Mujer iroqués

viernes, 28 de mayo de 2010

Breve guía del improperio (II)

Vamos a centrarnos ahora en los epítetos floridos. En general son términos más modernos que los vistos en la anterior entrada, y se considera que implican un agravio mayor. A diferencia de los insultos clásicos, que suelen referirse a la cortedad de luces, éstos aluden al comportamiento y los hechos. La ignorancia lleva a mucha gente a emplearlos de forma inadecuada, ya que su sentido puede resultar ambiguo para los neófitos y además es posible emplearlos de forma admirativa, lo que añade más confusión al problema. Intentaré echar un poco de luz sobre este enmarañado asunto.

El improperio castellano de mayor peso es la expresión compuesta HIJO DE PUTA. Existen formas similares en otros idiomas, tanto en lenguas latinas (figlio da puttana) como de raíz bárbara (son of a bitch). Cervantes empleó el término en el diálogo de Sancho con el Caballero del Bosque, en el modo elogioso, referido a la hija del buen Panza, ¡Oh hideputa, puta, y qué rejo debe detener la bellaca!, y al vino con el que acompañan la cena, Oh hideputa, bellaco, y cómo es católico!, comentario que Sancho remata añadiendo no es deshonra llamar hijo de puta a nadie cuando cae debajo del entendimiento de alabarle.

Su sentido literal, vástago de meretriz, ha caído afortunadamente en desuso ya que ni hay nada indigno en que una mujer ejerza el sexo profesional ni hoy escandaliza que una madre busque el goce carnal, así que su empleo peyorativo se ciñe al modo de actuar del mentado. Decimos que alguien es un hijo de puta cuando sus acciones buscan el propio beneficio a costa del daño ajeno, ya sea de forma abierta o encubierta. Son hijos de puta los corruptos, especuladores, estafadores y prevaricadores, los falsos amigos, los compañeros traicioneros…

El término CABRÓN señalaba antiguamente el desdoro del honor masculino. Se decía cabrón al marido consentidor, que vivía de sus cuernos, tan mentado por Quevedo: Y si está el remedio en eso, a los cabronazos que hay agora en el mundo decildes que se anden diciendo malo y bueno a sus mujeres, a ver si les desmocharán las testas y si podrán restañar el flujo del hueso. Así pues  cabrón era cornudo, y su uso menoscababa la virilidad del ofendido, a quién se suponía manso y acomodaticio. Olvidado ya ese significado, cabrón se ha vuelto un sinónimo casi perfecto de hijo de puta, con el matiz añadido de que se aplica a personas cuyas acciones son tan torcidas que nos ponen furioso, es decir, nos encabronan.

El tercer insulto de origen sexual es el ubicuo MARICA, y su superlativo MARICÓN. Ya no suele usarse para aludir a las tendencias homosexuales, pero sigue siendo válido para describir a la gente cursi que nos mira como si tuviéramos problemas de olor corporal. Son lo que se la cogen con papel de fumar, pijos, redichos, preocupados por lo políticamente correcto. Luego llamaremos maricón al hombre (no se aplica a mujeres) que hace o dice mariconadas.

Mas complejo y sutil es el empleo de la palabra MAMON, porque su homóloga CHUPAPOLLAS resulta muy similar en apariencia, a otra forma compuesta, LAMETRASEROS. No obstante hay claras diferencias entre ellas, de nuevo debidas a la actitud del metafórico chupador.

Ante sus superiores en lo social o económico, el mamón (o chupapollas) y el lametraseros se hacen los encontradizos, doblan la cerviz y despliegan halagos, imitando los gestos de sus amos y atendiendo sus menores deseos. Pero mientras el lametraseros camina de forma servil y amedrentada ante sus semejantes, apaciguándolos con su falta de carácter, el mamón se crece, como si la grandeza de los poderosos se le pegara a fuerza de lengüetazos, y actúa cotidianamente de forma soberbia y fanfarrona. Donde uno recibe el desprecio del público, el otro gana su abierta hostilidad. Si pensáramos en símiles políticos, el mamón podría ser un hipotético ex jefe de gobierno con abdominales de chocolatina y una mueca por sonrisa, y el lametraseros se reflejaría en un ficticio presidente cuyos antepasados pudieron dedicarse a la manufactura de calzado.

El español, amigo de lo chulesco, ve mejor la actitud del mamón, de ahí su relación con los atributos masculinos, mientras que al servil puro se le adjudica la tarea humillante de mantener lustrosos los traseros. Esta valoración es errónea ya que ambas actitudes reflejan a personas acomplejadas y sin peso, sólo que unos disfrazan su falta de ego con grandes voces y los otros se esconden bajo un barniz de falsa bondad, lo que, a mis ojos, los hacen merecedores de similar rechazo.

El CAPULLO, al contrario que el mamón, no suele actuar de forma servil, pero comparte su actitud ufana e hinchada. Un capullo tiene de sí mismo una imagen desmedida y la muestra a todas horas, como si su ego fuera una condecoración. Podemos ver magníficos ejemplos en los círculos artísticos, ya que muchos autores esconden la inanidad de su obra construyéndose una fachada de excentricidad tras la que no hay más que aire caliente. No es raro que el capullo quede avergonzado para regocijo del público, pero en vez de aprender una lección de humildad se limita a remendar los restos del disfraz y continúa su camino como si nada hubiera pasado.

Muy parecido es el GILIPOLLAS, pero éste resulta menos ampuloso en sus maneras y el ridículo le llega por circunstancias ajenas o exceso de énfasis. El gilipollas actúa movido por su entusiasmo, incluso lleno de buenas intenciones, pero sus limitaciones, el azar, o la pura mala suerte le dejan en evidencia, paralizado, sin reaccionar, es decir, como un gilipollas. Para entender mejor su modo de empleo basta recordar cierta tonadilla de Javier Krahe:

Y entré con el salero
al comedor de Marieta
la bella, la traidora
ya estaba acabando el flan

Y yo allí con la sal
como un gilipollas, madre
Y yo allí con la sal
como un gilipollas


Hay quien considera malsonante el término y prefiere símiles como gilipichis o gilipuertas, pero ninguno alcanza la sonoridad rotunda de la elle entre dos vocales abiertas. Además el gilipollas suele ser en el fondo una persona entrañable, cual mascota gorda y torpona a quién es imposible querer mal, así que apenas se puede considerar que esta palabra sea realmente un insulto.

Para cerrar este apartado, quiero mencionar el uso admirativo de estos términos, algunos como superlativos (mamonazo, cabronazo). Muestran sorpresa y asombro a la vez que desagrado, como cuando alguien detestable logra salir con bien de una situación imposible, lo ha logrado el muy hijo de puta, o evidenciando nuestra envidia ante logros supuestamente inmerecidos, ¡Qué mamonazo! ¿como lo habrá conseguido?. Lo que viene a demostrar, por desgracia, que la mayoría de las buenas personas, en el fondo, lo son porque no se atreven a seguir sus instintos, y si tuvieran un ápice de valor se comportarían como verdaderos cabronazos.

9 comentarios:

Teresa, la de la ventana dijo...

Como bien dices, las alusiones se refieren a comportamientos y hechos. Curiosamente, exceptuando al gilipollas, todos ellos están relaccionados con el sexo. Curioso, ¿no? ¿Será porque la manera más certera de ofender a alguien es en esa parcela, la más íntima y personal?

José Antonio Peñas dijo...

En su origen es así, todos esos insultos ofendían acusando al receptor de falta de virilidad, de deshonor sexual, de la inmoralidad de su madre… y es lógico, porque la España tradicional vivía bajo la obsesión del sexo: el hombre debía demostrar su hombría a toda costa, pero al mismo tiempo debía jactarse de que el honor de su familia era indudable, y el honor, en última instancia, residía (perdón por la crudeza) en los coños de las mujeres de su familia. De ahí esa idea de todas putas salvo mi madre.

Ahora que (aleluya) esa obsesión se va quedando atrás, el insulto pierde su sentido inicial pero se adapta a las nuevas circunstacias porque su sonoridad no ha perdido fuerza: aunque nadie piense en el oficio de la madre, el término hijo de puta sigue siendo un ultraje

molinos dijo...

En mi blog..una chica puso en un comment a mi crítica destructiva de los oscars o de los goya..que no se quien tenía pinta de " oligolérdica emputecida"..me pareció un insulto genial.

José Antonio Peñas dijo...

¡Qué maravilla,acertada fusión de tradición, floritura y terminología médica!

molinos dijo...

Sabia que te iba a encantar..y además se te llena la boca al decirlo: Eres una oligoérdica emputecida.

José Antonio Peñas dijo...

Es un concepto fabuloso. ¡COn la de oligolérdicos que se me viene a la cabeza!

pampa dijo...

Hay un grupo en facebook llamado "decir gilipollas me llena la boca y con ello, el vacío existencial". Me encanta.

Anónimo dijo...

Genial la antología, pongo el comentario aquí porque mi favorito y válido para ambos géneros, y todas las preferencias sexuales es gilipollas -aunque para más sonoridad me recreo en la ll que pasa a casi y-.
Con sonido z, ó c, ceporro, abunda más en el menosprecio que en la ofensa, es gracioso y lo uso familiarmente.
Y un gran regalo de los mortadelos, Vacaburra. Genial.
Uno anticuado y muy usado por mi abuela, abogado de pleitos pobres.
Seguro que tienes material igualmente para una antología del piropo.

Susana

lapu taque dijo...

Definir gilipollas como el que hace gilipolleces es, por decirlo de algún modo, redundante.
Entiendo que sea una guía breve del improperio, pero como guía debería llevar hacia alguna parte, y no quedarse dando giros.