Mujer iroqués

sábado, 15 de octubre de 2011

Rosas en la Calle de las Rosas


Tras el desastre de Stalingrado, el largo invierno de 1943 daba sus últimas coletadas sobre la Alemania nazi. La moral de la población estaba por los suelos, pero la del ministro de propaganda, Joseph Goebbels, estaba exultante. La derrota le daba por fin la posibilidad de asumir un papel protagonista en el curso de la guerra, llamando a la movilización para la Guerra Total. Pero necesitaba un broche de oro para asegurarse al 100% la estima del Führer, y pensó en un regalo de cumpleaños muy especial: un Berlín libre de judíos.

Sí, en Berlín quedaban judíos. Algo menos de dos millares, en su mayor parte, hombres. Muchos habían sobrevivido porque estaban casados con mujeres alemanas y, aunque esos enlaces habían sido declarados ilegales en las leyes de Nuremberg, la policía había preferido no detenerles, dejándolos para el final.

El final había llegado. Goebbels, además de ministro, era Gauleitier de Berlín, y tenía autoridad absoluta sobre la capital, salvo en los asuntos de seguridad interna, que concernían a las SS. A finales de febrero dio las órdenes pertinentes y el día 27 tuvo lugar la redada. Los que no tenían parientes arios fueron enviados a Auschwitz. Los otros, 1700, fueron hacinados en los calabozos de la sede de la Gestapo en Berlín, un edificio gris y helado situado en la RossenStrasse.

El dos de marzo, Goebbels anotó en su diario, Vamos a limpiar Berlín de judíos... los mandaremos al Este tan pronto como sea posible...no descansaré hasta que la capital del Reich quede completamente libre de judíos...

Ese mismo día, los guardias de la Gestapo vieron acercarse a una mujer con un paquete. Su marido había sido detenido, dijo en la puerta, y le traía algo de ropa y comida. Se burlaron de ella, le dijeron que se fuera a casa, que se estaba equivocando, que no perdiera el tiempo. Salió y se quedó esperando en la acera.

Llegó otra mujer. Tampoco la hicieron caso. Se plantó en la acera. Quizás ambas se miraron, con el mismo dolor en los ojos. Llegaron más mujeres.

Al cabo de las horas había varias docenas de mujeres en la acera de la RossenStrasse. De cuando en cuando alguna entraba a preguntar. No se iban. Los guardias estaban desconcertados, en la Alemania nazi las mujeres no tenían existencia legal, eran simples apéndices de los hombres, coños para su deleite, úteros para parir sus hijos... ¿que hacían esas locas, pasando frío en la calle en vez de volver a sus casas, libres por fin de la peste judía? Las dijeron que se fueran, que no se preocuparan, que todo era un mero trámite burocrático y pronto tendrían noticias. Sus jefes no le dieron importancia, mañana se habrían olvidado de todo.

Esa noche salió el primer grupo de 25 hombres camino del matadero.

A la mañana siguiente, no eran docenas. Eran cientos de mujeres. No gritaban, no alborotaban, no amenazaban. Sólo estaban allí, miraban, algunas preguntaban ¿Dónde están nuestros esposos? ¿Porqué les han arrestado? ¿Porqué no podemos verles?. Y seguían llegando.

Goebbels ordenó cortar los accesos del metro y los autobuses. Con eso esperaba dar el asunto por zanjado ¿Qué iban a hacer esas pobres idiotas? ¿Recorrer toda la ciudad a pie, entre las ruinas de los últimos bombardeos?

Lo hicieron. Ya no eran cientos, sino miles, llenando la calle, colapsando el tráfico. Algunas empezaban a gritar. Los transeuntes se arremolinaban, los rumores corrían... se ordenó a los guardias que detuvieran a las cabecillas, pero no las habia. Sólo una masa indistingible de mujeres, algunas de ojos tristes, otras de mirada furiosa, todas dignas. Los guardias amenazaron con disparar, hubo ráfagas al aire. Retrocedieron, pero no se fueron.

He ordenado al SD que que no continúe la evacuación....tenemos que esperar un par de semanas, después podremos hacerlo con tranquilidad...

Más de 6000 mujeres, algunas con niños. Ya no eran sólo las esposas de los judíos. Venian sus madres, sus hermanas, sus vecinas... ¿Qué hacer? ¿Disparar a matar? Toda la ciudad sabía ya lo que pasaba en la Rosenstrasse, la población estaba furiosa por la destrucción del VI EJército en Stalingrado, apenas había una familia sin luto ¿Cómo se tomarían una masacre de mujeres alemanas a manos de la policía?

El proyecto de detener a los judíos ha fracasado... se nos ha escapado de entre las manos

Los nazis no querían algaradas, tenían demasiado miedo a su propio pueblo. Unos días después, los judíos fueron liberados, incluyendo los 25 enviados a Polonia.

Goebbels cumplió su promesa a Hitler de la forma más esquizofrénica. Prohibió a los judíos que lo fueran. Les ordenó quitar la estrella amarilla de sus ropas. No quería judíos por las calles de Berlín, así que los volvió invisibles.

No todos sobrevivieron a la guerra. Muchos murieron en los bombardeos, y en el feroz asedio de 1945, cuando el Ejército Rojo aplastó los últimos rescoldos del III Reich. Pero otros lo consiguieron.

A Alemania no le gusta recordar a las mujeres de la RossenStrasse. Hay un monumento en un parque de Berlín, no muy a la vista, un telefilm y un par de libros. Algunos historiadores sostienen que en realidad no hicieron nada, que sus maridos fueron retenidos por cuestiones burocráticas pero nunca hubo intención de matarlos, y su liberación no tuvo nada que ver con lo sucedido en la calle. Pero las anotaciones del ministro Goebbels hablan justamente de lo contrario. Así que ¿porqué ese afán por echar tierra sobre el asunto?

Porque es un recuerdo incómodo. La conciencia de los alemanes tras la guerra se sustenta en tres mentiras: que nunca supieron nada, que nunca vieron nada y que nadie podía hacer nada. Pero las mujeres de la RossenStrasse veían y sabían lo mismo que todos los alemanes. Y al contrario que el resto, ellas sí hicieron algo. Son un testimonio, escandaloso en su silencio, de la bajeza y cobardía del pueblo alemán.

Sin saberlo, hicieron más aún, porque, tras los incidentes, las SS recibieron instrucciones de no detener a los judíos casados con no judíos en los países ocupados por Alemania. Cientos de personas salvaron su vida porque ellas se negaron a mirar para otro lado.

Se aduce que, en realidad, no hubo ningún movimiento organizado, que esas mujeres no luchaban contra el nazismo, ni trataban de derribar al gobierno, como sí hicieron los integrantes de la conspiración Valkiria. Ese argumento, al menos, es cierto.

No podemos negarlo: las mujeres de la RossenStrasse no lucharon por una Alemania libre, ni por la democracia o los derechos humanos. No defendían la causa de los oprimidos, ni del proletariado.

Fueron egoístas. Se limitaron a defender a los que amaban.

Y, contra todo pronóstico, ganaron.

10 comentarios:

Teresa, la de la ventana dijo...

Preciosa historia, de las que por su modestia se pierden entre el fárrago de fechas, batallas y cifras. Y sin embargo, la historia se sostiene gracias a mujeres así.

Gracias a ti por sacarlas, aunque sólo sea un poco, del olvido.

Samu Que Mas Da dijo...

Me ha encantado, tío. Muchas gracias.

phaskyy dijo...

Dicen que el amor mueve montañas. Esta historia hace que creamos en ello.

No conocia esta historia.

Muchas gracias.

Espero la siguente preguntándome de qué irá. Sin duda me sorprenderá.

José Antonio Peñas dijo...

Creo que sí, te sorprenderá. A mí me sorprendió mucho. Y hasta aquí puedo leer

Irene dijo...

Para abultar los agradecimientos, Danke ;-)

SandwichdeMangosta dijo...

Emocionante por sencilla.
Bien contada.
Inquieta me quedo. Siempre diré que tenemos la suerte de no saber qué haríamos, suerte que no tuvieron muchos muy posiblemente mejores que nosotros. Hasta qué punto la conducta colectiva influtye en la individual, es una pregunta. Los alemanes sacaron la cara adelante gracias un consenso hipócrita, pues sí, pero ¿y cuántos más?, mucho más cercanos en tiempo y geografía.

tu anciana abuela dijo...

Contra todo pronóstico no.

Ganaron a la manera de ganaron Gandhi o Luther King. O la Madre Teresa.

Las grandes batallas dan resultados efímeros.

Es la obstinación en la paz la que vence.

Mientras que el torrente de verano, arrasa y aniquila, la lenta, perezosa, constante gota de agua vacía la cueva y la siembra de preciosas, frágiles, milenarias columnas de estalagmitas.

Irene dijo...

Me gusta el apunte de tu anciana abuela, ... y me gustan las historias de mujeres, ... un beso primo.

Elvira, el Cisne Negro dijo...

Leí esta entrada por encima cuando la publicaste y la dejé para cuando estuviera más centrada porque pensé que valía mucho la pena. Y así ha sido. Jamás la había escuchado, es realmente preciosa. Me pregunto cuántas heroínas, solas o en grupo, habrán luchado desde el silencio y el ostracismo al que se las condenaba, cuántos avances sociales tendremos gracias a ellas.

Gracias a ti por darles voz. Voy a darle difusión.

Un beso.

Paz Hija Caminar dijo...

Gracias por compartir esta información .