Mujer iroqués

jueves, 11 de junio de 2015

VA DE VIÑETAS Las Torres de Bois-Maury


No voy a mentiros: odio a Hermann Huppen. Al principio no, cuando leí Yugurta y Comanche me gustó, sin más. Era un excelente dibujante, con un estilo propio y original, que me llamaba la atención, sobre todo por el modo de trabajar los rostros, muy alejado del realismo idealizado de otros dibujantes (nada de mandíbulas de acero, narices rectas y frentes despejadas). Entonces descubrí Jeremiah, y la cosa empezó a mosquearme. O sea, sí, puedes ser buen dibujante, pero ese señor además era un buen narrador, y a medida que la serie fue avanzando vi que era un GRAN narrador. Y eso jode ¿vale? porque te acompleja ver a alguien tan bueno. Pero cuando Norma publicó en CIMOC el primer episodio de Las Torres... ¿como decirlo? pensé QUÉ CABRONAZO DE MIERDA.

Porque Hermann estaba mostrándonos que era el puto amo.

Las Torres es una gran saga medieval, ambientada en el siglo XI. Su protagonista, el caballero Aymar, viaja por Europa buscando reunir los medios para reconquistar su antiguo hogar, del cual fue expulsada su familia siendo él apenas un niño: el castillo de Bois Maury

... cuyas torres son las más altas de la cristiandad

... como dice continuamente su escudero, el fiel Olivier. Él no ha visto jamás el castillo, pero en su mente es incluso más real que en los recuerdos de su señor. Juntos nos van mostrando una Edad Media muy diferente a la que conocemos. No hay brillantes cortes, palacios, gloria, belleza, sino barro, chozas, hambre, desesperación y violencia. Todas ellas retratadas con crudeza por los lápices de Hermann.Y con un realismo que no se limita a los lápices (impresionantes, esos rostros y cuerpos tan alejados de nuestros cánones) porque no hablamos de personas que piensen como nosotros, personajes que vean la antigüedad con los ojos del siglo XXI. Aymar y Olivier son gentes de su época, y ven el mundo con los ojos de la época, sin anacronismos ni concesiones.

Los protagonistas van cruzando su camino con otros senderos, a veces familiares, a veces ajenos. En ocasiones, implicándose, porque el caballero cree firmemente en sus deberes y su honor, y eso le apareja más de una pesada carga. En otros momentos sólo son testigos de lo que va sucediendo, al igual que el lector, y quizás la historia transcurra a su alrededor sin que ellos sean conscientes, como en Sigurd, donde una vieja maldición vive sus últimos estertores ante los ojos de Aymar.

El tono de la historia cambia cuando Bois-Maury decide viajar a Tierra Santa. Asistimos a un inacabable viaje, donde conoceremos la parte que nadie nos ha narrado de las cruzadas: la atroz devastación que fueron dejando a su paso cruzados y peregrinos. Luego, de pronto, descubrimos un aspecto de la obra de la que hasta entonces no hemos sido conscientes: la luz. La luz del Oriente que lo llena todo, y nos muestra que gris y helada era, por comparación, la Europa de la Cristiandad.

Aymar conseguirá allí las riquezas necesarias para recuperar sus tierras, cerrando así la saga. Una saga donde no es la acción la que nos guía (aunque la acción nunca nos abandona, y Hermann la retrata de forma impecable) sino las personas. Como Germain, el albañil convertido en saqueador, Reinhardt, el impetuoso caballero del norte, Khaled, el joven musulmán de quien todos se burlan... y Olivier. Olivier nunca nos deja indiferentes, siempre fiel, siempre constante, siempre sacrificado y, en el capítulo final, por fin protagonista, hasta el punto de ser el verdadero artífice de la reconquista de Bois-Maury

¡Señores caballeros, sé que soy poca cosa a vuestros ojos, pero si sentís algún aprecio por el señor Aymar, no renunciéis a devolverle su tierra, para que así pueda reposar en ella!

Junto con la intensidad de la historia, el dibujo de Hermann no deja de crecer, álbum tras álbum, casi página a página. Los paisajes son parte de la narración, no un simple decorado. Las planicies sedientas, la grandeza de las cumbres, las espesuras que no han conocido apenas el hacha o el fuego, los castillos sólidos, sin adornos, los pueblos míseros y rebosantes de vida.

Vida que duele. A lo largo del camino, nos acosan el dolor, la miseria, las víctimas... víctimas, víctimas, víctimas. Muerte, violencia, enfermedad, hambre, rabia... la rabia que desborda al pope ortodoxo que, al final de William, alza sus brazos en medio de su aldea en llamas, implorando ¿justicia? ¿venganza? Tal vez solo maldiciendo a ese Dios que no ofrece más que tormentos, tan sediento de sangre como los antiguos ídolos paganos.

La serie debería haber concluido en Olivier, pero Hermann siguió más adelante*, presentándonos en siglos posteriores a diversos descendientes del caballero. Obras excelentes, sin duda, pero la saga hace cumbre en la primera etapa de esta nueva serie, Assunta, en medio del asombroso escenario de la lucha en Sicilia, antes de las Visperas. Esta vez la luz y el paisaje se apoderan de todo. La primavera, con el verde de los campos empapado por la sangre de los campesinos, el asfixiante verano siciliano, la violencia creciendo como el vapor de una olla a presión, el otoño, en el tremendo infierno del Etna, y el blanco manto del invierno, que amortaja la isla preparándola para la muerte que llegará con la próxima estación. Hermann abandona la tinta y se lanza a acuarelar con una brillantez que uno casi desearía ofrecerle mis dos manos por la suya izquierda.

No quiero dejar esta reseña sin mencionar un apartado muy especial: las mujeres. En Jeremiah, apenas hay protagonismo femenino. En Las Torres la cosa cambia. Sí, es un mundo de hombres, donde las hembras (y así las llaman) apenas tienen un espacio en el que respirar, sean campesinas, mendigas o señoras. Pero no son invisibles a los ojos de Aymar, ni a los nuestros. Babette, violada y posteriormente muerta a golpes por su propia familia. Eloise, implacable, a la búsqueda de la venganza. Concetta, tan dura y bella como Sicilia, alma de la revuelta contra los Anjou. Y, para mí, la figura más dura y compleja de todas: Alda, la ladrona, decidia a sobrevivir por mucho que el mundo intente impedírselo.

No creáis ni una palabra de lo que acabáis de leer. De verdad, no confiéis en mí, sino en vuestro propio criterio: buscad Las Torres y leedlas. Descubrid la fuerza de un verdadero narrador. Disfrutadla, y viajad. Es un viaje apasionante, de millas y de siglos. Merece cada céntimo que gastéis en él.

Odio a Hermann, muy cierto, por eso sigo buscando cada una de sus obras**, cada vez que saca un nuevo trabajo: así puedo seguir pasmándome, envidiándole y odiándole con más ganas y motivos.

* Personalmente recomiendo leer la saga inicial, diez volúmenes, y rematar con Assunta. El resto de los álbumes son más dispares y no los considero imprescindibles, aunque el siguiente, Rodrigo, tiene la peculiaridad de estar ambientado en la Castilla de la Reconquista y es una delicia para los sentidos.

** En particular os aconsejo buscar Caatinga, una historia soberbia sobre los Cangaçeiros

3 comentarios:

Lopekan dijo...

En especial es hiriente para un dibujante la frase que pone en la contraportada de sus Jeremiahs:
"Si sabes dibujar, sabes escribir"

Siempre he querido averiguar si lo dijo —o no— para fustigar al Charlier guionista del que se estaba emancipando por entonces.

José Antonio Peñas dijo...

Yo creo que quería decir que si sabes narrar con imágenes, sabes narrar con palabras. En mi opinión eso sí se aplica a él, en efecto, pero se equivoca. Mi autor favorito, Alberto Breccia, nunca fue capaz de trabajar bien sin guionista.

Lopekan dijo...

¿"Charlier", he dicho antes? ¿Cómo no me corriges? XD Era el también prolífico Greg en quien estaba yo pensando.

Creo que las tareas del guionista y dibujante siguen caminos neuronales muy distintos antes de expresarse, aunque luego ambos confluyan en ese magnífico soporte a la narración que es el cómic. Son pericias tan dispares como las de un poeta y un reportero gráfico. Por eso ofende cuando alguien tan sobrado como nuestro Hermann lo plantea —y lo resuelve— con tanta naturalidad.
Pienso que el acto creativo es en esencia solitario, y cuando mas de una persona se implica en ello, mas se acerca a un proceso industrial. Por eso dedico las mejores parcelas de mi admiración a esos autores —u obras— globales como este Hermann de Bois-Maury, al Hugo Pratt de Corto Maltés o al Bourgeon de Los pasajeros del viento.
Por cierto, ya me está fastidiando el tanto figurar del hijo de Hermann haciéndole los guiones al padre, más allá de un comprensible cameo primero como toma de alternativa.