lunes, 15 de septiembre de 2014

DE PROFESORES Y MAESTROS


Profesor, ra

m. y f Persona que ejerce o enseña una ciencia o arte

He tenido  profesores nefastos, como el Hermano Javier o el señor Moratalla, que se limitaban a enchufarnos de memoria la lección y apalear al que hablara.

No sólo en el colegio. También en la universidad. El miserable que nos daba cálculo en la ETSIA*, llegó una tarde tan borracho que se durmió delante nuestro. Esa cátedra, en general, apestaba. Él, en particular, era vomitivo.

Lo que esa gentuza entendía por enseñanza era a la enseñanza lo mismo que cebar una oca a la gastronomía.

Eran pocos, por suerte. 

La mayoría de los profesores que conocí fueron docentes razonables. Daban su asignatura y, al final del curso, sabíamos un poco más. Foronda era un desastre como persona, pero cuando viajé por Francia descubrí que, después de todo, sabía francés.

También tuve buenos profesores. Y hubo más buenos que nefastos. Un buen profesor te enseña lo que de verdad sabe, te prepara y no da nada por supuesto. No quieren que apruebes, sino que aprendas.

Como la la cátedra de construcción, ya en la EUITA*. Incluso en mitad de un examen, podían plantarse a tu lado para consultas y dudas, porque no les interesaba la nota, sino tu comprensión.

Y recuerdo con especial cariño a Elena, la única profesora que tuvimos en bachillerato. Le hicimos pasar las de Caín (éramos un rebaño de hormonas mal digeridas) pero logró meternos en el coco una buena visión de la Historia. La paciencia de esa mujer merecía mejores alumnos.

Maestro, tra.  

m. y f. Persona que enseña una ciencia, arte u oficio, o tiene título para hacerlo.
adj. Dicho de una persona o de una obra: De mérito relevante entre las de su clase.

Tuve unos pocos maestros. Un maestro va más allá de enseñarte: te estimula, abre tus ojos.

Chacho nos enseñó que la lengua era mucho más que un montón de sonidos y normas: era nada menos que una herramienta, y una muy útil. Y luego nos enseñó a leer de verdad.

Él me convirtió en un devorador de libros. Me descubrió lo que había más allá de las cubiertas, lo que quedaba entre líneas, lo que salía más allá del texto. Me mostró la forma y el fondo, la belleza y la fuerza. Me metió la lectura bajo la piel, donde echó raíces firmes.

Y me enseñó a disentir. Una vez, casi llegamos a las manos por Platero. Porque era un Juanramonista fanático, y yo le dije (y lo sostengo) que platero no es un burro sino un puto peluche, una fantasía aterciopelada y cursi. Defendí que el único burro real de nuestra literatura es el sufrido y paciente rucio de Sancho, el único del cuarteto que (casi siempre) logra salvarse de los palos. Y como burro, símbolo vivo de todo lo que es sólido y real.

A eso siguieron palabras, y más que palabras, y no pasó a más porque un compañero me sujetó y Chacho esquivó la hostia. Nos tomábamos la lieratura muy en serio.

Pablo era nuestro profesor de dibujo en bachillerato, y sacó a la luz al ilustrador. Yo ya dibujaba antes de conocerle, pero él me llevó más allá del papel: me enseñó a pensar. A cerrar los ojos y dejar que una música me sugiriera imágenes, a buscar simetrías y asimetrías en lo que veía por las calles. A tomar una idea, por absurda que resultara, y darle forma. A mirar más allá de un cuadro y buscar detrás. A jugar con los colores y la luz.

 Y a como no vestirme. Lo siento mucho, Pablo, pero en eso siempre me pareciste un hortera. Esas combinaciones de pastel y tonos ácidos... uf

El Sopas (el señor Ibáñez, filosofía) y el Bacterio (Alberto, biología) resultaban paradójicos, porque aunque daban su materia más o menos bien (mejor el Sopas que el Barbas) lo que me enseñaron fue a ... a ser yo. Nunca nos trataron como críos: nos miraban como a personas, y esperaban de nosotros que fuéramos personas.

Una mañana, cuando Alberto entró en clase y nos dijo, buenos días, R. le respondió ¿y por qué coño son buenos? Y se nos quedó mirando. Dijo que incluso como vacilones, le gustábamos, porque le vacilábamos cara a cara, sin bajar la mirada, mientras que en otras clases sólo murmuraban cuando les daba la espalda.

Cuando el Sopas se jubiló,  fuimos a visitarle a su casa. Estaba feliz de vernos, hablamos durante horas, y salimos a la calle sintiendo que para ese hombre menudo y arrugado, éramos de verdad alguien. Le importábamos. Y él nos importaba.

Y, ya en la universidad, don Ángel Grau***, el catedrático de zootecnia, me enseñó a apasionarme. Era contagioso, rebosaba energía y nos la transmitía. Y su mente estaba tan acelerada como la mía, si no es que lo estaba más.  

Con él aprendía a pensar lateralmente, a anticiparme a un resultado, previéndolo sin esperar a los cálculos finales. A saltar etapas. A mirar más allá de los datos, a enlazar y construir. Y sospecho que ni siquiera era consciente de que me enseñaba algo así, simplemente era su modo de hacer las cosas.

Me pegó a la piel el fervor y la exigencia. Porque era lo que nos transmitía, en cada palabra.

Finalmente, he tenido maestros que no eran profesores. Personas que me han hecho mejor, no con lecciones magistrales, sino con confianza. La confianza que les permite echar luz sobre mis errores, mis defectos y mis lastres, no para corregirlos, sino para que yo los corrija. Personas que me han abierto nuevos caminos, de nuevo sin pretenderlo, sino gracias a su propio entusiasmo.

Un profesor te enseña conocimientos. Un maestro te enseña a desear ese conocimiento. Un maestro abre tu sed. Una sed que no se sacia nunca, porque cada trago te hace ansiar el siguiente. Y cada trago te hace crecer.

Es injusto, el maestro te da, y apenas puedes devolverle. Sólo puedes, con suerte, abrir los ojos, reconocer quién es y decirle una palabra. Sólo una.

Gracias.

*Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos
**Escuela Universitaria de Ingenieros Técnicos Agrícolas
*** Era el Nervios, pero para mí siempre será Don Ángel. Es el único a quien doy ese trato.

viernes, 5 de septiembre de 2014

VA DE VIÑETAS...Prince SLUT in the Days of King Arthur


Desde muy niño he sido fan de Hal Foster. He leído y releído su obra hasta el punto de que, a estas alturas, probabemente me la conozca viñeta a viñeta. Cada vez que vuelvo a abrir sus páginas me asombran la narrativa, la puesta en escena, los paisajes, el movimiento, el dominio de la anatomía... pero, sobre todo, me pasma la fuerza de los personajes.

Foster no construyó personajes planos. El caracter de sus protagonistas se despliega faceta tras faceta: incluso alguien tan simplón como Pierre, el torpe-sanchopancesco-inútil criado de Sir Gawain tiene bajo su piel regordeta mucho más que un cliché. Sus mujeres no son lánguidas damiselas esperando un rescate (Aleta tiene la sana costumbre de rescatarse sola), los caballeros no son monolitos de virtud, el propio Val puede tener reacciones caprichosas, violentas, crueles... y, si bien no de forma explícita (porque requiere una lectura atenta) tampoco la sexualidad de sus personajes está construida de acuerdo a la norma.

Querido público, olvídense de Tom de Finlandia. Si buscáis una historia con barrillo, bienvenidos al sorprendente mundo del Príncipe Valiente Golfx.

Empecemos por nuestra estrella, Val, a quien seguimos desde su adolescencia hasta los años de madurez (en las fechas en que Foster deja la serie, Val pasa los 40). A priori, un apuesto varón heteronormativo, felizmente casado tras una juventud de alegres devaneos con mozicas de buen ver. Pero las cosas no están tan claras.

Sí, Val retoza alegremente con Aleta, pero también se le ve muy a gustito rodeado de mozos fornidos... y desnudos. Es más, él suele quedarse en pelotas (o en tangarrabos) a las primeras  de cambio. Y con mucho contacto físico, que eso es cosa de hombres... No vamos a mencionar su peinado, ajustado a las modas de la época, pero todo el personaje destila una interesante ambigüedad viril. Pensemos en el gran momento en que Val recibe la espada Cantante de manos del príncipe Arn, pues sólo con ella podrá frenar a los vikingos que les persiguen. La escena de la batalla en el puente (arriba) impresiona por su belleza, pero ¿qué estamos viendo? docenas de musculosos, sudorosos y peludos hombretones se lanzan en masa sobre un imberbe joven armado con una enorme y rígida espada, y los caídos se sumergen en oleadas de espuma.

Agotado (normal, menudo gangbang) Val es llevado al campamento vikingo y ahí descubrimos su gusto por el cuerpo a cuerpo con poca ropa y su puntito sado en ambientes playeros.

El SM es una constante en la vida de Val. Foster lo da todo en las escenas de mazmorra, donde, por cierto, Val suele ser el sumiso... 


Aleta también tiene sus aficiones, y, en el tema del bondage, comparte armario con su marido. Por no mencionar que ella también gusta de andar ligera de ropa, levantando miradas (y lo que no son miradas) a su paso. Asimismo, parece igualmente interesada en el otro lado de la calle, como demuestra su intimidad con la rotunda, robusta y curvilinea Katwin, la fría devoción que despierta en su doncella india, Tillicum, o sus simpáticas escenas de baño.


Val y Aleta viven su sexualidad de forma alegre y abierta, y no tienen reparo en disfrutar de una enérgica sesión de spanking entre aventura y aventura. Son una pareja muy, muy bien compenetrada, que gozan sin que les preocupe el qué dirán.

No puede decirse lo mismo de Sir Gawain, el  compañero de Val. Mujeriego empedernido, asaltador de balcones y ventanales, un don Juan triunfador donde los haya pero... no consuma. Porque, cada vez que llega el momento, Gawain pone pies en polvorosa, huyendo de las mujeres a uña de caballo.

Gawain es un narcisista de tendencias homosexuales duramente reprimidas.
Esperan de él que sea un hetero viril, y esa es la apariencia que ofrece al mundo, pero, como puede verse en esta otra imagen, no son los cuerpos femeninos los que le hacen suspirar.

Ahora, si hablamos de represión, la reina Ginevere se lleva la palma. Atrapada en un matrimonio de opereta, con un marido asexual, las atenciones de su amante, Lanzarote, no bastan a llenar su vacío. De hecho, sólo la vemos relajada en cierta ocasión, tras un alegre baño con Aleta (yo no quiero decir nada, pero...)

Arturo ¿qué podríamos decir de Arturo? En la batalla de los pantanos encabeza la carga con su poderosa  excalibur, pero nunca más le veremos volver a esgrimirla ¿quizás el soberano, bajo el peso de las responsabilidades, se ha vuelto impotente? No del todo: nuestro rey aún disfruta del voyeurismo. Sí, la única vez que vemos a Arturo... chispeante... es cuando se encuentra con Aleta, como no, en pelotas por el bosque. El monarca, con ojos viciosetes, la persigue por el arroyo, y no se bate en retirada hasta que ella le da un severo correctivo. Luego, al reencontrarse con él, le humilla y maltrata, porque el rey ha sido un chico muy, muy malo. 

A buen entendedor...

Os preguntaréis ¿no hay en este medievo ningún atisbo de heteronormatividad? No lo encontraremos en el rey Aguar, solterón empedernido cuya virilidad es puesta en entredicho por su propio hijo, y cuya afición al emperifollamiento sólo tiene parangon con la de Gawain.

Tampoco en Mordred, que sublima sus deseos sexuales en una búsqueda desenfrenada de poder, quizás como un modo de recabar la atención de su fría y dominante madre.


No desesperemos: nos queda Boltar, honrado pirata, y comerciante. El alegre bribón vikingo rezuma hombría a la vieja usanza. Juerguista, fanfarrón, vocinglero, el alma de la fiesta... hasta el día en que su camino se cruza con el de Tillicum y ella le amenaza de muerte. Boltar se deja de juergas adolescentes y madura, decidido a ser digno de la única mujer capaz de helarle en el sitio con una sola mirada. Desde entonces ha sido su amante esclavo y.... vaya, después de todo tampoco aquí tenemos las cosas tan claras.

En fin, confío en no haber hecho añicos vuestros recuerdos, y espero que, si alguien no conocía esta magnífica obra, no deje de leerla por mi culpa. De verdad, vista desde cualquier lado merece la pen... a quién quiero engañar. Mi buen Rafa N (más que un jefe, un amigo) no me perdonará JAMÁS, porque nunca podrá volver a ojear las páginas de Foster con mirada inocente.

Y el día que le explique porqué el lanzaredes de Spiderman está anatomicamente mal situado, probablemente se suicide, después de matarme a mí. Pero la Verdad debe salir a la luz, sea cual sea el precio.

(ninguna de las imágenes ha sido retocada: los dibujos de Foster siempre destacaron, entre otros mil motivos, por su elegante sensualidad)

martes, 26 de agosto de 2014

SIN TÍTULO

Nuestro último beso no quiso morir. Se quedó prendido en mis labios: suave, dulce, fresco. Como una brisa.

Acompañó a mi sonrisa durante semanas, las semanas se hicieron meses.

Llegó el sol de mayo y se deslizó de forma imperceptible, acomodándose en mi piel. Yo procuraba no pensar en él, no fuera que, si trataba de buscarlo con mi mirada, desapareciera por timidez.

Cada mañana, al despertar, antes de abrir los ojos, antes de ser consciente del todo, sentía ligeramente su dulzura.

Y un día supe que nuestro último beso era, de verdad, nuestro último beso.

Quizás debí dejar que se fuera con la lluvia, que el viento lo separara de mí.

Que volara al olvido.

No fui capaz.

Ese día lo busqué con cuidado, no con mis ojos, sino con una caricia, apenas rozándolo con la yema de mis dedos. Cuando lo sentí en mi mano, tomé un lápiz y un pedacito de papel. Escribí tu nombre y dejé que el beso se deslizara sobre él. Lo doblé con cuidado y, a mi vez, lo besé.

Abrí la caja. Nuestra cajita. Y guardé en ella tu nombre y nuestro beso, junto a los susurros que un día me regalaste.

A veces, cuando abro el cajón,  veo al fondo la cajita. Y sonrío, porque hay quien busca tesoros en islas desiertas, tras un sendero marcado con huesos humanos. Yo lo tengo junto a mí: un tesoro de sonrisas, de caricias y miradas, sellado con un beso. Nuestro beso, que no quiso morir y duerme a salvo a mi lado, en una cajita sin llave que nadie entenderá.

Salvo tú y yo.

sábado, 9 de agosto de 2014

ALGUNAS RECOMENDACIONES_Galdós otra vez


Sigo adelante con mi relectura de Galdós, y sigo asombrado, más incluso, de hecho.

A medida que he ido avanzando en su obra, me he visto sumergido más allá de las historias que se narran en cada título.

Intentaré explicarme. Los personajes de Galdós van más allá del papel: viven. Y los escenarios de sus obras no se limitan a aportar un marco para los diálogos, nos movemos por ellos en cualquier dirección. Cuando paseo por Lavapiés, Cuchilleros, Curtidores, Embajadores... siento que camino por un paisaje conocido, y bajo el maquillaje del siglo XX veo pasar a Juan Bragas, buscando conspiradores al frente de alguna partida policial, a Benigno Cordero y los milicianos cargando contras los guardias reales por esos mismos soportales, a Miquis y sus amigos, camino de algún bar de baja estofa, al enorme Pedro Polo envuelto en una sotana a modo de embozo, a Lucila Ansúrez, dejando tras de sí un rastro de miradas incrédulas y, quizás, el carricoche que he creído ver pasar, lleve a una siniestra monja a Palacio, con falsas llagas en las manos.

Hasta aquí nada especialmente notable: un buen autor debe saber crear caracteres y escenarios. Pero estas creaciones no viven sólo mientras les leemos: una vez cerramos el libro, siguen su día a día sin preocuparse de nosotros. Así, veremos pasar a los Bringas al fondo de otra historia, o sorprendemos una conversación donde se mencionan sus nombres. Y tal vez crucemos junto a una tienda donde, sospechamos, Rosalía mira con ansia telas y ropas.

Hay tangencias inesperadas, otras que sospechamos... y todo es coherente. No es un decorado, sino un tapiz. En cada historia vemos una parte del tejido, una escena, pero los hilos que la forman no están cortados fuera de ella: se extienden más allá, se entrecruzan y, sin movernos de nuestra escena, entrevemos lo que sucede fuera de ella, y quizás veamos más adelante otro fragmento, desde otro ángulo, o desde otro tiempo. Don Francisco organiza su mudanza, y deja sitio en la pared para el retrato de nuestro viejo conocido, el adorable canalla Juan Bragas, y he aquí un hilo que nos lleva de la casa de los Bringas a los momentos más negros de la represión Fernandista. Puede que, en esas calles llenas de sangre, nos crucemos con la bellísima Genara, y la volveremos a encontrar años después, mencionada en la tercera, incluso la cuarta serie de los Episodios.

Todo encaja, y eso es lo que lo hace asombroso. Cientos de historias, centenares de personas (no personajes: personas, vivas, vibrantes) moviéndose a lo largo y ancho de la Península, África, Europa, el Pacífico... pero, sobre todo, Madrid. Y es en Madrid donde el tapiz se convierte en un caleidoscopio único.

Supongo que Don Benito se ayudaba con docenas de cuadernos repletos de anotaciones, útiles, pero el verdadero universo está en su prodigioso cerebro. Ahí, el tapiz debía cobrar una dimensión única, tan sólido como las calles que pisaba a diario y de donde sacó los materiales para construirlo, para que lo habitaran las personas que dio forma en sus obras. Y no hablamos de un ratón de biblioteca, ajeno a todo lo que no fueran sus libros, sino un vividor alegre y feliz, habitual de esas mismas calles donde Felipe Centeno le da un abrazo a José Ido, riendo juntos con esa felicidad que sólo conocen los que han compartido la miseria, y saben que no les ha vencido. Y tras ellos, Galdós, piensa cuales serán sus siguientes pasos, dónde les llevará, si les esperan días alegres o noches de angustia...

... y se retira en silencio, dejándoles disfrutar de ese instante de paz. Se lo han ganado.

Ese es el ingrediente que completa el tapiz. Quienes lo habitan, viven, porque Galdós pone vida en ellos. A veces, su propia vida, como Don Beltrán de Urdaneta, en quien veo al Galdós vividor y enamorado, o vidas que ha visto bien, las de todos los que necesitan fingir que son más que sus vecinos. La miseria que viven Tormento, los Ido, Felipe... es real, porque él la ha visto de frente, sin mirar para otro lado, como tantos otros que prefieren taparse los ojos bajo palabras vacías como "caridad". Y también ellos son reales: ni siquiera los parásitos, esos señorones que sostienen su dignidad bajo cien cuentas impagadas, son planos.

Quizás me equivoco. Quizás todo son imaginaciones mías, pero desde hace un tiempo, cada vez que abro un nuevo libro de Galdós, siento que me asomo a una puerta, y que más allá se están desarrollando vidas que nunca conoceré, y no dejo de preguntarme dónde andarán todas las personas a quienes he conocido, y qué nuevas caras aparecerán tras la próxima esquina.

Y ahora disculpadme. Acabo de empezar la quinta serie, y en medio del congreso de los diputados creo haber visto algunas caras familiares.

Voy a acercarme a saludar. Hasta luego.

lunes, 21 de julio de 2014

DIARIO DE LA PATERNIDAD RESPONSABLE (XX) Comunicación


El fruto de mis desvelos cumple 14 años, y ya estoy en esa fase tan temida al ver acercarse la adolescencia de tu retoño: la dificultad de la comunicación.

Dado que nuestro hijo es de natural hablador, resulta duro asumir que, en realidad, buena parte de lo que sale por su boca es ruido de fondo sin contenido, y que lo que creemos conversaciones son, en realidad monólogos desde dos direcciones* que, solo ocasionalmente, coinciden en apariencia.

Si lo que queremos es información, tendremos que extraerla, y no será una tarea fácil

Así pues, vamos a adentrarnos en los procelosos mares del diálogo adulto-adolescente.

Todos los casos expuestos a continuación dramatizan hechos reales. Ningún adolescente resultó herido en el proceso, aunque ganas de arrojarlo por la ventana, pues sí que hubo, para qué vamos a negarlo

Ante todo,olvidemos las respuestas coherentes, correctamente estructuradas y con una dicción clara e inteligible. Hablamos de comunicación a un nivel muy, muy básico.

Mi hijo entra por la puerta, de regreso del instituto. Pregunto: ¿qué tal te ha ido el día? respuesta

...mmmien

Lo que viene a decir, resumidamente, el instituto no se ha derrumbado, no me he dormido en ninguna clase (o si lo ha hecho no he llamado la atención del profesor), y déjame en paz, que estoy cansado y vengo con hambre, por cierto ¿qué hay para comer?

Asombroso ¿verdad? Toda esa información en apenas seis letras.

Una pregunta más concreta no siempre obtendrá respuestas más detalladas. Por ejemplo ¿te has lavado los dientes?

...

Dado que sabes que no se ha movido del salón en las últimas dos horas eres consciente de que NO se ha lavado los dientes, así que su respuesta debe tener otros significados, que podríamos resumir en estoy tan a gustito aquí tocándome el ombligo (o zonas adyacentes) mientras veo Modern Family, así que déjame en paz.

Si de lo que se trata es de asegurarnos de que nuestras instrucciones (por ejemplo, para que se caliente la cena, porque llegaremos tarde) han sido comprendidas, debemos desconfiar de las apariencias. Lo más probable es que, mientras detallamos los pasos a seguir, tras los aparentemente interesados ojos de nuestro hijo haya un vacío en el que resuene alguna tonadilla publicitaria o un zumbido monocorde.

Al llegar al final de nuestra exposición, lógicamente preguntaremos ¿de acuerdo? y la respuesta será un contundente ¡Claro! que podríamos traducir como ... pues se ha quedado buena mañana y ¡ondia! ese señor de ahí delante parece estar mascullando algo... mmm... me resulta familiar... y no parece hostil... bueno, por si acaso le diré sí a todo, a ver si me deja en paz.

El resultado es que cuando los bomberos derriban la puerta, tu hijo jura y perjura que en ningún momento le dijiste que no se debía meter un plato recubierto de albal en el microondas, es más, no recuerda haber mantenido ninguna conversación contigo en las últimas tres semanas. Para otra vez, sera más productivo tatuarle las instrucciones en la retina, para que las vea aunque cierre los ojos.

Adentrarse en asuntos más íntimos puede ser tan peligroso como avanzar por un campo de minas, pero si, pese a todo, te aventuras a decir X parece atractivo/a y yo diría que te mira mucho, notarás primero cómo baja la temperatura del cuarto, luego verás en los ojos de tu retoño una expresión que viene a decir ¿Qué sabrás tú al respecto si debes tener como 2 o 3000 años y jamás has sabido lo que es sentir ese calor que... Entonces se bloqueará, porque de pronto por su imaginación habrá pasado la idea de que en algún momento del pasado, sus padres tuvieron sexo, al menos una vez. En ese momento notarás cómo intenta contener las nauseas. Finalmente, si ha logrado no vomitar, responderá...

...Gnnnmm?

Que podría traducirse, en esencia, por DÉJAME EN PAZ

A estas alturas habréis notado un elemento común en esas respuestas ¿verdad? Sí. Nuestro hijo quiere QUE LE DEJEN EN PAZ. Y encontraremos el mismo deseo cuando le pidamos que recoja su cuarto, que se lave, coma de una manera civilizada, camine sin encorvarse como Nosferatu o se siente a estudiar, que mañana tiene examen.

Ojo, no es por desidia, es simplemente que, para él, ninguna de esas cosas tiene verdadera importancia cuando podría estar haciendo, qué se yo... NADA. Y el que vengas tú a entrometerte, preguntar, investigar o forzarle a hacer lo que sea que quieres que haga, le parece una intromisión en su intimidad

Por cierto, probablemente cualquier cosa que le digáis, sea cual sea, le parecerá ofensivo. Y aunque se lo susurres, opinará que le estás gritando (y lo opinará a grandes voces). No, no es que tenga un problema de oído o comprensión, es sólo que está marcando su territorio y tú eres un potencial intruso. Da igual que la casa sea tuya, es SU territorio.

Eso implica que si quieres ver, qué se yo, las noticias, le parezca notablemente injusto que jamás le dejes un poco de tiempo para ver la televisión, más aún cuando sabe perfectamente que ya viste las noticias hace dos meses. No sirve de nada argumentar que él se ha tirado SEIS HORAS viendo los Simpson, y además se ha visto por octocentésima vez el episodio en que Homer y Flanders van a Las Vegas, porque NO ES LO MISMO.

A ver, no nos pongamos trágicos tampoco, que por suerte no siempre es así. Hay momentos de verdadera comunicación, incluso puedes encontrarte con un abrazo por sorpresa y un te quiero. Y no, no es que esté intentando sacar algo, de verdad te lo ha dicho porque quiere que lo sepas.

Ojo, también hay actitudes sospechosas por exceso. S llevó** a su hija V y una amiga al concierto de One Direction. A la mañana siguiente (bueno, cuando la chica salió del coma emocional era mediodía)  V se lanzó en brazos de su madre, que se vio en medio de una granizada de muamuamua eres la mejor mami del mundo muamuamua te quiero eres genial muamuamua gracias gracias gracias muamuamua no podría ser más feliz muamuamua gracias muamuamua...

Por suerte S es una veterana de estas lides y no se dejó deslumbrar por el momento de gloria. El ataque de entusiasmo hijil vino a durar, más o menos, lo que tardó en pedirle a la agradecida retoña que recogiera su cuarto. Pero oye, mientras dura, es como si Stalin en persona acaba de otorgarte la Orden de la Victoria.

¿Qué puedo deciros? La realidad es que, en general, el adolescente no se comunica porque no quiere hacerlo, y tratar de sacarle información concreta es un trabajo largo, tedioso y repleto de miradas tensas. No hay una solución sencilla, sólo almacenar paciencia (mucha, muchísima, muchisisísima), mantenerse firme (no nos engañemos, no puedes jugar a ser el colegui de tu hijo, TÚ ERES EL RESPONSABLE, ergo, TÚ MANDAS) y disponer de unas tragaderas amplias, porque vas a tragar mucha bilis.

También os digo que sí, pese a todo de cuando en cuando hay una respuesta a tus esfuerzos, a veces es positiva y, ocasionalmente, de verdad, te ves abrumado por un alud de cariño sincero.

Vale, en las sitcoms los padres siempre acaban el capítulo sintiendose orgullosísimos de los logros de sus hijos. Eso es en EEUU, y en la tele, y esos niños parecen de otro planeta. Aquí y ahora, incluso un ocasional te quiero es recompensa más que suficiente para coger fuerzas y seguir adelante

* confieso que el del otro monólogo soy yo, que sin darme cuenta dejo de escuchar y sigo a lo mío. Si veis que me pasa, dadme un zapatazo en la cara

** en realidad iba a ir la otra madre, ya que desde hacía meses S había dejado claro que no, de ninguna manera, bajo ninguna circunstancia pensaba ir a ningún concierto, pero oh, sorpresa, la noche antes del concierto surgió un imprevisto y S tuvo que hacer frente a dos ojos suplicantes

miércoles, 2 de julio de 2014

VA DE VIÑETAS_Y SÓLO SON PATOS (II)


Barks no sólo era un maestro en los relatos largos. También dibujaba historias breves, y sabía aprovechar ese espacio. Dado que no podía desarrollar argumentos complejos, iba directamente a la acción, en la más pura tradición del slastick.

Sus historias cortas son pinceladas de cotidianeidad. Podemos ver a Donald trabajando de socorrista o bombero, o enfrentado a su vecino, mr. Jones, con quien comparte una larga historia de enemistad. Nos encontramos a los niños disfrutando de un rato de ocio en el campo, participando con su tío en un concurso radiofónico, o tramando alguna travesura que, inevitablemente, acaba recayendo sobre la cabeza de Donald. Vemos sus piques con su puñetero y afortunado primo Narciso, sus devaneos en torno a Daisy, o sus problemas con la autoridad. Porque Donald es un caracter fuerte, y eso a veces puede traer problemas.

También hay alusiones a días señalados, como Acción de gracias (sí, patos comiendo pavo, no pongáis esa cara, no hay de qué escandalizarse) y, a veces, pequeños detalles que complementan las historias largas.

Por ejemplo, en Gladstone's terrible secret descubrimos que el emperifollado Narciso tiene un oscuro pasado que esconder, y en Getting that Healthy, whelthy feeling, Gilito recuerda con nostalgia su infancia, y el día en que, por primera vez, ganó una moneda con su propio esfuerzo. Sí, esa moneda.

Vemos detalles prácticos, como el modo en que se valora una moneda rara, y en cierta ocasión (Some Heir over the Rainbow) descubrimos que Donald no es el heredero de Gilito: son los niños, que algún día deberán gestionar esa fortuna de nueve fantastillones, cuatro biliojillones un centrifugallón de dólares y 16 céntimos.

Todos estos pequeños detalles se perdieron a partir del 66, tras la jubilación de Barks. Todavía hizo guiones durante un tiempo para la Wester Publishing (la editorial que gestionaba los comics de Disney) pero pronto su trabajo fue reemplazado por otros autores, mediocres por no decir pésimos.

Los comics Disney decayeron y, finalmente, los derechos de producción fueron cedidos a una editorial italiana, Mondadori. El nivel de dibujo mejoró, y hubo algunas historias notables por su calidad gráfica y de guión (sobre todo las de Giorgio Cavazzano, un mago del dinamismo) pero la continuidad, la lógica del universo creado por Barks, se fue por el retrete.

Donald pasó a ser un gorrón holgazán y maltratador, que apaliza a sus sobrinos a la primera de cambio. Gilito se convirtió en un ser despreciable, un avaro miserable y estafador, sin el más mínimo escrúpulo. Daisy quedó como figurante sin personalidad... incluso la historicidad fue desechada: Gilito nace en Alaska y se vuelve rico antes de cumplir 20 años: todas sus aventuras de juventud fueron borradas de un plumazo. Todos los patos pasan a estar emparentados, Daisy es prima de Donald y de Narciso, los tres son sobrinos de Gilito...

Así habría quedado todo, pero en los 80, la editorial Gladstone publicó una reedición de Barks, y un dibujante llamado Don Rosa decidió hacer un homenaje a aquellas maravillosas aventuras. The Son of the Sun lo cambió todo. No era una copia, era, de nuevo, la aventura en estado puro.

Con ayuda de Barks, Rosa reunió todos los pequeños detalles, las pistas, los retales que había ido dejando el maestro en su trabajo, y dio forma a una saga monumental: life and times of Scrooge McDuck. Y fue un bombazo. Recibió premios, se editó por todo el mundo y dio origen a una nueva edad de oro para los patos. Conocimos la infancia de Gilito, a su familia, pobre y orgullosa, y su decisión de no rendirse jamás. Le vimos crecer y recorrer el mundo, entablando amistades* y enemistades, de aventura en aventura, siempre duro y honrado, hasta el día decisivo en que, en el Klondike, puso la primera piedra de su fortuna. Le vimos enamorarse y perder toda esperanza, sufrimos con él la muerte de su madre, y asistimos a la construcción del imperio McDuck. Y vimos su pecado, el día negro en que olvidó su camino y perdió lo único que realmente importaba. Y le vimos recuperarlo, años después, enlazando magistralmente con la primera historia de Barks.

En los siguientes diez años Rosa revisitó y volvió a poner en pie el mundo de Barks, ampliándolo incluso**, y, como él, no se limitó a las grandes sagas: también volvió su mirada al día a día. Con premisas simples pero sólidas: Donald es un espíritu libre, un diógenes que sólo está dispuesto a complicarse la vida por sus sobrinos, por los que haría cualquier cosa. Igual que los niños harían cualquier cosa por su tío, al que adoran (salvo, quizás, ser tranquilos). Y todos siempre dispuestos a acudir cuando lo necesite el gran patriarca, Gilito, que nunca les confesará que lo único realmente valioso que posee, su verdadera riqueza, son ellos. Y que, aparte de trabajar duro, tiene otra habilidad, que descubrimos en Return to Xanadu***

Si tuviera que elegir dos historias de Rosa, tendría muchas dudas, pero creo que serían The Quest for Kalevala, una recreación de la gran saga de Finlandia, tan impresionante que los maestros fineses lo usan para enseñar a sus alumnos el sentido de su mitología nacional, y, The Dream of a Lifetime. En esta magistral historia, los Apandadores se introducen en la mente de Gilito dormido, convencidos de que soñará con su dinero y encontrarán las claves de sus cuentas bancarias. Ignoran que Gilito sueña, noche tras noche, con su vida, sus aventuras, sus amigos.... junto a ellos y Donald (que acude en ayuda de su tío) vamos recorriendo escenarios y sentimientos, hasta el instante en que, por fin, siquiera en sueños, logra reunirse con su amor.

Barks nunca llegó a dibujar la última historia de Gilito, aunque le puso fecha. Rosa tampoco se atrevió a tanto. Solo sabemos que murió en 1967, centenario, y que, como no, fue en una aventura****.

Barks casi igualó en edad a su creación. Murió a los 99 años, en el cambio de siglo. Mientras trabajó nunca fue reconocido. La política de Disney era que todos los trabajos se firmaban como WaltDisney, así que sus lectores nunca conocieron su nombre ni su rostro, ni los de los demás autores que trabajaron a la vez que él.

Pero siempre supieron que había alguien especial tras esas historias de patos. Y, cuando se jubiló, la editorial recibió cientos de cartas de niños, que preguntaban, y cito textualmente...

Por favor ¿podría decirme si le ha pasado algo al dibujante bueno?

* Personas especiales, como el futuro presidente Teddy Roosevelt, con quien le unirá una amistad de décadas.
** Por ejemplo, al presentarnos a Matilda, hermana de Gilito, en A letter from Home. Su otra hermana, ya fallecida, era Hortense, la madre de Donald. 
***Hacer muñecas. Desde niño, ya que, con un trapo y un poco de madera, él hacía muñecas para sus hermanas.
****Hace un par de veranos me atreví a imaginar cómo sería esa aventura. Pero, aunque creo que logré construir un gran final, no llegaría a los talones a nada que imaginaran Carl o Don

domingo, 29 de junio de 2014

LA GUERRA DE LAS MÁQUINAS (y III)

Mi texto sobre la Gran Guerra se completó con dos recuadros, limitados a 1200 caracteres. Helos aquí, ilustrados de mi propia mano

EL ARMA DEFINITIVA

Cuando Lord Fisher asistió en 1906 a la botadura del HMS Dreadnought, estaba convencido de tener ante sí el  arma definitiva. Era un diseño revolucionario, un gigante armado con diez piezas de 305 mm en torres dobles, que, pese a su blindaje de 280 mm, podía navegar a 21,5 nudos, gracias a sus novedosas turbinas de vapor. Su sola existencia dejó obsoletos a todos los buques del momento y supuso el arranque de una frenética carrera naval entre Alemania y Gran Bretaña. Ambas naciones quedaron al borde de la ruina por el tremendo esfuerzo industrial, que se saldó con ventaja inglesa al comienzo de la guerra, 24 dreadnought frente a 15.


El monstruoso gasto no se  amortizó jamás: durante la Gran Guerra no se produjo el choque decisivo para el que nacieron esos acorazados. La escuadra del Kaiser acabó sus días como chatarra en Scapa Flow y, en los años 20 y 30, muchos de los colosos aún en servicio fueron desguazados tras el tratado de Washington.


De nuevo soplaron vientos de guerra: entre 1939 y 1945 lucharon otra vez los viejos Dreadnought junto a otros más recientes y poderosos, y de nuevo de forma infructuosa. Los Bismark, Tirpiz, Yamato, Musashi, California, Arizona, Roma, Prince of Wales, Repulse… todos fueron víctimas de la némesis de los acorazados, un diminuto enemigo en el que no pensó nadie cuando se puso la quilla del Dreadnought: el aeroplano, el arma naval definitiva.

EL FANTASMA DEL DESIERTO

Lawrence de Arabia no luchaba contra los turcos sobre un blanco caballo, alfanje en mano, como le inmortalizó el cine. Él prefería usar un coche blindado. Y no uno cualquiera, porque Lawrence fue a la guerra a bordo de uno de los mejores automóviles de todos los tiempos. el Armoured Car Rolls-Royce, version militar del legendario SilverGhost, la Joya de la Corona. Los Rolls de batalla se movían por la arena y los pedregales con la misma elegancia con que lo hubieran hecho por las calles de Londres. Su motor de seis cilindros y 50 HP le permitía alcanzar los 90 km/h y su fiabilidad mecánica era asombrosa, sobre todo en  las durísimas condiciones del desierto. Protegidos por un blindaje de 9 mm, su torre giratoria armada con una ametralladora Vickers les daba una potencia de fuego muy respetable.


Lawrence y sus irregulares los emplearon en misiones de exploración y sabotaje. golpeando allí donde menos se les esperase. Tras la guerra siguieron en activo hasta 1925, cuando pasaron a la reserva. Pero los Silver Ghost aún volverían a luchar en 1940, esta vez contra las tropes de Mussolini. Finalmente, y tras varias modernizaciones, los últimos Rolls se jubilaron en 1942, reemplazados por otro automóvil de leyenda, el Jeep Willys.

Podríamos citar muchos elogios del Armoured Car Rolls Royce, pero basta con el que le dedicó el propio Lawrence: Un Rolls en el desierto vale más que un diamante.