Mujer iroqués

lunes, 1 de febrero de 2016

DIARIO DE LA PATERNIDAD RESPONSABLE (XXII) Los Diez Mandamientos y otros afanes


La crianza (cada vez que uso esa palabra me viene a la cabeza un gallinero lleno de pollitos, debe ser un tic agrícola) es un camino lleno de sorpresas y, afortunadamente, no todas son malas. Eso no significa que las demás sean buenas, sino que la mayoría son, simplemente, sorpresas, cosas que no esperas pero suceden. Sin embargo, con el tiempo vas echando callo.

Una de las cosas donde no suele haber sorpresas es en la rutina alimentaria. Tú puedes innovar en tu cocina todo lo que quieras, y puedes convencer* a tu vástago de que se lo coma (entre sordas protestas y miradas hostiles) pero al hacerlo estás contraviniendo el sagrado decálogo de la alimentación del adolescente, y a sus ojos eres un sacrílego digno de ser fulminado por el rayo de Jehová o tragado por la tierra como castigo a tu soberbia. Dicho decálogo, como su nombre indica, consta de diez normas sencillas de entender y seguir, a saber...

• Amarás el atún sobre todas las cosas.
• No cogerás el bote de Ketchup en vano.
• Santificarás las pizzas**.
• Honrarás a tu padre y a tu madre siempre y cuando te sirvan otra ración de macarrones con atún y repongan el ketchup.
• No rezongarás (ante una hamburguesa bien pringosa de ketchup, porque ante un plato de pescado*** en salsa verde rezongarás todo lo que quieras y puedas)
• No cometerás actos impuros como poner brócoli en un plato.
• No dejarás que te roben ni una albóndiga de la abuela ¡apartaos, blasfemos, son mías y sólo mías!
• No levantarás falso testimonio, sólo afirmarás con total seriedad que ya te has terminado la coliflor y que no sabes cómo ha podido crecer la ración del plato de tu padre como si alguien le hubiera añadido de tu plato, por dios, es que no confiáis nunca en mí y por cierto ¿hay macarrones? ¿y atún? ¿y ketchup?
• No consentirás pensamientos ni deseos impuros como tomarte una ensalada en vez de un costal de patatas fritas con ketchup.
• No codiciarás la lechuga o los espárragos ajenos.

Estos dos mandamientos se resumen en dos: derramarás ketchup sobre todas las cosas y al prójimo que le vayan dando, haber pillado vuestro bote de ketchup.

¿Pensáis que exagero? Hemos tenido que poner serios límites a la ingesta de ketchup, so pena de ver como se extinguen los tomates a medida que se van agotando sus caladeros tradicionales ¿es que nadie piensa en los tomates, por el amor de Quetzacoatl?

De acuerdo, un poco sí exagero. En los últimos tiempos voy integrando en su dieta platos vegetarianos, pescado en papillote, sopas... y siempre ha sido buen comedor de legumbres, aunque siga torciendo la cara cada vez que toca plato de cuchara. Pero, si por él fuera, desayunaría arroz con atún, comería macarrones con idem y cenaría pizza de ... ¿adivináis que pez de la familia de los túnidos? .... todo ello abundantemente regado con esa ambrosía de color rojo que estáis imaginando.

Aún no ha probado a tomarse las mandarinas con ketchup, pero por si acaso no le doy la espalda.

Pero hablábamos de sorpresas, y es que la capacidad del adolescente para sorprender a sus progenitores nunca llega a su fin. Hace un par de meses D volvió a pedirme que le entrene para correr, y esta vez se lo está tomando en serio. Hemos empezado ya la sexta semana y, pese a sus miradas de porqué, señor, porquéeeeeeee cada vez que le digo que toca salir, se pone las zapatillas con gesto resignado y sale a trotar a mi vera. Aún haremos de él un mozuelo bien formado. Y la mirada de su personal teacher cuando insiste en enseñarle sus recién descubiertos músculos es impagable ¡S, hija, te ganas el cielo con tu habilidad para disimular las risas!

También nos sorprende para bien en su actitud para el estudio. Vamos levantando, superando baches, cogiendo experiencia e incluso en alguna ocasión se ha puesto a estudiar por propia iniciativa. Tras rápida consulta a Mulder y Scully hemos verificado que, en efecto, era él. Ningún alienígena sería tan burro como para cometer un fallo de raccord tan básico tras infiltrarse entre nosotros.

Eso sí, el exagerado optimismo propio de su edad, acompañado de un raciocinio, digamos, flotante, sigue siendo un problema. Por ejemplo, no sólo insiste en creer que sus chistes tienen gracia, además está convencido de que tanto sus chascarrillos como las gansadas protagonizadas por él y sus compañeros son absolutamente originales y jamás se le han ocurrido a persona humana ninguna en el devenir de los siglos. Cualquier día inventará el chiste del perro mistetas, y lo que es peor, se empeñará en contárnoslo varias veces, haciendo el gesto de badummm ¡tssss!

También sigue teniendo la vaga esperanza de que algún día le confesemos que su concepción fue inmaculada, o le encontramos debajo de una coliflor, o... lo que sea con tal de que la historia no incluya sexo. La idea de que alguna vez su madre y yo tuvimos roce y retoce le pone muy nervioso. La sóla mención de que seguimos teniéndolos regularmente le causa ataques de ansiedad y severos daños psicológicos que, según él, deberemos compensar en forma de costosas sesiones de psicoanálisis hasta que logre superar el trauma.

De acuerdo, somos un poco despistados, pero tampoco hay que ponerse así porque se encontró en el salón la funda de un preservativo. Ahora bien, el diálogo subsiguiente, no por breve fue menos ameno, y me alegro de no habérmelo perdido

_ ¡Mamá! (gesto airado, enarbolando el pedacito cuadrado de plástico) ¡¿QUÉ HABÉIS ESTADO HACIENDO?!
_ ¿Te hago un dibujo?
_.... (silencio glacial)...


En fin, otra cosa no, pero que nos quiten lo bailao.

Desde la enterprise, fecha galáctica febrero de 2016. Seguiremos informando.

* Y si no, el sistema del embudo y el palo lleva usándose con las ocas desde hace milenios
** Ver como mis pizzas artesanas de masa madre son devoradas, no ya sin saborear, sino incluso sin masticar, es una experiencia entre halagadora y desoladora. Podría ponerle una pizza recortable de cartón y se la comería igual
*** Entendiendo como pescado cualquier vertebrado con aletas, espinas y escamas que no sea atún, claro está



martes, 15 de diciembre de 2015

NOMBRES A PIE DE PÁGINA (II) Joe el Saltarín



Leí por primera vez esta historia en el foro Gran Capitán. No entiendo como nadie ha intentado convertirla en una película, quizás los productores la encuentran demasiado inverosímil, o la ven falta de patriotismo .

Josep Beyrle, conocido como Jumpin' Joe Beyrle, Joe el saltarín, nació en 1923 en el pueblo de Muskegon, a orillas del Michigan. Sus fotos de juventud nos muestran un rostro muy estadounidense, mandíbula prominente, un poco desgarbado.  Era alto, fuerte, despierto y con mucha iniciativa, así que, en vez de destinarle a infantería, cuando se alistó pasó a la 101 aerotransportada, las águilas aulladoras, pese a ser daltónico. Se adiestró en el campo de entrenamiento  de Toccoa, y en septiembre del 43 viajó a Inglaterra con el grado de sargento especialista en radiotransmisiones y demolición.

Joe fue lanzado dos veces sobre Francia durante la primavera, en misiones de apoyo a la resistencia francesa, pero la suerte se le acabó, aparentemente, el 5 de junio, cuando la 101 voló sobre Normandía. Su avión fue alcanzado, y los paracaidistas tuvieron que saltar desde una altura muy baja. Se perdió contacto con ellos y, el 10 de junio, una patrulla estadounidense encontró su cuerpo destrozado. Recogieron su chapa de identificación y enterraron sus restos.

¿Qué había pasado? Al saltar, Joe quedó aislado de sus compañeros, cayendo sobre el tejado de la iglesia de St. Come du Mont. De ahí bajó al cementerio y, una vez comprobó que nadie le había visto caer, se orientó y se dijo, algo tendré que hacer para matar el rato, así que procedió a cumplir en solitario con la misión que se le había asignado a su pelotón, volando dos puentes en la ruta que llevaba hacia la playa de Utah y una planta eléctrica. Finalmente fue sorprendido y capturado al tropezar con un nido de ametralladoras germano, y conducido a la retaguardia junto a otros prisioneros.

Mientras marchaban tras las líneas alemanas, cerca de Carentan, un ataque aéreo dispersó la columna y Joe, con varios fragmentos de metralla en la pierna, aprovechó para poner tierra de por medio tras atender a otros dos soldados estadounidenses que habían sufrido graves heridas en el bombardeo. Un soldado alemán, que vestía un chaquetón estadounidense, y que le había quitado a Joe su placa de perro como recuerdo, cayó durante el ataque. Ese sería el cuerpo encontrado por sus camaradas pocas horas después. En septiembre, sus padres recibirían el telegrama con la noticia de su fallecimiento, ignorando que su hijo seguía vivo y dando guerra. Mucha guerra.

Joe fue capturado de nuevo y conducido a un campo de prisioneros provisional en Saint Lo. Allí volvió a intentar escaparse, recibiendo una paliza como castigo, y porque sus captores descubrieron que su familia era de origen alemán, por lo que fue acusado de traición al Reich. No sería la última paliza. A lo largo de los siguientes meses, logró escapar otras dos veces y organizó varias fugas fallidas mientras era trasladado de campo en campo. En septiembre llegó al Stalag III de Drecwize. Allí los prisioneros eran maltratados brutalmente y apenas lograban sobrevivir robando patatas en los campos cercanos, muriendo muchos a manos de los guardias. Por esas fechas, su familia recibió un nuevo telegrama informándoles de que, después de todo, su hijo estaba vivo.

En Drecwice descubrió que los planes de fuga del campo fallaban de forma sospechosa, y consiguió desenmascarar a un infiltrado alemán que pasaba información a los guardias, ejecutándolo sumariamente. Luego, organizó una nueva escapada, aprovechando una alarma por un bombardeo. Descubierto, fue entregado por unos civiles a la gestapo, que le torturó para que confesara los nombres de sus inexistentes colaboradores, convencidos de que se trataba de un espía lanzado tras las líneas alemanas. Finalmente fue reclamado por el ejército como prisionero poco antes de ser ejecutado y regresó al Stalag. Entretanto, se informó de su desaparición durante el bombardeo, con lo que, de nuevo, se informó a su familia de que había muerto.

Tras un internamiento en solitario, medio congelado, con el cuerpo lleno de magulladuras, y prácticamente muerto de hambre (le habían reducido las raciones como castigo a su deplorable falta de sumisión), Joe volvió a escapar en enero del 45, sin más provisiones que un cartón de tabaco. Hasta entonces había intentado huir hacia el oeste, o hacia el sur, pero esta vez decidió que sería más sensato caminar hacia el este, buscando la vanguardia soviética .

Mientras avanzaba por un camino forestal, al frente de una columna de carros del I Ejército Acorazado de Guardias, la comandante Alexandra Samusenko, una de las heroínas más condecoradas del ejército rojo, vio a un hombre alto y esquelético que salió del arcén y se les acercó haciendo aspavientos con un paquete de cigarrillos Lucky y gritando ¡Americkansky tovarich!. Tras las oportunas explicaciones, Joe pidió permiso a la oficial para unirse a su tropa. El comisario de la unidad le dio un subfusil y munición, el paracaidista saltó a lomos de un sherman y la columna reemprendió su marcha. Sí, un sherman, los guardias empleaban carros del Préstamo y Arriendo, así que Joe retomó su camino hacia Alemania sobre un vehículo de Detroit, a las órdenes de una guapísima oficial comunista.

Los tanquistas no sabían muy bien qué hacer con Joe, pero tras atenderle y darle de comer (estaba realmente hambriento) vieron que era un buen camarada, y que sabía volar cosas: cada vez que se encontraban un obstáculo en el camino, él cogía los explosivos (por cierto, americanos, también del Prestamo y Arriendo) y despejaba la ruta. Así que nuestro protagonista se quedó con ellos como combatiente. Pocas semanas después, los Guardias arrollaban el Stalag donde había estado prisionero, ya evacuado, y prosiguieron hacia Berlín. En febrero, finalmente, Joe fue gravemente herido  y enviado a un hospital militar en retaguardia*.

Esa semana, el mariscal Zukhov (nada menos ¡el mismísimo Zukhov!) visitó a los heridos y se quedó boquiabierto al ver a Joe. El diálogo, con ayuda de un intérprete, fue tal que...

_... tú no eres ruso
_ No, soy americano
_ ¿Y qué haces aquí?

Joe le explicó su historia al mariscal y éste, fascinado, la verificó con el NKVD. Dado que Joe había sido dado por muerto y no tenía ninguna documentación que demostrara su identidad, no era posible enviarlo directamente con los estadounidenses, así que en cuanto estuvo recuperado de sus heridas le dieron unos papeles de tránsito y un billete hacia Moscú, para que se presentara en la embajada estadounidense y aclarara su situación.

En Moscú los guardias de la embajada alucinaron en colores al ver venir a Joe con su uniforme de retales, y su fuerte acento de pueblo. Convencidos de que se trataba de una maniobra de los rusos para colarles un espía, lo llevaron directamente a un calabozo, pero les convenció para que le tomaran las huellas y así, finalmente, se aclaró todo el embrollo. Joe viajó a Odessa, de ahí navegó a Estambul, luego a Alejandría, de Alejandría a Napoles y, finalmente, el 21 de abril, abrazó a su familia en Muskegon

 Joe siguió con su vida, sin llamar demasiado la atención de nadie, hasta que, en 1994, durante los actos de celebración del día D, los presidentes Clinton y Yeltsin le homenajearon, y el propio Yeltsin le entregó cuatro  condecoraciones como veterano del ejército Rojo.

En Mayo de 2004 Joe volvió a Moscú, y asistió al desfile de la Victoria sobre Alemania junto a otros 15000 veteranos del frente oriental, que le acogieron entre aplausos, como al único estadounidense que compartió con ellos la lucha.  Murió ese mismo año, precisamente en Toccoa, el pueblo donde se entrenó como paracaidista, ya que había acudido a dar una charla como veterano de la 101.


Una placa en St. Come du Mont recuerda dónde empezó su aventura europea, y en Saint Mere Eglise, en Francia, la tumba 48 del ejército estadounidense también lleva su nombre. Nadie la ha abierto pero se supone que ahí está enterrado el soldado alemán que le quitó la chapa. Por su parte, Joe descansa por fin en el cementerio de Arlington, suponemos que definitivamente, aunque con un hombre así uno nunca puede estar del todo seguro,

Su hermana dijo durante el funeral, es la tercera vez que enterramos a Joe. Espero que esta vez lo consigamos.

Su hijo, John Beyrle, embajador estadounidense en Moscú desde 2008, declaró años después,
La gente llama a mi padre "héroe de dos naciones" pero a él no le gustaba, decía que los héroes fueron los que no regresaron . El día que le condecoraron, fue el más feliz de su vida, él nunca olvidó que, cuando estaba hambriento y desamparado, los rusos le alimentaron, le acogieron como uno más, lucharon con él, salvaron su vida en el hospital y le ayudaron a volver a casa con los suyos.

*Alexandra no tuvo tanta suerte como Joe: murió aplastada por un carro poco antes de la rendición de Alemania



miércoles, 25 de noviembre de 2015

LOS POLIPANES



Ya hace tiempo que me preguntan si resulta muy complicado hacer panes como los que suelo mostrar en Facebook o Twitter. Así pues, hoy me lío los trastos a la cabeza y voy a intentar contaroslo. Marchando mi tutorial de polipanes.

SI no queréis empezar directamente con panes de masa madre, os recomiendo con entusiasmo este vídeo de Ibán Yarza, ideal para perderle el miedo al pan (alguna vez lo ha llamado así, pan quitamiedos), y esta receta de Chez Therese, para hacer una deliciosa y sencillísima hogaza. Lo único que necesitáis es harina, agua, sal, levadura de panadero, una báscula y tiempo. Trabajo, lo que se dice trabajo, casi igual a cero.

En cuanto al pan de masa madre, sólo requiere haber hecho eso, masa madre, lo cual es de lo más sencillo (hay varios videos en la red, yo seguí, de nuevo, los consejos de Ibán Yarza ) un poco más de tiempo (en vez de 24 horas, el proceso de estos panes requieren unas 36) y un poco más de trabajo (una hora, aproximadamente)

Ingredientes.

Masa madre (90 gramos aprox.)
Harina panificable de trigo: 600 gramos. Yo uso la del mercadona, la del paquete azul, pero se puede usar cualquier harina con 10 gramos de proteina por cada 100 gramos de peso. No se necesita usar harina de fuerza.
Harina de centeno integral: 50 gramos (si no os gusta el toque de sabor del centeno, reemplazadla simplemente por harina panificable)
12 gramos de sal
Agua

Aperos: un bol grande, una rasqueta para el pan (puede usarse la mano pero me he acostumbrado a la rasqueta), papel de horno, una fuente plana de barro y un trapo de lino limpio

Y sin más, vamos allá.

Día 0/FERMENTO BASE: Partimos de un poco de masa madre. Yo tengo en la nevera un cuenco con 80-90 gramos de madre. En la nevera las bacterias de la masa madre están aletargadas, así que lo primero que hay que hacer es refrescarla para obtener el fermento que usaremos al día siguiente. Personalmente suelo hacer la mezcla después de cenar, sobre las 22:00, aproximadamente.

_Mezclo en el bol los 80-90 gramos de madre que he sacado de la nevera con 100 gramos de harina panificable y 50 de centeno. Añado 150 gramos de agua (o 150 mililitros, si medís en volumen). El resultado es una masa cremosa y elástica.

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Tapo el bol con film transparente y lo dejo reposar toda la noche en un lugar a unos 22 grados de temperatura. A las doce horas tendremos una masa más fluida y burbujeante con olor a yogur suave. Esa será nuestra masa de fermentación. Cogemos un par de cucharadas soperas (80, 90 gramos) y las guardamos en un botecito en la nevera para la siguiente vez que hagamos pan. Nos quedan entre 200 y 250 gramos de masa madre despierta.

Día 1/AMASADO: Mezclo en el bol los 200 gramos de madre con 500 de harina panificable y unos 250 gramos de agua. La cantidad de agua puede variar un poco en función de la harina y la temperatura, eso es algo que se va notando con la práctica. Mezclo bien a mano o con una cuchara hasta formar una bola de masa y la dejo reposar unos 15 minutos (suelo aprovechar para desayunar). En este punto del proceso podemos añadir una pizca de levadura de panadería seca, un gramo a lo sumo, pero no es estrictamente necesario.

Sobre la encimera, bien limpia, espolvoreo la sal y pongo la masa. Procedo a amasar entre cinco y seis minutos. Muevo la masa para que coja toda la sal mientras amaso. El sistema de amasado es plegar y rodar, como se ve en este vídeo, en el minuto 14. Tras el amasado tendremos una bola de masa bastante homogenea, y la dejamos reposar10 minutos. Tras ese tiempo, le damos un nuevo amasado, más breve, apenas un minuto. Con ello la bola, que aún tenía una textura ligeramente grumosa, queda suave, sedosa. La ponemos en el bol, tapamos con film, dejamos que repose otra media hora, y a la nevera con ella hasta la mañana siguiente (es decir, unas 24 horas de reposo)

Día 2/FORMADO Y HORNEADO: Saco de la nevera el bol. A lo largo de la noche la bola se habrá hinchado y puede que presente algunas burbujas grandes.Despejo y limpio la encimera y espolvoreo harina. Dejo al lado un trozo de papel de horno sobre una tabla de corte grande o una bandeja y lo espolvoreo igualmente. Con la rasqueta de pan (o la mano) saco con cuidado la bola de masa, procurando no desgarrarla, y la dejo sobre la harina. La extiendo presionando con cuidad para que se desgase sin romperse, y formo una plancha de entre dos y tres centimetros de grosor.


Corto por el centro, longitudinalmente, la plancha de masa. Al hacerlo lo normal es que la zona por donde cortemos se estire un poco, eso nos vendrá bien. Tomo una de las mitades y la moldeo un pelín, aprovechando para darle forma de pez. La enharino un poco y le doy la vuelta, dejando la cara más plana y enharinada al descubierto. Procedo a doblarla longitudinalmente, como quien cierra una carpeta, la ruedo un poco para que coja tensión y la dejo sobre el papel de horno con el pliegue hacia abajo. Repito el proceso con la segunda pieza. Dejo un poco de espacio entre ambas  sobre el papel y las acerco, de forma que el papel enharinado se pliegue entre ellas y no se toquen.

Lo dejo reposar dos horas con unos libros presionando los lados para que las barras fermenten sin desparramarse. Si estamos en verano, os aconsejo poner sobre los libros, estirado, el trapo, tras humedecerlo en el grifo. Así evitaremos que la masa se reseque por fuera y se agriete al levar.

Unos 15-20 minutos antes de que terminen las dos horas, pongo el horno a 250 grados con la bandeja metálica dentro, por debajo de la altura central (o una piedra de horno, si tenéis) y una fuente de barro en la parte inferior del horno. Cuando pasen las dos horas, le doy la vuelta a las barras rodandolas sobre el papel de horno, para que el pliegue quede ahora hacia arriba, y adentro con ellas (en el video del pan quitamiedos podéis ver como se hace, de un golpe seco). Echo un vaso de agua sobre la fuente de barro para que se forme mucho vapor y, según cierro el horno, bajo la temperatura a 170.

El horneado tarda 40/45 minutos, en función de si os gusta el pan más tierno o más cocido (yo, personalmente, lo prefiero bien cocido y crujiente). Comprobad que la corteza es adecuada (dando unos toquecitos con un cuchillo) y si todo os parece correcto, apagad el horno y poned a enfriar el pan sobre una rejilla, sin tocar la encimera. En una hora se habrá enfriado y habrá reposado lo suficiente.

Y ahora, la parte friki ¿porqué hemos hecho todo esto? Vayamos por partes

Al refrescar la masa madre con esa cantidad de levadura multiplicamos mucho las bacterias, que se tirarán toda la primera noche reproduciéndose como locas y generando ácido láctico. El porcentaje de madre que usamos con el pan final es muy alto, casi un 20 por ciento del total. Ahora todas esas bacterias van a trabajar mientras la bola amasada reposa en la nevera 24 horas, y en ese tiempo van a zamparse buena parte del gluten y convertirlo en otras proteínas más digestibles, a modificar las cadenas de hidratos, haciendo que la miga resultante sea firme y elástica, y los hidratos de más calidad, no de absorción inmediata como en el pan industrial. Además le van a dar un sabor espectacular a la masa y, finalmente, van a generar miles de bolsitas que se hincharán en el horno, dejándonos un alveolado de lujo.

El reposo, como dice Yarza, amasa. Por eso dejamos la mezcla de madre y harina reposando antes de empezar a amasar. Añadimos la sal entonces porque poniéndola directamente en la mezcla alteraría la consolidación de la masa, y si hemos añadido un poco de levadura, la neutralizaría. Por eso se añade durante el amasado. El reposo tras el amasado hace que, cuando metamos la masa en la nevera, la fermentación ya esté en marcha.

Fermentar en frío, en la nevera, permite que nuestras bacterias trabajen sin prisa, y sin que el pan leve excesivamente. Con doce o 16 horas es suficiente, pero yo prefiero darles un poco más de tiempo

El doblar el pan por la parte más enharinada es para que, al meterlo en el horno con el pliegue hacia arriba, se abra por esa zona mientras sube con el calor. Da un resultado muy bonito y evitamos que la barra se rompa por un mal sitio. Dado que no habremos presionado igual las barras, no saldrán dos iguales, lo cual a mí me encanta


Así que ya sabéis, no se trata de trabajar, sino de planificar y tener paciencia. Y, creedme, el resultado os dejará picuetos, hasta el punto de que os costará un esfuerzo comer pan comercial.


 Dicho sea de paso, el horneado no consume demasiada corriente. Una hora de horno viene a salir, en un horno medio decente, por 40 céntimos. Las cantidades de harina y agua que he indicado arriba dan para dos barras, pero si os limitáis a duplicarlas podéis hacer cuatro barras por hornada, como hago usualmente (doblad todas las cantidades, empezando por la del prefermento, pero amasad en dos bolas, no me intentéis amasar un mogote de kilo ochocientos). Eso supone un coste de unos 60 centimos de harina (precio del mercadona) y 40 de luz, es decir, cuatro barras de 400 gramos cada una por un total de un euro.

Ahora, cortad con un buen cuchillo, y con un poquito de aceite disfrutad del placer del pan recién hecho. Lo que sobre, cortadlo en rebanadas y al congelador, este pan congela de puta madre y tienes rebanadas para desayunar, merendar o cenar para varios días. Bon appetit!






domingo, 1 de noviembre de 2015

SER INVISIBLE


El Hombre Invisible, uno de los primeros personajes con poderes de la ciencia ficción, suele ser un villano. El protagonista de la novela de H. G. Wells quiere usar su poder para chantajear al mundo, pues nadie podrá esquivar su mortal y asesino ataque.Ese planteamiento se mantiene hasta la última versión cinematográfica, donde los protagonistas van cayendo uno por uno ante el monstruo (ya sabéis, la típica peli de se salvan el chico tímido o la chica virgen)

Bueno, pues debo decir que la invisibilidad es el poder más mierder que te puedes echar a la cara. Sí, ya sé lo que estáis pensando: si yo fuera invisible me colaría en los bancos, y en los vestuarios de las animadoras (modo masculino), y le daría de hostias a todos los chulitos que me cruzara y...

Vamos a centrarnos en el hombre-mujer invisible de la ciencia ficción (descartamos el argumento "fue un mago") cuyo cuerpo se vuelve transparente a la luz visible (pero es visible en el espectro infrarrojo, ya que sigue generando calor, circunstancia felizmente aprovechada por Mr Hyde en la segunda serie de The League of Extraordinary Gentleman)

Tenemos, pues, a una persona totalmente transparente (presupongamos que es un hombre, los tíos somos más de hacer este tipo de mongoladas). Nuestro amigo ha inventado el suero de la invisibilidad o le ha picado una araña invisible, así que ya puede salir a la calle a iniciar su reinado de terror y... bueno, eso siempre y cuando viva en un clima cálido, porque como llueva, nieve o se levante el Moncayo (¿qué pasa, que el hombre invisible no puede ser de Zaragoza?) se va a pelar de frío y le van a descubrir por el  tilín tilín de sus helados cojoncillos. Ay, amiguete, la ropa no es invisible, así que hay que salir a la calle en pelotas y descalcito.

De acuerdo, nuestro hombre invisible es murciano: descartamos el frío y la lluvia. Pero como no cruce por los semáforos, su carrera criminal va a durar poquito. Si lo hace a pelo, o por un paso de cebra, el primer conductor se preguntará qué cojones es lo que le ha abollado el capó, y el segundo qué es eso que ha pasado por debajo de sus ruedas.

Supongamos que había suficientes semáforos y nuestro coleguita ha logrado llegar a su objetivo, el vestuario femenino del polideportivo donde compite la selección de boleyplaya brasileña. El mozo se introduce subrepticiamente en una esquina, se agarra el mango feliz y se dispone a darse un homenaje visual... un momento, no, no puede.

Porque el hombre invisible es ciego

Para ver, es necesario que la luz se refleje en la retina del ojo. Si eres transparente, la luz te atraviesa sin reflejarse, así que no hay de donde rascar: un topo tuerto en un túnel del metro ve más que el hombre invisible. Y dado que un bastón flotante cantaría mucho en la acera, nuestro héroe lo tiene negro, no ya para cruzar la calle, sino para esquivar ñordos y meos perrunos, botellas rotas, condones usados, colillas encendidas, cáscaras de pipas, chicles y todo aquello con lo que sus conciudadanos decoren las aceras. Así que, o se para en todas las fuentes disponibles a lavarse los pies, o le delatará la mierda que lleva pegada a los mismos, y el montón de sordas maldiciones que proferirá cada vez que pise un regalito.

Por no mencionar otros detalles, como que si acaba de comer, llevará en el estómago un montón de cosas masticadas (a menos que antes de zamparse un pollo lo vuelva invisible), y como haya tenido caries veremos unos sospechosos empastes flotando a media altura. Y también habrá algo así como una bolsita de pis flotante, salvo que nuestro rompetechos sepa como invisibilizar el ácido úrico.

Estirando mucho mucho mucho nuestra credulidad, si el hombre invisible fuera capaz de ver, tampoco sería demasiado problemático librarse de él. Bastaría con enviar tras él a un comando bien entrenado de vendedores de la ONCE armados de gruesos garrotes. Y, si ha logrado infiltrase en nuestro cuartel general/laboratorio secreto/apartamento en Torrevieja, cubriremos el suelo de tachuelas, apagaremos la luz y nos descojonaremos escuchando los ¡ay! ¡huy! ¡me ca...! ¡ouch! cuando intente acercársenos.

El Hombre invisible, lo mires por donde lo mires, es un loser.

Aún así, habrá quien piense que debe ser genial hacerse invisible: A esas personas, las invito a disfrutar de la experiencia real. Encontrarte entre treinta, cuarenta, cien personas, y que nadie repare en tu presencia. Porque no eres una persona alta y guapa, no tienes una sonrisa deslumbrante, no destacas por la calidad de tus ropas ni lo hermoso de tu timbre de voz. No tienes una vida fascinante. 

No importas.

Da igual que valgas la pena, nadie repara ni un instante en ti, ni se toma la molestia de descubrirlo. Si hablas, no te escuchan, si preguntas, no responden. Si falta un asiento te toca estar en pie, si no hay suficientes plazas eres quien se quede en tierra, si hay planes nadie cuenta contigo y, si no estás, nadie se preocupa ni se pregunta porqué no estás, porque nadie te echa en falta. 

Están en su derecho, ninguna ley puede obligarles a prestarte un solo minuto de atención. Pero eso no hace que duela ni un ápice menos.

Bienvenidos al maravilloso mundo de la invisibilidad, que no es un regalo, sino una cadena. Por mucho que pienses que ya te has acostumbrado a su peso, volverá a doler cada vez que te den de lado y seas consciente de que sigues arrastrándola.

Eres un mendigo. Y nadie va a darte una limosna: no te ven.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

VIEJOS AMIGOS

El sol es abrasador. Como siempre.

Los pasos del anciano levantan polvo. Arrastra los pies y ellos arrastran su corpachón. Una vez fue robusto pero ahora no lo parece, hasta tal punto camina vencido. Por los años, por el cansancio. Por las burlas.

_ Madre ¿qué sucede?
_ ¡Tu padre! ¡Otra vez se ha ido de la casa! ¡y andará como siempre, deambulando a pleno sol, sin su sombrero!
_ Tranquilícese, madre, enseguida salgo a buscarle.
_ ¡No puedo más, hija, no puedo más! ¡Ese hombre está intratable! Ya lo estaba antes, pero desde que murió su maldito burro ya sólo balbucea y murmura.

La mujer sale al sol, camina por las calles, pregunta. Sí, algún vecino le ha visto pasar. Sí, murmurando y mirando al suelo, como siempre.

Murmura cada vez que se cruza con alguien, cada vez que se cruza un perro. Murmura cuando les escucha reírse, murmura cuando le señalan. En realidad hace años que ya no le señalan, pero el anciano piensa que las burlas continúan, y murmura su rabia entre dientes.

_ Reid ¡sí, reíd! Burlaos, burlaos de mí... si él estuviera aquí no reiríais. Él acallaría vuestras burlas, él nunca dejó que nadie se riera de nosotros. Con la espada a veces, y vive Dios que nunca vi a nadie tirar de la espada como él. Pero sobre todo con su palabra. Si alguna vez le hubierais escuchado, si una sóla vez le hubierais prestado oídos, lo entenderíais. Me entenderíais

El sol martillea el pueblo, implacable. La mujer apresura el paso, un labrador le ha dicho que el anciano iba camino de los campos, y ahí no hay demasiada sombra.

Hace mucho que el anciano dejó de apresurarse. La vida le fue frenando, y ahora le pesa tanto... le pesa la vida, le pesa el hastío, le pesa la tristeza, esa tristeza que vive con él desde hace demasiados años, que no se mitigó ni cuando llegaron sus nietos... y el calor, el calor que golpea su cabeza ...

Se acerca a la encina, y bajo ella apenas hay sombra, pero es mejor que nada... se deja caer pesadamente, le cuesta respirar. Demasiado calor... descansará un poco, y cuando se sienta mejor volverá a casa.

Cansado... tan cansado... los ojos se le cierran... no ve, a lo lejos, a la mujer que grita, le señala, ni a los vecinos que acuden al oir sus gritos...

Descansar...

_ ¿Otra vez descansando, holgazán? ¡Levanta de una vez, que el alba quedó atrás hace mucho!
_ ¿...mi... mi señor?
_ ¿Pues a quién esperabas, tunante? ¿A algún obispo, a su Majestad? ¿Con tan altos te codeas que ya ni respondes cuando se te llama?

Se levanta, incrédulo, con esa agilidad que creía olvidada, más ligero de lo que ha sido en décadas. Sus piernas, cortas pero fuertes, le sostienen sin dudas. Y ahí está su fiel rucio, con las alforjas, esperando...

...y al mirar atrás le ve, echado a la sombra de la encina, los ojos cerrados, el cuerpo más pesado que nunca...

_ Mi señor ¿y él?
_ Déjale que descanse, su jornada ha sido larga, bien ha merecido su reposo. Y no pierdas más tiempo, partamos ya

Marchan, ajenos al llanto de la mujer, que se agarra al cuello del anciano, intentando en vano que abra los ojos, y a los murmullos de los vecinos, que llegan y se frenan a pocos metros, respetando su dolor. Algunos se quitan el sombrero. Ni ellos, ni ella, son conscientes de las figuras que se alejan hacia el horizonte, una alta y espigada, otra más rechoncha, trotando sin prisa sobre sus desgarbadas monturas. Y tampoco son conscientes de sus voces, que sólo escucha el viento.

_ ¡Vamos, Sancho, con buen ánimo, que aún quedan muchos entuertos por desfacer, y el camino nos aguarda, hospitalario y lleno de encrucijadas!
_ ¡Sí, mi señor!
_ No, Sancho, no más mi señor, no más amo, no más criado. Solos tú y yo, viejo amigo, solos tú y yo.
_ Como deseéis, mi se... como deseéis, amigo Alonso.

El sol se pone, el día llega a su fin. El camino nunca lo hace.

Hice este dibujo hace muchos años, como pareja de uno sobre Don Quijote. No salió como esperaba, pero le tengo especial cariño, el mismo cariño que siento por el pobre y leal Sancho, a su modo tan soñador como su señor, y al rucio, ese burrito sin nombre, tan fiel y paciente con su dueño como con la vida y el camino.

lunes, 28 de septiembre de 2015

EL ESPÍA RUSO, LA ARISTÓCRATA Y EL SUBMARINO


Con esta entrada abro una colaboración con el podcast Antena Historia. Espero que disfrutéis, no sólo de mi intervención, bien breve, sino, sobre todo, del excelente trabajo que hace Antonio y, en esta ocasión, de un tema apasionante: el desastre de la Selva de Teutoburgo y las campañas de Germánico más allá del Rin.

_ Quintilio Varo ¡DEVUÉLVEME MIS ÁGUILAS!

http://www.ivoox.com/ah-14-aguilas-germania-las-campanas-audios-mp3_rf_8644535_1.html

Hay personajes, en los rincones de la historia, que parecen sacados de un folletín, y el protagonista de esta historia es uno de ellos. Basil Zaharoff era un falso ruso que se dedicaba a la venta de armas en la turbulenta europa decimonónica. Su vida, hasta la década de 1870, fue la de un pícaro de poca monta, estafando a turistas, trabajando de proxeneta y falsificando dinero y antigüedades a pequeña escala por las calles de Estambul. Su historia no habría pasado de las crónicas de sucesos de no ser por que, en 1877, un giro inesperado del destino le convirtió en representante de una empresa sueca de armamento, la Nordenfelt.

Todas las naciones, desde los grandes imperios hasta los países más diminutos, se estaban equipando con los nuevos armamentos, hijos de la revolución industrial. Las potencias navales, en concreto, estaban muy interesadas en el concepto del buque submarino y el señor Nordenfelt, en colaboración con un sacerdote inglés, el reverendo Garrett, había desarrollado y anunciado a bombo y platillo un proyecto de sumergible a vapor. El público se entusiasmó en su momento con la idea, estaba muy reciente la publicación de 20000 leguas de viaje submarino, pero los representantes de las grandes armadas de la época, tras asistir a una demostración del invento, consideraron que aquello sólo podía considerarse como un sumergible por el hecho de que, probablemente, llegaría a hundirse, pero lo de volver a la superficie ya era harina de otro costal.

Y aquí entra en escena nuestro personaje. Como buen estafador, Zaharoff era ante todo un gran vendedor, y logró convencer a la recién nacida marina griega de que disponer de un submarino les convertiría en los amos del Egeo. Tras colarles la moto a los griegos repitió la jugada con los turcos, sólo que a estos logró metérsela por partida doble y les vendío dos. Dicho sea de paso, hay quien opina que uno de esos buques, el Abdul Hamid, merece el honor de ser la primera nave que disparó un torpedo en inmersión,  pero dado que al hacerlo la nave se fue de popa al fondo creo que esta efemérides, como mínimo, necesita ser revisada.

Poco después nuestro personaje logró convencer al ingeniero Maxim para que se asociase con Nordenfeld para comercializar su célebre ametralladora ¿Y cómo le convenció? Saboteando todas las demostraciones que intentó hacer el estadounidense en Italia y Austria, con métodos tan novelescos como llevarse a la comisión evaluadora de garitos y burdeles la noche antes de la evaluación, reemplazando la pólvora de los cartuchos por azucar tostado y haciendo correr inquietantes rumores entre los militares y los miembros de la prensa sobre la inestabilidad del arma y la imposibilidad de producirla en serie. Al final, Maxim se rindió y Zaharoff empezó a vender su ametralladora por toda europa, embolsándose sabrosas comisiones.

El siguiente destino de Zaharoff fue España, a donde viajó por cuenta de la empresa británica Vickers, que intentaba hacerse con el monopolio de la construcción naval. Los ingleses habían repartido ya abundantes cheques entre las élites políticas de Madrid, y uno de sus comisionistas, José María Beranguer, recién nombrado ministro de marina, puso en manos del ruso los planos de un sumergible firmados por un desconocido marino español, un tal Isaac Peral.

Podemos imaginar que cuando Zaharoff vio aquellos diseños se le podrían los ojos en blanco. Él sabía reconocer las oportunidades, y lo que tenía ante sus ojos no era una lata sumergible para estafar a incautos: Peral había logrado resolver todos los problemas que implicaban la navegación bajo el agua e incluso había ido más allá: el prototipo, por si mismo, era una nave letal, un verdadero torpedero submarino, capaz de navegar, orientarse y disparar en inmersión con total seguridad. Su sola existencia  tiraba por tierra las premisas sobre las que se basaba la guerra naval, y las posibilidades económicas de semejante invento eran astronómicas (a su lado las comisiones de la maxim serían como una propinilla de cafetería)

Zaharoff trató de comprar al inventor, pero para su sorpresa se encontró con un muro infranqueable de honradez: Peral no soñaba con hacerse rico, sólo intentaba salvar a España de un desastre, pues conocía demasiado bien el lamentable estado en el que se encontraba nuestra marina, gracias a la corrupción, la desidia y la estupidez de los políticos y los marinos de despacho. Frustrado, Basil informó a la Vickers de que sería imposible hacerse con el proyecto por las buenas, y procedió a intentarlo por las malas. En la mejor tradición del folletín, sedujo a una bella aristócrata, doña María Pilar de Muguiro, consiguiendo así acceso a los salones más influyentes de la podrida España de la restauración, y empezó a repartir sobornos a diestro y siniestro.

Peral hizo frente con buen ánimo a los inexplicables incidentes que tuvieron lugar durante las demostraciones de su nave, como la accidental sustitución del ácido de las baterías eléctricas por agua coloreada de tinta. Él y sus tripulantes extremaron la vigilancia y lograron salir con buen pie de todas las pruebas exigidas por el ministerio de marina, pero, por desgracia, no podían hacer nada contra el sabotaje más allá del puerto. Pronto empezaron a pedírsele pruebas imposibles, y cuando las satisfizo todas, se encontró con que los informes técnicos eran tergiversados, presentando su invento como un despropósito. La prensa, vaya usted a saber por qué, también empezó una campaña de desprestigio, y llegado un momento incluso se acusó al propio Peral de ser un simple estafador.

El proyecto de Peral, como todos sabemos, nunca prosperó, y una vez más España perdió una oportunidad de oro. Empero, se negó en redondo a vender el proyecto a Zaharoff.  Entretanto, éste fundó varias filiales de la Vickers en España, como la Sociedad Española de Construcciones Navales, vendiendo al gobierno, a precio de oro, armas y barcos prácticamente inservibles mientras traficaba con todos los secretos militares que la corte de Maria Cristina puso a su alcance.

Zaharoff, años después, se casó con su amante, doña Pilar, y siguió extendiendo sus tentáculos por España durante tres décadas. Si esto fuera un relato de Conan Doyle, Basil sería un agente del malvado Moriarty, y Holmes y Watson habrían truncado su carrera mandándole a prisión. Por desgracia esta historia no es una novela, y las consecuencias para nuestra nación, en general, y la armada española, en particular, fueron funestas. Los cruceros acorazados Oquendo, Vizcaya y Mª Teresa, construidos por la SECN, fueron hundidos en la batalla de Santiago de Cuba sin lograr hacer un sólo blanco digno en los buques estadounidenses que los despedazaron a placer. Por el precio de uno solo de esos pecios flotantes se podrían haber construido cincuenta naves como el Peral. Con muchas menos de cincuenta, el final del siglo XIX no habría sido la tragedia que fue, y miles de familias españolas se habrían ahorrado lágrimas y sangre.

En palabras del almirante Sampson, vencedor de Santiago, si los españoles hubieran tenido en la isla cuatro o cinco submarinos como el que inventó el señor Peral, yo no me habría atrevido a bloquear Cuba ni siquiera por 24 horas.

Si queréis conocer los detalles de esta truculenta y triste historia, os recomiendo que leáis Isaac Peral: Historia de una frustración, de Agustín Ramón Rodríguez González., El submarino Peral. La gran conjura, de Javier San Mateo o El Mercader de la Muerte, de Donald McCormick. Igualmente podéis ver mi recreación del submarino Peral (basada en los planos, ilustraciones y otros documentos publicados por Juan C. Sanchez en 2013, y las fotografías publicadas por el Museo Naval de Cartagena durante la restauración de la nave) en http://www.muyhistoria.es/contemporanea/video/recreacion-del-submarino-de-isaac-peral

domingo, 30 de agosto de 2015

HOY HABRÍA CUMPLIDO 107 AÑOS


La Yaya era delgada, no muy alta. Guapa, con todas esas arrugas en su rostro alargado, muchas de ellas labradas, no a fuerza de años, sino de sonreir.

Menudita, y móvil. A mis amigos les sorprendía que tuviera una abuela tan activa, más de una vez se la encontraban por el parque, paseando, camino de la iglesia, yendo a comprar, y siempre les saludaba. Eso también les sorprendía, porque había muchas personas mayores que ya no reconocían. Ella reconocía, y más, que tenía buena memoria.

La memoria de la Yaya era, a veces, un dolor para mis amigos, porque en esos años jugamos mucho al Trivial, y juntos formábamos un equipo imbatible. Literalmente, no sólo no nos ganaron nunca, además dábamos una vuelta extra tras tener los seis quesitos, en plan humillante (no me miréis así, que yo pasé muchas veces por debajo del futbolín)

También les sorprendía que, a veces, esos fines de semana en que organizábamos una fiestecita en mi casa, aprovechando que mis padres estaban fuera, ella estuviera ahí, sentada en su lado del sofá, tan a gustito, leyendo y charlando con ellos.

Era un gusto compartir una lectura con ella, como lo era charlar, como era agradable verla llegar cada año, para pasar con nosotros seis meses. Rocko era el primero en darse cuenta: antes de que sonara el timbre ya había oído subir en el ascensor a mi padre con ella y las maletas, y estaba en la puerta, con el almohadón en la boca, moviendo la cola como si no hubiera un mañana. El almohadón de la Yaya, nunca se confundía.

Rocko también sabía que no debía entrar en su dormitorio. Era una habitación pequeña, y ella se sentía un poco agobiada ahí con ese perro tan grande que se echaba a sus pies, así que nunca pasaba de la puerta. Años después, cuando ella ya no estaba, él seguía negándose a entrar.

Cuando la Yaya se quedaba en su dormitorio, leyendo, o tocando el piano, con sus auriculares puestos, parecía que no estaba. Era la persona más discreta que he conocido. Todo lo que hacía lo hacía así. También su fe la vivía de forma discreta, callada. Nunca la escuché alardear de cristiana ni escuché beaterías de su boca. Incluso, cuando creía que lo que estábamos viendo en la tele no era adecuado, no decía nada: se limitaba a aprovechar ese momento para rezar el rosario, paseando por delante de la tele.

La última vez en mi vida que fui a misa* fue una Navidad. La Yaya no había ido a la misa del gallo,  estaba muy cansada esa nochebuena, y cuando salió a la mañana siguiente pensé que no estaba bien que fuera sola, así que la acompañé. Volvimos despacio, ella de mi brazo. No me lo pidió, nunca hablamos de ello. Con ella era todo natural. También mi falta de fe, que aceptó sin una mala cara, sin un sólo pero

Era bueno estar con la Yaya, Y hubo un día, un verano, en el pueblo, que estar con ella fue providencial. Estábamos solos con Pili, muy pequeña entonces. La niña se tragó una pieza de un juego y empezó a asfixiarse. Yo tenía ¿14 años? y me quedé congelado, pero me dijo, cógela de las piernas y levántala, rápido, y mientras yo la tenía cabeza para abajo, en vilo, metió sus dedos en la garganta, y logró sacar el trocito de plástico, justo cuando su cara se estaba poniendo azul. Si ese día yo hubiera estado solo, mi hermanita habría muerto delante de mí.

Porque ser suave no significa ser blando, ni frágil.

Nunca he olvidado esas manos. Largas, de dedos finos. Creo que las mías se parecen un poco.

Tampoco he olvidado su cabellera. Un verano estuvo viniendo con nosotros a la piscina de la huerta. Se bañaba de cuando en cuando en el agua helada y luego se soltaba el cabello para secarlo al sol: una melena larga, larguísima, resplandecientemente blanca.

Y, finalmente, un año nos dejó. Supo que le quedaba poco tiempo, apenas unos meses, puede que menos, y se volvió a su Zaragoza, para morir allí, tranquila. Sonriendo, como siempre.

Nos dejó sonrisas. Nos dejó esos muebles que siguen en el pueblo y que tan a gusto la hacían sentir en verano, los de su vieja casa, que espero sigan con nosotros muchos, muchos años. Como sus copas, que procuraré mantener a salvo en mi casa. Ahí las tengo, reluciendo en un armario: cristal de más de un siglo, de cuando el champán se bebía en copa abierta.

Y nos dejó recuerdos. He compartido con mis primas muchos de nuestros recuerdos con ella, recuerdos que, en principio, eran sólo de cada una de nosotras**, pero han acabado siendo de todas. Como son de todas las lágrimas que nos atropellan la mirada cuando escuchamos ese mensaje que grabó para toda la familia.

Y fue una de mis primas la que dijo la frase que más me viene a la cabeza cuando pienso en ella.

La Yaya es una hipótesis muy necesaria

* Quiero decir, a una misa normal, no a las de bodas, comuniones, funerales... etc
** Cuando pienso en la familia Artero, aunque hay algunos chicos, nos veo sumergidos en una marejada de primas, así que me incluyo orgullosa en ese nosotras