Mujer iroqués

miércoles, 29 de noviembre de 2017

TERCIOS VERSUS SAMURAIS o cómo unos soldados castellanos tiraron de pica y mosquete donde Cristo perdió el gorro


En el mundillo de los entusiastas de la historia hay personas que van un poco más allá de los hechos, y disfrutan indagando las posibilidades de la historia alternativa, lo que en la terminología anglosajona se conoce como el What If.

Existen planteamientos de historia alternativa muy interesantes, que enriquecen los debates y aportan elementos valiosos para el debate. Un ejemplo de pregunta fructífera podría ser ¿qué habría sucedido si Hitler no hubiera declarado la guerra a los Estados Unidos tras el ataque a Pearl Harbour? ya que desarrollar las posibles respuestas requieren entender la dinámica del pacto tripartito y el funcionamiento de la separación de poderes en los EEUU.

Sin embargo, dentro de ese grupo de aficionados hay un nucleo de fervorosos irreductibles que van directamente a buscar, no ya la historia alternativa, entendida como la indagación de las opciones realistas, sino la marcianada pura y dura. Y el campo que más atrae a estos fanáticos de la frikistoria es el del Duelo, el combate comparativo. Todos hemos visto en las redes algún debate del tipo ¿Cuál fue mejor carro, el T-34 o el panther?" o "Yamato vs Bismarck". La editorial Osprey, sin ir más lejos, ha editado una línea llamada, precisamente "duelo" donde hace este tipo de comparaciones. Pero puestos a a elucubrar ¿porqué quedarse en lo contemporáneo? Y es cuando llegamos al último reducto del friki: el duelo entre soldados legendarios. Así tenemos debates de César y sus legiones contra Alejandro y su falange, vikingos contra hoplitas, legionarios romanos contra guerreros jaguar aztecas...  Hay en la red, incluso, simuladores que permiten organizar enfrentamientos entre, por ejemplo, 100 marines de la guerra del golfo y 10.000 highlanders de Culloden.  Da igual lo absurdo que sea el emparejamiento, alguien lo habrá planteado y seguramente en el debate posterior se han perdido las formas, el oremus y las amistades.

Por supuesto, si hablamos de soldados de leyenda, el samurai es el espécimen perfecto. Su mitología se ha extendido por todo el mundo, convirtiendo a los guerreros nipones de ornamentadas armaduras en un arquetipo perfectamente reconocible desde Nueva York hasta Irkustk pasando por Palencia. Y así veremos debates sobre samurais vs vikingos, samurais vs gladiadores, samurais vs romanos... Pues bien, no deberíamos olvidar nunca que la realidad, en ocasiones, supera a nuestras más locas elucubraciones. Y así, a finales del siglo XIX las tropas zulues, usando tácticas y armas que no hubieran resultado extrañas en la antigüedad, barrieron a tropas inglesas perfectamente adiestradas y armadas. Y en el siglo XVI, los samurais japoneses se encontraron con los adversarios más inverisímiles: las tropas de los tercios españoles.

Los hechos que vamos a narrar tuvieron lugar en Filipinas, a finales del siglo XVI. La fecha es importante, recordemos que Magallanes llegó al archipiélago en 1521 pero la colonización en sí no empezó hasta 1565, es decir, que la posición de la Corona en Filipinas era muy precaria y apenas se disponía de hombres y medios para asegurar el territorio, mucho menos para hacer frente a un ataque

A su vez Japón estaba envuelto en las fases iniciales de la guerra civil que llevó a la unificación de la nación bajo el shogunato Tokugawa. En 1582 Oda Nobunaga estaba asegurando su control de la zona central del país, y los caminos de Japón estaban llenos de guerreros sin señor tras la destrucción de los clanes Yoshimoto, Takeda, Azai, ashakura, Miyoshi  y Yoshiatu, y el desmantelamiento de las hasta entonces todopoderosas órdenes de monjes guerreros organizados en torno a los santuarios del monte Hiei.

No debemos olvidar que la figura del samurai, imbuido del honor, dedicado en cuerpo y alma a perfeccionar el arte de la espada para servir a su señor, y decidido a morir junto a él, nunca existió fuera de algunos casos anecdóticos y probablemente muy exagerados. El Camino de la Espada no surgió hasta después de la unificación, precisamente cuando los samurai dejaron de luchar y se convirtieron en una casta social inamovible. Incluso los célebres 47, tras vengar a su saimyo, no se hicieron el sepukku hasta que fueron obligados a ello por las autoridades, y trataron por todos los medios de ser perdonados para eludir la muerte. Así pues, los samurai supervivientes de un clan derrotado, lejos de suicidarse avergonzados se limitaban a buscar un nuevo señor a quien servir o, simplemente, se convertían en peligrosas bandas de ronin, mercenarios y saqueadores sin bandera, a sueldo del mejor postor.

Otro punto que no debemos dejar de tener en cuenta es que por esas fechas los japoneses ya llevaban suficiente tiempo en contacto con los portugueses como para haber aprendido las ventajas de las armas de fuego y sus técnicas de construcción, así que además de espadas, lanzas, arcos y flechas los japoneses disponían de arcabuces e incluso piezas de artillería, construidas a imitación de las obtenidas de los buques europeos. Así pues, en lo que a la tecnología militar, podemos considerar que no había una gran diferencia, ya que los occidentales sólo llevaban usando esas armas unas décadas más que los orientales y seguían confiando en las picas para las formaciones defensivas y las espadas para el cuerpo a cuerpo.

El caso es que parte de esos ronin consideraron que era menos arriesgado y más rentable dedicarse al saqueo que volver a los campos de batalla tradicionales, y se unieron a las flotas piratas que asolaban las costas del mar del Japón desde los puertos situados en las islas meridionales. Los barcos piratas atacaban China y Corea, y con el tiempo empezaron a visitar igualmente el archipiélago de Filipinas, tomando contacto allí con los españoles.

Este tipo de piratería es más parecido al que ejercían los berberiscos sobre las costas españolas e italianas por las mismas fechas que al clásico pirata de las películas sobre el Caribe, ya que no había demasiados buques mercantes que atacar, y los barcos de los saqueadores no eran demasiado adecuados para la lucha en el mar (en su mayor parte eran simples pesqueros) así que las flotas piratas se dirigían contra las poblaciones costeras, apoderandose de todo lo que no podían llevarse los pobladores en su huída, incluyendo a los propios habitantes, que eran capturados para venderlos como esclavos o pedir rescate. Para las fechas que nos ocupan, los Wako, como eran conocidos, se habían convertido en una plaga, un desastre que caía de forma sistemática sobre los habitantes como los tifones o las epidemias.

Los españoles afincados en Filipinas ya sabían que las aguas del Pacífico eran cualquier cosa menos pacíficas. En 1574 la propia Manila fue atacada por una poderosa fuerza pirata proveniente de las costas chinas, al frente de un señor del mar conocido como Li Ma Hong. Los combates se prolongaron durante cuatro meses y finalmente los piratas fueron vencidos y expulsados por las reducidas tropas españolas dirigidas por el maestre Juan de Salcedo. A partir de ahí se extremó la vigilancia en las costas y, en 1580, llegaron noticias desde las costas septentrionales, anunciando la aparición de nuevas flotas, esta vez desde Japón. El gobernador Gonzalo de Ronquillo dispuso la defensa y, sabiendo que tenía pocos recursos para cubrir tanta costa, pidió refuerzos a España ya que, según sus propias palabras,

Los japoneses son la gente más belicosa que hay por aquí. Traen artillería y mucha arcabucería y piquería. Usan armas defensivas de hierro para el cuerpo. Todo lo cual lo tienen por industria de portugueses, que se lo han mostrado para daño de sus ánimas.

 La respuesta llegó al año siguiente, cuando arribaron a Manila algunas tropas más y con ellas el capitán Juan Pablo Carrión, que se puso al frente de las fuerzas disponibles

El gobernador, en su carta a Felipe II, menciona que los asaltantes actuaban bajo las ordenes del jefe pirata Tai Fusa. Ese nombre no parece corresponder a ningún patronímico japones ni chino, y podría ser una mala transcripción de otra palabra, tal vez Daifu, jefe. Las fuerzas al mando de dicho lider estaban asaltando las poblaciones nativas situadas al norte de Luzón, cerca de la desembocadura del río Cagayán. La principal preocupación del gobernador era que los asaltantes podían intentar establecer ahí una base permanente para asolar sistemáticamente la región, como había intentado hacer Li Ma Hong unos años antes, así en cuanto llegaron noticias de un nuevo ataque se preparó una expedición de castigo para desalentar futuras incursiones

El capitán Carrión partió con una pequeña escuadra formada por algunos barcos de pequeño calado, probablemente pesqueros de la región, el velero italiano San José, una galera y un pequeño contingente, 50 soldados del Tercio de Armada, la infantería de marina más antigua del mundo. Pronto avistaron una nave nipona, un gran sampán que, lejos de intentar huir, hizo frente a los españoles. Aprovechando que tenía un mayor bordo que el sampán, el San José lo desarboló con su artillería y los soldados pasaron al asalto, enzarzándose en un durísimo cuerpo a cuerpo con los saqueadores, bastante más numerosos que los atacantes y armados, como los españoles, con arcabuces y culebrinas. En un primer momento Carrión y los infantes quedaron aislados a popa de la embarcación, pero calaron picas y rechazaron todos los asaltos de los piratas, mientras el San José maniobraba y volvía a cubrir la cubierta enemiga de cañonazos. Los arcabuceros de Carrión lograron eliminar a los tiradores japoneses y los piqueros fueron avanzando a lo largo del barco, echando al mar a sus enemigos.

Tras restañar las heridas sufridas en este primer encuentro, en el que murieron varios españoles, Carrión continuó rumbo a Cagayán, donde se encontraron con una flotilla pirata formada por más de una docena de embarcaciones. El combate fue similar al que hemos relatado, salvo por su mayor duración, y se saldó con la destrucción de varias de las naves niponas y la muerte de más de doscientos piratas. Tras ello, Carrión desembarcó y se hizo fuerte en la playa de Biracaya, ya que era de esperar que llegaran nuevos contingentes enemigos.

No estaba desacertado. El nucleo principal de los piratas, formado por más de un millar de guerreros, hizo su aparición a la mañana siguiente. En un primer momento los piratas quisieron negociar su partida a cambio de un tributo, pero Carrión rechazó sus pretensiones: él no traía oro, sólo acero.

Los japoneses, furiosos, se lanzaron una y otra vez sobre las posiciones del pequeño contingente español. Carrión había hecho desembarcar las culebrinas de la galera, excavando algunas trincheras para evitar que el enemigo pudiera avanzar ordenadamente hacia sus fuerzas, y ordenó engrasar con sebo los astiles de las picas, ya que en los combates previos había visto que los enemigos, en su valor, eran capaces de abalanzarse sobre las mismas para arrebatarlas a tirones. El combate se prolongó durante todo el día y, después de varios asaltos infructuosos, concluyó con un feroz cuerpo a cuerpo en la propia trinchera española, tras el cual los piratas se retiraron perseguidos por una treintena de piqueros, dejando sobre el terreno el botín de sus saqueos, muertos, heridos y numerosas armas y armaduras, abandonadas para huir más rápido. A su regreso a japón los supervivientes hablaban de su lucha con los hombres demonio, los wo-kou, mitad pez y mitad lagarto, imposibles de someter.

Dado que las fuentes principales de esta historia son los informes enviados a España por el gobernador de Manila, es bastante probable que las cifras de enemigos fueran exageradas, pero parece claro que el combate de Cagayán fue una victoria contra fuerzas muy superiores que, como hemos indicado, no iban peor armadas que los soldados de Carrión, así que las causas de la derrota nipona deben tener más que ver con la forma de luchar y la disciplina que con la mayor o menor calidad de espadas y arcabuces.

En las abordajes, la superioridad numérica de los japoneses quedaba contrarrestada por lo estrecho de las cubiertas, donde los soldados podían avanzar sin preocuparse de sus flancos y donde el amontonamiento de los enemigos ofrecía un blanco estupendo para los artilleros. Los cañones nipones, por el contrario, no parecen haberse usado, probablemente por ser este un tipo de combate totalmente desconocido para los piratas.

En tierra las cosas no fueron diferentes, pero por otros motivos: los samurai, en general, tendían a ser guerreros individualistas, empeñados en hacer alarde de sus hazañas personales. En una banda pirata, donde el prestigio puede ser decisivo a la hora de repartir el botín y el mando, esa actitud tendería a exacerbarse, y probablemente los espadachines japoneses se lanzaron a la lucha sin más plan en mente que alcanzar cuanto antes a los enemigos que tan amargamente les estaban humillando. Los arcabuceros y arqueros, tampoco debían estar demasiado bien coordinados, limitándose a disparar desde posiciones al descubierto*, ya que la crónica muestra que los arcabuceros españoles, mucho menos numerosos, lograron acallar los disparos del enemigo. El uso de las culebrinas contra una masa informe de atacantes enardecidos debió ser especialmente dañino, y a la hora del combate directo la cerrada formación de piqueros, actuando como un sólo individuo a las órdenes de Carrión, se convirtió en un rompeolas contra el que se estrellaron una y otra vez los enemigos, cada vez más desordenados. Además los españoles permanecieron ocupando sus posiciones mientras los piratas atacaban una y otra vez, agotándose físicamente. Esta situación, en su pequeña escala, recuerda a batallas como la de Azincourt, cuando la caballería francesa cargó de forma completamente anárquica una y otra vez, sólo para ser aniquilada por los arqueros ingleses

Hay quien ha comentado que los petos de los españoles eran mejores, o que en los duelos a espada las katanas eran inferiores a las hojas toledanas. No lo pongo en duda, pero en mi opinión

esos son detalles puramente anecdóticos. No fue la superioridad de las forjas lo que venció a los piratas, sino la disciplina, la experiencia y la fría determinación de quien está decidido a llegar hasta el final.

* Por el contrario, en la célebre batalla de Nagashino, la caballería del clan Takeda fue barrida por las formaciones de arcabuceros de Nobunaga, que hiceron fuego por líneas, disciplinadamente, al estilo de los arcabuceros europeos