pareció que lo mejor sería rehacerlas yo mismo y unificar el estilo. Y lo mismo con los mapas, siguiendo las pautas de la propia editorial, a fin de ofrecer un resultado coherente.

Consultas sobre la cubierta, sobre el título definitivo, y los nervios empezando a aflorar. Sobre todo a partir del momento en que, por mi parte, quedó todo cerrado y ya solo me quedaba esperar, y comerme las uñas.

Me las he dejado mondas, ahí ya no queda nada que roer.

Y al fin. Publicado. Y yo en una nube.

Bueno, y si ahora estoy en una nube, cuando reciba mis ejemplares la semana que viene me voy a tener que dar de collejas hasta que mis pies vuelvan a tocar el suelo. Y, cuando coja de nuevo aliento, volver al tajo, porque hay que revisar la segunda parte de cara a su publicación, que ahí queda mucha tarea.

No ha sido sin ayuda. Por una parte, los compañeros de Gran Capitán me han ayudado mucho a la hora de buscar y analizar la documentación, y por otra, hay dos personas que han influido (aunque ellas crean que no es así) en el resultado final

Ana, Molinosme aconsejó un estilo más austero y directo. Revisando las primeras versiones compruebo, en efecto, que lo mío no era florido, sino floripóndico.

Teresa, HonkyMiss, me enseñó cómo construir frases más legibles, evitando parrafadas inacabables y poniéndole un (muy necesario) freno a mi verborrea. Cuando revisé mi texto con los criterios que me sugirió, saqué paja como para llenar un henil.

Gracias. No podría haber contado con mejores editoras/consejeras. Demasiada gente cree que no debe decir nada más que cosas buenas, pero quien te ayuda a mejorar es quien te señala las malas.

Y, ya de paso, gracias también a Ignacio, de HRM, por su amabilidad y paciencia.

He disfrutado escribiendo, he disfrutado editando, y he disfrutado (como un indio en primavera) al saber que mi libro ya estaba impreso. Ahora solo espero que, si alguno lo leéis, sea para disfrutarlo y no para aburriros. Así que, salvo que me tengáis mucho, mucho aprecio, sólo puedo recomendaros su lectura si os interesa la Historia con mayusculas y...

... qué leches COMPRADLO Y YA SE VERÁ.

miércoles, 28 de mayo de 2014

UN MUNDO FELIZ (y IV) El día a día


El nazismo también ha modificado el día a día de los alemanes. Cada poco tiempo hay grandes demostraciones del partido, y ¡ay de quien no acuda a ellas, sea como partícipe, sea como público! Cada manzana, además de obedecer las normas municipales, depende de la autoridad de un jefecillo de las SA, que debe dar el visto bueno a todo lo que sucede, y ese TODO es muy amplio. Después de todo los camisas pardas* no se sacrificaron por un desagradecido.

Los niños no tienen demasiado tiempo para ser niños. En el colegio se les inculca el espíritu nacional, y su tiempo libre está bien organizado por las Juventudes Hitlerianas, para que se disciplinen desde su más tierna infancia. En cuanto a la educación en sí, lo importante es saberse los principios del nazismo de pe a pa, el resto tampoco importa mucho.

Las iglesias no sólo han visto expropiados todos los colegios: También han pasado por el aro del Partido. Hitler no tuvo nunca demasiada buena opinión de los luteranos así que ordenó que todos los cultos protestantes se unieran, quisieran o no, a la nueva megaestructura religiosa construida en torno a la iglesia católica alemana, el movimiento del Cristianismo Activo**, que sólo nominalmente acepta la autoridad papal, y se limita a arianizar a Jesús (que ha pasado a ser el descendiente de María y un mercenario germano alistado en las legiones) y decir amén a todo lo demás. .

Hay muchos otros aspectos que, con nuestros ojos, parecen surrealistas, como los tres días de vegetarianismo obligatorio por semana***, el movimiento para erradicar la vegetación no aria **** ,los tediosos estudios dirigidos por Himmler sobre el pasado remoto de los alemanes (que implican, entre otras cosas, la destrucción de todo vestigio arqueológico que no encaje en las ideas que el criador de pollos tiene sobre cómo debe ser ese pasado) o la preservación de las tradiciones rurales, es decir, que los campesinos deben vestir como campesinos, hablar como campesinos y vivir como campesinos, de acuerdo al estereotipo que los pensadores nazis (que jamás han cogido un azadón y probablemente no saben ni como se llama) tienen sobre la feliz gente de los campos.

Por supuesto, los hijos de los campesinos deben ser campesinos, salvo que los jefes locales de las HitlerJugend se fijen en ellos y los promocionen en el Partido. El resto, salvo los primogénitos, que pueden heredar las granjas paternas, forman la masa de braceros que cuida los inmensos latifundios formados a base de expropiaciones y compras forzosas por los gerifaltes del partido y del ejército (o del partido y el éjército, porque el Reichsmarshall Goering es dueñode buena parte de Prusia y media Polonia)

Si el entorno rural vive constreñido a un idealismo bucólico las ciudades son también un reflejo de las obsesiones del Führer: la arquitectura es su pasión y Albert Speer es el ejecutor de sus inmensos sueños. Inmensos en todos los aspectos, las ciudades favoritas***** han sido reconstruidas para acomodarse al ideal de magnificencia encarnado por la nueva Berlín, ahora llamada Germania, cuyos ciudadanos caminan como hormigas a la sombra de bloques de 100 metros de altura, y monumentos que dejan enanos a esos bloques, como el Arco de Triunfo de 120 metros o la Cúpula del Pueblo, que se eleva a casi 300. Las ciudades rechazadas como Viena conservan su estilo, aunque de cuando en cuando aparecen monstruos de hormigón aquí y allá, ya que cada gauleiter quiere tener su propio edificio gigante.

La tumba de Hitler ya está en construcción: una columna de 60 m de altura en lo alto de la cual se alzará el catafalco que contendrá sus cenizas, para que todos deban alzar la mirada para verle

Gigantes son también las corporaciones industriales. Los nazis cantaban las loas del individuo ario antes y durante la guerra, pero los jugosos cheques de los industriales pesan mucho más que los ideales y, como vimos antes, con una poltrona asegurada para cada carguito de las SA, la revolución se considera algo ya logrado. Los trabajadores tragan con lo que hay, porque no hay sindicatos fuera de las oficinas del doctor Ley, ni defensa alguna contra los patrones. Así que, fuera de esas vacaciones que cada cierto tiempo les echa el partido a modo de caramelo, y las demostraciones laborales, a las que está prohibido faltar, sólo les queda pasar por el aro. Lo que incluye pagar una parte de sus sueldos a los camisas pardas si quieren asegurarse un puesto mejor.

Quejarse en las fábricas es peligroso. Quejarse en las casas lo es aún más: no faltan vecinos dispuestos a hacer méritos ante el partido ****** y, quien sabe, tal vez tu propio hijo sea quien le vaya con el cuento de lo que murmuras a su jefe disciplinario de las Juventudes Hitlerianas. Porque, ante todo, los niños le deben lealtad al Führer, después al partido y sólo después a su familia.

Esa es la vida, el día a día de los alemanes. No es un infierno ni una continua pesadilla, ya que el nivel de vida es razonable, pero sí un paisaje estéril, sin creatividad ni iniciativa. La cultura, la ciencia, la vida pública y la vida privada se modelan de acuerdo a las ideas y gustos de Hitler y su camarilla de aduladores, y cualquier cambio o avance es considerado una herejía. Una sociedad congelada en base a un pensamiento fosilizado.

¿Hubiera sobrevivido una sociedad como la que hemos visto? Probablemente hubiera salido adelante al menos durante un par de siglos. Con una economía más o menos autárquica, una estructura de sometimiento social bien establecida, y sin un enemigo exterior, sobrevivir no es tan complicado. Recordemos que lo que hundió a la URSS, que tenía un proyecto social bastante más coherente, fue la presión económica de la guerra fría, que imposibilitó la evolución hacia una economía de bienes de consumo. Recordemos, asimismo, que Roma sobrevivió durante siglos por el simple hecho de que no había nadie que rivalizara con ella, e incluso los pueblos germanicos no tenían la intención de destruirla, sino de integrarse en ella. La apatía puede acabar con una sociedad, pero lleva su tiempo.

A la larga, la tendencia del nazismo a formar reinos de taifas, administraciones paralelas e imperios personales habría acabado por disgregarla. Entretanto, el Reich de los mil años se habría arrastrado lentamente, como hizo en su tiempo la España de los Austrias, pero sin los destellos de brillantez que conformaron nuestro Siglo de Oro.

Habrá quien considere algo así como el summum de sus aspiraciones. Seguramente esas personas consideran que en un mundo así ellos serían los elegidos para los privilegios, y puede que no se equivoquen: donde es imposible que destaquen la sensibilidad, la inteligencia, el esfuerzo o el genio, los mediocres, los aduladores y los envidiosos medran sin dificultades.

Yo, personalmente, creo que tuvimos mucha suerte en 1945. Aunque hoy vivimos un presente gris y helado, sabemos que es posible hacer las cosas de otra manera y, quizás, lleguen a hacerse así algún día.

Sólo me preocupa una cosa. Que si, como dicen, vuelve a alzarse el fascismo, ya no estará ahí el Ejército Rojo para pararle los pies.

* La revolución, tan mentada por los nazis en sus discursos, consistió en que los miembros veteranos del partido, los que se habían sacrificado para llevar a Hitler al poder, se adueñaron de los bienes de las familias judías y luego se autonombraron vigilantes de la pureza política de sus vecinos, con el consiguiente flujo de chantajes y sobornos. Una vez eliminada la amenaza política de Ernst Rhöm, Hitler se despreocupó del partido y sus miembros veteranos pudieron hacer lo que les apeteciera, mientras no se inmiscuyeran en política. De hecho el NSDAP entorpeció una y otra vez el esfuerzo de guerra para garantizar sus prebendas, con la eficaz ayuda de Martin Bormann, y en los momentos finales del conflicto sus lideres locales sabotearon muchas medidas de defensa (como planes ordenados de evacuación) , por considerar que implicaban falta de fe en la victoria final. Luego, huyeron a la carrera en cuanto escucharon el primer disparo ruso, dejando a sus administrados a merced del enemigo.

** Heinrich Himmler quería constituir una religión heroica de nuevo cuño, basada en mitos pangermanos. Bormann y Goebbels abogaban por la erradicación de las iglesias. Hitler se burlaba del pseudopaganismo de Himmler, y opinaba que los otros eran demasiado radicales, ya que consideraba que la religión era útil para mantener contenta a la población. Veía más fácil llegar a entenderse con la iglesia Católica, mucho más jerarquizada, que con el resto de cultos. El concepto de Cristianismo Activo era una de las muchas elucubraciones de Rosenberg, el pensador del Partido.

*** Hitler esperaba imponer esa norma por ley tras la guerra, para salvaguardar la salud del pueblo alemán. Según sus propias palabras, desde que dejó de comer carne se había vuelto mejor persona y había dejado atrás todos sus malos instintos. Además, también según sus palabras, los pueblos que habían dominado el mundo en la antigüedad, como romanos y vikingos, eran vegetarianos.

**** Por ejemplo, el roble es claramente ario, mientras que la encina sería un roble degenerado, así que las encinas deben desarraigarse del territorio del Reich, como malas hierbas.

***** Por ejemplo Linz. Estaba decidido a convertir Linz en la capital cultural de Austria, para que Viena, donde su talento como artista no había sido reconocido, se convirtiera en un suburbio de segunda clase.

****** La Alemania nazi, como la rusia de Stalin en los años de las purgas, era el paraíso de la delación.

martes, 27 de mayo de 2014

UN MUNDO FELIZ (III) La vida tras la guerra


(Dados los resultados de las pasadas elecciones al parlamento de Europa, creo que es un buen momento para rematar este tema)

Hay un punto en el que los enterados, sea cual sea su pelaje, coinciden: la vida de los alemanes tras el triunfo del nazismo sería un paraíso. Bueno, vamos a ver qué tal se lleva el pasar diario en ese hipotético III Reich victorioso, tras la llegada de la paz...

... paz relativa, porque Hitler opina que la paz prolongada es perniciosa. En sus conversaciones de sobremesa menciona la necesidad de una guerra de extensión limitada cada cierto tiempo, diez años, por ejemplo. Expediciones de castigo más allá de las fronteras orientales (los Urales) para recordar a los pueblos asiáticos quién es el amo, y de paso hacer una criba en las nuevas generaciones, seleccionando así a los mejores* y evitando que el saludable pueblo alemán caiga en la molicie y la degeneración. Porque la guerra es al hombre lo que la maternidad a la mujer.

Estas guerras no tienen más objetivo, aparte de hacer un poco de darwinismo ario, que el de mantener alto el prestigio del Reich, en la línea de las expediciones de castigo de los romanos. También de Roma toma el Führer sus ideas para la colonización de los nuevos territorios, las fértiles llanuras del Este que forman su ansiado imperio, ya que no piensa construir nuevas urbes que reemplacen a las destruidas: las tierras al oeste del limes son un mosaico de granjas explotadas por los veteranos que han conquistado Europa, tal y como hacían Cesar y Octavio, repartiendo lotes de tierra como compensación por el servicio en las legiones. De este modo Ucrania y la Rusia europea serán germanizadas por el arado.

Claro que hay quien no está muy dispuesto a cambiar la vida de la ciudad por una granja, pero Hitler también ha decretado que los alemanes raciales** se trasladen a los distritos orientales una vez estos queden despoblados***, así que, sí o sí, las granjas son el futuro para una buena cantidad de ciudadanos. No obstante Adolf no ignora los atractivos de la cultura urbana, así que todo el Este está unido por una inmensa red de autopistas. De este modo, el granjero que desee el ocio de la ciudad no tendrá más que coger su volkswagen (que sólo verán tras la guerra, durante la misma toda la producción de escarabajos fue confiscada por el ejército) y conducir uno o dos días para disfrutar de una semana de alegría y esparcimiento cultural. Dicho sea de paso, de ahí viene tanta preocupación por que los esclavos subhumanos aprendan a entender las señales de tráfico, para que sepan por donde cruzar sin morir atropellados.

¿Qué cultura se disfruta en el Reich? Puede parecer muy audaz elucubrar sobre algo así pero en realidad el planteamiento es muy simple: el nivel de culto a la personalidad del Führer es tal que, por comparación, Mao parecería un don nadie en la china comunista, y cultura para los alemanes es lo que Hitler diga que es. Ni más ni menos.

La pintura, por ejemplo, retrocede al siglo XIX. A los ojos de Hitler, todo lo posterior al romanticismo (alemán, por supuesto, el romanticismo francés es basura) debe ir a la hoguera****. Matisse, Lautrec, Picasso, Schiele, Klint, Grosz ... son ya solo un recuerdo del pasado diluido entre humo y cenizas. Lo mismo puede decirse de la escultura. Los nazis sólo ven aceptables las estatuas helenistas, por supuesto de acuerdo a su concepto del helenismo, ya que si Adolf viera el aspecto real de una estatua griega tal y como eran realmente (policromada con los tonos más vivos, incluyendo púrpuras y oro) sufriría una apoplejía. Así que las calles de Alemania están repletas de estatuas imitando el pseudoclasicismo de Arno Brecker, con arios heroicos, de cuerpos musculosos y perfectos, siempre desafiando al mal o contemplando el mañana con rostro estoico (por no decir inexpresivo, uno diría que Brecker no sabía hacer más que una sola cara y no se salía de ella por si acaso)

La música popular se mantiene estrictamente germana. El Jazz y todos sus derivados, infame música de negros, han sido extirpados. Las tiendas de discos rebosan de cantantes vestidos con traje bávaro, mejillas sonrosadas y acordeones en ristre. Y eso en lo que a la música de la calle se refiere, porque la gran música ha sido expurgada de todo lo que no sean valses facilones (los gerifaltes nazis son torpones, es mejor no intentar sacarlos del un dos tres un dos tres) y óperas grandilocuentes, repletas de cantates gordas vestidas de vikinga y un buen TATACHÁN al final para que el público despierte y aplauda. Bach o Mozart, sólo se consideran aceptables como predecesores de Beethoven y Wagner. Y más vale que ninguna ciudad pretenda hacer sombra a Bayreuth, porque la cólera de Hitler caerá sobre ella.

Aparte del Mein Kampf***** en los hogares alemanes hay abundancia de autobiografías, obras sesudas sobre la raza y el futuro, encabezadas por el inevitable El Mito del Siglo XX****** de Rosenberg. La poesía debe ser heroica, o naturalista. La novela debe versar sobre el heroismo y la raza, el teatro debe reflejar el heroismo y la justicia... los cabarets sobreviven gracias a que la mayoría pagan cuantosos sobornos a los jefes locales del partido, y estos son muy amigos de visitar privadamente a cantantes y bailarinas.

Las mujeres, dicho sea de paso, carecen de relevancia social. En las Juventudes Femeninas se forman en el espíritu de entrega al ideal nacionalsocialista. Luego la mayoría pasan a depender de sus maridos en todo, salvo que se conviertan en solteronas o vedettes. Hay excepciones, como Hanna Reitsch o Leni Riefensthal, pero el ejemplo a seguir es la abnegada Magda Goebbels, con seis rubios hijos, y siempre a la sombra de su esposo. Su participación en la vida cultural, fuera de ser intérpretes musicales (¿una compositora? eso sería antinatural) se limita a los géneros menores, adecuados para su fragilidad intelectual. Pueden escribir o pintar sobre niños, flores, atardeceres, princesas... todo aquello que luego leerán o verán las niñas. Y ya.

* Eso pensaba hasta los años finales de la guerra, cuando consideró que la derrota se debía a que los buenos alemanes habían caído luchando y ya solo sobrevivían los cobardes, luego el pueblo alemán ya no merecía sobrevivir
** Las comunidades de origen germano que vivían fuera de las fronteras alemanas, como los alsacianos.
***Las poblaciones del sur de ucrania planteaban un problema racial, ya que su aspecto era claramente germano. Hitler opinó al respecto que las duras condiciones de vida en el Este habían hecho evolucionar a algunas comunidades eslavas a un estado preario. Por supuesto se decretó su exterminio.
**** Cualquier pintor que disgustase a un alto cargo del Partido Nazi podía ir buscandose la vida como tornero o fresador: una acusación de arte degenerado bastaba para condenarle al ostracismo.
**** Era obligatorio que hubiera un ejemplar en cada casa: los ayuntamientos regalaban uno a cada pareja que se casaba, lo que suponía unos jugosos ingresos al Führer, ya que cobraba abultados derechos de autor
***** Un libro tan fatuo, retórico enrevesado y pomposo que hasta los propios nazis lo consideraban ridículo e ilegible, empezando por Hitler y Goebbels.

lunes, 5 de mayo de 2014

UN MUNDO FELIZ (II) Ciudadanía, o ¿qué lugar ocuparía nuestro cuñado?


Bien, ya hemos visto que las naciones no tienen mucha cabida en la Europa nazi pero ¿y las personas? Después de todo los nacional cuñadistas piensan que en esa utopía cada uno recibiría su recompensa en función de su valía, y creen que la suya sería muy apreciada.

En realidad, el sitio de cada europeo en la sociedad nazi depende de dos factores: su origen racial y su idoneidad política.

La cumbre social está reservada para los arios de absoluta pureza y perfectas condiciones físicas, comprometidos en cuerpo y alma con el nacionalsocialismo y seleccionados, ya desde niños, en las Juventudes Hitlerianas: superhombres educados en las Napolas, destinados a ocupar los puestos más importantes del gobierno y el Partido.

El resto de la población germánica goza de todos las ventajas ciudadanos, con preferencia para los miembros del NSDAP (que es como decir todos, ya que nadie quiere quedarse fuera del banquete). Dentro de esa masa rubia, empero, no es lo mismo un prusiano que un alemán racial, como los nativos de los Sudetes o los Alsacianos, y estos a su vez están por encima de los germanos fallidos, belgas y holandeses, a los que se presupone demasiado contaminados ideológica y racialmente. Caso aparte son los nórdicos (daneses, noruegos...) de sangre aria tan pura o más como la de los alemanes, pero de entrega nacionalsocialista tibia.

Dentro del Reich también hay etnias inferiores. Los eslovacos, pese a ser eslavos, demostraron su fidelidad antes de la guerra y durante el conflicto, y si bien están por debajo de cualquier germano de sangre, quedan por encima de los checos. Estos son universalmente despreciados, aptos sólo para trabajo servil. Los checos, a su vez, son casi libres comparados con la población esclava del Este.

Fuera de las fronteras germánicas las categorías se convierten en un puzzle. Los ingleses, por ejemplo, son germánicos de estirpe pero políticamente están clasificados como no afines, y su supervivencia como nación se debe a que no se les considera asimilables. En cierto modo están en cuarentena.

Peor suerte han corrido los franceses: su ascendencia francocelta les convierte en un pueblo semigermánico degenerado, más allá de toda posibilidad de arianización, y su histórico enfrentamiento con Alemania (más el aborrecimiento del Führer por todo lo francés) les ha costado el desmembramiento de su nación y una existencia bajo sospecha.

Los aliados del Reich durante la guerra no son germánicos, sino latinos y magiares. Su categoría varía en base a su devoción. Los italianos están en la cúspide por la fidelidad de Hitler hacia su amigo Mussolini*. Les siguen los rumanos, fieles compañeros de batalla en el Este, y más atrás los españoles, que no participaron activamente en la guerra** y los húngaros. Estos son mirados con desconfianza ya que el gobierno del regente Horthy hizo todo lo posible por proteger a sus súbditos judíos. Estos cuatro pueblos son, pues, racialmente inferiores y políticamente afines. De las cuatro naciones, sólo Italia puede negociar con Alemania en condiciones de cierta igualdad. Las otras tres son tratadas con un mínimo respeto: no es que sus opiniones cuenten, pero se procura no humillarles.

El caso español, por cierto, es aún más ambiguo, ya que su entrega ideológica es buena y sus cualidades como combatientes son apreciadas, pero Hitler les considera incapaces de toda evolución política, un pueblo apto para recibir órdenes, no para darlas. Además hay división étnica: las poblaciones de la cornisa cantábrica (gallegos y astures) tienen cierta idoneidad racial, como algunos núcleos de población extremeña***, y al contrario que el resto de los españoles. Sobre todo los andaluces, que son vistos por los nazis como semiafricanos. Por ende, y pese al histórico antisemitismo español, los alemanes han elaborado listas muy detalladas de apellidos racialmente sospechosos, aprovechando la obsesión de los archivos históricos españoles por la limpieza de sangre.

Los vascos suponen todo un reto para los ideólogos de la segregación racial. Es evidente que no tienen ascendentes judíos, pero también está muy claro que por sus venas no corre ni una sola gota de sangre, no ya germana, sino ni siquiera remotamente indoaria.

Los pueblos balcánicos son súbditos de Italia, y los italianos no se preocupan demasiado de los temas raciales. La única excepción son los griegos, debido a la admiración del nazismo por la antigua Grecia. Los griegos son vistos con simpatía por los amos del continente, e incluso hay quien, como Himmler, se empeña en encontrar vínculos raciales entre los antiguos helenos y las tribus germánicas. Claro que Himmler ve vínculos con cualquier pueblo que llame su atención, y hasta ha buscado conexiones raciales entre los alemanes y los japoneses ****

Italia, por cierto, es la única de las naciones no alemanas económicamente independiente. Rumanía, España y Hungría han visto como su escasa industria nacional ha sido adquirida por una red de consorcios alemanes ***** y están integradas en la economía del Reich como suministradores de materias primas y consumidores de manufacturas.

Resumiendo ampliamente, tenemos una Europa dividida en castas raciales e ideológicas, desde la élite gobernante hasta los pueblos serviles. Hay cuatro países con diversos grados de independencia real, aliados de los vencedores, y dos con libertad vigilada, derrotados en la guerra. Dentro de esa telaraña los españoles ocupan un puesto medio-inferior: pueden ocuparse de sus asuntos, pero carecen de influencia como nación. Simplemente son tolerados, y más tarde o más temprano el gobierno de Franco recibirá sugerencias sobre asuntos como la limpieza racial, o la soberanía sobre sus islas.

¿Donde deja esto a los nostálgicos del nazismo en nuestras latitudes? Pues, en el mejor de los casos, serían ciudadanos de tercera, habitantes de países de tercera, y en los peores, dependiendo de sus apellidos, entrarían a la categoría de cuarterones, parcialmente judíos, e incluso, directamente subhumanos, como los chuetas. Y eso los españoles, con nacionalidad propia: los griegos de Amanecer dorado, por ejemplo, no serían aptos ni para limpiar botas en la Europa Nazi y se podrían dar con un canto en los dientes de ser súbditos del Duce. En realidad nuestros fervorosos neonazis deberían estar más que agradecidos a la victoria aliada del 45, pero ni la gratitud ni la memoria caben en cerebros acostumbrados a rebuznar.

Por cierto, todo lo anterior se refiere, exclusivamente, a los hombres. Las mujeres, en el ideario nacionalsocialista, no existen jurídicamente como personas. Se las considera débiles mentales, y no pueden realizar ninguna actividad ajena a la maternidad y el cuidado del hogar sin permiso expreso de sus padres, hermanos, maridos o hijos. Están obligadas a procrear por el bien de la patria y no deben distraerse de esa sagrada labor. Además se les aplica la legislación racial en un grado más, ya que si bien se considera socialmente admisible que un alemán****** se case con una mujer de categoría inferior a la suya (no son raros los matrimonios con mujeres italianas, por ejemplo), bajo ninguna circunstancia se acepta que una alemana haga lo propio con un latino o un eslovaco.

* La amistad entre ambos dictadores se cimentó durante la crisis del Anchluss. Hitler no olvidó el apoyo de Mussolini ni siquiera en sus horas más bajas, de ahí que ordenase su liberación cuando fue recluido en 1943.

** La División Azul era una división nominal del Heer alemán, no una agrupación militar española, así que en el mejor de los casos puede considerarse a España como nación simpatizante, no como aliada

*** Descendientes de las repoblaciones con emigrantes alemanes en tiempos de Carlos I

**** El ReichsFührer se empezó a interesar por Japón durante la guerra, tras recibir como regalo por parte de la embajada nipona unas espadas antiguas y algunos textos sobre el bushido. Enseguida se lanzó a buscar pruebas de un origen ario de los japoneses. Las obsesiones de Himmler eran comentadas por Hitler con grandes burlas en sus conversaciones privadas

***** Ese proceso empezó en España casi al acabar la guerra civil y sólo la derrota nazi cortó la creciente influencia germana en la industria y, sobre todo, la minería.

****** A excepción de las élites, obligadas a salvaguardar su pureza racial por ley.

viernes, 2 de mayo de 2014

UN MUNDO FELIZ (I) Las nuevas fronteras


Hace 69 años el ejército soviético aplastó al nazismo y la bandera roja se alzó sobre las ruinas humeantes de Berlín. Era el final de una pesadilla que duró más de una década y que, de acuerdo a las previsiones de sus artífices, debería haberse prolongado durante 1000 años.

Ya al día siguiente de la victoria aliada, se oían voces (en España, por cierto, muchas) que lamentaban la derrota del nazismo. Hoy sigue siendo un lugar común en determinados círculos afirmar que, al margen de las atrocidades cometidas durante la guerra (y convenientemente minimizadas por los comentaristas), la victoria hitleriana hubiera dado paso a una edad de Oro para la humanidad. Ese tipo de imbéciles (no se me ocurre otro término para describirles) suelen pasar a afirmar que Hitler era un gran político y un visionario. Por supuesto sin haber leído jamás ni una sola línea sobre el tema, mucho menos haber leídos sus textos, ni siquiera sus discursos. Los nacional-cuñadistas parecen convencidos de que a estas alturas viviríamos (sobre todo ellos) en un paraíso, así que creo interesante analizar cómo habría sido ese Nirvana ario (en el que la mayoría de ellos habrían sido ciudadanos de tercera categoría, como veremos más adelante)

Podemos hacernos una idea de las ideas de futuro del nazismo gracias a la prodigiosa verborrea de Hitler y Goebbels, su ministro de propaganda. Bormann hizo transcribir todas las conversaciones de sobremesa de su amo, y el ministro nos dejó sus diarios, llenos de comentarios sobre la actualidad (pasada por su enfermiza visión de la realidad) y el futuro que llegaría tras la guerra. Hagamos un ejercicio de historia ficción: viajaremos a los años 50, para ver esa Europa renacida bajo la cruz gamada. Supongamos, pues, que Japón no atacó a EEUU, Roosevelt no entró en la guerra, la URSS se desmoronó entre 1941 y 1942 y Gran Bretaña, atenazada por una masiva campaña submarina pidió la paz en 1943.

Ante todo, repasemos el mapa. Las fronteras de la mitad septentrional del continente han desaparecido: Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Dinamarca y Noruega han sido absorbidas por el Reich, agrupando a todos los pueblos de estirpe germánica en una sola nación. Suecia y Suiza, también desaparecieron, más o menos al año de terminar la guerra. Suiza, en concreto, ha sido partida en dos, y su mitad sur es italiana.

Francia sobrevive como estado semiindependiente, sólo en parte. El tratado de paz no se firmó en los 40 ya que las exigencias territoriales eran tan brutales que se decidió esperar al final de la guerra para resolverlas. Alsacia y Lorena están en manos germanas, pero también el tercio norte del país, desde la Borgoña* hasta Calais, es alemán, incluyendo toda la costa del Atlántico hasta Brest. París ya no es la capital, y sólo se salvó de ser demolida** porque Hitler quería que quedase intacta para que la gente pueda comparar su provincianismo con la capital del Reich , la nueva Berlín, rebautizada Germania, surgida tras la guerra por obra y gracia de su arquitecto favorito, Albert Speer.

En cuanto al sur del país, el Rosellón y la costa azul (incluída la ciudad de Mónaco) es ahora italiano, y parte de los departamentos pirenaicos son españoles.

El Este es alemán. Los aliados orientales, Hungría y Rumanía, apenas han recibido algunos territorios menores, y Polonia, Ucrania, Bielorrusia, las tierras bálticas y la Rusia europea hasta los Urales y el Cáucaso son el botín de la victoria. Sólo se han cedido algunas tierras al norte, para Finlandia, que ha recuperado sus fronteras anteriores al 39.

Respecto a los habitantes, los polacos germanizables (de apariencia razonablemente aria) siguen en sus tierras en la idea de ser asimilados en unas pocas generaciones pero la mayoría ha sido eliminada, un proceso iniciado ya en la guerra, al igual que la población rusa y ucraniana. No ha sido preciso exterminarlos activamente como a los judíos o los gitanos: se les dejó morir de hambre y frío tras demoler las principales ciudades rusas (incluídas Moscú y Leningrado). En dos inviernos la mayor parte de la población pereció y los supervivientes fueron empujados más allá de los Urales. Queda sólo una población residual esclavizada.

Sí: esclavos. El término exacto, de labios del Führer, es ilota***. Se les mantiene en un estado de semianimalidad, sin alfabetizar, enseñándoles lo justo para leer los carteles de carretera e interpretar las señales de tráfico y que no mueran atropellados. Esta población servil se utiliza para trabajar en marismas, minas y realizar cualquier labor que resulte indigna para los conquistadores. Viven en las peores tierras y, por orden de Hitler, en todos sus poblachos hay altavoces que transmiten a todas horas música burda, para tenerles entretenidos y sin pensar.

El sur de Europa, salvo la Península Ibérica (que ahora es enteramente española, los portugueses han pagado caro su apoyo a Gran Bretaña), es Italia, desde Córcega hasta el mar Egeo. También el norte de África ya que Franco apenas ha recibido una pequeña parte de las colonias francesas: el resto se ha unido a la Libia italiana, que ahora llega desde Orán hasta Siria.

Las Baleares se mantienen bajo soberanía española, pero Himmler lleva años presionando para convertirlas en un protectorado alemán. Dio los primeros pasos durante la guerra de España****, incluyendo la elaboración de un censo de la población judeobalear, las familias chuetas, que miran con preocupación al futuro y están empezando a emigrar a la Península.

Tras el armisticio, Inglaterra ha salvaguardado su independencia, bajo un gobierno afín, aunque Hitler ha prohibido que se exporten las condiciones políticas del nazismo: no desea que otros pueblos de raíz germánica se fortalezcan, así que en Londres se mantiene una apariencia de parlamento. Los ingleses, por cierto, han conservado sus colonias africanas, pero han perdido todas sus posesiones en Asia a manos de Japón. Francia conserva también algunas tierras en el continente negro, como Madagascar. Angola, Mozambique, Cabo Verde y Guinea Bissau han sido cedidas a Franco.

En cuanto al resto de África, Hitler siempre dijo que no tenía ambiciones de ultramar, sólo alguna pequeña colonia africana para suministrar cacao y caucho a Alemania. Esa pequeña colonia se ha traducido en la totalidad de las antiguas posesiones alemanas más todas las belgas. Rhodesia y Mozambique han sido entregadas a Franco. El ministro de exteriores español, Serrano Suñer, exigió que Timor fuera incluída en el lote, pero Japón acogió su petición con sorna.

*Comentado por Goebbels en sus diarios de 1943
**Declaraciones de Hitler en 1940 recogidas por Albert Speer tras la visita del Führer a París
***La palabra aparece una y otra vez en las conversaciones de sobremesa de Hitler, que al parecer estaba fascinado con la sociedad espartana. Igualmente menciona a menudo las condiciones en las que se les permitiría sobrevivir, incluyendo la música para tenerles distraídos
****Las Baleares estaban en el punto de mira alemán ya en 1938, al parecer con la intención de convertirlas en una gran base naval para segurar la presencia de la Kriegsmarine en el Mediterráneo.

viernes, 18 de octubre de 2013

IRENA (II) La vida en un frasco



El proyecto de los estudiantes se concretó en una obra de teatro. Life in a Jar ha sido representada más de 300 veces desde el año 2001, cuando unos jóvenes cumplieron su sueño y volaron a Varsovia, emocionados porque iban a conocer a su ídolo, y seguramente muy nerviosos porque ignoraban qué iban a encontrar.

Encontraron a una ancianita pequeña, de luminosos ojos azules e inmensa sonrisa. Un rostro sencillo pero inolvidable, de mejillas sonrosadas, veteado de arrugas: no las que simplemente inflige el peso de los años, sino ese tipo de líneas que dibujan una vida llena de alegría.

Una anciana con los huesos doloridos, llenos de heridas mal curadas y acompañadas de las que la vida siguió sumándole tras la guerra, pero al mismo tiempo tan llena de energía, tan lúcida y tan vivaracha a sus 91 años de edad, como para cubrir de besos a los muchachos y llevarles a recorrer las calles de su ciudad, para que conocieran los rincones que fueron mudos testigos del holocausto.

Una anciana un poco asustada, incluso indignada, del revuelo montado de repente en torno a su persona, como si de una superheroína se tratara. Un revuelo que dejaba en la sombra a todas las personas que la ayudaron, cientos de valientes que, como ella, se arriesgaron para salvar a los indefensos. Y feliz, sí incluso un poco más feliz aún, de conocer a aquellos niños que venían del otro lado del océano a conocerla y escucharla. Y tenía mucho que decir.

Irena nunca se calló. No se calló cuando las botas nazis pisoteaban su patria, ni cuando los sucesivos gobiernos comunistas volvieron a reavivar el tradicional antisemitismo polaco. No se calló cuando los vecinos murmuraban de ella y de su familia, y se sintió feliz de poder hablar con gente que, a tantos años vista, deseaban saber sobre el dolor. No hablaba de odio ni de venganza, sino de recuerdo, de justicia y de responsabilidad. Porque a los que se escudan en el ¿qué podría hacer yo? ella respondía haz lo que puedas: todo lo que puedas.

La fama revivida le trajo algunos trastornos. En sus últimos años muchos periodistas viajaron hasta su puerta, para entrevistar a la Madre de los Niños del Holocausto. Nunca tuvo una mala palabra ni un gesto de fastidio para ellos, les aceptaba con amabilidad y esa maravillosa sonrisa que no lograron borrar ni las torturas ni el olvido. Su hija también les acogía con amabilidad, y les advertía, antes de dejarles pasar al salón, de que no se avergonzaran si salían de ahí llorando. Todos lo hacían.

Como lloraban los supervivientes. Niños que, ya mayores, podían volver a ver a la mujercita que les salvó la vida, que quizás les pareció entonces enorme, como parecen los adultos a los ojos infantiles, y que ahora, diminuta como era, les seguía pareciendo inmensa.

El año 2007 el gobierno polaco solicitó el Nobel de la Paz para Irena. Los miembros de la Academia prefirieron entregárselo a Al Gore, sin que haya quedado nunca muy claro que hizo nunca ese hombre por la paz*. Hubo mucha indignación en Polonia, pero no trascendió fuera de sus fronteras. Irena no lo lamentó, nunca le preocupó demasiado el recibir aplausos.

En un mundo justo, alguien como ella, al menos, se habría ganado el derecho a dormir en paz ¿acaso no salvó miles de vidas?

No es el caso. Muchas noches despertaba llorando tras verles en sus sueños. Sus rostros, sus miradas. Los otros niños, los que no logró sacar del infierno. Y las dudas de tantas y tantas noches... si hubiera sido más prudente... si no se hubiera confiado... si tan solo hubiera podido volver un día más...

Pude hacer más... debí hacer más...

Hay una vieja leyenda judía que habla de los treinta y seis, los Lamed vav Tzdadikim. Dice que en cada generación hay treinta y seis hombres y mujeres humildes, sencillos, tal vez un sastre, una panadera, un albañil... Pasan desapercibidos pero, sin que nadie lo sepa, ni siquiera ellos mismos, sostienen el mundo sobre sus espaldas. Su bondad ilumina el camino para el resto de los mortales, su firmeza nos da fuerzas. Su esfuerzo nos hace más ligera la carga de vivir. Son los verdaderos reyes de la creación, sin corona ni ambición. La luz en la oscuridad que aleja la desesperación.

Irena se apagó el 12 de mayo de 2008. Se fue como había vivido, discreta y sonriente, rodeada del amor que ella misma había sembrado.


No plantes semillas de comida. Planta semillas de bondad. Trata de hacer un círculo de bondad, la bondad lo rodeará y crecerá más y más.


**


* En realidad no está muy claro que nunca haya hecho nada de nada
** El árbol de Irena, en el jardín del Yad Vashem

jueves, 10 de octubre de 2013

IRENA (I) Jolanta



Estos días en los que la Academia Sueca otorga sus galardones, son un buen momento para recordar a una mujer que fue nominada al Nobel de la Paz, y cuya candidatura fue desechada en favor de Al Gore.

En 1999 unos estudiantes de una escuela pública de Kansas iniciaron un proyecto de historia sobre el Holocausto. Al investigar, se encontraron con un nombre: Irena Sendler. Indagaron sobre su figura y se quedaron anonadados.

Irena era enfermera y trabajaba en el Guetto de Varsovia. Entraba y salía diariamente, llevando medicamentos y sacando cadáveres de niños, muertos del tifus, la disentería, el hambre... o eso pensaban los guardias nazis. En realidad no sacaba muerto, sino vivos. Sabía que los nazis tenían horror a las enfermedades contagiosas y con la excusa del tifus podía moverse sin obstáculos. Sacaba niños en ataudes, capazos, bolsas, camiones, escondidos bajo maderas, camuflados entre basuras, bajo su propia ropa... 

Durante 18 largos meses viajó día tras día al infierno, incansable, sin mirar jamás por sí misma. Fuera del Guetto, bajo el pseudónimo de Jolanta, organizó una extensa red de acogida para los niños, con ayuda de la resistencia, las Monjas de María Inmaculada y cientos de familias que arriesgaron sus vidas para esconder a los fugitivos. De cada uno de ellos, Irena guardó sus datos: su nombre, sus apellidos, sus familiares vivos, su historia. Así, algún día, podrían recuperar su pasado, o lo que quedase de él. 

2.500 niños. 2500 nombres. 2500 vidas en sus manos.

La Gestapo la capturó en octubre de 1943. La torturaron durante semanas para saber de sus cómplices, sus rutas, sus niños... destrozaron sus huesos, pero no pudieron romper su voluntad.

De sus labios no salió ni un solo nombre.

Fue sentenciada a muerte. Esa noche un guardia, sobornado por la resistencia polaca, la sacó de la prisión y la dejó en un descampado. Luego tachó su nombre como ejecutada

Tras ser rescatada, Irena escribió dos largas listas con todos los datos que tenía sobre los niños. Las guardó en frascos de cristal y las enterró en un huerto. Acabada la contienda, los desenterró y los entregó a las autoridades

Los estudiantes, asombrados por lo que iban descubriendo, buscaron más sobre aquella desconocida. Querían saber si de verdad una sóla persona pudo hacer algo así, qué pasó tras la guerra, dónde estaba enterrada... indagaron, preguntaron, y a primeros del año 2000 recibieron una carta desde Polonia: con 91 años, Irena Sendler residía en Varsovia.

Había vivido durante décadas en un relativo anonimato. La administración de postguerra nunca vio con buenos ojos a las personas que ayudaron a los judíos durante la guerra, quizás recordando con vergüenza que la mayor parte de la población católica obvió (y algunos colaboraron con entusiasmo) el exterminio de sus vecinos. Incluso hubo quien en los 50  les señaló, a ella y los suyos, como amigos de judíos. 

Aún así no fue olvidada por todos: en 1965 fue reconocida Justa entre las Naciones por Israel. En esos años fue mencionada en los periódicos de Varsovia y algunas personas la recordaron: nunca podrían olvidar su rostro.

Una llamada telefónica, una voz temblorosa al otro lado del hilo: Te vi en la prensa, eres Jolanta. Tú me salvaste.



viernes, 8 de marzo de 2013

...Y ROSIE APLASTÓ AL FASCISMO


Una mañana, trasteando en el armario donde mi madre guardaba sus cosas, vi una caja grande y en ella una muñeca. No era como las mías, en vez de vestidito llevaba un mono azul y un pañuelo rojo en el pelo. En vez de bolso, una caja con herramientas. Le pregunté a mi madre si podía dejármela para jugar a las casitas, y ella me dijo _cariño, Rosie no juega, Rosie gana guerras_ ¿Y quién es Rosie, mamá?_Todas éramos Rosie.

Durante la Guerra las naciones del Eje no contaron con las mujeres. De acuerdo a las consignas de Goebbels, su deber era encargarse del hogar, tener muchos hijos y estar bellas y deseables cuando sus hombres volvieran del frente. Los aliados hicieron lo contario.

Las inglesas se implicaron en el esfuerzo bélico muy pronto, en la industria, la agricultura, la sanidad, la vigilancia... y desempeñaron un importante papel en retaguardia del frente y logística. Las soviéticas trabajaron hasta el agotamiento, en condiciones tan duras que resulta difícil imaginar. Las obreras de Tankograd, en el invierno del 41, dormían bajo sus máquinas mientras otro turno trabajaba, reemplazando a sus agotadas compañeras según se despertaban y comían algo, a veces a cielo abierto, en talleres a los que aún no se les había puesto techo. Miles de ellas, de hecho, combatieron y murieron. En ambas naciones la guerra era real, se vivía día a día, se masticaba en forma de bombardeos, destrucción y muerte, nadie se planteaba que la mitad de la población estuviera de manos cruzadas mientras la otra mitad luchaba. Pero en América la guerra no era visible.

EEUU necesitaba reclutar millones de hombres para combatir en tres continentes y dos océanos, y debía producir inmensas cantidades de armas y equipamientos, ya que mantenía su esfuerzo y el de sus aliados. Había que movilizar a las mujeres en la industria. Hubo voces airadas:  la lujuria reinaría en las fábricas, los hombres se desmoralizarían, las delicadas manos femeninas no podrían con el esfuerzo, sus pobres mentes no sabrían hacer el trabajo, se perdería la femineidad... La primera ola de trabajadoras disipó las quejas y demostraron que podían desempeñar cualquier tarea, por dura o complicada que fuera. Funcionaba, pero hacían falta más, muchos más brazos. Se necesitaba un símbolo.

Había una canción con cierto éxito, Rosie the Riveteer, y alguien pensó en ponerle cara. La encontraron en una factoría de Michigan, construyendo bombarderos. Rose W. Monroe no era bella o glamourosa, pero desprendía fuerza y alegría. Vestía un mono azul y se sujetaba el pelo con un pañuelo. Así la fotografiaron y así llegó a todos los rincones. El éxito fue abrumador: más de veinte millones de mujeres respondieron





All the day long, whether rain or shine
She's a part of the assembly line
She's making history, working for victory
Rosie, brrrrrrrrrrr, the riveter

Keeps a sharp lookout for sabotage
That little frail can do more than a male can do
Sitting up there on the fuselage
Rosie, brrrrrrrrrrr, the riveter

Rosie's got a boyfriend, Charlie
Charlie, he's a Marine
When they gave her a production 'E'
Rosie is protecting Charlie

Workin' overtime on the riveting machine
She was as proud as a girl could be
There's something true about, red, white, and blue about Rosie, brrrrrrrrrrr, the riveter


Rosie tiene muchas caras: la más célebre es la del poster de Howard Miller, para el cual posó la tornera a la que vemos a la izquierda, Naomi Parker: desafiante, muestra sus brazos con firmeza. Brazos que mueven fábricas. Brazos de mujeres. Un mensaje sencillo: PODEMOS. Es uno de los mejores iconos del siglo XX,  tan poderoso y directo como el tío Sam

Rockwell la retrató en un instante de reposo, almorzando sin soltar sus herramientas: sudorosa, sucia, fuerte, grande, una mujer titánica que pisa con desprecio el MeinKampf. Inspirada, por cierto, en el Isaías de Miguel Ángel, y a riesgo de ser tachado de iconoclasta diré que Isaías palidece ante la contundencia de Rosie
.
20 millones de mujeres fueron Rosie. Algunas por patriotismo, otras tenían a alguien en el frente y querían ayudar, muchas porque por primera vez ganaban un sueldo de verdad, un sueldo que les permitía mantenerse y prosperar sin depender de nadie. No sólo blancas: chicanas, negras, chinas*... manos de todos los colores sacaron de las factorías un torrente inacabable de armas, carros, camiones, aviones, barcos, combustible, municiones, provisiones... una ola de acero que sepultó al nazismo bajo sus propias cenizas.

Y el gobierno empezó a preocuparse. La guerra acabaría pronto ¿qué pasaría entonces?

Rosie había sido demasiado eficaz: las mujeres habían mantenido en marcha el país ya en 1917, pero esta vez habían tomado conciencia de que PODÍAN hacerlo, y eso daba miedo en Washington. Ya en el 45 empezaron las campañas de desmovilización femenina. Rosie fue desapareciendo poco a poco de los medios y se volvió a la letanía del ama de casa, la novia, la madre, la hija que esperaban ansiosas en el hogar el retorno de sus seres queridos.


La administración Truman dio la vuelta a las tornas poco a poco y la de Eisenhower consolidó la idílica imagen del American Way of Life, con amas de casa felices que esperaban el regreso de sus maridos del trabajo limpiando y guisando en casas ideales, vestidas con gracia y delicadeza. Faldas amplias y cinturita de avispa, peinados complicados que requerían horas de peluquería. Bellas, sin cerebro, sin voluntad. Un cliché multiplicado por el cine y la televisión hasta hacerlo cotidiano y casi real.

Pero no todas las Rosies olvidaron. El movimiento femenino que nació a finales de los 60 tiene sus cimientos en esas mujeres que demostraron que el trabajo y el esfuerzo es el camino para contruir una vida real, no un papelito secundario a la sombra de un hombre. Ya era así antes: las mujeres, salvo las de clase alta, protegidas como flores de invernadero, siempre han trabajado de sol a sol. Pero nunca se les había reconocido ese mérito, no hacían trabajo de verdad. Rosie fue el punto de inflexión, el momento de tomar conciencia. Por eso hubo que esconderla, como si nunca hubiera existido. Por eso no lograron hacerlo, porque lo que simbolizaba era demasiado grande como para enterrarlo y olvidarlo.

Rosie es universal. Hoy vuelven a oirse voces cavernarias que hablan de que la mujer debe regresar al hogar y dejar el trabajo a los hombres. Me da risa sólo pensarlo. Todas mis amigas son Rosie, aunque no lo sepan. Yo lo sé, lo veo día a día, y me alegra que sea así.

Rose Will Monroe siguió trabajando en las factorías Ford tras la guerra. Con 50 años, deseando volar los aviones que construia, se hizo piloto. Murió a los 77. En su tumba no están grabados sus apellidos. Sólo se lee Rosie the Riveteer, 1920-1997.

Sí, la chica de la última imagen es Marilyn Monroe, a los 18 años, en una factoría de municiones. Ella también fue Rosie.

Actualización, febrero de 2018: , hace unos días murió Naomi Parker. Espero que no olviden grabar en su tumba quién fue, al igual que se hizo en la de Rose.

* Las mujeres de origen japones no pudieron trabajar: estaban encerradas en campos de concentración por su propia seguridad, prisioneras en el país en que nacieron.