viernes, 31 de octubre de 2014

APRENDIENDO A SER PEQUEÑO

Me creí grande

Me crecí. Me sentí diferente, más inteligente, más hábil. Mejor. Mejor que los demás. Y me volví un imbécil.

Me lo creí, sí, y me puse en un pedestal, mirando desde arriba, con condescendencia.

Dejé de escuchar. Empecé a perder lo mejor que tenía, lo más valioso: la voz de los demás. Llegó un momento en que les callé y sólo me oí a mí mismo. Y lo peor es que me lo señalaron, pero pensé que era un error. Porque ¿como iba a hacer yo eso, con lo estupendo que era?

Me volví soberbio, porque pensé que no podía hacer nada mal. Me convertí en un prepotente y empecé a pensar que mi opinión era mejor. La mejor. Empecé a tratar a otras personas con desprecio. Incluso, me volví un camorrista, siempre dispuesto a saltar en defensa de MI verdad, que era la buena.

Y, al final, me estrellé.

Perdí mucho. Perdí personas. Perdí afectos. Perdí mi propio respeto. No sé si recuperaré algún día a las personas, o su afecto. Sé que el respeto, el mío, tardaré mucho en recuperarlo.

Ahora estoy viendo las cosas a ras de suelo. Si miro detrás de mí, hay un montón de escombros. Si miro más atrás aún, veo gente a la que pisé desde mi pedestal. Delante sólo queda mi camino.

Si os pisé, si os hice callar, si os ignoré, por favor, perdonadme. Y sí, pese a todo, seguís aquí, gracias. Gracias de corazón. Porque si le doy a alguien todos los motivos para marcharse, y no lo hace, esa persona vale cien veces más que yo.

Soy pequeño. No es nada malo, simplemente es quien soy. Y he empezado a caminar de nuevo, despacio, porque mis piernas no son muy largas, y con cuidado, para no volver a pisar a nadie.

Y sin miedo, porque de tan pequeño, ya no me cabe ni el más mínimo temor.

viernes, 17 de octubre de 2014

DE LA CABEZA AL PAPEL (II) Garabateando


Hay dibujantes capaces de resolver una imagen con un sólo trazo. Autores que, como Sergio Aragonés, plasman lo que tienen en su cabeza casi de forma inmediata, con apenas dos giros de muñeca. He visto a alguno de ellos trabajando (incluído al propio Sergio, en una tarde genial en la librería Electra) y da la impresión de que el lápiz no es un cuerpo extraño en sus manos, sino una prolongación natural, un dedo con corazón de grafito.

No es mi caso. A veces soy capaz de sacar un boceto rápido, pero, en general, soy un dibujante bastante lento.

Para empezar, el papel en blanco me impone mucho: me cuesta lanzar los primeros garabatos. Luego, por suerte, ya va todo más rodado. Empiezo por encuadrar la idea con muchos trazos, muy sueltos, sobre un papel normalucho, el típico que usamos en una impresora, para entendernos. No tiro al detalle, intento definir forma y planos de forma muy básica. Y una vez tengo más o menos claro como quiero distribuirlo todo, paso a otra hoja, esta vez, papel de dibujo.

Cada autor tiene sus manías. La mía es el papel de alto gramaje, a ser posible schoeller satinado o mate, según quiera línea o sombra. No es el mejor papel para lápiz, pero me acostumbré a usarlo en mis tiempos de aerografista y, de alguna manera, me he hecho a su tacto.

El primer boceto propiamente dicho parte del encuadre previo, silueteando y dando estructura con más detalle. Utilizo normalmente un portaminas duro, 2H o superior. De este modo, aunque haga mucha línea, no mancho demasiado y eso me evita borrar. Procuro borrar lo menos posible en esta fase del trabajo. Como he dicho, hago muchos trazos, y sólo al final me centro en definir bien el aspecto general. Si el dibujo resulta claro y no he ensuciado demasiado la hoja, puedo pasar al boceto definitivo directamente. Si no es así, calco contra una ventana las líneas que más me interesan en otra hoja y allá que vamos.

Aquí podéis ver ambos casos. El boceto de la imagen marina estaba muy machacado y no me pareció productivo seguir dibujando sobre esa hoja. en cambio, la imagen del colmado está dibujada directamente sobre los esbozos previos, ya que resultaron muy limpios, y pueden verse los trazos finos bajo el dibujo acabado.

En cualquier caso, lo primero es dibujar, ya de forma precisa y nítida, toda la imagen. Todavía en lapiz duro, pero sin ambigüedad: en el trabajo previo he probado muchas posibilidades con los trazos, ahora me centro en la que más me ha gustado. Luego, tras escanear el dibujo (por si acaso) cambio a una mina más blanda (2B) o, preferiblemente, un lápiz 4B bien afilado. A partir de aquí empiezo a usar trazos firmes y muy nítidos, y empiezo el proceso de sombreado: hasta ahora he trabajado la línea, es el momento de sacar el volumen.

Según vayan a ser el estilo y el acabado, trabajaré más o menos el detalle. Un dibujo vectorial, como el de Mozart, puede resolverse con formas limpias y sencillas. Un arte final complejo, como el de la
anatomía del cuello, requiere mucho m´s trabajo fino, ya que el color tan sólo va a ser un apoyo del trazo. Llegados a este punto, escaneo a menudo los resultados, para prevenir errores que me pudieran obligar a empezar de nuevo. Finalmente tengo una imagen en grises y negros a mi gusto, lineal o difuminada, según mis
necesidades (llamadme raruno, pero no me apaño con los difuminos comerciales, al final lo hago a dedo) y llega, por fin, el momento de sacar la goma

Antes hacía este proceso final sobre el papel, cortando lascas finas de goma (la goma tipo nata es ideal para esto, la de miga es una aberración). Ahora prefiero escanear y trabajar de forma digital. Se trata de usar el borrador, no para corregir, sino para resaltar. El conjunto del dibujo tiene un gris desvaido, y borrando saco las luces por blanco, de forma que ajusto la iluminacion y termino de definir el volumen. Podéis apreciarlo muy bien en el dibujo del caballero medieval.

Llegados a este momento, yo, en ocasiones, me detendría: creo que el lápiz es un medio lleno de vigor, y, en ocasiones, el color sólo es un adorno innecesario. El dibujo de la diosa hindú Durgha que encabeza esta entrada, por ejemplo, no pedía más, una vez lo completé me pareció perfecto. Por desgracia, muy rara vez he podido publicar un dibujo en lápiz puro y duro, así que el siguiente paso es el color. Pero de eso hablaremos otro día. Por hoy, basta decir que, seguramente, soy demasiado meticuloso, de ahí mi lentitud. Que no es en sí un defecto, pero a veces me desespera

Puede dar la impresión, de lo que os he contado, que desperdicio mucho papel, a veces tres o cuatro hojas para un dibujo. Afortunadamente el schoeller es un soporte en el que se borra muy, muy bien, y, una vez escaneados los bocetos más interesantes, puedo reutilizar el material, a veces varias veces

sábado, 4 de octubre de 2014

MIL Y UN KILÓMETROS


Fue pura casualidad. Al abrir la web del runKeeper vi, en un apartado, la distancia que llevaba recorrida desde que empecé a utilizar esa app. Me dije, seguramente la que usaba antes también llevará el recuento, así que la abrí y, para mi sorpresa, entre ambas cifras sumaban 993 km.

Y me tocaba salir a correr.

Pensé en parar al llegar a 1000, pero me dije, 1001 es una cifra mucho más bonita.

Un año. Doce meses. 1001 km.

De haber corrido en dirección al norte, y virado al oeste al pasar Irún, ahora estaría llegando a la ciudad de Tours. No conozco Tours pero sospecho que, con el otoño, esa región debe estar preciosa.

Doce meses hasta Tours. Y muchas cosas que he descubierto a lo largo del camino.

He descubierto que puedo ser constante, pero también un inconsciente: un exceso de entusiasmo me costó un mes lesionado.

Desde que empecé, pasaron realmente trece meses, así que menos el que estuve con el freno puesto, ya suman los doce.

He descubierto que lo de correr es un muermo, dicho sea de paso. Corro porque es un ejercicio que me sienta bien y es gratuito, pero cada vez que me calzo las zapatillas siento el deseo de descalzarme y ... dejarlo correr.

También he descubierto que la publicidad miente. La gente con la que me cruzo no sonríe, no se ve pletórica de energías ni corre como si no hubiera peso sobre sus pies, en un precioso contraluz. 9 de cada 10 personas van sofocadas, jadeando, empapadas en sudor y moviéndose como si cada zancada les doliera. Ahora que lo pienso, ése y no otro debe ser mi aspecto cuando me ven pasar.

He descubierto que hay pitos reales en Alcobendas, ya me he cruzado con varios ejemplares y siempre es como si, de pronto, el sol se concentrara en una gema y revoloteara ¿cómo puede un pájaro ser tan bonito?

He descubierto, igualmente, que los que diseñan las zapatillas de correr odian profundamente a la humanidad, o son daltónicos, o ambas cosas a la vez ¿Tan difícil sería usar una combinación de colores que no deje ciego al que mira?

Pero correr tiene algo bueno: despejas la cabeza, te dejas llevar y puedes simplemente disfrutar de unos momentos contigo mismo. Supongo que otros ejercicios servirían, pero yo lo he descubierto corriendo

No tenía ningún objetivo en mente cuando, el año pasado, una amiga me animó a intentarlo. Me alegra que fuera así, y me alegra haberla hecho caso. Pero ahora sí tengo un objetivo: la semana que viene Tours quedará atrás y, si todo marcha como hasta ahora, y no me lesiono, llegaré a París en diciembre. Aunque siga en Madrid, mis pies me llevarán por la orilla del Sena.

Y después, ya veremos, tampoco quiero hacer planes a largo plazo.

Dicen que correr es una metáfora. Durante estos 1001 kilómetros he descubierto que puedo ser mejor de lo que creo, y peor. Puedo ser una persona genial o el mayor de los imbéciles. Ambos están en mí, y soy yo quien debe decidir cual de ellos soy, y quiero ser. Igual que antes nunca me vi capaz de correr, y ahora lo hago, quizás también sea capaz de dejar atrás, en el camino, lo que me sobra.

lunes, 15 de septiembre de 2014

DE PROFESORES Y MAESTROS

Profesor, ra

m. y f Persona que ejerce o enseña una ciencia o arte

He tenido  profesores nefastos, como el Hermano Javier, que se limitaba a enchufarnos de memoria la lección y castigar al que hablara.

No sólo en el colegio. También en la universidad. El hombre que nos daba cálculo en la ETSIA*, llegó una tarde tan borracho que se durmió delante nuestro. Esa cátedra, en general, era un martirio. Él, en particular, más.

Lo que esa genteentendía por enseñanza era a la enseñanza lo mismo que cebar una oca a la gastronomía.

Eran pocos, por suerte. 

La mayoría de los profesores que conocí fueron docentes razonables. Daban su asignatura y, al final del curso, sabíamos un poco más. Foronda era un desastre como persona, pero cuando viajé por Francia descubrí que, después de todo, sabía francés.

También tuve buenos profesores. Y hubo más buenos que nefastos. Un buen profesor te enseña lo que de verdad sabe, te prepara y no da nada por supuesto. No quieren que apruebes, sino que aprendas.

Como la la cátedra de construcción, ya en la EUITA**. Incluso en mitad de un examen, podían plantarse a tu lado para consultas y dudas, porque no les interesaba la nota, sino tu comprensión.

Y recuerdo con especial cariño a Elena, la única profesora que tuvimos en bachillerato. Le hicimos pasar las de Caín (éramos un rebaño de hormonas mal digeridas) pero logró meternos en el coco una buena visión de la Historia. La paciencia de esa mujer merecía mejores alumnos.

Maestro, tra.  

m. y f. Persona que enseña una ciencia, arte u oficio, o tiene título para hacerlo.
adj. Dicho de una persona o de una obra: De mérito relevante entre las de su clase.

Tuve unos pocos maestros. Un maestro va más allá de enseñarte: te estimula, abre tus ojos.

Chacho nos enseñó que la lengua era mucho más que un montón de sonidos y normas: era nada menos que una herramienta, y una muy útil. Y luego nos enseñó a leer de verdad.

Él me convirtió en un devorador de libros. Me descubrió lo que había más allá de las cubiertas, lo que quedaba entre líneas, lo que salía más allá del texto. Me mostró la forma y el fondo, la belleza y la fuerza. Me metió la lectura bajo la piel, donde echó raíces firmes.

Y me enseñó a disentir. Una vez, casi llegamos a las manos por Platero. Porque era un Juanramonista fanático, y yo le dije (y lo sostengo) que platero no es un burro sino un puto peluche, una fantasía aterciopelada y cursi. Defendí que el único burro real de nuestra literatura es el sufrido y paciente rucio de Sancho, el único del cuarteto que (casi siempre) logra salvarse de los palos. Y como burro, símbolo vivo de todo lo que es sólido y real.

A eso siguieron palabras, y más que palabras, y no pasó a más porque un compañero me sujetó y Chacho esquivó la hostia. Nos tomábamos la lieratura muy en serio.

Pablo era nuestro profesor de dibujo en bachillerato, y sacó a la luz al ilustrador. Yo ya dibujaba antes de conocerle, pero él me llevó más allá del papel: me enseñó a pensar. A cerrar los ojos y dejar que una música me sugiriera imágenes, a buscar simetrías y asimetrías en lo que veía por las calles. A tomar una idea, por absurda que resultara, y darle forma. A mirar más allá de un cuadro y buscar detrás. A jugar con los colores y la luz.

 Y a como no vestirme. Lo siento mucho, Pablo, pero en eso siempre me pareciste un hortera. Esas combinaciones de pastel y tonos ácidos... uf

El Sopas (el señor Ibáñez, filosofía) y el Bacterio (Alberto, biología) resultaban paradójicos, porque aunque daban su materia más o menos bien (mejor el Sopas que el Barbas) lo que me enseñaron fue a ... a ser yo. Nunca nos trataron como críos: nos miraban como a personas, y esperaban de nosotros que fuéramos personas.

Una mañana, cuando Alberto entró en clase y nos dijo, buenos días, R. le respondió ¿y por qué coño son buenos? Y se nos quedó mirando. Dijo que incluso como vacilones, le gustábamos, porque le vacilábamos cara a cara, sin bajar la mirada, mientras que en otras clases sólo murmuraban cuando les daba la espalda.

Cuando el Sopas se jubiló,  fuimos a visitarle a su casa. Estaba feliz de vernos, hablamos durante horas, y salimos a la calle sintiendo que para ese hombre menudo y arrugado, éramos de verdad alguien. Le importábamos. Y él nos importaba.

Y, ya en la universidad, don Ángel Grau***, el catedrático de zootecnia, me enseñó a apasionarme. Era contagioso, rebosaba energía y nos la transmitía. Y su mente estaba tan acelerada como la mía, si no es que lo estaba más.  

Con él aprendía a pensar lateralmente, a anticiparme a un resultado, previéndolo sin esperar a los cálculos finales. A saltar etapas. A mirar más allá de los datos, a enlazar y construir. Y sospecho que ni siquiera era consciente de que me enseñaba algo así, simplemente era su modo de hacer las cosas.

Me pegó a la piel el fervor y la exigencia. Porque era lo que nos transmitía, en cada palabra.

Finalmente, he tenido maestros que no eran profesores. Personas que me han hecho mejor, no con lecciones magistrales, sino con confianza. La confianza que les permite echar luz sobre mis errores, mis defectos y mis lastres, no para corregirlos, sino para que yo los corrija. Personas que me han abierto nuevos caminos, de nuevo sin pretenderlo, sino gracias a su propio entusiasmo.

Un profesor te enseña conocimientos. Un maestro te enseña a desear ese conocimiento. Un maestro abre tu sed. Una sed que no se sacia nunca, porque cada trago te hace ansiar el siguiente. Y cada trago te hace crecer.

Es injusto, el maestro te da, y apenas puedes devolverle. Sólo puedes, con suerte, abrir los ojos, reconocer quién es y decirle una palabra. Sólo una.

Gracias.

*Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos
**Escuela Universitaria de Ingenieros Técnicos Agrícolas
*** Era el Nervios, pero para mí siempre será Don Ángel. Es el único a quien doy ese trato.

viernes, 5 de septiembre de 2014

VA DE VIÑETAS...Prince SLUT in the Days of King Arthur


Desde muy niño he sido fan de Hal Foster. He leído y releído su obra hasta el punto de que, a estas alturas, probabemente me la conozca viñeta a viñeta. Cada vez que vuelvo a abrir sus páginas me asombran la narrativa, la puesta en escena, los paisajes, el movimiento, el dominio de la anatomía... pero, sobre todo, me pasma la fuerza de los personajes.

Foster no construyó personajes planos. El caracter de sus protagonistas se despliega faceta tras faceta: incluso alguien tan simplón como Pierre, el torpe-sanchopancesco-inútil criado de Sir Gawain tiene bajo su piel regordeta mucho más que un cliché. Sus mujeres no son lánguidas damiselas esperando un rescate (Aleta tiene la sana costumbre de rescatarse sola), los caballeros no son monolitos de virtud, el propio Val puede tener reacciones caprichosas, violentas, crueles... y, si bien no de forma explícita (porque requiere una lectura atenta) tampoco la sexualidad de sus personajes está construida de acuerdo a la norma.

Querido público, olvídense de Tom de Finlandia. Si buscáis una historia con barrillo, bienvenidos al sorprendente mundo del Príncipe Valiente Golfx.

Empecemos por nuestra estrella, Val, a quien seguimos desde su adolescencia hasta los años de madurez (en las fechas en que Foster deja la serie, Val pasa los 40). A priori, un apuesto varón heteronormativo, felizmente casado tras una juventud de alegres devaneos con mozicas de buen ver. Pero las cosas no están tan claras.

Sí, Val retoza alegremente con Aleta, pero también se le ve muy a gustito rodeado de mozos fornidos... y desnudos. Es más, él suele quedarse en pelotas (o en tangarrabos) a las primeras  de cambio. Y con mucho contacto físico, que eso es cosa de hombres... No vamos a mencionar su peinado, ajustado a las modas de la época, pero todo el personaje destila una interesante ambigüedad viril. Pensemos en el gran momento en que Val recibe la espada Cantante de manos del príncipe Arn, pues sólo con ella podrá frenar a los vikingos que les persiguen. La escena de la batalla en el puente (arriba) impresiona por su belleza, pero ¿qué estamos viendo? docenas de musculosos, sudorosos y peludos hombretones se lanzan en masa sobre un imberbe joven armado con una enorme y rígida espada, y los caídos se sumergen en oleadas de espuma.

Agotado (normal, menudo gangbang) Val es llevado al campamento vikingo y ahí descubrimos su gusto por el cuerpo a cuerpo con poca ropa y su puntito sado en ambientes playeros.

El SM es una constante en la vida de Val. Foster lo da todo en las escenas de mazmorra, donde, por cierto, Val suele ser el sumiso... 


Aleta también tiene sus aficiones, y, en el tema del bondage, comparte armario con su marido. Por no mencionar que ella también gusta de andar ligera de ropa, levantando miradas (y lo que no son miradas) a su paso. Asimismo, parece igualmente interesada en el otro lado de la calle, como demuestra su intimidad con la rotunda, robusta y curvilinea Katwin, la fría devoción que despierta en su doncella india, Tillicum, o sus simpáticas escenas de baño.


Val y Aleta viven su sexualidad de forma alegre y abierta, y no tienen reparo en disfrutar de una enérgica sesión de spanking entre aventura y aventura. Son una pareja muy, muy bien compenetrada, que gozan sin que les preocupe el qué dirán.

No puede decirse lo mismo de Sir Gawain, el  compañero de Val. Mujeriego empedernido, asaltador de balcones y ventanales, un don Juan triunfador donde los haya pero... no consuma. Porque, cada vez que llega el momento, Gawain pone pies en polvorosa, huyendo de las mujeres a uña de caballo.

Gawain es un narcisista de tendencias homosexuales duramente reprimidas.
Esperan de él que sea un hetero viril, y esa es la apariencia que ofrece al mundo, pero, como puede verse en esta otra imagen, no son los cuerpos femeninos los que le hacen suspirar.

Ahora, si hablamos de represión, la reina Ginevere se lleva la palma. Atrapada en un matrimonio de opereta, con un marido asexual, las atenciones de su amante, Lanzarote, no bastan a llenar su vacío. De hecho, sólo la vemos relajada en cierta ocasión, tras un alegre baño con Aleta (yo no quiero decir nada, pero...)

Arturo ¿qué podríamos decir de Arturo? En la batalla de los pantanos encabeza la carga con su poderosa  excalibur, pero nunca más le veremos volver a esgrimirla ¿quizás el soberano, bajo el peso de las responsabilidades, se ha vuelto impotente? No del todo: nuestro rey aún disfruta del voyeurismo. Sí, la única vez que vemos a Arturo... chispeante... es cuando se encuentra con Aleta, como no, en pelotas por el bosque. El monarca, con ojos viciosetes, la persigue por el arroyo, y no se bate en retirada hasta que ella le da un severo correctivo. Luego, al reencontrarse con él, le humilla y maltrata, porque el rey ha sido un chico muy, muy malo. 

A buen entendedor...

Os preguntaréis ¿no hay en este medievo ningún atisbo de heteronormatividad? No lo encontraremos en el rey Aguar, solterón empedernido cuya virilidad es puesta en entredicho por su propio hijo, y cuya afición al emperifollamiento sólo tiene parangon con la de Gawain.

Tampoco en Mordred, que sublima sus deseos sexuales en una búsqueda desenfrenada de poder, quizás como un modo de recabar la atención de su fría y dominante madre.


No desesperemos: nos queda Boltar, honrado pirata, y comerciante. El alegre bribón vikingo rezuma hombría a la vieja usanza. Juerguista, fanfarrón, vocinglero, el alma de la fiesta... hasta el día en que su camino se cruza con el de Tillicum y ella le amenaza de muerte. Boltar se deja de juergas adolescentes y madura, decidido a ser digno de la única mujer capaz de helarle en el sitio con una sola mirada. Desde entonces ha sido su amante esclavo y.... vaya, después de todo tampoco aquí tenemos las cosas tan claras.

En fin, confío en no haber hecho añicos vuestros recuerdos, y espero que, si alguien no conocía esta magnífica obra, no deje de leerla por mi culpa. De verdad, vista desde cualquier lado merece la pen... a quién quiero engañar. Mi buen Rafa N (más que un jefe, un amigo) no me perdonará JAMÁS, porque nunca podrá volver a ojear las páginas de Foster con mirada inocente.

Y el día que le explique porqué el lanzaredes de Spiderman está anatomicamente mal situado, probablemente se suicide, después de matarme a mí. Pero la Verdad debe salir a la luz, sea cual sea el precio.

(ninguna de las imágenes ha sido retocada: los dibujos de Foster siempre destacaron, entre otros mil motivos, por su elegante sensualidad)

martes, 26 de agosto de 2014

SIN TÍTULO

Nuestro último beso no quiso morir. Se quedó prendido en mis labios: suave, dulce, fresco. Como una brisa.

Acompañó a mi sonrisa durante semanas, las semanas se hicieron meses.

Llegó el sol de mayo y se deslizó de forma imperceptible, acomodándose en mi piel. Yo procuraba no pensar en él, no fuera que, si trataba de buscarlo con mi mirada, desapareciera por timidez.

Cada mañana, al despertar, antes de abrir los ojos, antes de ser consciente del todo, sentía ligeramente su dulzura.

Y un día supe que nuestro último beso era, de verdad, nuestro último beso.

Quizás debí dejar que se fuera con la lluvia, que el viento lo separara de mí.

Que volara al olvido.

No fui capaz.

Ese día lo busqué con cuidado, no con mis ojos, sino con una caricia, apenas rozándolo con la yema de mis dedos. Cuando lo sentí en mi mano, tomé un lápiz y un pedacito de papel. Escribí tu nombre y dejé que el beso se deslizara sobre él. Lo doblé con cuidado y, a mi vez, lo besé.

Abrí la caja. Nuestra cajita. Y guardé en ella tu nombre y nuestro beso, junto a los susurros que un día me regalaste.

A veces, cuando abro el cajón,  veo al fondo la cajita. Y sonrío, porque hay quien busca tesoros en islas desiertas, tras un sendero marcado con huesos humanos. Yo lo tengo junto a mí: un tesoro de sonrisas, de caricias y miradas, sellado con un beso. Nuestro beso, que no quiso morir y duerme a salvo a mi lado, en una cajita sin llave que nadie entenderá.

Salvo tú y yo.

sábado, 9 de agosto de 2014

ALGUNAS RECOMENDACIONES_Galdós otra vez


Sigo adelante con mi relectura de Galdós, y sigo asombrado, más incluso, de hecho.

A medida que he ido avanzando en su obra, me he visto sumergido más allá de las historias que se narran en cada título.

Intentaré explicarme. Los personajes de Galdós van más allá del papel: viven. Y los escenarios de sus obras no se limitan a aportar un marco para los diálogos, nos movemos por ellos en cualquier dirección. Cuando paseo por Lavapiés, Cuchilleros, Curtidores, Embajadores... siento que camino por un paisaje conocido, y bajo el maquillaje del siglo XX veo pasar a Juan Bragas, buscando conspiradores al frente de alguna partida policial, a Benigno Cordero y los milicianos cargando contras los guardias reales por esos mismos soportales, a Miquis y sus amigos, camino de algún bar de baja estofa, al enorme Pedro Polo envuelto en una sotana a modo de embozo, a Lucila Ansúrez, dejando tras de sí un rastro de miradas incrédulas y, quizás, el carricoche que he creído ver pasar, lleve a una siniestra monja a Palacio, con falsas llagas en las manos.

Hasta aquí nada especialmente notable: un buen autor debe saber crear caracteres y escenarios. Pero estas creaciones no viven sólo mientras les leemos: una vez cerramos el libro, siguen su día a día sin preocuparse de nosotros. Así, veremos pasar a los Bringas al fondo de otra historia, o sorprendemos una conversación donde se mencionan sus nombres. Y tal vez crucemos junto a una tienda donde, sospechamos, Rosalía mira con ansia telas y ropas.

Hay tangencias inesperadas, otras que sospechamos... y todo es coherente. No es un decorado, sino un tapiz. En cada historia vemos una parte del tejido, una escena, pero los hilos que la forman no están cortados fuera de ella: se extienden más allá, se entrecruzan y, sin movernos de nuestra escena, entrevemos lo que sucede fuera de ella, y quizás veamos más adelante otro fragmento, desde otro ángulo, o desde otro tiempo. Don Francisco organiza su mudanza, y deja sitio en la pared para el retrato de nuestro viejo conocido, el adorable canalla Juan Bragas, y he aquí un hilo que nos lleva de la casa de los Bringas a los momentos más negros de la represión Fernandista. Puede que, en esas calles llenas de sangre, nos crucemos con la bellísima Genara, y la volveremos a encontrar años después, mencionada en la tercera, incluso la cuarta serie de los Episodios.

Todo encaja, y eso es lo que lo hace asombroso. Cientos de historias, centenares de personas (no personajes: personas, vivas, vibrantes) moviéndose a lo largo y ancho de la Península, África, Europa, el Pacífico... pero, sobre todo, Madrid. Y es en Madrid donde el tapiz se convierte en un caleidoscopio único.

Supongo que Don Benito se ayudaba con docenas de cuadernos repletos de anotaciones, útiles, pero el verdadero universo está en su prodigioso cerebro. Ahí, el tapiz debía cobrar una dimensión única, tan sólido como las calles que pisaba a diario y de donde sacó los materiales para construirlo, para que lo habitaran las personas que dio forma en sus obras. Y no hablamos de un ratón de biblioteca, ajeno a todo lo que no fueran sus libros, sino un vividor alegre y feliz, habitual de esas mismas calles donde Felipe Centeno le da un abrazo a José Ido, riendo juntos con esa felicidad que sólo conocen los que han compartido la miseria, y saben que no les ha vencido. Y tras ellos, Galdós, piensa cuales serán sus siguientes pasos, dónde les llevará, si les esperan días alegres o noches de angustia...

... y se retira en silencio, dejándoles disfrutar de ese instante de paz. Se lo han ganado.

Ese es el ingrediente que completa el tapiz. Quienes lo habitan, viven, porque Galdós pone vida en ellos. A veces, su propia vida, como Don Beltrán de Urdaneta, en quien veo al Galdós vividor y enamorado, o vidas que ha visto bien, las de todos los que necesitan fingir que son más que sus vecinos. La miseria que viven Tormento, los Ido, Felipe... es real, porque él la ha visto de frente, sin mirar para otro lado, como tantos otros que prefieren taparse los ojos bajo palabras vacías como "caridad". Y también ellos son reales: ni siquiera los parásitos, esos señorones que sostienen su dignidad bajo cien cuentas impagadas, son planos.

Quizás me equivoco. Quizás todo son imaginaciones mías, pero desde hace un tiempo, cada vez que abro un nuevo libro de Galdós, siento que me asomo a una puerta, y que más allá se están desarrollando vidas que nunca conoceré, y no dejo de preguntarme dónde andarán todas las personas a quienes he conocido, y qué nuevas caras aparecerán tras la próxima esquina.

Y ahora disculpadme. Acabo de empezar la quinta serie, y en medio del congreso de los diputados creo haber visto algunas caras familiares.

Voy a acercarme a saludar. Hasta luego.