viernes, 5 de diciembre de 2014

YO HE VENIDO A HABLARLES DE MI LIBRO


Anteayer me llegó un correo de la editorial. Sólo unas pocas palabras, y podrían habérselas ahorrado: con decirme YA habría sido suficiente.

Apenas me lo creo. O sea, sí, me lo creía ¿no? el texto y las ilustraciones ya estaban revisados y enviados, firmé el contrato, el libro estaba en máquinas... pero no lo sentí como real hasta que me dijeron que sí, que ya empezaba la distribución. Y fue un subidón.

Me aceleré, se me quedo cara de tonto, me noté la cabeza caliente, y apenas logré dormir en toda la noche.

Empecé a escribir sobre la PanzerWaffe en 2007, sin un objetivo claro en mente, sólo el de investigar y escribir por puro placer. Dos años después, y tras una primera revisión mientras lo desarrollaba en el Foro Gran Capitán, empecé a pensar en darle a todo aquello una estructura de libro, con la idea de, en algún momento, subir a la red un pdf o algo así.

7 años. Buscar la documentación, localizar las fuentes, localizar otras fuentes para cotejar las primeras... todo eso lleva mucho tiempo, pero yo no tenía ninguna prisa.. Rematé el texto durante el pasado invierno, a falta de corregir los últimos capítulos y di por cerrado el trabajo en la red este mes de mayo. Pensaba dejar pasar unos meses, para tomar un poco de distancia antes de darle la forma definitiva, cuando la editorial HRM se puso en contacto conmigo para sacarlo en papel.

O_O

Así me quedé, en efecto. No sabía si tomármelo en serio, pero me dije ¿porqué no? ¡vamos adelante con ello!.

Hubo que ajustar muchas cosas, empezando por la extensión. No era consciente de cuánto había escrito. Al final se eligió la solución salomónica, dividir el trabajo en dos volúmenes. Aún así tuve que meter tijera a mansalva. Me lo releí entero, recortando párrafo a párrafo, suprimiendo redundancias, abreviando, concentrando. Si en vez de seis palabras puedo usar cinco ¿por qué no? y quizás con cuatro, incluso tres...

Entre medias, escribir otro texto, ya que la editorial me pidió una colaboración en otro volumen, porque uno de los autores no podía hacerse cargo, así que Tanquistas ha sido mi primer trabajo editado, pero no puedo considerarlo mío, o sólo en un 20%

Revisión de la documentación gráfica, para buscar las fuentes de las fotos y ver cuales podían utilizarse sin menoscabo de los derechos de autor. Dibujar, ya que había unos cuantas ilustraciones técnicas y me pareció que lo mejor sería rehacerlas yo mismo y unificar el estilo. Y lo mismo con los mapas, siguiendo las pautas de la propia editorial, a fin de ofrecer un resultado coherente.

Consultas sobre la cubierta, sobre el título definitivo, y los nervios empezando a aflorar. Sobre todo a partir del momento en que, por mi parte, quedó todo cerrado y ya solo me quedaba esperar, y comerme las uñas.

Me las he dejado mondas, ahí ya no queda nada que roer.

Y al fin. Publicado. Y yo en una nube.

Bueno, y si ahora estoy en una nube, cuando reciba mis ejemplares la semana que viene me voy a tener que dar de collejas hasta que mis pies vuelvan a tocar el suelo. Y, cuando coja de nuevo aliento, volver al tajo, porque hay que revisar la segunda parte de cara a su publicación, que ahí queda mucha tarea.

No ha sido sin ayuda. Por una parte, los compañeros de Gran Capitán me han ayudado mucho a la hora de buscar y analizar la documentación, y por otra, hay dos personas que han influido (aunque ellas crean que no es así) en el resultado final

Ana, Molinosme aconsejó un estilo más austero y directo. Revisando las primeras versiones compruebo, en efecto, que lo mío no era florido, sino floripóndico.

Teresa, HonkyMiss, me enseñó cómo construir frases más legibles, evitando parrafadas inacabables y poniéndole un (muy necesario) freno a mi verborrea. Cuando revisé mi texto con los criterios que me sugirió, saqué paja como para llenar un henil.

Gracias. No podría haber contado con mejores editoras/consejeras. Demasiada gente cree que no debe decir nada más que cosas buenas, pero quien te ayuda a mejorar es quien te señala las malas.

Y, ya de paso, gracias también a Ignacio, de HRM, por su amabilidad y paciencia.

He disfrutado escribiendo, he disfrutado editando, y he disfrutado (como un indio en primavera) al saber que mi libro ya estaba impreso. Ahora solo espero que, si alguno lo leéis, sea para disfrutarlo y no para aburriros. Así que, salvo que me tengáis mucho, mucho aprecio, sólo puedo recomendaros su lectura si os interesa la Historia con mayusculas y...

... qué leches COMPRADLO Y YA SE VERÁ.

viernes, 28 de noviembre de 2014

DE LA CABEZA AL PAPEL (III) El color vectorial

El color es, profesionalmente, mi principal dolor de cabeza. Cuando aboceto, pienso en términos de composición, de luz y de sombra, de negros, blancos y grises. Y me siento cómodo en esos términos. Buena parte de mis dibujos, a mi entender, no necesitan más, y dado mi amor por el minimalismo* soy de la opinión de que lo que no es necesario, sobra.

Por desgracia el cliente no suele compartir esa opinión. Creo que nunca he publicado un trabajo en blanco y negro, o al menos no logro recordar niguno. Así que hay un momento en el que tengo que cambiar el chip y pensar en cuatricomía.

No tengo formación artística. En su momento, con 6 años, mis padres me propusieron ir a una academia de pintura pero, afortunadamente, me hicieron caso cuando rechacé la idea. No tuve academia, y a cambio tuve infancia, así que creo que salí ganando.

Lo que manejo de color lo aprendí por mi cuenta, a base de prueba y error, primero con aerógrafo y acuarelas, después con ordenadores. En concreto, me siento muy a gusto con el color vectorial. Illustrator me permite sacar tonos vivos y llenos de luz, y la técnica no difiere mucho del trabajo con aerógrafo (como puede verse en el dibujo del acorazado que encabeza este post, de hecho busqué el aire de las viejas imágenes aerográficas de los años 80 ) así que me manejo con bastante comodidad. No obstante, no puedo utilizar este camino para todo lo que hago, y lo reservo, sobre todo, para iluminar dibujos sencillos, dinámicos, que requieren una ejecución muy limpia.

El proceso es muy simple: trazo cada parte del dibujo que vaya a tener un color específico (en areografía lo habría enmascarado) y lo aplico, ya sea plano o en degradado. Sencillo, pero también trabajoso, y si hablamos de una imagen compleja, como esta comparativa de avispones, muy, muy largo, ya que el tema pedía un nivel de precisión muy elevado.

Otras veces, como en la imagen de Mozart, que no requiere mucho detalle más allá de unos tonos agradables a la vista (y unos volúmenes... errr... rotundos) la cosa es mucho más cómoda, bastan unos pocos retales para definir el trabajo.

No tengo una teoría del color muy coherente, lo uso según me lo pide el cuerpo. En el caso de los accidentes en parques de atracciones, ni siquiera ejecuté un boceto detallado, limitándome a colorear directamente sobre el esbozo: quería una imagen muy, muy suelta, con mucho movimiento. Por eso decidí usar colores muy saturados, para darle fuerza al conjunto sin apenas añadir detalles.

La línea puede ser determinante, por supuesto. En esta doble página sobre leyendas urbanas, el trazo en negro es el núcleo de la imagen, centra la mirada del lector, y en ese caso el color está subordinado y su función es realzar las formas.

Otras veces su función es delimitar los planos, para dar profundidad a la imagen. En el caso de los accidentes sexuales, bastó combinar trazos negros y grises para añadir una tercera dimensión a la escena. El color, además de realzar, me sirvió para llamar la atención sobre los puntos que debían destacarse y reforzar las expresiones, ya que eran la clave para que la imagen resultara divertida y más cercana.

Una opción más suelta es reducir las líneas al mínimo, de forma que, en este caso, al recrear algunas prohibiciones absurdas (todas reales), realcen el color y se integren como un elemento más. 


Finalmente, puedo prescindir de la línea enteramente, como en el acorazado o los avispones, donde ya sólo me enfrento al color. Aquí la decisión es entre volumen o plano, y ambas pueden tener mucha fuerza. La escena de las abejas enfrentándose a la avispa necesitaba profundidad y mucha contundencia, había que conseguir sensación de agobio y eso requería mucho volumen, incluso en el rostro de la víctima, donde unos toques de blanco añaden el efecto de calor insoportable. Un tono plano en el fondo, algunas transparencias para simular el vapor o el movimiento, y listo para entregar.


La última ilustración, en cambio, no sólo prescinde de la línea sino también del volumen. Se trataba de obtener una imagen en la línea de los maniquíes de las revistas de moda, sencilla y estilosa. Como podéis ver, apenas hay detalles, y el conjunto está resuelto con apenas unas pocas formas recortadas. El resto, colores livianos, volutas en el pelo para darle dinamismo aunque no haya movimiento, y un punto de luz para completar el efecto veraniego sin necesidad de sombras duras. Este dibujo apenas requirió una mañana, fue de esas veces en que los dedos están calientes y todo fluye al primer golpe de lápiz**.

Sí, he dicho lápiz. Aparte del que uso para abocetar, trabajo con un lápiz óptico en lugar de ratón, así que, en pantalla o en papel, puedo seguir considerándome un dibujante puro y duro. Y, con años de esfuerzo, creo que también puedo considerarme un colorista bastante aceptable, aunque aún tengo mucho que mejorar.

Todas las ilustraciones, dicho sea de paso, se han publicado en las revistas Muy Interesante, Muy Historia o Muy P&R. Salvo ellos, muy pocos clientes me piden este tipo de trabajo, y es una pena porque, en mi opinión, puede resultar muy agradable a la vista sin necesidad de barroquismos ni alardes técnicos.

* Bueno, alguien dice que lo mío es pereza, pero eso son habladurías sin fundamento
** Sí, una westie. Sucede que hay una que tiene ganado mi corazón, y más corazones, que tiene muchos fans, con permiso de @honkymiss


jueves, 20 de noviembre de 2014

COSAS QUE SÉ DE TI


(Esperaba escribirlo hace dos semanas, pero al final se me echó el tiempo encima y no me salía. Hoy me ha salido por fin, así que, con retraso, feliz cumpleaños) 

Sé que de pequeña eras un trasto. Si tus hermanos eran Zipi y Zape, tú eras una digna compañera. Y siempre que lo pienso, pienso en como nos llevaste de derechitos a los cinco ¿será que cuando hacíamos una trastada, tú ya ibas por delante?

Sé que has trabajado sin cesar por nosotros, del día a la noche, y buena parte de las noches, durante veinte, treinta cuarenta años... y nunca podremos pagarte ese trabajo.

Sé que de ti saqué mucho de lo que soy, como mi ansia de leer, o mi mano para dibujar...

... o mi cabezonería, porque mira que eres cabezona, como buena maña.

Y sé que tienes esa nobleza que no dan el dinero, los apellidos ni los títulos. Se tiene o no se tiene, y tú la tienes. Cuando te hicieron dama de Santiago no te hicieron un honor, se lo hicieron a la Orden.

Sé que tu fe es sincera y profunda, no un vulgar maquillaje, como el da tantos fariseos, y sé que, por eso, a veces te duelo. Pero también sé que estás orgullosa de mí, como lo estás de todos mis hermanos, porque hemos elegido cada uno nuestro camino, y lo seguimos sin dudar.

Sé que soy tu favorito ¿y sabes por qué lo sé? Porque todos, los cinco, cada uno somos tu favorito, y nunca dejaremos de serlo. Pase lo que pase.

Sé que nos quieres, pero también sé que por cada uno de nuestros hijos sientes incluso el doble, y todos te llenan de vida y alegría. Cris, Carmen, Yancy, Pablo, María, Sole, Carlos, Diego, Ale, Jaime, Jesús, Javier, Jorge...

Sé que tus amigas te envidian esa ristra de nietos alegres, gamberros, guapos, inteligentes, arrolladores. Y que no podrías querer más a ninguno de ellos, no te guardas nada.

(y sé, no obstante, que hay una que es especial, muy especial, y no te sonrojes, Ale, que tú también lo sabes)

Sé que no te callas las cosas, y si Cris y yo nos decidimos algún día a diseñar la enseña familiar, elegiremos el lema entre Cada año estás más calvo y A ver si adelgazas, hija.

;-)


Sé lo que es el amor por como os mirabais. Y como nos sigues mirando.

(Sé que, sin saberlo tú, siempre fuiste feminista, otra cosa más que aprendí de ti, como aprendió mi padre)

Sé que tienes una sonrisa genial, de esas que te iluminan el día

Sé qué nombre te dan algunas personas que te conocen por su trabajo, y por saberlo me siento orgulloso, y esta vez soy yo quien se sonroja.

Y me sonrojo cuando mi hijo me dice que mis albóndigas son casi tan buenas como las tuyas, después de todo fuiste tú quien me enseñó a hacerlas.

Igual que sé que, cuando llego al pueblo, si hay albóndigas, es que me toca una tarea de las duras, y quieres que vaya cogiendo fuerzas.

Sé que siempre te preocuparás por nosotros, y que el día que cierres los ojos, lo último que harás es, eso, preocuparte. Porque lo tuyo es un trabajo para toda una vida

Y sé que te quiero, Mamá, y nunca te lo diré bastantes veces. Como nunca te diremos bastantes veces...

... gracias

viernes, 31 de octubre de 2014

APRENDIENDO A SER PEQUEÑO

Me creí grande

Me crecí. Me sentí diferente, más inteligente, más hábil. Mejor. Mejor que los demás. Y me volví un imbécil.

Me lo creí, sí, y me puse en un pedestal, mirando desde arriba, con condescendencia.

Dejé de escuchar. Empecé a perder lo mejor que tenía, lo más valioso: la voz de los demás. Llegó un momento en que les callé y sólo me oí a mí mismo. Y lo peor es que me lo señalaron, pero pensé que era un error. Porque ¿como iba a hacer yo eso, con lo estupendo que era?

Me volví soberbio, porque pensé que no podía hacer nada mal. Me convertí en un prepotente y empecé a pensar que mi opinión era mejor. La mejor. Empecé a tratar a otras personas con desprecio. Incluso, me volví un camorrista, siempre dispuesto a saltar en defensa de MI verdad, que era la buena.

Y, al final, me estrellé.

Perdí mucho. Perdí personas. Perdí afectos. Perdí mi propio respeto. No sé si recuperaré algún día a las personas, o su afecto. Sé que el respeto, el mío, tardaré mucho en recuperarlo.

Ahora estoy viendo las cosas a ras de suelo. Si miro detrás de mí, hay un montón de escombros. Si miro más atrás aún, veo gente a la que pisé desde mi pedestal. Delante sólo queda mi camino.

Si os pisé, si os hice callar, si os ignoré, por favor, perdonadme. Y sí, pese a todo, seguís aquí, gracias. Gracias de corazón. Porque si le doy a alguien todos los motivos para marcharse, y no lo hace, esa persona vale cien veces más que yo.

Soy pequeño. No es nada malo, simplemente es quien soy. Y he empezado a caminar de nuevo, despacio, porque mis piernas no son muy largas, y con cuidado, para no volver a pisar a nadie.

Y sin miedo, porque de tan pequeño, ya no me cabe ni el más mínimo temor.

viernes, 17 de octubre de 2014

DE LA CABEZA AL PAPEL (II) Garabateando


Hay dibujantes capaces de resolver una imagen con un sólo trazo. Autores que, como Sergio Aragonés, plasman lo que tienen en su cabeza casi de forma inmediata, con apenas dos giros de muñeca. He visto a alguno de ellos trabajando (incluído al propio Sergio, en una tarde genial en la librería Electra) y da la impresión de que el lápiz no es un cuerpo extraño en sus manos, sino una prolongación natural, un dedo con corazón de grafito.

No es mi caso. A veces soy capaz de sacar un boceto rápido, pero, en general, soy un dibujante bastante lento.

Para empezar, el papel en blanco me impone mucho: me cuesta lanzar los primeros garabatos. Luego, por suerte, ya va todo más rodado. Empiezo por encuadrar la idea con muchos trazos, muy sueltos, sobre un papel normalucho, el típico que usamos en una impresora, para entendernos. No tiro al detalle, intento definir forma y planos de forma muy básica. Y una vez tengo más o menos claro como quiero distribuirlo todo, paso a otra hoja, esta vez, papel de dibujo.

Cada autor tiene sus manías. La mía es el papel de alto gramaje, a ser posible schoeller satinado o mate, según quiera línea o sombra. No es el mejor papel para lápiz, pero me acostumbré a usarlo en mis tiempos de aerografista y, de alguna manera, me he hecho a su tacto.

El primer boceto propiamente dicho parte del encuadre previo, silueteando y dando estructura con más detalle. Utilizo normalmente un portaminas duro, 2H o superior. De este modo, aunque haga mucha línea, no mancho demasiado y eso me evita borrar. Procuro borrar lo menos posible en esta fase del trabajo. Como he dicho, hago muchos trazos, y sólo al final me centro en definir bien el aspecto general. Si el dibujo resulta claro y no he ensuciado demasiado la hoja, puedo pasar al boceto definitivo directamente. Si no es así, calco contra una ventana las líneas que más me interesan en otra hoja y allá que vamos.

Aquí podéis ver ambos casos. El boceto de la imagen marina estaba muy machacado y no me pareció productivo seguir dibujando sobre esa hoja. en cambio, la imagen del colmado está dibujada directamente sobre los esbozos previos, ya que resultaron muy limpios, y pueden verse los trazos finos bajo el dibujo acabado.

En cualquier caso, lo primero es dibujar, ya de forma precisa y nítida, toda la imagen. Todavía en lapiz duro, pero sin ambigüedad: en el trabajo previo he probado muchas posibilidades con los trazos, ahora me centro en la que más me ha gustado. Luego, tras escanear el dibujo (por si acaso) cambio a una mina más blanda (2B) o, preferiblemente, un lápiz 4B bien afilado. A partir de aquí empiezo a usar trazos firmes y muy nítidos, y empiezo el proceso de sombreado: hasta ahora he trabajado la línea, es el momento de sacar el volumen.

Según vayan a ser el estilo y el acabado, trabajaré más o menos el detalle. Un dibujo vectorial, como el de Mozart, puede resolverse con formas limpias y sencillas. Un arte final complejo, como el de la
anatomía del cuello, requiere mucho m´s trabajo fino, ya que el color tan sólo va a ser un apoyo del trazo. Llegados a este punto, escaneo a menudo los resultados, para prevenir errores que me pudieran obligar a empezar de nuevo. Finalmente tengo una imagen en grises y negros a mi gusto, lineal o difuminada, según mis
necesidades (llamadme raruno, pero no me apaño con los difuminos comerciales, al final lo hago a dedo) y llega, por fin, el momento de sacar la goma

Antes hacía este proceso final sobre el papel, cortando lascas finas de goma (la goma tipo nata es ideal para esto, la de miga es una aberración). Ahora prefiero escanear y trabajar de forma digital. Se trata de usar el borrador, no para corregir, sino para resaltar. El conjunto del dibujo tiene un gris desvaido, y borrando saco las luces por blanco, de forma que ajusto la iluminacion y termino de definir el volumen. Podéis apreciarlo muy bien en el dibujo del caballero medieval.

Llegados a este momento, yo, en ocasiones, me detendría: creo que el lápiz es un medio lleno de vigor, y, en ocasiones, el color sólo es un adorno innecesario. El dibujo de la diosa hindú Durgha que encabeza esta entrada, por ejemplo, no pedía más, una vez lo completé me pareció perfecto. Por desgracia, muy rara vez he podido publicar un dibujo en lápiz puro y duro, así que el siguiente paso es el color. Pero de eso hablaremos otro día. Por hoy, basta decir que, seguramente, soy demasiado meticuloso, de ahí mi lentitud. Que no es en sí un defecto, pero a veces me desespera

Puede dar la impresión, de lo que os he contado, que desperdicio mucho papel, a veces tres o cuatro hojas para un dibujo. Afortunadamente el schoeller es un soporte en el que se borra muy, muy bien, y, una vez escaneados los bocetos más interesantes, puedo reutilizar el material, a veces varias veces

sábado, 4 de octubre de 2014

MIL Y UN KILÓMETROS


Fue pura casualidad. Al abrir la web del runKeeper vi, en un apartado, la distancia que llevaba recorrida desde que empecé a utilizar esa app. Me dije, seguramente la que usaba antes también llevará el recuento, así que la abrí y, para mi sorpresa, entre ambas cifras sumaban 993 km.

Y me tocaba salir a correr.

Pensé en parar al llegar a 1000, pero me dije, 1001 es una cifra mucho más bonita.

Un año. Doce meses. 1001 km.

De haber corrido en dirección al norte, y virado al oeste al pasar Irún, ahora estaría llegando a la ciudad de Tours. No conozco Tours pero sospecho que, con el otoño, esa región debe estar preciosa.

Doce meses hasta Tours. Y muchas cosas que he descubierto a lo largo del camino.

He descubierto que puedo ser constante, pero también un inconsciente: un exceso de entusiasmo me costó un mes lesionado.

Desde que empecé, pasaron realmente trece meses, así que menos el que estuve con el freno puesto, ya suman los doce.

He descubierto que lo de correr es un muermo, dicho sea de paso. Corro porque es un ejercicio que me sienta bien y es gratuito, pero cada vez que me calzo las zapatillas siento el deseo de descalzarme y ... dejarlo correr.

También he descubierto que la publicidad miente. La gente con la que me cruzo no sonríe, no se ve pletórica de energías ni corre como si no hubiera peso sobre sus pies, en un precioso contraluz. 9 de cada 10 personas van sofocadas, jadeando, empapadas en sudor y moviéndose como si cada zancada les doliera. Ahora que lo pienso, ése y no otro debe ser mi aspecto cuando me ven pasar.

He descubierto que hay pitos reales en Alcobendas, ya me he cruzado con varios ejemplares y siempre es como si, de pronto, el sol se concentrara en una gema y revoloteara ¿cómo puede un pájaro ser tan bonito?

He descubierto, igualmente, que los que diseñan las zapatillas de correr odian profundamente a la humanidad, o son daltónicos, o ambas cosas a la vez ¿Tan difícil sería usar una combinación de colores que no deje ciego al que mira?

Pero correr tiene algo bueno: despejas la cabeza, te dejas llevar y puedes simplemente disfrutar de unos momentos contigo mismo. Supongo que otros ejercicios servirían, pero yo lo he descubierto corriendo

No tenía ningún objetivo en mente cuando, el año pasado, una amiga me animó a intentarlo. Me alegra que fuera así, y me alegra haberla hecho caso. Pero ahora sí tengo un objetivo: la semana que viene Tours quedará atrás y, si todo marcha como hasta ahora, y no me lesiono, llegaré a París en diciembre. Aunque siga en Madrid, mis pies me llevarán por la orilla del Sena.

Y después, ya veremos, tampoco quiero hacer planes a largo plazo.

Dicen que correr es una metáfora. Durante estos 1001 kilómetros he descubierto que puedo ser mejor de lo que creo, y peor. Puedo ser una persona genial o el mayor de los imbéciles. Ambos están en mí, y soy yo quien debe decidir cual de ellos soy, y quiero ser. Igual que antes nunca me vi capaz de correr, y ahora lo hago, quizás también sea capaz de dejar atrás, en el camino, lo que me sobra.

lunes, 15 de septiembre de 2014

DE PROFESORES Y MAESTROS

Profesor, ra

m. y f Persona que ejerce o enseña una ciencia o arte

He tenido  profesores nefastos, como el Hermano Javier, que se limitaba a enchufarnos de memoria la lección y castigar al que hablara.

No sólo en el colegio. También en la universidad. El hombre que nos daba cálculo en la ETSIA*, llegó una tarde tan borracho que se durmió delante nuestro. Esa cátedra, en general, era un martirio. Él, en particular, más.

Lo que esa genteentendía por enseñanza era a la enseñanza lo mismo que cebar una oca a la gastronomía.

Eran pocos, por suerte. 

La mayoría de los profesores que conocí fueron docentes razonables. Daban su asignatura y, al final del curso, sabíamos un poco más. Foronda era un desastre como persona, pero cuando viajé por Francia descubrí que, después de todo, sabía francés.

También tuve buenos profesores. Y hubo más buenos que nefastos. Un buen profesor te enseña lo que de verdad sabe, te prepara y no da nada por supuesto. No quieren que apruebes, sino que aprendas.

Como la la cátedra de construcción, ya en la EUITA**. Incluso en mitad de un examen, podían plantarse a tu lado para consultas y dudas, porque no les interesaba la nota, sino tu comprensión.

Y recuerdo con especial cariño a Elena, la única profesora que tuvimos en bachillerato. Le hicimos pasar las de Caín (éramos un rebaño de hormonas mal digeridas) pero logró meternos en el coco una buena visión de la Historia. La paciencia de esa mujer merecía mejores alumnos.

Maestro, tra.  

m. y f. Persona que enseña una ciencia, arte u oficio, o tiene título para hacerlo.
adj. Dicho de una persona o de una obra: De mérito relevante entre las de su clase.

Tuve unos pocos maestros. Un maestro va más allá de enseñarte: te estimula, abre tus ojos.

Chacho nos enseñó que la lengua era mucho más que un montón de sonidos y normas: era nada menos que una herramienta, y una muy útil. Y luego nos enseñó a leer de verdad.

Él me convirtió en un devorador de libros. Me descubrió lo que había más allá de las cubiertas, lo que quedaba entre líneas, lo que salía más allá del texto. Me mostró la forma y el fondo, la belleza y la fuerza. Me metió la lectura bajo la piel, donde echó raíces firmes.

Y me enseñó a disentir. Una vez, casi llegamos a las manos por Platero. Porque era un Juanramonista fanático, y yo le dije (y lo sostengo) que platero no es un burro sino un puto peluche, una fantasía aterciopelada y cursi. Defendí que el único burro real de nuestra literatura es el sufrido y paciente rucio de Sancho, el único del cuarteto que (casi siempre) logra salvarse de los palos. Y como burro, símbolo vivo de todo lo que es sólido y real.

A eso siguieron palabras, y más que palabras, y no pasó a más porque un compañero me sujetó y Chacho esquivó la hostia. Nos tomábamos la lieratura muy en serio.

Pablo era nuestro profesor de dibujo en bachillerato, y sacó a la luz al ilustrador. Yo ya dibujaba antes de conocerle, pero él me llevó más allá del papel: me enseñó a pensar. A cerrar los ojos y dejar que una música me sugiriera imágenes, a buscar simetrías y asimetrías en lo que veía por las calles. A tomar una idea, por absurda que resultara, y darle forma. A mirar más allá de un cuadro y buscar detrás. A jugar con los colores y la luz.

 Y a como no vestirme. Lo siento mucho, Pablo, pero en eso siempre me pareciste un hortera. Esas combinaciones de pastel y tonos ácidos... uf

El Sopas (el señor Ibáñez, filosofía) y el Bacterio (Alberto, biología) resultaban paradójicos, porque aunque daban su materia más o menos bien (mejor el Sopas que el Barbas) lo que me enseñaron fue a ... a ser yo. Nunca nos trataron como críos: nos miraban como a personas, y esperaban de nosotros que fuéramos personas.

Una mañana, cuando Alberto entró en clase y nos dijo, buenos días, R. le respondió ¿y por qué coño son buenos? Y se nos quedó mirando. Dijo que incluso como vacilones, le gustábamos, porque le vacilábamos cara a cara, sin bajar la mirada, mientras que en otras clases sólo murmuraban cuando les daba la espalda.

Cuando el Sopas se jubiló,  fuimos a visitarle a su casa. Estaba feliz de vernos, hablamos durante horas, y salimos a la calle sintiendo que para ese hombre menudo y arrugado, éramos de verdad alguien. Le importábamos. Y él nos importaba.

Y, ya en la universidad, don Ángel Grau***, el catedrático de zootecnia, me enseñó a apasionarme. Era contagioso, rebosaba energía y nos la transmitía. Y su mente estaba tan acelerada como la mía, si no es que lo estaba más.  

Con él aprendía a pensar lateralmente, a anticiparme a un resultado, previéndolo sin esperar a los cálculos finales. A saltar etapas. A mirar más allá de los datos, a enlazar y construir. Y sospecho que ni siquiera era consciente de que me enseñaba algo así, simplemente era su modo de hacer las cosas.

Me pegó a la piel el fervor y la exigencia. Porque era lo que nos transmitía, en cada palabra.

Finalmente, he tenido maestros que no eran profesores. Personas que me han hecho mejor, no con lecciones magistrales, sino con confianza. La confianza que les permite echar luz sobre mis errores, mis defectos y mis lastres, no para corregirlos, sino para que yo los corrija. Personas que me han abierto nuevos caminos, de nuevo sin pretenderlo, sino gracias a su propio entusiasmo.

Un profesor te enseña conocimientos. Un maestro te enseña a desear ese conocimiento. Un maestro abre tu sed. Una sed que no se sacia nunca, porque cada trago te hace ansiar el siguiente. Y cada trago te hace crecer.

Es injusto, el maestro te da, y apenas puedes devolverle. Sólo puedes, con suerte, abrir los ojos, reconocer quién es y decirle una palabra. Sólo una.

Gracias.

*Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos
**Escuela Universitaria de Ingenieros Técnicos Agrícolas
*** Era el Nervios, pero para mí siempre será Don Ángel. Es el único a quien doy ese trato.