Mujer iroqués

martes, 15 de diciembre de 2015

NOMBRES A PIE DE PÁGINA (II) Joe el Saltarín



Leí por primera vez esta historia en el foro Gran Capitán. No entiendo como nadie ha intentado convertirla en una película, quizás los productores la encuentran demasiado inverosímil, o la ven falta de patriotismo .

Josep Beyrle, conocido como Jumpin' Joe Beyrle, Joe el saltarín, nació en 1923 en el pueblo de Muskegon, a orillas del Michigan. Sus fotos de juventud nos muestran un rostro muy estadounidense, mandíbula prominente, un poco desgarbado.  Era alto, fuerte, despierto y con mucha iniciativa, así que, en vez de destinarle a infantería, cuando se alistó pasó a la 101 aerotransportada, las águilas aulladoras, pese a ser daltónico. Se adiestró en el campo de entrenamiento  de Toccoa, y en septiembre del 43 viajó a Inglaterra con el grado de sargento especialista en radiotransmisiones y demolición.

Joe fue lanzado dos veces sobre Francia durante la primavera, en misiones de apoyo a la resistencia francesa, pero la suerte se le acabó, aparentemente, el 5 de junio, cuando la 101 voló sobre Normandía. Su avión fue alcanzado, y los paracaidistas tuvieron que saltar desde una altura muy baja. Se perdió contacto con ellos y, el 10 de junio, una patrulla estadounidense encontró su cuerpo destrozado. Recogieron su chapa de identificación y enterraron sus restos.

¿Qué había pasado? Al saltar, Joe quedó aislado de sus compañeros, cayendo sobre el tejado de la iglesia de St. Come du Mont. De ahí bajó al cementerio y, una vez comprobó que nadie le había visto caer, se orientó y se dijo, algo tendré que hacer para matar el rato, así que procedió a cumplir en solitario con la misión que se le había asignado a su pelotón, volando dos puentes en la ruta que llevaba hacia la playa de Utah y una planta eléctrica. Finalmente fue sorprendido y capturado al tropezar con un nido de ametralladoras germano, y conducido a la retaguardia junto a otros prisioneros.

Mientras marchaban tras las líneas alemanas, cerca de Carentan, un ataque aéreo dispersó la columna y Joe, con varios fragmentos de metralla en la pierna, aprovechó para poner tierra de por medio tras atender a otros dos soldados estadounidenses que habían sufrido graves heridas en el bombardeo. Un soldado alemán, que vestía un chaquetón estadounidense, y que le había quitado a Joe su placa de perro como recuerdo, cayó durante el ataque. Ese sería el cuerpo encontrado por sus camaradas pocas horas después. En septiembre, sus padres recibirían el telegrama con la noticia de su fallecimiento, ignorando que su hijo seguía vivo y dando guerra. Mucha guerra.

Joe fue capturado de nuevo y conducido a un campo de prisioneros provisional en Saint Lo. Allí volvió a intentar escaparse, recibiendo una paliza como castigo, y porque sus captores descubrieron que su familia era de origen alemán, por lo que fue acusado de traición al Reich. No sería la última paliza. A lo largo de los siguientes meses, logró escapar otras dos veces y organizó varias fugas fallidas mientras era trasladado de campo en campo. En septiembre llegó al Stalag III de Drecwize. Allí los prisioneros eran maltratados brutalmente y apenas lograban sobrevivir robando patatas en los campos cercanos, muriendo muchos a manos de los guardias. Por esas fechas, su familia recibió un nuevo telegrama informándoles de que, después de todo, su hijo estaba vivo.

En Drecwice descubrió que los planes de fuga del campo fallaban de forma sospechosa, y consiguió desenmascarar a un infiltrado alemán que pasaba información a los guardias, ejecutándolo sumariamente. Luego, organizó una nueva escapada, aprovechando una alarma por un bombardeo. Descubierto, fue entregado por unos civiles a la gestapo, que le torturó para que confesara los nombres de sus inexistentes colaboradores, convencidos de que se trataba de un espía lanzado tras las líneas alemanas. Finalmente fue reclamado por el ejército como prisionero poco antes de ser ejecutado y regresó al Stalag. Entretanto, se informó de su desaparición durante el bombardeo, con lo que, de nuevo, se informó a su familia de que había muerto.

Tras un internamiento en solitario, medio congelado, con el cuerpo lleno de magulladuras, y prácticamente muerto de hambre (le habían reducido las raciones como castigo a su deplorable falta de sumisión), Joe volvió a escapar en enero del 45, sin más provisiones que un cartón de tabaco. Hasta entonces había intentado huir hacia el oeste, o hacia el sur, pero esta vez decidió que sería más sensato caminar hacia el este, buscando la vanguardia soviética .

Mientras avanzaba por un camino forestal, al frente de una columna de carros del I Ejército Acorazado de Guardias, la comandante Alexandra Samusenko, una de las heroínas más condecoradas del ejército rojo, vio a un hombre alto y esquelético que salió del arcén y se les acercó haciendo aspavientos con un paquete de cigarrillos Lucky y gritando ¡Americkansky tovarich!. Tras las oportunas explicaciones, Joe pidió permiso a la oficial para unirse a su tropa. El comisario de la unidad le dio un subfusil y munición, el paracaidista saltó a lomos de un sherman y la columna reemprendió su marcha. Sí, un sherman, los guardias empleaban carros del Préstamo y Arriendo, así que Joe retomó su camino hacia Alemania sobre un vehículo de Detroit, a las órdenes de una guapísima oficial comunista.

Los tanquistas no sabían muy bien qué hacer con Joe, pero tras atenderle y darle de comer (estaba realmente hambriento) vieron que era un buen camarada, y que sabía volar cosas: cada vez que se encontraban un obstáculo en el camino, él cogía los explosivos (por cierto, americanos, también del Prestamo y Arriendo) y despejaba la ruta. Así que nuestro protagonista se quedó con ellos como combatiente. Pocas semanas después, los Guardias arrollaban el Stalag donde había estado prisionero, ya evacuado, y prosiguieron hacia Berlín. En febrero, finalmente, Joe fue gravemente herido  y enviado a un hospital militar en retaguardia*.

Esa semana, el mariscal Zukhov (nada menos ¡el mismísimo Zukhov!) visitó a los heridos y se quedó boquiabierto al ver a Joe. El diálogo, con ayuda de un intérprete, fue tal que...

_... tú no eres ruso
_ No, soy americano
_ ¿Y qué haces aquí?

Joe le explicó su historia al mariscal y éste, fascinado, la verificó con el NKVD. Dado que Joe había sido dado por muerto y no tenía ninguna documentación que demostrara su identidad, no era posible enviarlo directamente con los estadounidenses, así que en cuanto estuvo recuperado de sus heridas le dieron unos papeles de tránsito y un billete hacia Moscú, para que se presentara en la embajada estadounidense y aclarara su situación.

En Moscú los guardias de la embajada alucinaron en colores al ver venir a Joe con su uniforme de retales, y su fuerte acento de pueblo. Convencidos de que se trataba de una maniobra de los rusos para colarles un espía, lo llevaron directamente a un calabozo, pero les convenció para que le tomaran las huellas y así, finalmente, se aclaró todo el embrollo. Joe viajó a Odessa, de ahí navegó a Estambul, luego a Alejandría, de Alejandría a Napoles y, finalmente, el 21 de abril, abrazó a su familia en Muskegon

 Joe siguió con su vida, sin llamar demasiado la atención de nadie, hasta que, en 1994, durante los actos de celebración del día D, los presidentes Clinton y Yeltsin le homenajearon, y el propio Yeltsin le entregó cuatro  condecoraciones como veterano del ejército Rojo.

En Mayo de 2004 Joe volvió a Moscú, y asistió al desfile de la Victoria sobre Alemania junto a otros 15000 veteranos del frente oriental, que le acogieron entre aplausos, como al único estadounidense que compartió con ellos la lucha.  Murió ese mismo año, precisamente en Toccoa, el pueblo donde se entrenó como paracaidista, ya que había acudido a dar una charla como veterano de la 101.


Una placa en St. Come du Mont recuerda dónde empezó su aventura europea, y en Saint Mere Eglise, en Francia, la tumba 48 del ejército estadounidense también lleva su nombre. Nadie la ha abierto pero se supone que ahí está enterrado el soldado alemán que le quitó la chapa. Por su parte, Joe descansa por fin en el cementerio de Arlington, suponemos que definitivamente, aunque con un hombre así uno nunca puede estar del todo seguro,

Su hermana dijo durante el funeral, es la tercera vez que enterramos a Joe. Espero que esta vez lo consigamos.

Su hijo, John Beyrle, embajador estadounidense en Moscú desde 2008, declaró años después,
La gente llama a mi padre "héroe de dos naciones" pero a él no le gustaba, decía que los héroes fueron los que no regresaron . El día que le condecoraron, fue el más feliz de su vida, él nunca olvidó que, cuando estaba hambriento y desamparado, los rusos le alimentaron, le acogieron como uno más, lucharon con él, salvaron su vida en el hospital y le ayudaron a volver a casa con los suyos.

*Alexandra no tuvo tanta suerte como Joe: murió aplastada por un carro poco antes de la rendición de Alemania