Mujer iroqués

viernes, 8 de marzo de 2013

...Y ROSIE APLASTÓ AL FASCISMO


Una mañana, trasteando en el armario donde mi madre guardaba sus cosas, vi una caja grande y en ella una muñeca. No era como las mías, en vez de vestidito llevaba un mono azul y un pañuelo rojo en el pelo. En vez de bolso, una caja con herramientas. Le pregunté a mi madre si podía dejármela para jugar a las casitas, y ella me dijo _cariño, Rosie no juega, Rosie gana guerras_ ¿Y quién es Rosie, mamá?_Todas éramos Rosie.

Durante la Guerra las naciones del Eje no contaron con las mujeres. De acuerdo a las consignas de Goebbels, su deber era encargarse del hogar, tener muchos hijos y estar bellas y deseables cuando sus hombres volvieran del frente. Los aliados hicieron lo contario.

Las inglesas se implicaron en el esfuerzo bélico muy pronto, en la industria, la agricultura, la sanidad, la vigilancia... y desempeñaron un importante papel en retaguardia del frente y logística. Las soviéticas trabajaron hasta el agotamiento, en condiciones tan duras que resulta difícil imaginar. Las obreras de Tankograd, en el invierno del 41, dormían bajo sus máquinas mientras otro turno trabajaba, reemplazando a sus agotadas compañeras según se despertaban y comían algo, a veces a cielo abierto, en talleres a los que aún no se les había puesto techo. Miles de ellas, de hecho, combatieron y murieron. En ambas naciones la guerra era real, se vivía día a día, se masticaba en forma de bombardeos, destrucción y muerte, nadie se planteaba que la mitad de la población estuviera de manos cruzadas mientras la otra mitad luchaba. Pero en América la guerra no era visible.

EEUU necesitaba reclutar millones de hombres para combatir en tres continentes y dos océanos, y debía producir inmensas cantidades de armas y equipamientos, ya que mantenía su esfuerzo y el de sus aliados. Había que movilizar a las mujeres en la industria. Hubo voces airadas:  la lujuria reinaría en las fábricas, los hombres se desmoralizarían, las delicadas manos femeninas no podrían con el esfuerzo, sus pobres mentes no sabrían hacer el trabajo, se perdería la femineidad... La primera ola de trabajadoras disipó las quejas y demostraron que podían desempeñar cualquier tarea, por dura o complicada que fuera. Funcionaba, pero hacían falta más, muchos más brazos. Se necesitaba un símbolo.

Había una canción con cierto éxito, Rosie the Riveteer, y alguien pensó en ponerle cara. La encontraron en una factoría de Michigan, construyendo bombarderos. Rose W. Monroe no era bella o glamourosa, pero desprendía fuerza y alegría. Vestía un mono azul y se sujetaba el pelo con un pañuelo. Así la fotografiaron y así llegó a todos los rincones. El éxito fue abrumador: más de veinte millones de mujeres respondieron


Rosie tiene muchas caras: la más célebre es la del poster de Howard Miller: desafiante, muestra sus brazos con firmeza. Brazos que mueven fábricas. Brazos de mujeres. Un mensaje sencillo: PODEMOS. Es uno de los mejores iconos del siglo XX,  tan poderoso y directo como el tío Sam

Rockwell la retrató en un instante de reposo, almorzando sin soltar sus herramientas: sudorosa, sucia, fuerte, grande, una mujer titánica que pisa con desprecio el MeinKampf. Inspirada, por cierto, en el Isaías de Miguel Ángel, y a riesgo de ser tachado de iconoclasta diré que Isaías palidece ante la contundencia de Rosie
.
20 millones de mujeres fueron Rosie. Algunas por patriotismo, otras tenían a alguien en el frente y querían ayudar, muchas porque por primera vez ganaban un sueldo de verdad, un sueldo que les permitía mantenerse y prosperar sin depender de nadie. No sólo blancas: chicanas, negras, chinas*... manos de todos los colores sacaron de las factorías un torrente inacabable de armas, carros, camiones, aviones, barcos, combustible, municiones, provisiones... una ola de acero que sepultó al nazismo bajo sus propias cenizas.
Y el gobierno empezó a preocuparse. La guerra acabaría pronto ¿qué pasaría entonces?
Rosie había sido demasiado eficaz: las mujeres habían mantenido en marcha el país, y tomado conciencia de que PODÍAN hacerlo. Eso daba miedo en Washington. Ya en el 45 empezaron las campañas de desmovilización femenina. Rosie fue desapareciendo poco a poco de los medios y se volvió a la letanía del ama de casa, la novia, la madre, la hija que esperaban ansiosas en el hogar el retorno de sus seres queridos.

La administración Truman dio la vuelta a las tornas poco a poco y la de Eisenhower consolidó la idílica imagen del American Way of Life, con amas de casa felices que esperaban el regreso de sus maridos del trabajo limpiando y guisando en casas ideales, vestidas con gracia y delicadeza. Faldas amplias y cinturita de avispa, peinados complicados que requerían horas de peluquería. Bellas, sin cerebro, sin voluntad. Un cliché multiplicado por el cine y la televisión hasta hacerlo cotidiano y casi real.

Pero no todas las Rosies olvidaron. El movimiento femenino que nació a finales de los 60 tiene sus cimientos en esas mujeres que demostraron que el trabajo y el esfuerzo es el camino para contruir una vida real, no un papelito secundario a la sombra de un hombre. Ya era así antes: las mujeres, salvo las de clase alta, protegidas como flores de invernadero, siempre han trabajado de sol a sol. Pero nunca se les había reconocido ese mérito, no hacían trabajo de verdad. Rosie fue el punto de inflexión, el momento de tomar conciencia. Por eso hubo que esconderla, como si nunca hubiera existido. Por eso no lograron hacerlo, porque lo que simbolizaba era demasiado grande como para enterrarlo y olvidarlo.

Rosie es universal. Hoy vuelven a oirse voces cavernarias que hablan de que la mujer debe regresar al hogar y dejar el trabajo a los hombres. Me da risa sólo pensarlo. Todas mis amigas son Rosie, aunque no lo sepan. Yo lo sé, lo veo día a día, y me alegra que sea así.

Rose Will Monroe siguió trabajando en las factorías Ford tras la guerra. Con 50 años, deseando volar los aviones que construia, se hizo piloto. Murió a los 77. En su tumba no están grabados sus apellidos. Sólo se lee Rosie the Riveteer, 1920-1997.

Sí, la chica de la última imagen es Marilyn Monroe, a los 18 años, en una factoría de municiones. Ella también fue Rosie.
 
* Las mujeres de origen japones no pudieron trabajar: estaban encerradas en campos de concentración por su propia seguridad, prisioneras en el país en que nacieron.

7 comentarios:

anasegovia dijo...

que gran imagen de lo que valemos las mujeres....me ha encantado.

Miguelón dijo...

Mira que casualidad!. Precisamente anoche estuve leyendo un libro sobre la obra de Norman Rockwell, y en concreto el capítulo donde figuraba la célebre portada del Post protagonizada por Rosie.

Por lo demás, una historia preciosa y de lo más apropiada.

Sr. XX-Terror dijo...

Tu Rosie debería llamarse Natacha, porque al fascismo le ganó la Unión Sovietica.

José Antonio Peñas dijo...

Cierto, y buena parte del material que salió de las manos de Rosie atravesó el pacífico rumbo a la URSS para apoyar su lucha. Lástima que tras la guerra la ceguera estadounidense truncó lo que pudo ser el comienzo de un nuevo modo de entendimiento.

José Antonio Peñas dijo...

En detroit, en una factoría que produjo carros durante la guerra, había una placa enviada por un regimiento de Guardias, con la estrella roja, la hoz y el martillo, en agradecimiento a los obreros que produjeron sus shermans, porque no les fallaron ni una sola vez. SUpongo que en tiempos de mcharty la esconderían

lyuti dijo...

Me ha gustado Peñas, pero me provoca curiosidad ver cómo se cuenta -quien quiera hacerlo, cada cual con su bló lo que quiera, y es lo que me fascina del mundo-bló- la historia de las mujeres y el trabajo aquí en España. No es tan sencilla como el país os necesita, el marido os necesita, hay muchas más vueltas de tuerca y por eso me parece mucho más atractiva, y más difícil de resumir.

vonneumann dijo...

Mientras Rosie aplastaba al fascismo, en el frente los hombres morian a millones.