Mujer iroqués

viernes, 17 de diciembre de 2010

Roma y la ambigüedad bíblica




Una de las diferencias más llamativas entre las iglesias tradicionales (es decir, la católica, la ortodoxa y, en cierta medida, la anglicana) y las reformadas (luteranos, calvinistas, adventistas, renacidos…) es su posición con respecto al Antiguo Testamento.

Los cristianos reformados son literalistas bíblicos, es decir, consideran que los textos religiosos judíos precristianos son veraces y fiables al ser Palabra Revelada. Eso incluye el Pentatéuco, los libros que narran la historia del pueblo judío entre Josué y los Macabeos, el conjunto de los textos proféticos (Isaías, Ezequiel, Zacarías…) y los Libros de Sabiduría (la historia de Job, el Eclesiastés, los Salmos…). Por el contrario los tradicionalistas consideran que estos libros, si bien son canónicos y dignos de reverencia como parte del mensaje divino y preludio a la Venida del señor, no deben interpretarse en un sentido literal, sino metafórico. Un teólogo católico puede utilizar en su argumentación las epístolas de Pablo, pero no se apoyará en las normas levíticas, por considerar que estas, como todo el conjunto de la ordenación religiosa mosaica (a excepción del decálogo) quedan abolidas tras la predicación de Jesús.

Para entender esta diferenciación hay que remontarse a los orígenes de la Iglesia. En sus orígenes los cristianos eran una rama más del judaísmo, como lo eran los fariseos, los saduceos o los zelotas. La autoridad estaba en manos de Santiago, que dirigía la comunidad de Jerusalén. Todo cambió tras el alzamiento del año 66: Jerusalén y su templo fueron destruidos, Santiago murió en el asedio junto a toda su congregación y las diversas comunidades judías del Imperio sufrieron una dura represión (es probable que la persecución de Nerón contra los cristianos fuera en realidad contra los judíos). Desaparecida la autoridad tradicionalista, los cristianos se desligaron del judaísmo, ya que buena parte de los supervivientes eran gentiles y las normas judaicas como las prohibiciones alimentarias o la circuncisión les resultaban muy problemáticas (recordemos el debate entre Pablo de Tarso y Santiago a respecto). Para cuando tuvo lugar la segunda Guerra Judía, en tiempos de Adriano, el cristianismo ya se había desvinculado de sus origenes y formaba una comunidad diferenciada.

El alejamiento del judaísmo prosiguió durante las fases finales del Imperio y cuando, ya en la Edad Media, los teólogos buscaron referentes en los que apoyar sus argumentos, no los buscaron en las Escrituras, sino en la filosofía clásica. Era lógico que así lo hicieran, ya que las normas hebreas no están abiertas al debate, y resultaban difíciles de adaptar a una sociedad radicalmente distinta del pueblo de pastores que las engendró. Además los primeros organizadores de la Iglesia Imperial, como Orígenes o Agustín de Hipona, eran inicialmente seguidores de la de filosofía griega, con lo que la Escolástica Medieval, apoyada primero en Platón y más adelante en Aristóteles, cayó en terreno abonado. Todo eso cambió con la llegada del Renacimiento y, poco después, la Reforma.

Al denunciar la autoridad papal y rechazar la preeminencia de Roma en las cuestiones religiosas, Lutero arrojó por la borda todo el bagaje teológico acumulado en 14 siglos de cristianismo y decidió recuperar la pureza del cristianismo original, antes de que fuera contaminado por el paganismo y el poder. Por eso tradujo la Biblia al alemán: así los cristianos podrían leer la Palabra de Dios en su propio idioma, sin necesidad de intermediarios. Sin embargo el antiguo monje no era un literalista, y no pensaba que todos los textos testamentarios tuvieran el mismo valor. De hecho consideraba que buena parte de los escritos precristianos eran puramente anecdóticos y tuvo incluso la intuición de que el Apocalipsis era ajeno al conjunto de los Libros (acertaba, ya que se trata de un poema escatológico escrito durante el alzamiento contra Roma del año 66).

Lutero estableció que cualquier cristiano podía interpretar el mensaje de Dios por sí mismo, bastando con la fe para la comprensión de la Verdad Revelada. Eso dio pie a la aparición de innumerables grupúsculos, ya que nadie tenía porqué aceptar la autoridad ajena en materia de fe y cualquier persona con carisma estaba en situación de convencer a sus vecinos de que a Verdad era la que él predicaba, con tal de que pudiera usar la Biblia para apoyar sus aseveraciones. Sin embargo la sociedad nacida de las sangrientas guerras religiosas del XVI no era demasiado amiga de experimentos anárquicos y tanto luteranos como anglicanos formaron iglesias jerarquizadas y reglamentadas, intolerantes con las desviaciones o los misticismos.

Así las cosas, las sectas no tenían demasiadas posibilidades de expandirse en la vieja Europa, y los grupos más radicales, como hugonotes y puritanos, no vieron más salida que emigrar al Nuevo Mundo. Allí, lejos de reyes y obispos, se vieron a sí mismos como un nuevo Pueblo Elegido conquistando la Tierra Prometida (y exterminando de paso a sus anteriores ocupantes, una actividad bendecida por el Jehová del Antiguo Testamento). Así nació el literalismo puro y duro, ya que mientras el mensaje de Cristo rezuma ambiguedad (el mismo Jesús que se presenta como el Cordero de Dios preparado al sacrificio aparece también como Señor de los Ejércitos y dueño de la Venganza), las leyes de Moisés son tajantes en sus afirmaciones, sin espacio para componendas o medias tintas, algo muy adecuado para una sociedad reducida y fanática. Además los relatos del Génesis, el Éxodo o los Macabeos resultan mucho más vivos y coloridos que las anécdotas del Nuevo Testamento, y los parsimoniosos textos de Pablo palidecen frente a personajes como Eliseo, capaz de enviar una manada de osos a despedazar a unos niños que se burlaban de su calvicie, o Sansón, derribando el templo y sepultándose junto a sus enemigos.