Mujer iroqués

domingo, 15 de julio de 2018

EL NEGRO Y EL MILAGRO



Lo que sigue es una transcripción de un recuerdo: hace unos años, a la muerte de Eduardo Galeano, mi amiga D me invitó a una sesión de cuentacuentos en su honor. Ella narró un breve relato y luego se arrancó con esta historia, que me dejó con el corazón acelerado y lágrimas de emoción en los ojos. El caso es que luego la busqué y descubrí que no había recitado realmente un relato de Galeano, sino que había compuesto una historia enlazando varios fragmentos de los relatos futbolísticos de ese autor. Hace unos meses, hablando, ella me dijo que no lograba recordar bien cómo lo narró, así que me dije, tengo que intentar sacarla de mi cabeza y transcribirla
Si no conocéis la obra de Galeano, haced acto de contrición y corred a buscar a las librerías

Sé que muchos de vosotros venís a este blog para alejaros del coñazo de los deportes y, sobre todo, de la murga del fútbol. Pues bien, tengo malas noticias, porque hoy hablaremos, precisamente, de futbol

Porque Galeano dijo una vez, el fútbol es esa religión de la que ningún uruguayo es ateo. Aunque a veces la fe puede tambalearse, como ese día de julio de 1950, cuando el niño Galeano, a sus 9 años, estaba, como tantos cientos de miles de uruguayos, con la oreja pegada a la radio, esperando a que diera comienzo la final del Mundial de Fútbol de Brasil.

Cuando una nación organiza un mundial, salvo que se trate de España, hace lo posible para que su selección llegue a la final. En el caso de Brasil, eso se había cumplido sobradamente: la selección brasileña tras un leve tropiezo al comienzo, se había transformado en una apisonadora futbolística, una picadora de carne que había dejado por el camino los cadáveres aplastados de yugoslavia, México, España, Suecia... y llegaba a la final invicta y acelerada, como una locomotora imparable.

Todo el mundo sabía lo que iba a suceder. Los periódicos brasileños ya tenían impresas las portadas del día siguiente con los titulares anunciando la victoria.Los jugadores de la selección habían recibido relojes de oro con sus nombres grabados para conmemorar el triunfo. El presidente de la FIFA, Jules Rimet, llevaba en el bolsillo el discurso para cerrar el mundial, en portugués. Por toda la ciudad, las carrozas estaban listas para dar comienzo a una celebración que eclipsaría al carnaval más enfebrecido de todos los tiempos. Y el estadio Maracaná, inaugurado en ese mundial, destinado a ser el templo de la mayor victoria futbolística de la nación, era una inmensa olla a presión en la que 245.000 brasileños cantaban gritaban y bailaban, a la espera de que su selección saltara al campo con sus inmaculados uniformes blancos

245.000 brasileños y, tal vez, un centenar de uruguayos. Contando con la selección uruguaya y los diplomáticos de la embajada. Sí, Uruguay había logrado llegar a la final, de forma callada, casi inadvertida, y ahora se preparaba para el partido final, ese que, a ojos del mundo, sería un mero trámite antes del comienzo de la fiesta.

Media hora antes del partido, las autoridades uruguayas se acercaron al vestuario para agradecer a sus jugadores el esfuerzo que les había llevado a la final. Antes de despedirse, les recordaron que todo Uruguay estaba orgulloso de ellos y les pidieron, por favor, que intentaran que no fuera muy humillante, que no perdieran por más de cuatro goles. El señor Juan, el entrenador, les dijo, ánimo muchachos, defiendan la portería, aférrense al arco, no les dejen pasar.

Y el partido dio comienzo. Imaginad  un cuarto de millón de gargantas saludando a sus campeones, la presión en el momento del primer pelotazo, el ataque feroz y continuo de los delanteros brasileños, porque en caso de empate, la victoria era para Brasil, pero ellos sabían que su público no quería un empate, sino una victoria absoluta.

Para pasmo de todos, Uruguay resistió. Los jugadores de azul contuvieron una y otra vez los impresionantes ataques brasileños. Roque, el arquero, se multiplicaba bajo los palos, callando una y otra vez los gritos del público cuando ya se arrancaban con un ¡¡¡GO.....

Así llegó el descanso, con empate a cero, y entonces, nada más empezar el segundo tiempo, en el minuto 47, Friaça se plantó ante la puerta uruguaya y marcó el primer gol de Brasil.

El estadio se vino abajo con las ovaciones, la música, los petardos... y allá lejos, muy lejos, el niño Galeano suplicó la ayuda de aquel a quien creía el único capaz de salvar el partido, y le prometió a Dios todo, absolutamente todo, si se personaba en Maracaná para darle la vuelta al partido con su poder. Años después, Eduardo comentó, menos mal que no tuve que cumplir, porque le prometí tantas cosas que aún estaría pagando el milagro.

Pero Dios sólo hace milagros para los ricos. Los pobres tienen que hacérselos ellos solos. Y, si hubo un milagro esa tarde, en Maracaná, no fue cosa de Dios, porque todo lo hizo un negro pobre, feo y analfabeto, que para más inri se llamaba Obdulio. Sí, Obdulio, nada menos.

Obdulio Varela, capitán de la selección Uruguaya. El Negro Jefe.

Esa tarde, cuando se fueron los delegados y el entrenador, Obdulio se volvió a sus compañeros, y les dijo, Juan es un buen hombre, es un amigo, pero no sabe una mierda. ¿Defender el arco? ¡Eso hicieron los españoles, y los suecos! ¿Y de qué les sirvió? ¡les pasaron por encima! ¿perder por menos de cuatro? ¡Y UN CARAJO! ¡NO SE ENTRA VENCIDO AL CAMPO! ¡AL CAMPO SE ENTRA A GANAR! Y luego trajo un montón de periódicos, proclamando la victoria brasileña, los echó al suelo y meó sobre ellos, y hizo que todos le imitaran

Y, cuando salían al campo, en medio de los aullidos de 245000 brasileños, les gritó a sus futbolistas ¡Miren pabajo, que esa gente no juega! ¡nunca pasó nada por ganar un partido! ¡esos son de palo y el partido se gana con los huevos en la punta de las botas!

Recordaréis que en el minuto 47 Brasil acababa de marcar, y con ese ambiente y esa furia, estaba claro que los siguientes goles caerían uno detrás de otro, así que Obdulio cogió el balón, y se fue a protestar un fuera de juego imaginario al linier, que siendo inglés no entendía qué quería aquel negro que sólo chamullaba español.

El Negro Jefe sabía lo que quería: enfriar el partido, ganar tiempo, sólo unos minutos, los justos para que a los brasileños se les bajara la euforia un poquito, y los suyos recogieran el ánimo del suelo. Y luego, cogió a su equipo, se lo echó a los hombros, y lo lanzó hacia adelante.

Y en el minuto 65, Ghiggia corrió la banda derecha, amagó un tiro hacia el arco, y cuando el portero brasileño corrió a cubrir el hueco, pasó al centro, para que Schiaffino clavara el balón entre los postes ante el pasmo de toda la afición.

En Uruguay nadie daba crédito a sus oídos. Porque con el empate Brasil se proclamaba igualmente campeón del Mundo, pero menuda diferencia, regresar a casa invictos en vez de apaleados.

Pero Obdulio no había dicho nada de empatar: habían salido a ganar....

... así que diez minutos más tarde Ghiggia volvió a correr la banda, Schiaffino volvió a situarse, y cuando el guardameta, previendo el pase, salió a interceptar, Ghiggia disparo directo a la esquina de la puerta

El arquero Barbosa dio un salto imposible, y por un segundo creyó que había logrado rozar con sus dedos el cuero. Pero cuando cayó al suelo, supo que no lo había logrado. Décadas después, dijo, En Brasil, la pena de cárcel más alta es de 30 años, y yo llevo 50 pagando por un delito que no cometí

El presidente de la FIFA se había ausentado del palco y estaba en el lavabo cuando de pronto tuvo la sensación de que el mundo se había detenido. Donde un instante antes rugían un cuarto de millón de gargantas, ahora se oía.... nada

Ghiggia diría al final de su vida, sólo Sinatra, el Papa Juan Pablo y yo, hemos callado Maracaná. Y a mí me odiaban.

Sólo se escuchaban los gritos incrédulos y extasiados de Carlos Solé, el comentarista uruguayo, anunciando el gol a Montevideo. El locutor brasileño, Ary Barroso, cantó el tanto con voz ahogada, y nunca volvió a transmitir un encuentro.

Los delanteros brasileños lo intentaron, se lanzaron adelante con todo lo que tenían entre los rugidos de su afición, que exigía el empate. Pero ahora sí, Obdulio cerró la defensa, convirtiendo al once uruguayo en un muro infranqueable. Y, cuando el árbitro pitó en el minuto 90, el silencio volvió a aplastar el estadio

La orquesta no tenía la partitura con el himno de Uruguay.

Los periodistas se habían arracimado todos por la puerta por la que debían salir los jugadores brasileños, y con el público paralizado, no podían llegar a entrevistar a los campeones.

Los jugadores brasileños se quitaban la camiseta blanca con los ojos vacíos. Brasil no volvió a vestir jamás ese color

El presidente de la FIFA, con su discurso en portugués, no sabía qué hacer, no entendía qué estaba pasando y nadie le respondía cuando preguntaba. Al final, intentó darle la copa al capitán brasileño, pero Obdulio se acercó y la cogió mientras Rimet se alejaba de ahí casi a la carrera, muerto de vergüenza.

Y Obdulio, agotado y feliz, se volvió a sus compañeros, que no se atrevían a salir del estadio por miedo al público, y les dijo, Bien jugado, muchachos. Diviértanse, que se lo han ganado. Yo volveré al hotel y ya me tomaré una copa por el camino. Y se marchó, tras calzarse su vieja gabardina

Pero no logró llegar al hotel

Porque cada vez que entró en un bar, para pedir un trago, se lo encontró lleno de gente callada, tan pobre como él, tan negra como él. Murmurando y llorando. Llorando por su culpa, porque, aunque no entendía lo que decían, sabía lo que querían decir.

Nos lo quitó. Obdulio nos jodió. Fue él. El Negro Jefe nos lo robó.

Y, poco a poco, la alegría de la victoria se fue desvaneciendo, dejando paso a la tristeza, la misma tristeza que le rodeaba por todas partes, anegándole como un océano

Y así le encontró la mañana. Todavía de bar en bar...borracho como una cuba...llorando a lágrima viva...

... y abrazando a los vencidos.


El Negro Jefe nunca quiso decir nada de esa victoria, excepto que de haber jugado 100 veces ese partido debieron perderlo 99, pero ese día jugaron la 100. Los señorones que horas atrás les pedían a Obdulio y sus compañeros que no perdieran más que de cuatro se otorgaron a sí mismos medallas de oro, mientras que los jugadores las recibían de plata.

Obdulio murió como había vivido: en la pobreza. El gobierno, que derrochó dinero a raudales en su entierro, jamás gastó un céntimo en su vida. Ya lo dijo una vez: nadie hace puchero de la fama.

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lunes, 9 de julio de 2018

THE SCREAM OF OLD GOD


Este relato pone en palabras una pequeña historieta del gran dibujante Max, que leí hace décadas en la vieja revista Rumbo Sur (inencontrable hoy en día, pero La Cúpula la reeditó dentro del álbum El Canto del Gallo) El año pasado se la narré a una niña, L, y le gustó mucho. Hace unos días me apunté a un storytelling workshop y pensé en escribir y narrar una versión en inglés, ya que el público eran niños angloparlantes. Fue una experiencia muy bonita y me pareció que estaría bien compartirla aquí

 Do you know Pan?

Pan was a god, and an older one. He was older than the oldest Greek gods and goddesses. Long time ago, Zeus tried to discover when Pan was born, but he never knew, because Pan himself didn't remember

Surely you are thinking, hey, is a good thing being a god! but Pan, wasn't a happy god. He was old, and little, and ugly. Too ugly. Horned head, goat legs, fur covered body... The olympics gods, they laughted at him, and maked a lot of jokes about his ugliness. And Aphrodita, the love goddess, played the cruelest jokes of all, because she knew that Pan loved her, and enjoyed tormenting him, waiting to see blood tears flow from his eyes

One day Pan thought, I can't suffer another more joke, I wan't hear another more laugh, an walked away. He walked towards Tartarus, and Hades, the deads god, open his doors, because he felts pity for the poor, little, and ugly Pan.

He walked to the Tartarus bottom and, in the deepest of deep deads kingdom, find a hole. A black and cold hole. And enter in, because Pan didn't want to see the sunlight no more.

Pan  walked in the dark day after day, week after week, deeper and deeper... and, when he had almost forgotten his own face, and his ugliness, unexpectly, he heard a Scream, a terrible Scream that froze her legs and almost drove crazy her heart.

Pan was old, and little, and ugly, bat also he was curious, and his curiosity about the dreadfull Scream was so great that he left no room for fear. So, he walked and searched for the scream origin.

The Scream sounded again, closer, frightener... and desperate. FInally, Pan finded a strange creature, trapped by one avalanche. And the creature saw Pan, and began to cry, because he thought that nobody was going to find him, and he would die there, in the darkness, alone and forgotten.

Pan was old, little and ugly, but also he was strong, very strong. He removed all rocks and helped the Being to get up. He was a black man, with white marks over the skin, and a strange mask, and he said, hello, wanderer, my name is Niame, I live in the Kangaroos land, and I'm a god. And Pan said, hello, Niame, my name is Pan, I lived in the greeks land, and also I'm a god.

The two gods embraced, and then Pan asked, say me Niame, how you becomed trapped? and Niame answered, I find a Hole, and walked in. I lost may way andwas trying to orient myself when the rocks fell on me. I screemed for weeks, asking for help, but all beings fleed from my scream. Only you, Pan, had the courage to come. Tell me, Pan, how can I thank you for saved my life?

Pan thought some minutes, and say, give me the Scream.

Next weeks, the two gods walked together, and Niamé taught him the Scream to Pan. At last, Pan hugged Niamé, and walked back to Tartarus, and the Tartarus doors, because he had already forgotten his pain, and wanted to tell his adventure to the other gods.

But, when he come back to the sunlight, saw a battle: The Titans, their chains broken, assaulted Mount Olympus, and the gods, exhausted by the struggle, fell defeated.

Pan took a deep breath and shouted, OLYMPIC BROTHERS, COVER YOUR EARS!!! and next, he released the Scream

Mount Olympus trembled. The gods, his ears covered, they felt that fear shocked their bones. And the Titans fell and rolled down the slopes, and fled with their hearts broken by terror.

Finally, Pan walked a little more, went into the woods, sat on the edge of a pond, washed his furry body, and refreshed his tired goat's feet. And the goods runned to the pond for hug him, and thanked, and asked him where he had got the scream from.

And Pan just smiled, kept playing with the water, and never said

Nobody ever laughed again at Pan. And Aphrodita, sometimes, looked for her company. Because, although she did not love Pan, she loved the mysteries

Today, the gods lie forgotten, and their temples are only dust and stones, but we remembered Pan. Because some nights, me, you, and also you, in the darkness of our nightmares, we listen the Scream. A deep, incomprehensible and terryfyng Scream. The Scream of old. little, and ugly god Pan.

The Panic Scream

jueves, 24 de mayo de 2018

LO NORMAL


Hablando en tuiter hace un rato con XCar (si no le conocéis a él o a la gente de Malavida, ya estáis buscándoles en la red y abriendo vuestras bolsas, que los maravedíes os pesan demasiado) he recordado algunas viejas sensaciones, de esas que procuras dejar enterradas porque te remueven las tripas, pero sabes que siguen ahí. Estábamos conversando sobre algunas historietas del dibujante Carlos Jiménez (os digo lo mismo si no le conocéis, pero multiplicado por 10: YA TARDÁIS EN CORRER A POR SUS OBRAS)

Carlos Giménez dibujo muchas historias sobre su infancia en los Hogares del Auxilio Social, la serie Paracuellos. Cuando la leí me impresionó por su crudeza y su maestría gráfica y narrativa, pero recuerdo que no me sorprendió. Otras personas que lo leyeron, más jóvenes, o que no habían estudiado conmigo, lo veían como algo irreal, exagerado. Una amiga incluso dijo que le parecía todo un montón de mentiras, que eso no podía ser. Mis compañeros de aquellos años y yo, en cambio, no lo veíamos especialmente exagerado. Que hubiera pasado algo así era creíble, normal

Casi al comienzo de este blog escribí dos entradas sobre las cosas que viví de niño en nuestro colegio, más o menos hasta los 12 años de edad. Actualmente ambas entradas están cerradas por cuestiones legales, así que evitaré dar nombres ni lugares.

Entre los 4 y los 12 años de edad, vi algunas cosas que hoy en día parecen de un pasado remoto. Hace poco, hablando con un psicólogo de forma informal, le conté algunas, y por cómo me miró creo que se quedó flipando un poco, como quien ve a un dinosaurio y no acaba de creerse que esté ahí, delante de él. Golpes aleatorios en el patio o en las filas, palizas por hablar, azotainas con la entrega de las notas, algún compañero vomitando de miedo antes de la entrega de esas notas (tardé años en darme cuenta de que no vomitaba por haberse puesto malo, era el pánico ante lo que sabía que venía), ese jueguecito que tanta gracia les hace a los fetichistas de que la maestra (que ellos visualizan con gafas, generoso escote y ceñida minifalda) te de con la regla en los dedos, y que no es nada divertido cuando tienes 5 años y el que te lo hace (un señor sudoroso con una sotana que huele a agrio) te obliga a tener la mano bien puesta, con los dedos apretados apuntando hacia arriba, para asegurarse de que te va a doler desde la punta del dedo hasta el hombro, pero no va a dejar marca...

... no siempre, a veces el reglazo te dejaba sangrando el lecho de las uñas...

 y algunas cosas que prefiero callar porque, como digo al principio, me remueven demasiado las tripas.

He dicho "vi". Tuve suerte, yo sólo sufrí algunas, y no las peores, aunque una vez mi hermano mayor pensó que me iban a matar (pero eso no fue en el colegio, sino en unas colonias infantiles, cuando tenía 6 o 7 años)

La cuestión es que no recuerdo haberme sentido demasiado afectado por ese tipo de cosas. Cuando nuestra madre, hace unos años, nos preguntó porqué nunca dijimos nada en casa, le respondimos que para nosotros eso era lo normal.

Carlos dibujó en los 90 una historieta llamada Los Pegones, en la que mostraba lo normalizada que estaba la violencia en las décadas anteriores a la Transición. Esa violencia que se repetía en sentido descendente, el jefe maltrataba al empleado, el empleado le daba dos bofetadas a su mujer, ambos le soltaban dos bofetadas a los hijos, estos también recibían del maestro, o incluso de cualquier adulto que se sintiera molesto con ellos, y a su vez se juntaban con otros para zurrar a a algun otro niño que no pudiera replicarles...

El fraile de la regla, el hermano J, no era un sádico ni un loco. Recuerdo que si llorabas después del castigo te decía, anda, que no es para tanto. Y no se estaba burlando, él de verdad pensaba que no era para tanto, que era un castigo de lo más normal

Esa normalidad lo empapaba todo. Yo estuve entre los que le hicieron pasar las de Caín a dos compañeros. Uno de ellos, CR, simplemente caía mal. El otro, JM, era homosexual (pero claro, no hablábamos tan elegante, nos limitábamos a decir maricón mientras le puteábamos). No fui de los más cabrones, pero participé, era muy cómodo ser parte del rebaño, y además eso te aseguraba que no eras tú el jodido. Y lo veía...

... normal

Cuando escribí sobre aquello, varios de mis antiguos compañeros me dijeron que estaba exagerando mucho, que no era para tanto, que importaban más las cosas buenas... hubo un momento en que pensé, quizás me equivoco, a lo mejor no lo recuerdo como fue. Pero otro compañero, J, un buen amigo (aún conservo algunos buenos amigos de entonces, y él es uno de ellos) me dijo, no estás exagerando, fue tal y como lo recuerdas, es sólo que la mayoría prefiere acomodar sus recuerdos a lo que les va mejor y lo convierten en una anécdota más. Lo han normalizado

Tenía razón. A lo largo de mi vida me he encontrado mucha veces con frases del estilo "pues a mi me pegaban de niño y no me ha pasado nada, que una hostia a tiempo..." Cada vez que sale alguna noticia sobre algún incidente en algún colegio o instituto, acabas por encontrarte con esa coletilla en los comentarios: "... y no me ha pasado nada". Yo mismo debo haber pensado o dicho esa frase mil veces. Hasta que pensé y escribí sobre aquello, hace unos años, y abrí la caja de Pandora

"No me ha pasado nada"... claro que te ha pasado, por supuesto que te ha pasado. Lo has normalizado. Ves normal que peguen a un niño. No por un impulso o porque un berrinche te ha agotado la paciencia (que no es excusa, pero le puede suceder a cualquiera) sino como sistema, te parece normal por principio. Has interiorizado la violencia y la ves como algo que no tiene la más mínima importancia

He dicho "has" y debería decir "hemos". Yo he interiorizado eso, yo he normalizado eso. Visualizo mis recuerdos y no me parecen especialmente traumáticos, no me recuerdo especialmente agobiado ni asustado, y me veo a mí mismo pensando en muchas ocasiones, eso se soluciona con dos bofetadas, eso se arregla con una buena paliza... un tiro en la cabeza y a otra cosa.

Lo llevo dentro, viaja conmigo. Estoy lleno de ira, es la forma que ha adoptado esa normalización. Siempre ha estado ahí, la única diferencia es que ahora soy consciente de ello. Conozco a otra persona, M. a quien muchos consideran inexpresivo e inescrutable, pero una vez comentó algo sobre su infancia, apenas un par de frases. Y de pronto entendí que él también llevaba su propio fardo, sólo que el suyo, probablemente, era más gordo que el mío, y que, como yo, era muy consciente de lo que implicaba. No es inexpresivo, es controlado: no quiere dejar suelto lo que lleva consigo.

Como yo

No me malinterpetéis, no es un drama, ni un trauma, ni algo que requiera una atención especial. Es, simplemente, reconocer que no puedes dejarte llevar sin más en determinadas situaciones, porque lo que has normalizado no es saludable ni para ti ni para quien te rodea

Así que, cuando escuchéis a alguien decir que a el le dieron sus buenas azotainas y no le pasó nada, recordad que sí le ha pasado. Y que mirar para otro lado, quitarle importancia, centrarse en lo bueno y no darle vueltas a lo malo, como dicen muchos bienpensantes, es contraproducente. Quitarle importancia al abuso, a la violencia o al miedo con la excusa de "eran otros tiempos" o "no era para tanto" es una forma de perpetuarlos, tal vez maquillados, incluso atenuados, pero reales. Aceptarlo como lo que es, asumir que nuestros instintos pueden no ser correctos no es cómodo ni agradable, pero es la forma en la que podemos, si no dejar atrás nuestro lastre, al menos evitar que acaba pesando sobre otras personas, y cortar el paso a ese abuso, a esa violencia y a ese miedo.

Ya no pasan esas cosas en los colegios (espero) pero la violencia cotidiana sigue ahí. Podemos ver a unos policías apaleando a un jubilado en una manifestación, a un niño con la cara cruzada, a una pareja gritándose como posesos, y a lo mejor pensamos, algo habrá hecho, se lo habrá buscado, no es asunto mío. Y PUEDE QUE SEA ASÍ. No estamos dentro de esas vidas, no conocemos las circunstancias, sólo lo estamos viendo desde fuera

Pero al menos deberíamos recordar, antes de pasar de largo, que eso no debería ser normal*

* Creo que la violencia de género y el abuso sexual son parte de esa normalización de lo anormal. En encuestas recientes, niños y niñas de 14, 15 años, ven normal que él le de un par de bofetadas a su novia si ella intima demasiado con otro, o que si a ella no le apatezca, pues se la obliga a que le apetezca, que no se haga la estrecha. Yo no creo que sea un fenómeno moderno, no es un problema surgido a raíz de las rrss, la telebasura o el porno: es lo que ha habido siempre, sólo que ahora, por fin, algunas voces empiezan a denunciarlo, a señalar, y siento repetirme, que eso no debería ser normal 

miércoles, 25 de abril de 2018

El VELOCIRAPTOR NO ERA TAN VELOCI




Hace tiempo, demasiado tiempo, que no escribo sobre dinosaurios, y mira tú por dónde esta semana me ha surgido la ocasión, tras una serie de animadas conversaciones en la red. Resulta que estoy preparando un vídeo de prueba con uno de mis primeros modelos de animales 3D: el Velociraptor mongoliensis que diseñé allá por 2009. Como ya ha llovido lo suyo desde entonces, me decidí a hacerle una buena revisión para pasarle la ITV, para lo cual he contado con la inestimable ayuda de algunos paleontólogos tuiteros, como CarlosDino y RaptorDanny .

Algunos de los cambios eran muy evidentes, al fin y al cabo nuestro conocimiento de estos animales ha mejorado notablemente y tenía claro que necesitaba cambiar radicalmente la articulación de los brazos y el plumaje. Además quería darle un aire mucho más aviano, ya que he ido tirando por ahí en los últimos años.

(Dicho sea de paso, también mi querida MariPili ha recibido un buen retoque de chapa y pintura, algo que llevaba demorando demasiado tiempo)

El caso es que tras todos los ajustes anatómicos, una buena limpieza de polígonos redundantes y algunos añadidos como las plumas de los brazos y el abanico de la cola, llegó el momento de ponerlo a andar, a ver qué tal funcionaba en movimiento. Carlos vio que algo no acababa de encajar en la cola y Danny me sugirió algunos ajustes basados en la estructura de varillas óseas que la mantiene rígida. Los cambios eran bastante sencillos y pronto tuvimos a nuestro pequeño dromeosaurio caminando con garbo y chulería. Además logré que la punta de la cola, con sus plumas, siguiera el movimiento del animal con bastante naturalidad, así que se resolvió pronto.


La parte más difícil surgió cuando puse a correr al dinosaurio. Por una parte había que reajustar los ángulos del femur en plena extensión, ya que los músculos caudales tirarían hacia atrás mucho más de lo que calculé inicialmente. Luego hubo que revisar el movimiento del cuello, ya que al principio tenía un bamboleo un poco extraño. El problema era que estaba usando como referencia las aves corredoras modernas, las ratites, y eso no acababa de funcionar, ya que las proporciones relativas de los huesos de las piernas eran muy diferentes. Al final a base de pensar un poco entre todos logré darle un ciclo de carrera razonable, bastante bien ajustado. Pero lo interesante fue lo que surgió durante la conversación.




En JurassicPark, cuando se habla de los velociraptores clonados por inGen, se comenta, entre otras cosas, que son veloces como guepardos. No es una idea surgida en la película: en los 80 ya se pensaba que los dromeosaurios eran animales muy rápidos y ágiles. Pues bien, para ajustar el ciclo de carrera necesito medir la distancia que recorre el animal en cada paso, y el resultado, dado el tamaño de velociraptor (que es mucho más pequeño que los de las pelis, apenas 2 metros de punta de la nariz a punta de la cola) es de 60 cm.

Yo mido 169 cm y cuando troto doy pasos de 90-100 cm. Dado que mi velocidad media al trote es de 10,8 kilómetros/hora, vengo a recorrer 180 metros por minuto, es decir, que doy entre 180 y 200 pasos por minuto. Si un velociraptor trotase a ese ritmo (un trote sostenido que le permitiría correr durante un par de horas sin agotarse) recorrería 200 x 60 cm en un minuto, es decir 120 metros, y su velocidad media sería de 7,2 km/hora. Dado que se trata de un animal de una complexion mucho más ligera que la de un humano, es probable que su ciclo de paso fuera más veloz y diera unos 300 pasos por minuto, lo que supondría la misma velocidad que hago yo, 10,8 km/hora.

Sölo hay dos caminos para aumentar la velocidad: alargar el paso o aumentar el ritmo. Nuestro dromeosaurio no puede alargar mucho el paso así que le toca mover las piernas más rápido. A 600 pasos por minuto, el velociraptor alcanzaría los 21.6 km. Para superar los 30 km/h tendría que dar 900 pasos por minuto, es decir 15 pasos por segundo. El correcaminos (no el de los dibujos, el de verdad) alcanza esa velocidad con una zancada que no llega a los 30 cm, y lo hace moviendo las piernas a tal velocidad que, literalmente, no se le ven los pies a menos que lo pasemos en slow motion, pero creo que para un velo eso no sería viable: su masa y su peso es muy superior a la de un correcaminos, y mover las piernas a esa velocidad le causaría daños en los tendones.
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No podemos medir la velocidad de los pasos de nuestro animal, pero una estimación razonable sería un máximo de 700-750 pasos por minuto, lo que implica que el velociraptor alcanzaría una velocidad punta de 25 km/hora.

Y el público suelta un ooooooh decepcionado. Vaya ñufla.

Este resultado no es sorprendente: el velociraptor es un animal paticorto: la longitud del tarso es muy inferior a la de la tibia y ésta sólo es un poco más larga que el fémur. Los animales velocistas como el guepardo, el caballo o el avestruz no tienen esas proporciones. Centrándonos en el avestruz, que sería el ejemplo más razonable al ser un bípedo*, sus tarsos  y tibia son larguísimos y el fémur, por el contrario, es muy reducido. Si vemos una de estas aves corriendo, comprobaremos que las ratites corren de rodilla para abajo, sin mover apenas el fémur. Es lógico, ya que la musculatura del fémur es pesada, y moverla supone un gasto energético muy grande (los humanos alargamos el paso a base de fémur, porque nuestro cuerpo está mejor adaptado al trote que a la velocidad)

Volvamos a JurassicPark. Aunque en la película se usó el término velociraptor (desde la segunda peli se dice raptores a secas) las proporciones de los animales que aparecen ahí corresponden a un Deinonychus**, un dromeosaurio que alcanza los 3,8 metros de largo y podría dar una zancada de 120 cm. Suponiendo que pudiera mantener la misma velocidad de paso que un velociraptor, su velocidad punta sería de 50 km/hora, pero hablamos de un animal de mayor tamaño y, en consecuencia, lo más sensato es calcular a la baja el número de pasos. Podemos estimar (de una forma bastante razonable) que al trote, dando 200 pasos por minuto, el deynonichus tendría una velocidad sostenible de 14,4 km/h y, en carrera, dando 500 pasos por minuto, llegaría a los 36 km/h, es decir, como un velocista jamaicano

No es una mala velocidad para un animal del tamaño de un humano, pero desde luego se queda muy por debajo de los 110 km/h del guepardo o los 70 del avestruz (que además corre durante más tiempo que el guepardo). Las crías de avestruz, de hecho, alcanzan los 50 km/h al mes de edad, así que, en lo que a velocidad punta se refiere, los dromeosaurios se nos quedan bastante por detrás. Las espectaculares escenas de los raptores de JP masacrando humanos no se sostienen, y menos aún las de esos animales saltando de un brinco sobre un tejado a dos pisos de altura.

Eso sí, hablamos de animales que podrían sostener una velocidad aceptable durante bastante tiempo. Puede que 14-15 km/hora no parezcan muy impresionantes, pero si un deinonychus pudiera sostener ese ritmo durante un par de horas acabaría por agotar a presas con mayor velocidad punta, sobre todo si, como siempre se ha supuesto, cazaban en grupo. La comparación más adecuada no sería, entonces, con un guepardo, sino con un lobo. De hecho los cánidos parecen un buen modelo para comparar, ya que el velociraptor vendría a ser como un zorro, no un gran velocista sino un animal capaz de virar casi en redondo sin decelerar, gracias al equilibrio que le proporciona su cola, justo como sucede con los dromeosaurios, con su cola rígida como un balancín. Agilidad, más que velocidad (aunque habría que ver si serían capaces de dar esos saltos volatineros con las patas por delante)

Puede que penséis que todo esto no son más que un montón de pajas mentales, pero la física es bastante inapelable: el nombre Velociraptor suena bello y descriptivo pero, parafraseando a mi querido Huxley, no resiste la fría crudeza de un feo y desagradable hecho:su paticortez.

Trotones, sí; ágiles, muy probablemente; peligrosos, puede... veloces, lo que se dice veloces... pues va a ser que no

* Un cuadrúpedo como el guepardo aumenta su velocidad gracias a la elasticidad de su columna. Un bípedo no tiene esa posibilidad
** Un poco mayores que un deinonychus, en realidad. O al menos más masivos. En la tercera película vemos ejemplares de 4 y 5 metros de largo

*** Hay dromeosaurios de mayor tamaño y, en consecuencia, mayor zancada, pero de nuevo habría que recalcular a la baja, por las cuestiones de masa

domingo, 1 de abril de 2018

VINCULOS (II) El árbol y los esclavos

Tras su periplo desde el Pacífico, Bligh se presentó ante una comisión de la Armada para declarar sobre el motín, que le exoneró y le devolvió su grado. Tras esto recibió el mando de un nuevo velero, el HMS Providence, y volvió a Tahití para completar su misión, transportando arboles del pan al Caribe entre 1791 y 1793. La misión se completó satisfactoriamente y con los ejemplares que se trasladaron en este y otros viajes, fue posible aclimatar la planta a las islas del Caribe, tal y como deseaban los plantadores antillanos, que no sólo confiaban en incrementar sus beneficios al abaratar la alimentación de sus esclavos, sino que también esperaban hacer pingües negocios vendiendo frutos del pan a los plantadores franceses.

Ambos planes fracasaron, y no porque el árbol no produjera suficiente fruto, sino porque mientras el Bounty iba y venía por el océano había tenido lugar la Toma de la Bastilla.

Las antillas francesas, inicialmente, quedaron al margen de los vientos revolucionarios, pero cuando rodó la cabeza de Luis XVI la situación en las colonias del Caribe empezó a convertirse en un polvorín. Los negros esclavos eran más de las cuatro quintas partes de la población, y los libertos y mulatos eran tan numerosos como los blancos. Cuando en 1790 se negó a los libertos el derecho al voto empezaron las revueltas y, llegado el momento, las haciendas azucareras ardieron por los cuatro costados tras el manifiesto del Bois Caiman. Tras una década de revueltas y baños de sangre, los antiguos esclavos lograron hacerse con el poder y proclamaron la República de Haití en 1804

Esa situación, como ya puede suponerse, no llenó de entusiasmo a los esclavistas ingleses, ya que la demografía de las Indias Orientales era muy parecida a la de sus vecinos. De hecho, tropas inglesas apoyaron en vano a los franceses durante las revueltas para intentar evitar lo que, a sus ojos, era la destrucción del orden natural del mundo, con los blancos en la parte de arriba. Es más, los ingleses empezaban a ver el humo bajo sus pies: en Jamaica había una importante población de negros independientes, la comunidad cimarrón, que ya habían combatido a los ingleses en 1739, y que volvieron a luchar en 1795.

El plan de usar los árboles del pan para multiplicar los beneficios de las colonias se vino a pique. Los esclavos, que pese al velo de silencio impuesto por sus amos sabían lo que estaba pasando en las islas francesas, se negaron a cosechar y comer los frutos. Con las guerras napoleónicas encima, la revuelta de Haití a las puertas y los cimarrones en armas, los hacendados ingleses no se atrevieron a emplear la fuerza para restablecer su autoridad y la idea quedó olvidada. La abolición del tráfico humano por parte del Parlamento en 1807 sólo marcó un paso más en el declive de las plantaciones, que llegó a su final cuando la esclavitud quedó definitivamente abolida en 1834 tras un nuevo y sangriento levantamiento de esclavos.

Los plantadores confiaban aún en mantener su modo de vida, usando a la población recién liberada como mano de obra barata y sin derechos reales, como sucedería décadas más tarde en el Sur de los Estados Unidos tras la guerra civil, pero la mayoría de los exesclavos se limitaron a abandonar las plantaciones y establecerse en el interior, lo más lejos posible de cualquier campo donde creciera la caña de azucar.

Y he aquí que la historia del Bounty y el capitán Bligh llega a su final, porque la aclimatación del árbol del pan, en sí, había sido tan exitosa que la planta, de forma bastante azarosa, se había extendido y asilvestrado a partir de los jardines botánicos y los viveros particulares, y los antiguos esclavos no tuvieron demasiados problemas en cultivarlo y aprovecharlo. Después de todo no lo habían rechazado en su momento porque fuera un mal alimento, sino porque aceptarlo en ese momento hubiera supuesto que además de trabajar de sol a sol en los campos de caña tendrían que haber cultivado y cosechado su propio alimento, y darle los mejores frutos parte a los hacendados para su venta. Pero ahora trabajaban para sí mismos, y con buenos resultados, ya que como hemos dicho antes, es una planta muy, muy productiva y pronto su uso se expandió por todo el Caribe.

Así que, si alguna vez viajáis a Jamaica, y os ofrecen a probar el fruto del árbol del pan* (que es delicioso y permite preparar una amplia variedad de platos) recordad que esas plantas no están ahí por casualidad, que las grandes historias del cine nos ocultan las partes más sucias, que ni el capitán Bligh era un monstruo ni el oficial Christian un héroe, que lo que sucede en un extremo del mundo puede influir al otro lado del globo, y que el ansia de libertad, una vez despierta, no puede pararse con cadenas, látigos ni pólvora.

*Si os ofrecen otros cultivos muy típicos de Jamaica eso ya a vuestro aire, aunque me dicen que también es un producto de gran calidad

viernes, 30 de marzo de 2018

VÍNCULOS (I) El motín del Bounty


Hoy me apetece hablar de vínculos imprevistos. A poco que rasques un poco en los avatares del pasado, es fácil descubrir que, aunque aparentemente un suceso pueda tener lugar de forma independiente, lo usual es que los eventos, incluso los más insignificantes, se influyen unos a otros. La Historia no es una sucesión de anécdotas, sino una red que a veces se extiende mucho más allá de lo creíble.

Voy a intentar explicarlo con un ejemplo: los pueblos precolombinos, al contrario de lo que suele pensarse, sí conocían la rueda. Es imposible no conocer la rueda si tu cultura incluye la alfarería, porque el torno de alfarero y la rueda son, en esencia, la misma invención. De hecho los aztecas usaban la rueda, pero de forma lúdica, en juguetes. La razón de que no le dieran un uso práctico es la ausencia de ganado de tiro antes de la llegada de los españoles. Los únicos animales con la capacidad física de tirar de un carro eran los bisontes y estos no son domesticables. Me diréis que las llamas sí son domésticas, pero estas, al igual que otros camélidos, no son animales de tiro sino de carga al lomo. El caballo, el animal de tiro por excelencia, es originario de América, pero desapareció de sus praderas hace unos 11000 años.

Ahora bien, la extinción del caballo no fue casual: fue obra de los cazadores humanos, que a medida que se expandían por el Continente fueron eliminando a la mayor parte de las grandes especies de mamíferos. Es dudoso que los cazaran tan masivamente como para hacerlos desaparecer, pero en un ambiente tan duro como el de la última glaciación (que los humanos aprovecharon para llegar a América por Bering), y con fuertes fluctuaciones entre praderas y bosques a medida que el clima se estabilizaba, los humanos pudieron ser la gota que desequilibró la supervivencia de los équidos.

Y así tenemos que un hecho tan alejado en el tiempo como la extinción de los caballos fue la razón de que los hombres de Cortés, 100 siglos después de su desaparición, no tuvieron que enfrentarse a un ejército de jinetes ni a carros de guerra, y pudieron aprovechar muy bien la ventaja de contar con los únicos caballos de América.

Pero hoy voy a hablar de otros vínculos más cercanos entre sí, que además incluyen una breve parada en las filmotecas, o en YouTube

Los que peinamos canas nunca olvidaremos ese momento glorioso en el que el oficial Fletcher Christian, interpretado por Marlon Brando, se alza contra la tiranía del capitán Bligh (Trevor Howard) y se adueña del Bounty. Rebelión a Bordo es un canto a la voluntad, la dignidad y la libertad

La historia real es más interesante, menos romántica y mucho más llena de matices. Y no tiene tanto que ver con la brutalidad de un capitán como con la esclavitud en las Antillas y las consecuencias de la revolución francesa

El capitán del Bounty, William Bligh, no era un hombre especialmente sádico o tiránico. De hecho estaba muy bien considerado como marino y, tras al motín, fue exonerado y siguió con una brillante carrera en la Royal Navy, alcanzando el grado de Vicealmirante.

En realidad la disciplina a bordo del HMS Bounty no era muy diferente de la que reinaba en cualquier buque de la época. Y el hecho de que tuviera lugar un motín no era nada novedoso. Lo interesante en este caso es que le haya dado tal aureola a un suceso cuyas causas fueron bastante más materiales de lo que se refleja en la versión canónica.

El Bounty formaba parte de una gran operación que había organizado la armada inglesa a petición de los plantadores de azucar de las Antillas inglesas. Las explotaciones del Caribe se basaban en la mano de obra esclava. Esclavos que eran tratados con una brutalidad e inhumanidad muy superior a lo que pudo pasar a bordo del célebre buque, pero eso no queda tan bonito en las películas. Por comparación, los de las explotaciones de tabaco y algodón del Sur de los Estados Unidos eran unos privilegiados: los hacendados ingleses y franceses consideraban a sus esclavos como animales sin más interés que su fuerza bruta, y vivían en un estado de permanente paranoia ante la posibilidad de una revuelta, lo que les llevaba a tomar medidas cada vez más duras para mantener el status quo. Y por eso el Bounty viajó a los mares del sur

Los botánicos europeos estaban fascinados con las plantas descubiertas en el trópico, y había una que acaparaba todos los elogios: el arbol del pan. El fruto de esta planta, que en ocasiones roza los 6 kilos de peso, es sabroso y muy nutritivo. Además la productividad es muy alta, con una media de 200 piezas por árbol y año. Pues bien, a mediados del siglo XVIII algunos plantadores de azucar tuvieron una idea que enseguida contó con el apoyo del gobierno inglés ¿porqué gastar recursos y tiempo alimentando a los esclavos de la misma manera que a los blancos. Por mala que fuera la comida que se les daba, era preciso usar alimentos que, o bien debían cultivarse en las islas (usando terrenos y trabajadores que de otro modo podrían usarse para plantar más azucar) o se importaban, con el consiguiente gasto en fletes y tasas. Pero ¿y si se plantaba arbol del pan en las islas? una vez crecieran, los árboles no debían ser plantados año tras año, y los propios esclavos podrían encargarse de su recolección y preparación una vez terminaran con las tareas diarias.

Pero para ello era preciso trasladar y aclimatar dicha planta y a eso se dedicó la Royal Navy a petición de la Royal Society, dando forma a lo que se llamó la Ruta del Pan. Y por eso el Bounty inició su viaje rumbo a Tahití, en 1787, haciendo una escala en las Canarias para aprovisionarse y, de paso, recoger muestras de la vegetación de la zona. Después de todo la expedición tenía el patrocinio de la Royal Society de Londres, y Bligh, como muchos marinos europeos, procuraba recopilar toda la información científica posible. De hecho era necesario un cierto conocimiento botánico para cumplir la misión, ya que el barco debía recoger un millar de plantones del arbol del pan y garantizar su superviviencia a bordo para trasladarlos a las Antillas.

La ruta prevista inicialmente era la más directa, hacia la Polinesia, a través del Cabo de Hornos, pero el mal tiempo hizo imposible seguirla y Blich optó por navegar hacia el este, por el cabo de Nueva Esperanza y el sur del Índico, hasta llegar a Tahití contorneando las costas meridionales de Australia. Hay que decir que el diario de a bordo no muestra ningún indicio de la disciplina abusiva que la leyenda atribuye al comandante del Bounty. Más bien viene a decir que conocía sobradamente los riesgos de las grandes travesías y procuró mantener a la tripulación en buen estado de salud y ánimo. No obstante, el alargamiento del viaje debió influir en lo que sucedió al llegar a destino

La recogida de los especímenes, su preparación, y la carga en el buque de todos los maceteros y las provisiones se dilataron más de lo previsto y la tripulación, tras tantos meses de reclusión en un barco que apenas tenía 27 m de eslora, se encontró con un estilo de vida que, por comparación con la que llevaban en Inglaterra (y no digamos respecto a la vida a bordo del barco) era paradisiaca. Medio siglo después, durante el viaje del Beagle, Charles Darwin y el capitán Fitzroy denunciaron en un duro artículo titulado "el estado moral de Tahiti"que las islas de la Polinesia eran vistas por los visitantes ingleses como una especie de burdel gratuito donde todo estaba permitido a costa de los nativos y eso es lo que pensaban los marineros del Bounty y algunos de los oficiales, incluyendo a Christian Fletcher.

Llegado el momento de embarcar empezaron los problemas disciplinarios. Nadie quería obedecer las órdenes: hubo amenazas, fugas y fue necesario el uso de la fuerza para iniciar el viaje de vuelta. Además el nuevo periplo sería más duro, porque el barco iba abarrotado de plantas que habría que cuidar durante toda la travesía. Meses después, el capitán Bligh declaró que el motín no fue fruto de la casualidad y estaba planificado desde antes de la partida. Dados los hechos, no puedo sino darle la razón. La tripulación no se rebeló en defensa de su dignidad, sino para volver a la vida de lujuria, alcohol y pereza que habían descubierto en tierra. La tensión estalló a las pocas semanas de la partida y el 29 de abril de 1789 Christian abanderó a los marineros, desarmó al capitán y los leales, y los embarcó en un esquife con algunas provisiones y una brújula. Luego, los marinos celebraron su victoria saqueando las provisiones de bebida y arrojando al mar hasta el último macetero, antes de regresar a tahití para recoger a algunos nativos, principalmente mujeres. La versión canónica dice que eran sus novias y amigos: dado que ese es un punto de vista demasiado novelesco, lo más probable es que embarcaran a quien les plació, sin que los nativos pudieran hacer nada por impedirlo.

La película de 1962 (y, hasta donde sé, todas las otras versiones de esta historia) no llega más allá de la recalada de los amotinados en las Pitcairn y el juicio al que hizo frente Bligh tras llegar a Gran Bretaña ¡en bote, tras una travesía de 6000 km! Tan mal marino no debía ser. Pero la historia siguió más allá del destino de Christian y sus seguidores (que por cierto acabaron matándose unos a otros hasta el punto de que cuando las Pitcairn fueron descubiertas sólo sobrevivía uno de ellos)




(y mañana más...)

miércoles, 28 de febrero de 2018

UN AÑO DE PALEOARTE

Como todos los años, mi vida profesional en 2017 ha incluído encargos de todo tipo, siempre dentro del ámbito de la divulgación. Sin embargo, estos doce meses se han caracterizado por una  abrumadora mayoría de trabajos relacionados con la paleontología, lo que ha llenado de alegría al niño de los dinosaurios que sigue viviendo dentro de mí y de cuando en cuando se regocija dando volteretas

Por una parte, este año he realizado otro proyecto de animación para Japón, esta vez relacionado con tres animales muy concretos, Quetzalcoatlus, Wyrex y Ruyangosaurus. Debo decir que no estoy muy contento con el resultado: el tiempo apremió demasiado, hubo demasiados cambios de última hora y llegué al final agotado, física y anímicamente. Pero, como en todos los anteriores DinoJapón, he aprendido mucho, por la vía dura, así que lo he terminado siendo mejor animador que al empezar.

Y su nuevo plumaje le sienta de maravilla a mi T-Rex, a quien desde ahora llamaremos CuquiRex


Cambiando a un tema muy alejado de los dinosaurios, SINC, además de encargarme algunas infos muy chulas sobre mamuths y otros animalitos extinguidos, me pidió abundante material sobre paleontología de humanos. He hecho recreaciones de Australopitecus, H. habilis, H. erectus, H. antecessor, H. Floresiensis, H. heidelbergensis, H. Neanderthalensis, H. de Denisova... todos a la antigua usanza, papel y lápiz, y acuarela (acuarela digital, no tan a la antigua usanza, si nos ponemos tiquismiquis)

Aparte del placer de hacer mis propias interpretaciones, en algunos casos muy libres, ya que del humano de Denisova sólo conocemos un molar y algunos fragmentos de hueso, he retomado el gusto por el dibujo libre, solos yo, el papel y la goma. Y de paso me he sacado la espinita de la que hablé en mi charla granadina, y he recreado principalmente mujeres, a ver si vamos equilibrando un poco la balanza.


Como dije no hace mucho, yo me he formado como ilustrador en Muy Interesante, y ahí hemos preparado un proyecto muy ambicioso. Hacía tiempo que a Enrique, el director, le rondaba por la cabeza la idea de sacar un número monográfico sobre dinosaurios, y me dio carta blanca. En vez de artículos, hemos hecho un safari fotográfico por el Mesozoico, intentando que los animales del pasado no parezcan monstruos, sino seres reales tal y como los que conocemos hoy en día. Hemos aprovechado (y, en ocasiones, mejorado) 15 de mis anteriores ilustraciones, incluyendo POR SUPUESTO una de la afamada serie Los Follasaurios, y he realizado otras 36 ex profeso para este número, más otras dos que he hecho este año para otros temas pero que encajaban perfectamente en el tema. En total, 54 dobles páginas en las que, además, me he encargado también de los textos y títulos, así que se puede decir que ha sido uno de los encargos más personales que he llevado a cabo.


No todas son imágenes espectaculares, y por supuesto no todas llegan al mismo nivel gráfico o conceptual, porque hay algunas en las que, literalmente, me he venido arriba y hasta he planteado algunas cuestiones polémicas (como la técnica natatoria de triceratops), pero incluso las menos llamativas tienen una calidad razonable y se integran perfectamente con la idea tras este proyecto: mostrar vida.



Y, finalmente, un encargo que se ha convertido en mi proyecto más grande hasta la fecha: el trabajo de ilustración para la renovación del MUPA de Castilla la Mancha, en Cuenca. Un fangal que me propuso Patxi Ortega y al que salté de cabeza sin pensar mucho en las consecuencias. He llevado a cabo un total de 109 lápices y 17 paneles a todo color, algunos de hasta 4 metros de longitud, amén de algún material de mi archivo para complementar algunas secciones



Lo confieso: HE DISFRUTADO. Ha sido agotador, ha habido semanas en las que no lograba dormir más allá de 5 o 6 horas diarias, he estado a punto de rendirme en alguna ocasión, y he gozado del placer de los lápices como hacía años que no lo sentía. Y el resultado supera mis expectativas, porque desde que puse el primer papel sobre la mesa hasta el final (bueno, en realidad todavía estamos preparando algunos bocetos adicionales) he dado un salto magnífico de nivel. Después de todo, a dibujar se aprende dibujando



Como remate, hace unas semanas nos dimos el placer de visitar el museo: fue un subidón, ir viendo mi trabajo en conjunto y en contexto, y disfrutarlo con mis personas queridas. Y ponernos ciegos de morteruelo. Y hacer un poco el ganso, que eso también da gustito



En resumen, este, probablemente, ha sido mi mejor año a nivel profesional, y, lo que es mejor, me ha dejado con muchas ganas de seguir mejorando y aprendiendo. Con las manos calientes, por así decirlo. También muy cansado: el desgaste ha sido muy fuerte, pero esta vez lo he notado mucho menos porque mi ánimo ha acompañado y, además, mi maravillosa y extraña familia ha estado conmigo casi en cada momento, asegurándose de que comiera a mis horas y me recuperara en los momentos más duros (esa semana perdidos en el desierto entre cientos de locos amables fue crucial, Marisol)


Y allá vamos ya en pleno 2018. No sé qué me traerán los próximos meses: puede que sean tranquilos, sin megaproyectos apelotonándose en mi mesa, y pueda aprovechar para practicar, mejorar y aprender (de hecho es lo que llevo haciendo desde hace unas semanas) O puede que de pronto me entre otro alud de trabajo desde el cuaternario, el terciario, el mesozoico, el pérmico... la verdad es que me haría ilusión meterle mano a la explosión cámbrica.


Entretanto, voy a organizar un sketchbook con todo el material que he ido sacando  y un minivideo 3D para vender mis hermosos jabalíiiiiiies en tierras de bárbaros. Y aquí os dejo de momento, posando ante mis titanosaurias rechulas, ocupadas en dejar rastros fósiles para que los paleoartistas sigamos exprimiéndonos el magin y soñando con un mundo perdido, pero muy cercano