jueves, 15 de marzo de 2012

Y SIN EMBARGO... (I) Hablando (bien) de Roma



Sé que la entrada de hoy va a sorprender a mucha gente. Es posible incluso que alguno me retire el saludo, pero es un riesgo que puedo asumir. Porque igual que tengo facilidad para criticar los (muchos) defectos de la Iglesia, también lo tengo para ensalzar sus virtudes. Desde un punto estrictamente ateo, se entiende.

Sí, he dicho virtudes. Si los obispos gobernaran el Imperio del mal y la superstición que retrata la caricatura, hace siglos que hubieran desaparecido o se habrían convertido en una más de las muchas sectas que pululan por el mundo. Pero no es el caso: la Iglesia Católica ha demostrado ser una institución de sorprendente éxito a la hora, no ya de sobrevivir, sino de medrar a lo largo de veinte siglos. Un creyente católico apostillaría que eso se debe a que defienden la religión verdadera.  Un protestante diría que Satán apoya las malvadas obras de Roma. Un materialista histórico hablaría de la connivencia entre el capital y la clerecía para oprimir al proletariado... pero las cuestiones de fe no me atañen. Yo busco explicaciones más racionales, y la baza que ha dado ventaja a la Iglesia es la racionalidad de su estructura.

La mayoría de las confesiones monoteístas viven su fe de forma dispersa, sin una jerarquía clara. Los imanes musulmanes, al igual que los pastores evangelistas o los rabinos, mantienen el control bajo una congregación determinada, y en ocasiones pueden influir en otras congregaciones, más en estos tiempos en los que la rapidez con la que se difunde un mensaje se ha multiplicado a niveles inimaginables hace dos décadas. Pero ningún imán, rabino o pastor puede proclamar una verdad absoluta y decisiva, porque carece de la autoridad necesaria para ello. Para los judíos, se trata de una herencia de la dispersión de sus comunidades religiosas tras la destrucción del Templo, agravada por progromos y todo tipo de leyes antijudías siglo tras siglo. En la mayoría de los cultos reformados, esto obedece a que cualquier lector de la Biblia se considera capaz de interpretarla sin que nadie pueda objetar  nada a su personal relación con Dios (lo que no importa demasiado, la mayoría de interpretaciones se limitan a decir NO, NO y NO a todo lo que pueda resultarles molesto).

La ausencia de centralismo religioso en el mundo musulmán se debe a la disputas por el poder tras la desaparición de Mahoma. En teoría, la institución del Califa (comendador de los creyentes) debía representar la voz de la fe al margen de otros poderes, pero en la práctica los gobernantes se adueñaron enseguida del título califal, haciendo imposible el nacimiento de una autoridad religiosa independiente del poder, digamos, civil (lo que por añadidura hizo imposible el nacimiento de un poder civil y lastró gravemente a las sociedades musulmanas)

Nos quedan unas pocas ramas del cristianismo reformado, como la iglesia luterana alemana o la anglicana, el chiismo iraní, y la Iglesia Católica. En estos casos hablamos de una estructura claramente jerarquizada con una autoridad central, sea personal o colegiada. No es el caso de la iglesia ortodoxa: esta vive atomizada entre multitud de autoridades nacionales, ya que nadie puede reclamar la autoritas del primado de Constantinopla, extinguida tras la caída del Imperio Oriental. Con anglicanos o luteranos hablamos de iglesias de ámbito nacional o regional (los luteranos se extienden por el norte de Europa y tuvieron cierta expansión en EE UU). Lo mismo sucede con el chiismo, que no influye prácticamente nada en el mundo árabe por cuestiones étnicas y de doctrina. Sólo la Iglesia Católica extiende su poder a nivel planetario.

¿Cómo ha logrado Roma este éxito? Pues, por extraño que suene, porque su estructura piramidal le da una notable capacidad para evolucionar. La autoridad eclesial emana directamente del Papa, que pese a ser elegido en cónclave por los cardenales no es un primus inter pares sino un soberano absoluto. Ese absolutismo se traduce en que una decisión papal es incontestable y, en consecuencia, cualquier cambio o novedad introducido desde el Vaticano, es inamovible. Es decir: cada vez que el Papa acepta un paso hacia adelante, no hay posibilidad de retroceso.

 Sucede lo mismo en las confesiones anglicana o luterana. Hay una estructura de poder encargada de la toma de decisiones y estas decisiones son inapelables. En estos casos la evolución ha sido muy rápida en las últimas décadas, lo que puede hacer pensar que su funcionamiento es más ágil que el de la Iglesia Católica. Es evidente que la burocracia vaticana es enorme y ejerce un lógico efecto de anquilosamiento pero creo que en mayor medida esa diferencia se debe a que las iglesias reformadas tienen una grey limitada y homogénea, lo que facilita mucho el consenso. Por el contrario el Vaticano tiene que hacer equilibrios sobre situaciones sociales radicalmente diferentes, lo que añade muchas trabas a cualquier cambio radical.

El caso del chiismo iraní es muy peculiar: la revolución islámica otorgó un enorme poder a los clérigos pero éste no pudo imponerse de forma absoluta. La sociedad parsi era demasiado abierta como para permitir una legislación basada exclusivamente en la Sharia y eso acarreó extraños contrastes, como la obligatoriedad del uso del chador por parte de las mujeres junto a una masiva presencia femenina en las universidades y cierta influencia política (la participación de mujeres ministros en el gobierno como en Irán es impensable en las monarquías sunnies). La guerra con Iraq mermó la fuerza física de los ayatolas (los Guardianes de la Revolución, su principal músculo social y militar, sufrieron tremendas pérdidas como carne de cañón) y actualmente se perpetúa en connivencia con un poder corrupto, sobre una sociedad que ya no comulga con unos ni con otros. Eso hace muy difícil que se produzcan cambios en la doctrina chií: en una situación así, la jerarquía se aferrará con uñas y dientes a su poder hasta el momento en que lo pierda. Si eso sucede, es probable que veamos como la República islámica se vuelve laica, como la Turquía de Attaturk.

Pero la Iglesia, pese a proclamarse cien veces como soberana sobre todas las coronas europeas, nunca tuvo una base real de poder que validara sus pretensiones, más allá de sus posesiones en Italia, y desde el momento en que se consolidaron las primeras naciones ha tenido que negociar y adaptarse a las circunstancias. De ahí que, aunque sea a regañadientes y siempre dos pasos por detrás, ha logrado mantener una mínima modernidad  a medida que la sociedad cambiaba...

(continuará)

2 comentarios:

Antonia de Oñate dijo...

La iglesia católica ha demostrado una impresionante capacidad para sobrevivir. Son lo suficientemente flexibles como para organizar buenas técnicas adaptativas. Y, por su experiencia, saben que una rigidez excesiva les conduce a perder demasiada influencia.

Hay otro factor que les beneficia: lo mismo valen para un roto que para un descosido. Lo mismo se meten en el corazón de África para dar de comer a gente olvidada, que te invierten unos cuantos millones, que organizan cooperativas cafetaleras. Aprovechan todo y a todos sus miembros. Hasta del más tonto y del más inútil hacen algo que les sirva.

HG dijo...

Decía Chesterton que la mejor prueba de que la iglesia es una institución divina es que ninguna institución humana dirigida de un modo tan chapucero habría durado cuatro días, afirmación que, al igual que otras muchas del mismo autor, es tan ingeniosa como falsa.
Sí, la iglesia ha sabido organizarse muy bien: al fin y al cabo es la heredera del imperio romano, y ya va durando más que éste.