Mujer iroqués

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viernes, 8 de marzo de 2024

VA DE VIÑETAS: Adios y muchas gracias, maestro


Hoy, por desgracia, el 8M viene acompañado por una noticia pequeña pero triste. Akira Toriyama nos ha dejado, a los 68 años de edad.

Quiero creer que no habrá muerto debido a la tremenda presión laboral que sufren los dibujantes exitosos en Japón, sino que habrá sufrido un calambre mientras hacía unos largos en su piscina de billetes y se ha ahogado. Porque si Toriyama no tenía una piscina de billetes ¿quién podría tenerla?

Pero no es de piscinas de billetes de lo que quiero hablar, sino de algo que combina los dos acontecimientos de hoy. Y es la forma en la que evolucionaron los personajes femeninos dentro de su serie estrella, Dragon Ball.

(Habrá quien me diga que su serie más importante es Dr. Slump. No voy a debatirlo, pero dado que apenas tuve contacto con esa historia, no puedo valorarla)

Vamos allá. La primera mujer que aparece en historia, casi al principio, es Bulma, en esos momentos una adolescente de 16 años que, entre otras cosas, es una ingeniera de primer nivel, diseñadora de numerosas cápsulas y del radar del dragón, que permite localizar las esferas que dan título a la serie.

Sin embargo lo que nos queda de ella es que es una niñata caprichosa cuya único objetivo en la vida es tener un novio guapo y que no repara en enseñarle las bragas a quien pueda a cambio de favores. Eso cuando lleva bragas, porque a veces no es consciente de no llevarlas.

De hecho el nombre Bulma deriva de Bloomers, que era un tipo antiguo de bragas. Más claro, agua.

A lo largo de toda la primera etapa de la serie (la búsqueda inicial de las bolas, en competencia con Pilaf y sus secuaces) Bulma apenas varía y, dado que al final de la historia ya se ha enrollado con el personaje de Yamcha, simplemente desaparece del escenario.

También conocemos a Chichi, que más adelante será la pareja de Son Goku. Esta se nos presenta como una niña superpoderosa pero medio boba y muy infantil, y enseguida la dejamos atrás.

El último personaje femenino recurrente de esta etapa es Mai, una de los esbirros de Pilaf. Carece de personalidad y de trascendencia, sólo es un elemento del decorado. Podría haber sido un hombre y no habría habido ninguna diferencia.

La segunda etapa (el entrenamiento de Goku y Krilin con Mutenroshi) nos trae a Lunch, pero no hay mucho que decir de ella, simplemente es un doble cliché. En su estado normal es una rubia tonta de libro, en su modo encendido una psicópata peligrosa obsesa de las armas. Toriyama pronto desechará a este personaje que nunca tuvo un papel definido más allá de algún chiste sobre ropa interior.

Dicho sea de paso, una de las contrincantes del Gran Torneo de Artes Marciales lucha quedándose en bragas para poner nerviosos a sus contrincantes. Nada nuevo en lo que llevamos visto hasta ahora de la serie.

En la tercera etapa, la del Red Ribbon Army, regresa Bulma, de nuevo sola tras pelearse con Yamcha. Parece algo más madura pero su papel no ha cambiado demasiado: sigue siendo un saco de hormonas que babea al ver a un hombre guapo y protagoniza (esta vez involuntariamente) el célebre gag de las tetas y la hemorragia nasal del maestro Mutenroshi. La madre de Bulma tambien hace su aparición pero apenas es un estereotipo (señora cursi) y nunca saldrá de ese perfil en toda la serie.

No veremos ningún cambio hasta la cuarta etapa, la guerra de Piccolo. Al final de la misma, nos encontramos con una Bulma más madura que parece haber dejado atrás la etapa de las bragas. También nos encontramos con Chichi adulta (bueno, más bien adolescente) pero en sí el personaje no ha eolucionado demasiado y no muestra una personalidad definida más allá de ser una luchadora muy diestra (algo que enseguida quedará en el olvido)

Finalmente, con la quinta etapa, que empieza con la llegada de los Saiyajin a la Tierra, vemos un cambio real. Bulma aparece como un personaje dinámico y decidido, liderando la acción en el viaje hacia Namek a la espera de que Goku se recupere de sus heridas. Una vez empieza la lucha ella pasa a segundo plano (en el manga, en el anime la usaron para capítulos de relleno vergonzantes y aburridísimos) pero en ningún momento deja de presentarse como un personaje adulto y fuerte.

Por el contrario, Chichi pasa de ser la niña bobalicona al cliché de la esposa gruñona, quejica y mandona que tiene atemorizado a su marido. Y ya no lo dejará en todo lo que queda de serie.

No hay más protagonismo femenino hasta el inicio de la etapa de los androides. Aquí descubrimos que Bulma ya no tolera más la inmadurez de Yamcha (que pronto dejará la serie, este personaje siempre estuvo un poco de sobra) y le ha dejado. Tiempo después se convierte en la pareja de Vegeta. Dado lo que sabemos del saiyajin, está claro que eso ha sido así por decisión y acercamiento de ella, no de él (en el anime, en escenas ajenas al manga, vemos como fue ese acercamiento)

Y no sólo se convierte en madre, con lo que implica de maduración, sino que se aprecia que el cambio en la actitud de Vegeta tiene mucho que ver con su influencia. Volvemos a verla como ingeniera, diseñando los trajes de combate, y en el magnífico OVA del futuro alternativo es su versión ya plenamente madura la que diseña y construye la máquina del tiempo que permitirá salvar el mundo que conocemos como el suyo. Así que no sólo humaniza a Vegeta sino que, sin ella, todo el argumento de la etapa de los androides se viene abajo.

Es todo un cambio respecto a la chica que enseñaba las bragas al comienzo de la serie

En esta etapa conocemos a la androide nº18, pero ésta no es un personaje especialmente destacado más allá de su estética, y no vemos una evolución excesiva ni en esa ni en las siguientes etapas. Su interés por Krilin se aprecia casi desde el principio así que el que formen pareja sólo es un paso lógico en el culebrón de la serie (Krilin, al contrario que Yamcha, es un personaje que madura y gana importancia capítulo a capítulo, para mí uno del los caracteres mejor desarrollados por Toriyama)

En la etapa final, la del monstruo Boo (la serie posterior, GT, no contó con Toriyama más allá de algunos diseños) conoceremos al último personaje femenino de la saga, Vidén, la hija de Mr. Satan.

Vidén es un cambio refrescante respecto a lo que hemos visto hasta ahora. Es fuerte, es autónoma, sabe lo que quiere, es consecuente con sus decisione y no acepta que le digan lo que debe hacer. Sí, al final tiene una relación romántica con Gohan, pero su personalidad no se cierra en torno a esa relación, no podmeos definirla como “la novia de”

Por fin tenemos un personaje en el que una aficionada adolescente podría verse reflejada. Sólo se han necesitado... ¿cuantos miles de páginas? Y una década para llegar hasta aquí

Pero es un hecho, Toriyama ha evolucionado a lo largo de la serie en su tratamiento de los personajes femeninos y la prueba son Bulma (adulta) y Viden

Por supuesto, el Dragon Ball inicial es sexista a más no poder, pero si miramos la obra en su conjuntohay un cambio real. Puede que no muy grande (nunca veremos una mujer como protagonista completa, y hubiera sido muy interesante que el autor hubiera pensado en la supervivencia de una saiyajin) pero Esta saga fue cambiando con los años en vez de quedarse anclada en los chistes de tetas, bragas y hemorragias nasales.

Así que, además de agradecer a Toriyama toda la diversión que nos dio con sus obras, podemos decirle, gracias por no quedarte atrás, maestro, por crecer con tus lectores y, también, con tus lectoras.

Y dale un abrazo de nuestra parte al viejo rey Kai.



domingo, 28 de agosto de 2022

VA DE VIÑETAS: Te odio muy fuerte, Walter



La primera vez que vi un comic de Walter Simonson no me llamó demasiado la atención. Era un album de la colección Epic, llamado StarSlammers. Ciencia ficción ochentera sin mucho fondo, con bastantes topicazos. El dibujo era razonable, con trazos potentes, pero no iba mucho más allá de correcto. El guion funcionaba y dejaba un final abierto que tampoco me llamó mucho la atención. O sea, de haber sacado un segundo álbum seguramente lo habría ojeado, pero no me mataba.


El caso es que el apellido Simonson me sonaba, y al final recordé que había sido el autor del comic de la película Alien, el 8º pasajero. Tampoco me llamó mucho, quiero decir, en esos años era usual, las pelis salían con su tebeo y en general era la marvel la que lo editaba. No dejaba de ser un formato cómodo y, si la peli te había gustado y el tebeo estaba bien dibujado (y este lo estaba) pues te lo pillabas.

No le di más importancia hasta que, años después, me dio por  los tebeos de mutantes. En los 80 no me interesaron, pero en los 90 me aficioné, e hice abundantes expediciones al Rastro y tiendas de segunda mano. Yo había leído algunos Patrulla X de la vieja Vértice así que los personajes me eran familiares, peor no me enganché de verdad hasta que vi el prestige de Chris Claremont y Alan Davis de Excalibur. Seguí Excalibur, y como esa serie arrancaba de un momento muy concreto de la Patrulla X (La Caída de los Mutantes) y se embarcaba en un crossover con las demás colecciones X (Inferno) empecé a buscar esas series. Así llegué a Factor X.

Allí me encontré de nuevo con Simonson. Su estilo había madurado , se había vuelto más suelto, pero manteniendo esos trazos enérgicos. Los personajes estaban bien definidos, las figuras tenían un gran dinamismo y, donde otros autores se dedicaban a llenarlo todo de detallitos innecesarios (cuando un dibujante no sabe dibujar, hace muchas rallitas para disimularlo) él era austero, a veces esquemático. Los guiones (de su pareja, Louise Simonson) eran correctos, muy en la línea de lo que hacía Claremont, aunque sin tantas complicaciones (Claremont, para mi gusto, dejaba siempre demasiados hilos sin cerrar) En resumen: me moló

Leyendo FactorX llegué a La Masacre Mutante, otro crossover de las colecciones X, y en esa historia aparecía Thor. Me dije, vaya, parece que el personaje está cambiado respecto a lo que recuerdo. Y la siguiente vez que me fui de compras de segunda mano, busqué algun número de Thor que coincidiera con ese momento. 

Y me estalló la cabeza.

Simonson cogió Mighty Thor, a los lápices y al guion, e hizo la saga más apabullante, fantástica, potente, locomotora, épica, y divertida que yo había visto nunca en el comic de pijamas y capas. En el primer número, una galaxia se convertía en un pedazo de materia hirviente y la ponían sobre un yunque. Y el primer martillazo sonaba DOOM. Uno de los siguientes números se llamaba RAGNAROCK & ROLL. Aparecía Billy Rayos Beta, la Encantadora puteaba al pobre Skurge, Loki era más Loki que nunca, la 82ª Aerotransportada se unía a los guerreros del Valhalla para hacer frente a una invasión demoníaca, Sutur destruía el Bifrost, Loki, Thor y Odin luchaban codo con codo, los asgardianos se enfrentaron a Hela, Loki convirtió en rana a Thor...

SÍ, ESA COÑA QUE HACÍA LOKI EN LA PELI SUCEDIÓ DE VERDAD, EXISTIÓ LA PODEROSA RANA DEL TRUENO

Cada vez que conseguía otro número me faltaba gritar QUIERO MÁS DE ESTA MIERDA, NECESITO OTRA DOSIS Hasta que llegó el metachute, y Thor se enfrentó a la Serpiente. Y Simonson lo narró en splashpages que te permitían creer que Jormungand de verdad abarcaba el mundo. Y el combate se narró de acuerdo al texto de las Eddas.Y WALTER SIMONSON FUE CAPAZ DE DIBUJAR EL SONIDO

Y me rendí a sus pies. Ese día supe que Simonson era un puto dios de los lápices, y sentí ganas de amputarme las manos para no volver a fingir que era un dibujante.

O sea ¿cómo explicar lo que hace ese cabrón con apenas dos rayas? Y no se trata solo de cómo dibuja, sino de cómo narra. Como juega con los planos, como crea la atmósfera, como acumula la tensión y como, finalmente, la deja estallar. 

Y si fueran solo los dibujos, aún podría aceptarlo, o sea, vale, eres un dibujante de la leche PERO LOS GUIONES, OH, JODER, LOS GUIONES. Simonson cogió la mitología nórdica y la volvió como un calcetín para darnos al Thor más increíble en la historia más apabullante. 

Y eso es injusto, un sólo autor no debería acumular tantas cosas buenas. 

DEJA ALGO PARA LOS DEMÁS, PUTO SIMONSON

Podríais decir, bueno, pero a lo mejor ese fue su gran momento y ya, su chispazo de genialidad aislada. Pero no. Porque años después me lo encontré en una etapa de los 4F (en la que, por cierto, también participaba Thor) y ahí lucía bien alto, en los lápices, en los diálogos, en los guiones... nunca olvidaré cuando La Cosa acude a los vengadores a pedir refuerzos y...

_ No importa cuan lejos nos lleve la aventura, has de saber, Oh, Ben Grimm, que el poderoso brazo del Dios del Trueno estará a tu lado en la batalla
_ Rubito, me muero de ganas de oíros hablar juntos a ti y al estirado

Y, para rematar esa pasada de etapa, Simonson se marcó un combate en el tiempo en el que el lector se encontraba la línea temporal alterada a lo largo de todo el número, empezando por la cover.

En fin, el círculo se cierra. Lo último que me dio por comprar de Simonson, y ya ha llovido desde entonces, fue una miniserie que editó por su cuenta llamada... Star Slammers. Y en vez de coger y continuar donde dejó aquel final abierto, allá en los 80, el muy mamon nos contó una historia brutal siglos después, con un Slammer solitario, una guerrera geneticamente mejorada, unos guardaespaldas cachas y un mentat aficionado a los videojuegos desmontando una conjura contra el Imperio Galáctico. Y un ritmo, una narración, unos diálogos, UNA MARCHA... 

No he vuelto a leer nada suyo desde entonces, porque la vida no me da, pero de verdad os recomiendo que le busqueis. Muchas de las obras que he comentado pueden resultar raras para un lector actual, porque la manera de narrar ha cambiado en estos años, pero os juro que no tiene desperdicio. Y, por si lo que digo aquí no os tienta bastante, pensad que lo mejor de la peli Thor Ragnarok está sacad de la obra de Simonson: Ese Loki es el Loki de Simonson, Hela es la Hela de Simonson, e incluso un personaje tan trivial como Skurge entró en esa historia porque Simonson le dio, por primera y ultima vez en la historia de Marvel, verdadera GRANDEZA.

Porque esa es la característica de este jodido autor: crea grandeza. Y, como muestra, cerraré esta entrada con las páginas en las que nos dejó con el corazón en un puño y sintiendo que acabábamos de ver algo realmente único e irrepetible: la última batalla de Skurge. Ampliadlas y leedlas, y quizás sintáis lo mismo que sentí yo hace ya dos décadas

Y si eso no os convence, pues ya lo siento, no es culpa mía que no tengáis alma. Probablemente es culpa de Simonson, que ha acaparado demasiada y no os dejó nada. 






domingo, 7 de abril de 2019

VA DE VIÑETAS_NARRAR COMO SÓLO ÉL SABE



Primera viñeta: en medio de la gente que camina por la Rambla vemos a un anciano, solo, de pie. Nadie se fija en él. Extiende la mano, por primera vez en su vida. La recoge, avergonzado, y luego se fuerza a hacerlo de nuevo, hasta que alguien le pone una moneda en ella. En la última imagen compartimos su desesperada humillación. 18 viñetas para la historia de una vida y sólo tres planos alternándose: la calle, el rostro, la mano.

Por comparación, la apertura de la película Up es un derroche de elementos innecesarios

En Rambla Arriba, Rambla Abajo, nos encontramos un magistral ejercicio narrativo. Mientras Pablo (el sosías del autor) y Adolfo (su gran amigo) pasean por la Rambla, rozamos docenas de historias laterales. Algunas de tan sólo cuatro o cinco viñetas, sin diálogo. Otras llenas de texto, apresuradas, torrenciales, como el alud de dolor y tristeza que vierte una pobre viejecita sobre un guardia, a quien nadie ha enseñado qué hacer frente a una situación así, y que de pronto recuerda cuánto tiempo hace que no escribe a su madre. O la propia historia de Pablo, que va buscando un polvo y acaba descubriendo lo mierda que puede llegar a ser cuando se deja llevar por su egoísmo.

Porque Carlos Giménez no tiene contemplaciones ni consigo mismo.

Siempre que se habla de él suele mencionarse su trabajo en Gringo o cómo pulió su estilo en Dani Futuro. Yo no llegué a esa etapa, le conocí después, ilustrando un cuento de Stanislav Lem, y otra historia de ambiente futurista llamada Los Verdugos, una versión de un relato de London tan cruda y descarnada que aún siento escalofríos. Tras ellas, otras historias largas y elegantes, Koolau el Leproso y Hom, pero aún tenía que descubrir la otra faceta de Carlos, no como autor de ficción, sino como narrador de lo cotidiano. De una cotidianeidad terrible

Tenía poco más de 20 años cuando leí Paracuellos. A unas amigas más jóvenes que yo les sonaba a exageración absurda, pero a mí me hizo recordar algunos de los peores momentos que viví en nuestro colegio, que en realidad no eran ni la milésima parte de lo que conocieron Carlos y sus condiscípulos.

Es una narración brutalmente austera, sin artificios. Cada dos páginas una historia sin salida, sin luces. Niños viviendo y normalizando una pesadilla. Siempre buscando el plano bajo, el punto de mira de las víctimas, salvo cuando toca retratar a los verdugos, los adultos con poder de vida o muerte sobre los presos, porque Paracuellos es una cárcel disfrazada de colegio y, para los niños, esos adultos resultan enormes, en tamaño y brutalidad.

El hambre omnipresente, el frío atroz, el calor abrasador, los castigos sin sentido, la rabia y frustración de los carceleros. Y de los niños, como Porterito, el abusador, porque se puede.

Siempre el plano exacto, el ángulo correcto, como en La Siesta, donde Giménez, tras una introducción directa y limpia, va desde el plano general al primer plano, consiguiendo que el calor reverbere en nuestras cabezas, y luego otro plano alternado, que se abre al final para mostrar la tortura en que se puede convertir algo tan anodino como la siesta. O La Visita, donde un niño sufre un castigo de especial crueldad por el simple capricho de la guardadora.

Tras Paracuellos vino Barrio, y aquí encontramos a Carlos en estado de gracia. Narraciones más complejas, personajes más variados, situaciones que van desde la anécdota casi trivial al recurso reiterado de la habitación alquilada, para ir presentando a los personajes. Hay un nuevo uso del plano bajo, siempre que nuestro Pablito está con su madre, la única figura de respeto en toda la obra. Y, finalmente, cuando creemos que ya conocemos el paisaje, un giro narrativo salvaje en las dos últimas historietas, para recordarnos que, más allá de Paracuellos, no estaba la libertad, sólo una cárcel más ancha.


Para mí el mayor alarde narrativo de Barrio es La chabola, un largo plano secuencia dividido en dos partes, mostrando cómo la fraternidad de los que no tienen nada puede ser lo único que marque la diferencia. Y aquí Carlos se permite hasta el lujo de cegarnos cuando los protagonistas quedan ciegos, dejando que compartamos sus sensaciones sin necesidad de imágenes, sólo oscuridad

Lo más gracioso es que en esos años ya se hablaba de Giménez como de un autor que había alcanzado la madurez, y en realidad apenas estaba despegando. Es cierto que, unidas, las historias de Paracuellos y Barrio suman un todo tan vivo y directo que, probablemente, sean lo mejor de su producción*, pero en lo que vino después, como Los Profesionales**, Carlos siguió mejorando y puliendo el arte de narrar. Esta vez buscando la complicidad y la sonrisa, cuando no la risa directa y espontánea. Aquí el diálogo cobra mucha más importancia, pero no tanta como la gestualización. De un dibujo más o menos realista dentro de la simplificación, pasamos a la caricatura, y sin embargo apenas hay diferencia de estilo, es la magia de unos pocos trazos. Pero debajo sigue latiendo lo mismo: el cabezazo continuo contra las paredes, porque los barrotes siguen ahí

La producción de Carlos es casi inabarcable. Y, lógicamente, hay altibajos, e incluso cagadas (como algunas de las Historias de sexo y chapuza, tan tópicas que dan hasta grima). Pero hasta en las cagadas vemos el oficio del narrador. Giménez puede flaquear en los argumentos, demasiado burdos o simplistas, pero ni una sola vez falla en el mecanismo narrativo. Un buen ejemplo es una de sus obras más largas de los últimos tiempos, Pepe, donde nos cuenta la historia de uno de sus amigos, y al mismo tiempo uno de los artistas con más talento que ha tenido este país. En sí podríamos pensar que la obra es fallida: el autor quiere transmitirnos su afecto por Pepe, pero el sabor de boca que acabo sintiendo es que, quizás, él nunca mereció ese afecto.

Aquí la narración gráfica es impecable, jugando con los tiempos y los ritmos, ajustando con precisión la información visual. Lo que no engrana bien es el uso de los textos, porque aunque el autor los dosifica con cuidado, en ocasiones vemos como las palabras tratan de justificar, no de explicar.

Poco más puedo decir. Cuando oigo hablar del nivel narrativo de autores como John Byrne o Frank Miller, me da la risa. Creo que ni siquiera autores de la talla de Gaiman o Moore están a la altura de Giménez como narradores. Sus iguales están entre los verdaderos gigantes, como Will Eisner. Supongo que, de haber nacido en EEUU, sería considerado como el mayor autor vivo, pero claro, si hubiera nacido en EEUU nunca habría podido contar las historias que le convirtieron en quién es.

Y ¿sabéis una cosa? Además, es buena persona. Porque las buenas personas no son las que no cometen errores, sino las que tratan de aprender después de un error. Todos los que nos hemos encontrado alguna vez con él (en mi caso, sólo en dos ocasiones, y ambas fugaces, apenas unos minutos de conversación), lo hemos sentido. Dado que no puedes sentir rabia de una buena persona, le admiro y trato de aprender de él. Y, cuando pienso en como narrar algo, me pregunto ¿cómo lo haría Carlos?




* Carlos ha ido completando todo el paisaje de Paracuellos y Barrio. Los monográficos que se están publicando en estos años nos permiten ver de un tirón su evolución a lo largo de cuatro décadas.

** Tanto Rambla Arriba como Pepe se encuadran dentro del conjunto de Los Profesionales


jueves, 24 de mayo de 2018

LO NORMAL


Hablando en tuiter hace un rato con XCar (si no le conocéis a él o a la gente de Malavida, ya estáis buscándoles en la red y abriendo vuestras bolsas, que los maravedíes os pesan demasiado) he recordado algunas viejas sensaciones, de esas que procuras dejar enterradas porque te remueven las tripas, pero sabes que siguen ahí. Estábamos conversando sobre algunas historietas del dibujante Carlos Jiménez (os digo lo mismo si no le conocéis, pero multiplicado por 10: YA TARDÁIS EN CORRER A POR SUS OBRAS)

Carlos Giménez dibujo muchas historias sobre su infancia en los Hogares del Auxilio Social, la serie Paracuellos. Cuando la leí me impresionó por su crudeza y su maestría gráfica y narrativa, pero recuerdo que no me sorprendió. Otras personas que lo leyeron, más jóvenes, o que no habían estudiado conmigo, lo veían como algo irreal, exagerado. Una amiga incluso dijo que le parecía todo un montón de mentiras, que eso no podía ser. Mis compañeros de aquellos años y yo, en cambio, no lo veíamos especialmente exagerado. Que hubiera pasado algo así era creíble, normal

Casi al comienzo de este blog escribí dos entradas sobre las cosas que viví de niño en nuestro colegio, más o menos hasta los 12 años de edad. Actualmente ambas entradas están cerradas por cuestiones legales, así que evitaré dar nombres ni lugares.

Entre los 4 y los 12 años de edad, vi algunas cosas que hoy en día parecen de un pasado remoto. Hace poco, hablando con un psicólogo de forma informal, le conté algunas, y por cómo me miró creo que se quedó flipando un poco, como quien ve a un dinosaurio y no acaba de creerse que esté ahí, delante de él. Golpes aleatorios en el patio o en las filas, palizas por hablar, azotainas con la entrega de las notas, algún compañero vomitando de miedo antes de la entrega de esas notas (tardé años en darme cuenta de que no vomitaba por haberse puesto malo, era el pánico ante lo que sabía que venía), ese jueguecito que tanta gracia les hace a los fetichistas de que la maestra (que ellos visualizan con gafas, generoso escote y ceñida minifalda) te de con la regla en los dedos, y que no es nada divertido cuando tienes 5 años y el que te lo hace (un señor sudoroso con una sotana que huele a agrio) te obliga a tener la mano bien puesta, con los dedos apretados apuntando hacia arriba, para asegurarse de que te va a doler desde la punta del dedo hasta el hombro, pero no va a dejar marca...

... no siempre, a veces el reglazo te dejaba sangrando el lecho de las uñas...

 y algunas cosas que prefiero callar porque, como digo al principio, me remueven demasiado las tripas.

He dicho "vi". Tuve suerte, yo sólo sufrí algunas, y no las peores, aunque una vez mi hermano mayor pensó que me iban a matar (pero eso no fue en el colegio, sino en unas colonias infantiles, cuando tenía 6 o 7 años)

La cuestión es que no recuerdo haberme sentido demasiado afectado por ese tipo de cosas. Cuando nuestra madre, hace unos años, nos preguntó porqué nunca dijimos nada en casa, le respondimos que para nosotros eso era lo normal.

Carlos dibujó en los 90 una historieta llamada Los Pegones, en la que mostraba lo normalizada que estaba la violencia en las décadas anteriores a la Transición. Esa violencia que se repetía en sentido descendente, el jefe maltrataba al empleado, el empleado le daba dos bofetadas a su mujer, ambos le soltaban dos bofetadas a los hijos, estos también recibían del maestro, o incluso de cualquier adulto que se sintiera molesto con ellos, y a su vez se juntaban con otros para zurrar a a algun otro niño que no pudiera replicarles...

El fraile de la regla, el hermano J, no era un sádico ni un loco. Recuerdo que si llorabas después del castigo te decía, anda, que no es para tanto. Y no se estaba burlando, él de verdad pensaba que no era para tanto, que era un castigo de lo más normal

Esa normalidad lo empapaba todo. Yo estuve entre los que le hicieron pasar las de Caín a dos compañeros. Uno de ellos, CR, simplemente caía mal. El otro, JM, era homosexual (pero claro, no hablábamos tan elegante, nos limitábamos a decir maricón mientras le puteábamos). No fui de los más cabrones, pero participé, era muy cómodo ser parte del rebaño, y además eso te aseguraba que no eras tú el jodido. Y lo veía...

... normal

Cuando escribí sobre aquello, varios de mis antiguos compañeros me dijeron que estaba exagerando mucho, que no era para tanto, que importaban más las cosas buenas... hubo un momento en que pensé, quizás me equivoco, a lo mejor no lo recuerdo como fue. Pero otro compañero, J, un buen amigo (aún conservo algunos buenos amigos de entonces, y él es uno de ellos) me dijo, no estás exagerando, fue tal y como lo recuerdas, es sólo que la mayoría prefiere acomodar sus recuerdos a lo que les va mejor y lo convierten en una anécdota más. Lo han normalizado

Tenía razón. A lo largo de mi vida me he encontrado mucha veces con frases del estilo "pues a mi me pegaban de niño y no me ha pasado nada, que una hostia a tiempo..." Cada vez que sale alguna noticia sobre algún incidente en algún colegio o instituto, acabas por encontrarte con esa coletilla en los comentarios: "... y no me ha pasado nada". Yo mismo debo haber pensado o dicho esa frase mil veces. Hasta que pensé y escribí sobre aquello, hace unos años, y abrí la caja de Pandora

"No me ha pasado nada"... claro que te ha pasado, por supuesto que te ha pasado. Lo has normalizado. Ves normal que peguen a un niño. No por un impulso o porque un berrinche te ha agotado la paciencia (que no es excusa, pero le puede suceder a cualquiera) sino como sistema, te parece normal por principio. Has interiorizado la violencia y la ves como algo que no tiene la más mínima importancia

He dicho "has" y debería decir "hemos". Yo he interiorizado eso, yo he normalizado eso. Visualizo mis recuerdos y no me parecen especialmente traumáticos, no me recuerdo especialmente agobiado ni asustado, y me veo a mí mismo pensando en muchas ocasiones, eso se soluciona con dos bofetadas, eso se arregla con una buena paliza... un tiro en la cabeza y a otra cosa.

Lo llevo dentro, viaja conmigo. Estoy lleno de ira, es la forma que ha adoptado esa normalización. Siempre ha estado ahí, la única diferencia es que ahora soy consciente de ello. Conozco a otra persona, M. a quien muchos consideran inexpresivo e inescrutable, pero una vez comentó algo sobre su infancia, apenas un par de frases. Y de pronto entendí que él también llevaba su propio fardo, sólo que el suyo, probablemente, era más gordo que el mío, y que, como yo, era muy consciente de lo que implicaba. No es inexpresivo, es controlado: no quiere dejar suelto lo que lleva consigo.

Como yo

No me malinterpetéis, no es un drama, ni un trauma, ni algo que requiera una atención especial. Es, simplemente, reconocer que no puedes dejarte llevar sin más en determinadas situaciones, porque lo que has normalizado no es saludable ni para ti ni para quien te rodea

Así que, cuando escuchéis a alguien decir que a el le dieron sus buenas azotainas y no le pasó nada, recordad que sí le ha pasado. Y que mirar para otro lado, quitarle importancia, centrarse en lo bueno y no darle vueltas a lo malo, como dicen muchos bienpensantes, es contraproducente. Quitarle importancia al abuso, a la violencia o al miedo con la excusa de "eran otros tiempos" o "no era para tanto" es una forma de perpetuarlos, tal vez maquillados, incluso atenuados, pero reales. Aceptarlo como lo que es, asumir que nuestros instintos pueden no ser correctos no es cómodo ni agradable, pero es la forma en la que podemos, si no dejar atrás nuestro lastre, al menos evitar que acaba pesando sobre otras personas, y cortar el paso a ese abuso, a esa violencia y a ese miedo.

Ya no pasan esas cosas en los colegios (espero) pero la violencia cotidiana sigue ahí. Podemos ver a unos policías apaleando a un jubilado en una manifestación, a un niño con la cara cruzada, a una pareja gritándose como posesos, y a lo mejor pensamos, algo habrá hecho, se lo habrá buscado, no es asunto mío. Y PUEDE QUE SEA ASÍ. No estamos dentro de esas vidas, no conocemos las circunstancias, sólo lo estamos viendo desde fuera

Pero al menos deberíamos recordar, antes de pasar de largo, que eso no debería ser normal*

* Creo que la violencia de género y el abuso sexual son parte de esa normalización de lo anormal. En encuestas recientes, niños y niñas de 14, 15 años, ven normal que él le de un par de bofetadas a su novia si ella intima demasiado con otro, o que si a ella no le apatezca, pues se la obliga a que le apetezca, que no se haga la estrecha. Yo no creo que sea un fenómeno moderno, no es un problema surgido a raíz de las rrss, la telebasura o el porno: es lo que ha habido siempre, sólo que ahora, por fin, algunas voces empiezan a denunciarlo, a señalar, y siento repetirme, que eso no debería ser normal 

jueves, 9 de marzo de 2017

ESTÁN LOCOS, ESOS CELTAS



Cuando pensamos en el mundo celta, todos tenemos algunas ideas preconcebidas muy similares. Muchas nos vienen dadas por la reivindicación y popularización del folklore celta en los últimos treinta años. Pero, para los que tenemos ya una cierta edad, esos conceptos nos vienen de antes, gracias a una historia que, sospecho, reconoceréis con una mínima introducción



Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor, Y la vida no resulta fácil para las guarniciones de legionarios romanos de los campamentos fortificados de Babaorum, Acuarium, Laudanum y Petibonum....

Sí: Astérix, la obra maestra de Goscinny y Uderzo*. Cuando Goscinny se planteó hacer una historieta de corte humorístico e histórico (un género que ya había tanteado en UmpaPah, el piel roja, también con Uderzo a los lápices) decidieron basarse en la imagen que habían recibido de niños, en la escuela, de Les gaulois, nos ancetres. Por ello, las historias de Astérix están repletas de tópicos, y no solo referidos a los galos, sino a todos los pueblos que pasan por sus páginas, incluídos los iberos, en el inolvidable Astérix en Hispania.

Acompañadme, por favor, a la aldea de Astérix. Vamos a ver qué hay de real en esa imagen que nos hemos hecho de los galos celtas (porque no todos los galos lo eran, como bien se comenta en Astérix en Bélgica).

Ante todo, el poblado. Nuestros amigos viven en una aldea rodeada por una empalizada, con casas de planta cuadrada o circular y tejados altos de paja. Esa idea es bastante correcta al hablar de pequeñas poblaciones. También la recreación que se nos hace en varios álbumes de Lutecia, la actual París, es bastante buena. Las ropas de Astérix, Obélix y sus amigos son, de nuevo, acertadas, salvo por el casco de Astérix, ya que el adorno de alas está más relacionado con algunos yelmos de jefes normandos, bastante posteriores. Los cascos celtas tendrían adornos, pero no cuernos ni alas. El aspecto físico también es adecuado: grandes bigotes, trenzas, robustez, y cabellos raramente oscuros. Una imagen muy céltica, lo miremos por donde lo miremos.

Vamos a repasar a los protagonistas, empezando por nuestros héroes, el pequeño guerrero galo y su amigo, el repartidor de menhires... ups... la primera en la frente. Los menhires no son de esa época, ni los dólmenes, que también son mencionados. Esos monumentos megalíticos son del neolítico tardío, como las alineaciones de Carnac (donde, por cierto, tiene un terrenito el pescadero Ordenalfabétix, que aprovecha los menhires de Obélix para acondicionar un poco el sitio). Así que no, los galos no tallaban menhires. 

Sí eran grandes herreros, como Esautomátix. Los herreros y orfebres celtas eran muy apreciados, y nos han llegado magníficos ejemplos de su artesanía, no sólo en forma de armas, sino también de piezas de gran belleza como el caldero de Gundestrup. Y joyas de gran riqueza. No, los celtas no eran las personas despreocupadas por el vil metal que vemos en estas aventuras, y antes de que llegara César había mucha más circulación de monedas de oro en la Galia que en Roma. 

El herrero, dicho sea de paso, no dedica mucho tiempo a la forja: solemos encontrar a Esautomátix de bronca con el pescadero Ordenalfabétix, o apaleando al pobre bardo Asurancetúrix al grito de No, no cantarás. Lo que en el mundo real le hubiera costado la vida. Los bardos eran, junto a los druidas, el espinazo del espíritu celta, porque no se trata de pueblos unidos por un origen étnico, sino por una cultura. Y el bardo era el depositario de las tradiciones, las canciones de gesta, los poemas, e incluso, por lo que sabemos, de lenguas secretas que sólo se comunicaban de boca de bardo a oreja de bardo. Amen de que eran itinerantes, y su llegada no sólo traía música y poesía, también noticias de pueblos muy alejados. Así que, lejos de permanecer atado bajo el roble durante los banquetes, Asurancetúrix debería haberlos presidido con su música y su voz, como en Astérix y los Normandos, para desesperación del pobre  Esautomátix. 

Otro personaje a destacar es, por supuesto, el jefe, Abraracúrcix, viejo veterano de la batalla de Gergovia, siempre portado sobre su escudo, salvo cuando se cae de narices, cosa que pasa muy a menudo. Aunque los jefes galos no iban sobre su escudo: esa imagen anacrónica corresponde a una costumbre de los pueblos francos, que también son antepasados de los franceses, así que puede que de ahí venga la confusión.

Sin ser jefe, el anciano Edapiédrix hubiera sido considerado un hombre de prestigio, ya que si bien la muerte en batalla se consideraba la mas gloriosa, el guerrero que llegaba a una edad avanzada pasaba a ser el hombre que instruía a los jóvenes. Y si encima estaba casado con la maciza de la aldea, aún sería más respetado.

El otro gran hombre de la aldea es el druida Panorámix. Y, si bien la poción mágica es una fabulación, es cierto que los druidas conocían muchas hierbas y, entre otras, preparaban pociones que enardecían a los guerreros y les hacían desdeñar el dolor, un poco como los bersekers noruegos e islandeses. Y sí, los druidas, según parece, vestían de blanco, y portaban una hoz de oro, como se explica en el álbum, precisamente llamado así, La Hoz de Oro, ya que se pensaba que sólo el metal del sol podía usarse para cortar el muérdago de los árboles, otro detalle que vemos a menudo en las historias de Astérix.

Es igualmente cierto que, como los bardos, los druidas daban sentido de unidad a los pueblos celtas: había grandes reuniones festivas en las lunas, los solsticios y los equinoccios en diversos sitios sagrados del mundo celta, como la isla de Man, en Bretaña, o el bosque de los Carnutes, a donde se dirige Panorámix en Astérix y los Godos y El Adivino, un lugar que los propios romanos consideraban el centro espiritual de la Galia, e incluso más allá, ya que acudían druidas de Bélgica, Bretaña o incluso la lejana irlanda. Después de todo, los celtas no eran una cultura que favoreciera el aislamiento, y había mucho movimiento de gentes, mercancías, música, poesía... y vínculos entre ambos lados del canal de la mancha, como queda bien reflejado en Astérix en Bretaña.

Lo que no eran los druidas, era pacíficos humanistas. Sus rituales incluían sacrificios humanos propiciatorios, evisceración de prisioneros en vivo para leer los mensajes de los dioses en sus entrañas, y matanzas rituales como la terrible ceremonia del hombre de mimbre, en la cual se construía una figura antropomorfa de gran tamaño, se encerraba dentro a los prisioneros y se le pegaba fuego. En el mundo real, Panorámix, además de la hoz, usaría un cuchillo, y su túnica blanca tendría abundantes manchas de sangre.

Nuestros amigos, hablando de dioses, juran por Tutatis y por Belenos, por Belisama, por Lug, y a veces mencionan, con temor, a Taranis, como en El Adivino. El panteon celta era, como se menciona en ese álbum, una sociedad en sí misma, repleta de dioses, diosas, héroes... Y en efecto, el arte de la adivinación estaba muy extendido. Astérix cree que el adivino es un vulgar charlatán, pero el resto de habitantes de la aldea creen a pies juntillas en todo lo que éste dice, tal y como hubiera pasado en la realidad (y, de nuevo, acierta Goscinny, porque los romanos eran incluso más crédulos en todo lo referente a las predicciones).

Las técnicas de guerra de los celtas... ¿están bien reflejadas en estos álbumes? Pues, salvo por el hecho de que en ningún momento vemos carros falcados (y en Astérix en Bretaña bien podrían haber aparecido), lo cierto es que sí. El típico combate protagonizado por nuestros irreductibles amigos empieza con las legiones formando en cuadro, en triángulo y finalmente en tortuga, para desintegrarse bajo la acometida de una turba de galos chiflados repartiendo palos en todas direcciones. Puede parecer exagerado, pero los guerreros celtas se lanzaban al combate en tromba, cada guerrero junto a los de su tribu, cada grupo bajo las órdenes de su jefe, todos deseosos de llegar al cuerpo a cuerpo para demostrar su valor. Desnudos, según algunas fuentes, pero no está claro si es que realmente combatían en pelotas o, es una forma de decir que no usaban armaduras. No vemos armas celtas en estas peleas, ya que los vecinos de Astérix suelen liarse directamente a mamporrazos con los sufridos legionarios, o a lo sumo, en el caso de Obélix, enarbolando un menhir, así que en ese aspecto, al menos, la serie no nos da información. Como sí lo hace en el caso romano, con la salvedad de que los legionarios que vemos en estos álbumes van uniformados al estilo de los del Principado, no con el aspecto que tendrían en la época tardorepublicana.

Hay que añadir que los legionarios y sus jefes viven una vida de terror, porque en cualquier momento les pueden caer encima los de la aldea de los locos, encabezados, como siempre, por el enano tiñoso, el gordo monstruoso y su perrito. Y esto tampoco es tan exagerado como parece. Los romanos tenían en muy alta estima las cualidades guerreras de los celtas, ya fueran galos, belgas, astures, cántabros bretones, o galeses. Y sabían que la única manera de vencerles en campo abierto era resistiendo la gran acometida inicial, para contraatacar cuando el ímpetu hubiera bajado y sus rivales hubieran quedado desorganizados por su propio entusiasmo. De nuevo, Goscinny se merece nuestra aprobación, y también en Astérix, legionario, porque, si bien los legionarios eran romanos o itálicos, los celtas figuraron entre las tropas auxiliares.

Hemos hablado de los celtas, pero también están las celtas, protagonistas de pleno derecho, y aunque solo conocemos de nombre a tres de ellas, Clarabella, yelosubmarin y Falbala, no son figuras de adorno. Nuestros alegres galos tienen un gran respeto por sus mujeres, y así era en todo el mundo celta. Los romanos se escandalizaban de la libertad de las mujeres bárbaras, que no sólo tomaban pareja a su antojo, sino que se permitían opinar e incluso, gobernar. La poderosa reina Boudica de los Icenos se hubiera entendido a las mil maravillas con los irreductibles galos. Por cierto que Goscinny y Uderzo dibujaron una historia en dos paginas hablándonos de las mujeres de la aldea gala, historia que, como no podía ser de otra manera, acaba con nuestros amigos enzarzados colectívamente, a puñete limpio, que pocas cosas hay que más gusten a los celtas que una buena pelea entre colegas.

Y, finalmente, también aciertan Goscinny y Uderzo al retratar el carácter de esos bárbaros sanotes, alegres, vocingleros, siempre dispuestos a liarse a palos entre ellos para, acto seguido, festejar juntos y disfrutar de una buena fiesta, con abundante cerveza, guisos suculentos y, por supuesto, jabalíes. Sí, aun siendo pueblos ganaderos, para los celtas la caza era una forma de vida, y el jabalí una de las presas más codiciadas, no sólo por su carne y si grasa, sino por la prueba de valor que supone enfrentarse a pie firme a un jabalí adulto. Y los banquetes habrian sido tal y como nos muestra la página final de tantas y tantas aventuras, todo el poblado reunido en torno al fuego, en largas mesas sobre caballetes, y los jabalíes dando vueltas entre espetones, bajo la mirada ansiosa de Obélix, ya relamiendose solo de pensarlo.

Y no nos engañemos, todos hemos pensado alguna vez en imitarle, sin necesidad de cuchillo y tenedor, sólo coger ese jabalí chorreante de deliciosa grasa y aromatizado por hierbas, y liarnos a zampar como si no hubiera un mañana, como si el cielo fuera a caer sobre nuestras cabezas, y quizás murmurando, entre bocado y bocado...



...¡están locos, esos romanos!



* Que conste en acta. Astérix, por lo que a mí respecta, terminó con la muerte de Goscinny. Lo que hizo Uderzo después no merece ni un minuto de mi atención. Esos personajes se parecen físicamente a Astérix y Obélix, pero no son sino unas tristes sombras. Así que todo lo que comento en esta entrada va referido a las historias publicadas entre Astérix el Galo y Astérix en Bélgica. Al resto de la colección le dedico, de parte del buen Campodetenis, un Tururú tan grande como un dolmen

lunes, 9 de mayo de 2016

VA DE VIÑETAS El dibujante triste



Hay dibujantes buenos, algunos muy buenos, incluso, que te hacen sentir rabia, porque sabes que, hagas lo que hagas, nunca lograrás igualarles. 

Y están los titanes, frente a los que no hay envidia posible. No puedes envidiar a las montañas ni a las mareas. Sólo pasmarte ante ellas, admirarlas en silencio y, si acaso, aprender con humildad.

En 1983 compré de segunda mano el número 9 de Comix Internacional. La revista me gustó, y me fui haciendo con toda la colección, pero en esa primera compra, hubo una historieta que me impactó profundamente. Se llamaba (mal llamada*) Los Ojos y la Mente. Me sorprendió, porque el autor era el mismo que el de otra historia que había en el número, El Peregrino de las Estrellas, pero el estilo era muy, muy diferente. Entonces vi que, si bien el apellido era idéntico, el nombre difería. Una era de Enrique, el hijo, como supe poco después, y la otra era del padre. Fue mi primer contacto con Alberto Breccia.

Comix publicó algunas otras historias de Breccia, y algunos textos que me dieron pistas sobre lo que podía ir buscando. También compré un album recopilatorio con El Eternauta y una serie de historias cortas, así que ya tenía claro que ese dibujante había tenido una evolución gráfica increíble.

El boom de los magazines de comic estaba ya a punto de extinguirse, pero pude hacerme con varias colecciones completas, y entre ellas había unas revistas publicadas por dibujantes españoles, en plan autoedición, Rambla y su filial, Rambla quincenal. En esa última me encontré, asombrado, con Mort Cinder, de Breccia y Oesterheld. Poco después, mis amigos me regalaron, por mi cumpleaños, Los Mitos de Cthulhu, con guión de Buscaglia, y en años sucesivos me fui haciendo con todo lo que cayó en mis manos. Y fue mucho.

Es dificil describir a Breccia. Lo más antiguo que he visto suyo fue Vito Nervo, de primeros de los 50. El dibujo es muy bueno, sobrio, trazos duros y directos, expresionista, muy eficaz (los guiones de L. Wadel, por el contrario, son espantosos).

Y de pronto llega Sherlock Time, de la mano de Oesterheld**, probablemente el mejor narrador (que no guionista, sus guiones eran todo un desafío para los dibujantes, y pocos, aparte de Breccia y Solano López, supieron enterpretarle) que jamás ha escrito para los tebeos en castellano, o en el mundo. Es una obra atípica, con argumentos de tipo fantacientífico pero estilo puramente gótico. El dibujo de Breccia evoluciona, las sombras se intensifican, las formas se endurecen, los rostros ganan expresividad. El equipo repite en Ernie Pike, y el resultado es excelente, pero nada parece anticipar lo que vendrá después

Mort Cinder, que podría haber sido un remake de Sherlock Time, se convierte en la obra maestra de ambos autores***. Mort viaja adelante y atrás en el tiempo, ante los ojos asombrados de su amigo Ezra, el anticuario, y nosotros, los lectores. El prólogo juega con nuestra mente mediante una narrativa gráfica sólida, perfecta, desenvolviendo una historia increíble en apenas 5 páginas ****. La primera historia, los Ojos de Plomo, brota de las sombras, la segunda La Madre de Charlie, del barro. La Torre de Babel insinúa otros mundos en éste y las dos historias En la Penitenciaría dejan atrás la línea para jugar con la luz, la luz a través de los barrotes, contrastando con los trajes de presidiario, un juego asombroso de líneas perpendiculares que construyen formas y movimiento... y así hasta el alarde final, La Batalla de las Termópilas, tan bella que no me atrevo a intentar describirla.

Al dibujar Mort Cinder, Breccia deja atrás el dibujo: los rostros son esculturas. El de Ezra (¿el suyo propio?) se modela a fuerza de arrugas, el de Mort está tallado a cuchilladas, tajo a tajo

Tras Mort, Breccia buscará otros caminos: en Vida del Che y El Eternauta llegan los collages y otros recursos para reflejar lo que no puede mostrarse. Lo demuestra en Los Mitos, siendo el único dibujante que ha sido capaz de dibujar de la forma en la que narraba Lovecraft, insinuando, nunca desvelando.
Con Carlos Trillo, Breccia inicia una colaboración tan fructífera como la de Oesterheld. En El Viajero de Gris su estilo cambia vertiginosamente de una historia a otra, y en sólo seis relatos el trazo empieza a apoyarse en grises fluidos, casi plásticos. En todas sus dibujos vemos dolor, pero, sobre todo, melancolía. Breccia no es un hombre que dibuje alegre, su obra, incluso cuando la llena de luz, parece rodeada de lluvia
 
Los grises se vuelven sombras y tristeza en Un Tal Daneri. Breccia plasma la suciedad, la decadencia del Buenos Aires olvidado, el de las barriadas sin nombre, los garitos apestosos y escondidos, las almas arrastradas por la riada de la vida... si tuviera que salvar una sola obra de Breccia, sería Mort Cinder. Si me dejaran rescatar dos, la otra sería Un tal Daneri.

El Buscavidas sigue ahondando en la pobreza, rozando la tentación del realismo mágico, pero, afortunadamente, negándose a caer en él. Y antes de que podamos recuperar el aliento, La Gallina Degollada es un golpetazo tan brusco que casi no se puede creer que sea del mismo autor. Pinceladas gruesas y duras que, más que manchar el papel, lo rajan*****, y un argumento con apenas tres o cuatro palabras, que atraviesa nuestro pecho. Breccia ha alcanzado aquí, y en El Corazón Delator, tal economía de medios que puede usar la misma imagen, una y otra vez, para narrar sin perder ni un ápice de fuerza.

Al mismo tiempo, despliega un barroquismo húmedo y sangriento en la saga Perramus, aunque esta vez los solemnes (a veces pedantes) guiones de  Juan Sasturian , desmerecen el dibujo.

Un blanco y negro tan denso como la noche da paso a un color igual de deslumbrante en su oscuridad. Es Drácula, Dracul.. Vlad, Bah!, esta vez con guion propio, sin palabras y, más sorprendente aún, con humor. Aun más deslumbrante es su trabajo sobre los cuentos clásicos, donde, en vez de pintar, recorta retales de telas para componer historias, aparentemente infantiles, y escalofriantes en su crudeza sin concesiones.

El color le acompañará en sus últimos años. Breccia envejece pero no su arte ni su afán de experimentar. Su Lope de Aguirre es, junto al de su hijo****** lo único digno del desastre editorial organizado para los eventos del Quinto Centenario.

En 1992, Breccia se encontró con Will Eisner. Ya se conocían de vista, pero alguien tuvo la amabilidad de presentarlos y ofrecerles un intérprete. Pasaron unas horas juntos, hablando de... no lo sabemos, nadie quiso incomodarlos con una grabadora. Es mejor así: eran los últimos gigantes y se han ganado, sobradamente, nuestra admiración y respeto. Y eso incluye el respeto por su intimidad o su silencio.

O su tristeza

* El título real es El Viajero de Gris
**No me atrevo a hablar de Oesterheld, todo lo que os dijera se quedaría corto. Si queréis saber de él, escuchad el 28ª programa de Charrando de Tebeos
*** Breccia opinaba que era lo único bueno que había hecho jamás. QUizás porque esa historia está asociada a uno de los momentos más duros de su vida, la dolorosa agonía y muerte de su mujer.
**** En España esa historieta se ha editado mal SIEMPRE, ya que siempre se publican las páginas 3 y 4 en orden inverso ¿cómo es posible que nadie se haya molestado en corregirlo?
***** De hecho, a veces Breccia dibuja con cuchilla, raspando sus líneas sobre la tinta para hacer brotar el blanco del papel
****** Los tres hijos de Breccia son dibujantes, todos buenos, pero Enrique es verdaderamente genial.

jueves, 11 de junio de 2015

VA DE VIÑETAS Las Torres de Bois-Maury


No voy a mentiros: odio a Hermann Huppen. Al principio no, cuando leí Yugurta y Comanche me gustó, sin más. Era un excelente dibujante, con un estilo propio y original, que me llamaba la atención, sobre todo por el modo de trabajar los rostros, muy alejado del realismo idealizado de otros dibujantes (nada de mandíbulas de acero, narices rectas y frentes despejadas). Entonces descubrí Jeremiah, y la cosa empezó a mosquearme. O sea, sí, puedes ser buen dibujante, pero ese señor además era un buen narrador, y a medida que la serie fue avanzando vi que era un GRAN narrador. Y eso jode ¿vale? porque te acompleja ver a alguien tan bueno. Pero cuando Norma publicó en CIMOC el primer episodio de Las Torres... ¿como decirlo? pensé QUÉ CABRONAZO DE MIERDA.

Porque Hermann estaba mostrándonos que era el puto amo.

Las Torres es una gran saga medieval, ambientada en el siglo XI. Su protagonista, el caballero Aymar, viaja por Europa buscando reunir los medios para reconquistar su antiguo hogar, del cual fue expulsada su familia siendo él apenas un niño: el castillo de Bois Maury

... cuyas torres son las más altas de la cristiandad

... como dice continuamente su escudero, el fiel Olivier. Él no ha visto jamás el castillo, pero en su mente es incluso más real que en los recuerdos de su señor. Juntos nos van mostrando una Edad Media muy diferente a la que conocemos. No hay brillantes cortes, palacios, gloria, belleza, sino barro, chozas, hambre, desesperación y violencia. Todas ellas retratadas con crudeza por los lápices de Hermann.Y con un realismo que no se limita a los lápices (impresionantes, esos rostros y cuerpos tan alejados de nuestros cánones) porque no hablamos de personas que piensen como nosotros, personajes que vean la antigüedad con los ojos del siglo XXI. Aymar y Olivier son gentes de su época, y ven el mundo con los ojos de la época, sin anacronismos ni concesiones.

Los protagonistas van cruzando su camino con otros senderos, a veces familiares, a veces ajenos. En ocasiones, implicándose, porque el caballero cree firmemente en sus deberes y su honor, y eso le apareja más de una pesada carga. En otros momentos sólo son testigos de lo que va sucediendo, al igual que el lector, y quizás la historia transcurra a su alrededor sin que ellos sean conscientes, como en Sigurd, donde una vieja maldición vive sus últimos estertores ante los ojos de Aymar.

El tono de la historia cambia cuando Bois-Maury decide viajar a Tierra Santa. Asistimos a un inacabable viaje, donde conoceremos la parte que nadie nos ha narrado de las cruzadas: la atroz devastación que fueron dejando a su paso cruzados y peregrinos. Luego, de pronto, descubrimos un aspecto de la obra de la que hasta entonces no hemos sido conscientes: la luz. La luz del Oriente que lo llena todo, y nos muestra que gris y helada era, por comparación, la Europa de la Cristiandad.

Aymar conseguirá allí las riquezas necesarias para recuperar sus tierras, cerrando así la saga. Una saga donde no es la acción la que nos guía (aunque la acción nunca nos abandona, y Hermann la retrata de forma impecable) sino las personas. Como Germain, el albañil convertido en saqueador, Reinhardt, el impetuoso caballero del norte, Khaled, el joven musulmán de quien todos se burlan... y Olivier. Olivier nunca nos deja indiferentes, siempre fiel, siempre constante, siempre sacrificado y, en el capítulo final, por fin protagonista, hasta el punto de ser el verdadero artífice de la reconquista de Bois-Maury

¡Señores caballeros, sé que soy poca cosa a vuestros ojos, pero si sentís algún aprecio por el señor Aymar, no renunciéis a devolverle su tierra, para que así pueda reposar en ella!

Junto con la intensidad de la historia, el dibujo de Hermann no deja de crecer, álbum tras álbum, casi página a página. Los paisajes son parte de la narración, no un simple decorado. Las planicies sedientas, la grandeza de las cumbres, las espesuras que no han conocido apenas el hacha o el fuego, los castillos sólidos, sin adornos, los pueblos míseros y rebosantes de vida.

Vida que duele. A lo largo del camino, nos acosan el dolor, la miseria, las víctimas... víctimas, víctimas, víctimas. Muerte, violencia, enfermedad, hambre, rabia... la rabia que desborda al pope ortodoxo que, al final de William, alza sus brazos en medio de su aldea en llamas, implorando ¿justicia? ¿venganza? Tal vez solo maldiciendo a ese Dios que no ofrece más que tormentos, tan sediento de sangre como los antiguos ídolos paganos.

La serie debería haber concluido en Olivier, pero Hermann siguió más adelante*, presentándonos en siglos posteriores a diversos descendientes del caballero. Obras excelentes, sin duda, pero la saga hace cumbre en la primera etapa de esta nueva serie, Assunta, en medio del asombroso escenario de la lucha en Sicilia, antes de las Visperas. Esta vez la luz y el paisaje se apoderan de todo. La primavera, con el verde de los campos empapado por la sangre de los campesinos, el asfixiante verano siciliano, la violencia creciendo como el vapor de una olla a presión, el otoño, en el tremendo infierno del Etna, y el blanco manto del invierno, que amortaja la isla preparándola para la muerte que llegará con la próxima estación. Hermann abandona la tinta y se lanza a acuarelar con una brillantez que uno casi desearía ofrecerle mis dos manos por la suya izquierda.

No quiero dejar esta reseña sin mencionar un apartado muy especial: las mujeres. En Jeremiah, apenas hay protagonismo femenino. En Las Torres la cosa cambia. Sí, es un mundo de hombres, donde las hembras (y así las llaman) apenas tienen un espacio en el que respirar, sean campesinas, mendigas o señoras. Pero no son invisibles a los ojos de Aymar, ni a los nuestros. Babette, violada y posteriormente muerta a golpes por su propia familia. Eloise, implacable, a la búsqueda de la venganza. Concetta, tan dura y bella como Sicilia, alma de la revuelta contra los Anjou. Y, para mí, la figura más compleja de todas: Alda, la ladrona, decidida a sobrevivir por mucho que el mundo intente impedírselo.

No creáis ni una palabra de lo que acabáis de leer. De verdad, no confiéis en mí, sino en vuestro propio criterio: buscad Las Torres y leedlas. Descubrid la fuerza de un verdadero narrador. Disfrutadla, y viajad. Es un viaje apasionante, de millas y de siglos. Merece cada céntimo que gastéis en él.

Odio a Hermann, muy cierto, por eso sigo buscando cada una de sus obras**, cada vez que saca un nuevo trabajo: así puedo seguir pasmándome, envidiándole y odiándole con más ganas y motivos.

* Personalmente recomiendo leer la saga inicial, diez volúmenes, y rematar con Assunta. El resto de los álbumes son más dispares y no los considero imprescindibles, aunque el siguiente, Rodrigo, tiene la peculiaridad de estar ambientado en la Castilla de la Reconquista y es una delicia para los sentidos.

** En particular os aconsejo buscar Caatinga, una historia soberbia sobre los Cangaçeiros

viernes, 5 de septiembre de 2014

VA DE VIÑETAS...Prince SLUT in the Days of King Arthur


Desde muy niño he sido fan de Hal Foster. He leído y releído su obra hasta el punto de que, a estas alturas, probabemente me la conozca viñeta a viñeta. Cada vez que vuelvo a abrir sus páginas me asombran la narrativa, la puesta en escena, los paisajes, el movimiento, el dominio de la anatomía... pero, sobre todo, me pasma la fuerza de los personajes.

Foster no construyó personajes planos. El caracter de sus protagonistas se despliega faceta tras faceta: incluso alguien tan simplón como Pierre, el torpe-sanchopancesco-inútil criado de Sir Gawain tiene bajo su piel regordeta mucho más que un cliché. Sus mujeres no son lánguidas damiselas esperando un rescate (Aleta tiene la sana costumbre de rescatarse sola), los caballeros no son monolitos de virtud, el propio Val puede tener reacciones caprichosas, violentas, crueles... y, si bien no de forma explícita (porque requiere una lectura atenta) tampoco la sexualidad de sus personajes está construida de acuerdo a la norma.

Querido público, olvídense de Tom de Finlandia. Si buscáis una historia con barrillo, bienvenidos al sorprendente mundo del Príncipe Valiente Golfx.

Empecemos por nuestra estrella, Val, a quien seguimos desde su adolescencia hasta los años de madurez (en las fechas en que Foster deja la serie, Val pasa los 40). A priori, un apuesto varón heteronormativo, felizmente casado tras una juventud de alegres devaneos con mozicas de buen ver. Pero las cosas no están tan claras.

Sí, Val retoza alegremente con Aleta, pero también se le ve muy a gustito rodeado de mozos fornidos... y desnudos. Es más, él suele quedarse en pelotas (o en tangarrabos) a las primeras  de cambio. Y con mucho contacto físico, que eso es cosa de hombres... No vamos a mencionar su peinado, ajustado a las modas de la época, pero todo el personaje destila una interesante ambigüedad viril. Pensemos en el gran momento en que Val recibe la espada Cantante de manos del príncipe Arn, pues sólo con ella podrá frenar a los vikingos que les persiguen. La escena de la batalla en el puente (arriba) impresiona por su belleza, pero ¿qué estamos viendo? docenas de musculosos, sudorosos y peludos hombretones se lanzan en masa sobre un imberbe joven armado con una enorme y rígida espada, y los caídos se sumergen en oleadas de espuma.

Agotado (normal, menudo gangbang) Val es llevado al campamento vikingo y ahí descubrimos su gusto por el cuerpo a cuerpo con poca ropa y su puntito sado en ambientes playeros.

El SM es una constante en la vida de Val. Foster lo da todo en las escenas de mazmorra, donde, por cierto, Val suele ser el sumiso... 


Aleta también tiene sus aficiones, y, en el tema del bondage, comparte armario con su marido. Por no mencionar que ella también gusta de andar ligera de ropa, levantando miradas (y lo que no son miradas) a su paso. Asimismo, parece igualmente interesada en el otro lado de la calle, como demuestra su intimidad con la rotunda, robusta y curvilinea Katwin, la fría devoción que despierta en su doncella india, Tillicum, o sus simpáticas escenas de baño.


Val y Aleta viven su sexualidad de forma alegre y abierta, y no tienen reparo en disfrutar de una enérgica sesión de spanking entre aventura y aventura. Son una pareja muy, muy bien compenetrada, que gozan sin que les preocupe el qué dirán.

No puede decirse lo mismo de Sir Gawain, el  compañero de Val. Mujeriego empedernido, asaltador de balcones y ventanales, un don Juan triunfador donde los haya pero... no consuma. Porque, cada vez que llega el momento, Gawain pone pies en polvorosa, huyendo de las mujeres a uña de caballo.

Gawain es un narcisista de tendencias homosexuales duramente reprimidas.
Esperan de él que sea un hetero viril, y esa es la apariencia que ofrece al mundo, pero, como puede verse en esta otra imagen, no son los cuerpos femeninos los que le hacen suspirar.

Ahora, si hablamos de represión, la reina Ginevere se lleva la palma. Atrapada en un matrimonio de opereta, con un marido asexual, las atenciones de su amante, Lanzarote, no bastan a llenar su vacío. De hecho, sólo la vemos relajada en cierta ocasión, tras un alegre baño con Aleta (yo no quiero decir nada, pero...)

Arturo ¿qué podríamos decir de Arturo? En la batalla de los pantanos encabeza la carga con su poderosa  excalibur, pero nunca más le veremos volver a esgrimirla ¿quizás el soberano, bajo el peso de las responsabilidades, se ha vuelto impotente? No del todo: nuestro rey aún disfruta del voyeurismo. Sí, la única vez que vemos a Arturo... chispeante... es cuando se encuentra con Aleta, como no, en pelotas por el bosque. El monarca, con ojos viciosetes, la persigue por el arroyo, y no se bate en retirada hasta que ella le da un severo correctivo. Luego, al reencontrarse con él, le humilla y maltrata, porque el rey ha sido un chico muy, muy malo. 

A buen entendedor...

Os preguntaréis ¿no hay en este medievo ningún atisbo de heteronormatividad? No lo encontraremos en el rey Aguar, solterón empedernido cuya virilidad es puesta en entredicho por su propio hijo, y cuya afición al emperifollamiento sólo tiene parangon con la de Gawain.

Tampoco en Mordred, que sublima sus deseos sexuales en una búsqueda desenfrenada de poder, quizás como un modo de recabar la atención de su fría y dominante madre.


No desesperemos: nos queda Boltar, honrado pirata, y comerciante. El alegre bribón vikingo rezuma hombría a la vieja usanza. Juerguista, fanfarrón, vocinglero, el alma de la fiesta... hasta el día en que su camino se cruza con el de Tillicum y ella le amenaza de muerte. Boltar se deja de juergas adolescentes y madura, decidido a ser digno de la única mujer capaz de helarle en el sitio con una sola mirada. Desde entonces ha sido su amante esclavo y.... vaya, después de todo tampoco aquí tenemos las cosas tan claras.

En fin, confío en no haber hecho añicos vuestros recuerdos, y espero que, si alguien no conocía esta magnífica obra, no deje de leerla por mi culpa. De verdad, vista desde cualquier lado merece la pen... a quién quiero engañar. Mi buen Rafa N (más que un jefe, un amigo) no me perdonará JAMÁS, porque nunca podrá volver a ojear las páginas de Foster con mirada inocente.

Y el día que le explique porqué el lanzaredes de Spiderman está anatomicamente mal situado, probablemente se suicide, después de matarme a mí. Pero la Verdad debe salir a la luz, sea cual sea el precio.

(ninguna de las imágenes ha sido retocada: los dibujos de Foster siempre destacaron, entre otros mil motivos, por su elegante sensualidad)