Mujer iroqués

martes, 6 de mayo de 2014

ALGUNAS RECOMENDACIONES Leer Historia (I)


Desde niño he sido un ferviente lector de Historia. El primer libro que leí dentro de ese género fue una historia del nacimiento del estado de Israel, sobre mis 9 años, y desde entonces adoro sumergirme en el pasado.

A día de hoy me considero un aficionado competente: me gusta indagar, documentarme, contrastar fuentes... incluso me atrevo a plantear hipótesis sencillas como diversión. Pero no hay nada comparable al placer que supone la lectura de un buen autor, de una de esas personas que, no sólo aman su trabajo  y disfrutan escribiendo, sino que logran transmitirte esa pasión.

Por supuesto hay gustos para todos los colores, pero voy a recomendar una selección de títulos ideal para abrir boca en la Historia. Que no está muerta, ni enterrada, y que puede estremecernos si las palabras saben hacerle justicia.

La arqueología es una de las ramas más fascinantes de esta ciencia, y si alguien ha sabido transmitir esa fascinación es C. W. Ceram, con Dioses, Tumbas y Sabios. Esta obra suma ya 65 años y no ha perdido ni un ápice de su frescura ni de su capacidad para asombrar. De la pluma del alemán nos adentramos en las raíces del pasado, siguiendo los pasos del niño que un día soñó con descubrir Troya, del aventurero que se compró una civilización, del joven que decidió volver a la vida el habla más antigua, del entusiasta que no se rindió y durante años siguió buscando la tumba del único faraón que nadie había encontrado... y vemos el duro camino por el que, ante los ojos del mundo (y de los nuestros), el pasado más remoto se hizo real.

Precisamente tras leer a Ceram descubrí otra joya, esta vez narrada en primera persona y con la emoción aún pegada a la piel del arqueólogo: El Descubrimiento de la Tumba de Tuthankhamon, de Howard Carter. El autor no solo nos enseña cómo es el trabajo del arqueólogo (y es un trabajo duro y fascinante) sino que logra transmitirnos la intensidad, la magia de ese instante en que abrió un orificio en la puerta, introdujo una luz, y al mirar supo que era el primer ser humano que contemplaba otro mundo.

Samuel Noah Kramer quería publicar un resumen de los hallazgos en las traducciones de las tablillas encontradas en las excavaciones de la antigua Sumeria. Y quiso titular su libro de esa forma: "Últimos hallazgos en las traducciones de las tablillas...." Por suerte para él, y para nosotros, un amigo le dijo que ese título no vendería nada, y le propuso cambiarlo. Acertó de pleno, porque no sólo La Historia Empieza en Sumer se convirtió en un Best Seller, sino que el título refleja con exactitud su contenido. En los textos de los sumerios, la primera de todas las civilizaciones, leemos como un alumno planea hacerle la pelota al maestro para sacar mejores notas, como un anciano se queja de que la juventud solo piensa en divertirse en vez de trabajar y ya no se respetan ni las leyes, ni la moral, ni a los mayores. Y, entre otras joyas, descubrimos la Primera Historia, la saga de Gigamesh*, tan antigua que incluye la versión más antigua que conocemos del antiguo mito que dio origen al Génesis.

Sucede que lo antiguo no tiene por que ser solemne y aburrido. Desde los mismos orígenes de la Historia ha habido grandes autores: yo me quedo con dos de ellos, ambos griegos, aunque sus vidas y obras no podrían ser más dispares.

La Historia de la Guerra del Peloponeso, de Tucidides, narra con toda crudeza el modo en que Esparta y Atenas se desangraron tras las guerras médicas. Ateniense, Tucídides retrata sin tapujos el afán imperialista de su ciudad, relatando incluso los episodios más viles. Su pluma, elegante y austera, hubiera merecido mejor suerte que la de narrar lo que, a la postre, no fue más que un cúmulo de rencillas y miserias provincianas, pero esa suerte le correspondió a Polibio: rehén en Roma, huésped de la casa de los Escipiones, su Historia Universal nos cuenta, con asombro, como Roma se enseñoreó del Mediterráneo en apenas 20 años, desde las tierras de Hispania hasta las costas de Siria.

Y si queremos saber más de esos dos pueblos, nada como buscar Historia de Los Griegos e Historia de Roma de Indro Montanelli. Este autor nos regala un relato ameno, vibrante, desmitificador y lleno de buen humor. Leerle no sólo es instructivo: es una delicia.

A veces, empero, es interesante ver el otro lado de la colina, y eso es lo que hacen Terry Jones (sí, el de los Monty Python) y Alan Ereira en Roma y los Bárbaros. Todos hemos oído hablar de galos, partos, germanos, dacios... a través de lo que nos contaron los romanos. Estos autores, en cambio, toman la palabra por los vencidos y asesinados, porque Roma fue, ante todo, la gran destructora. Y duele, os aseguro que duele comprender cuantas voces han sido acalladas con los siglos

Hablando de mordazas, Manuel Fernández Álvarez nos ofreció en los 90 dos magníficas semblanzas de Carlos V y Felipe II, pero de toda su obra me quedo, sin dudarlo, con Casadas, Monjas, Rameras y Brujas. Porque si nos atenemos a lo que cuentan los libros, uno acaba por creer que antes no había mujeres, ya que nunca se las menciona. El autor no se queda en los grandes nombres, y repasa, estrato por estrato, la sociedad renacentista, para traer ante nosotros a todas las mujeres, desde la noble más encumbrada a la gitana o la morisca más humildes.

Y, sin salirnos de España ni alejarnos mucho en los siglos, recomiendo encarecidamente cualquiera de las obras de José Deleito y Piñuela, un autor de los años 40 que retrató todas las miserias de la sociedad española de los Austrias. No obstante, y en el caso de que sólo hubiera que elegir una de sus obras, yo me lanzaría sin dudarlo sobre La Mala Vida en la época de Felipe IV. Es una lectura aparentemente ligera y desenfadada pero, tras la amenidad de su lectura, queda un poso que oprime el alma. Creedme: cuando uno ve como era este triste país en el Siglo de Oro, no deja de tener la desagradable y familiar sensación de que no nos hemos alejado demasiado del presente. España daba el mismo asco entonces que ahora.

* Antigua en años, pero la narración de Gigamesh nos habla con la misma intensidad que si se hubiera escrito hoy.