Mujer iroqués

jueves, 26 de diciembre de 2013

HIJOS DE TIRO (VI) Gentes valientes



Tras someter Grecia a sangre y fuego, Alejandro marcha sobre Asia. Un gobernante prudente aprovecharía el dominio del mar para frenar la amenaza. Los fenicios pueden alinear más de 200 galeras y, a las órdenes de Mennon de Rodas, el audaz comandante mercenario del Asia Menor, podrían cortar el paso al macedonio en el Egeo. Pero Darío III no es ese gobernante, y los cananeos no serán llamados hasta que sea demasiado tarde, tras el desastre del Gránico. Le siguen la caída de Mileto y Halicarnaso, donde los navegantes, en un gesto de desesperado valor, se internan en el puerto cuando las murallas ceden, para rescatar a todos aquellos que logran alcanzar los muelles.

Muerto Mennon, Darío, derrotado en Isis, huye más allá del Eufrates. Los fenicios asumen que el dominio medo ha llegado a su fin, y deciden regresar a sus puertos para tratar de salvarlos.

Aradus, Marathus, Sigon, Mariamme, Biblos, Sidón, Tiro... todas se someten al invasor. El Gran Rey pierde a la vez su flota y la costa de Siria, dejando libre el camino a Egipto.

El monstruo puede avanzar hacia el delta sin obstáculos, en una marcha triunfal. Pero no le basta la rendición de los cananeos: desea su humillación, y anuncia su propósito de acudir a Tiro para sacrificar en el templo de Melkart. Junto a su ejército.

El mensaje es claro, cuando Alejandro se marche, sus tropas permanecerían allí. La ofensa es doble: los navegantes han acudido voluntariamente a ofrecer sus barcos al conquistador, y éste borra de un plumazo su libertad. Intentan razonar con el joven general, pero su soberbia es más alto que los muros de Tiro. Exige que abran sus puertas sin condiciones y reune a sus tropas.  

La isla se apresta a la defensa. Décadas de guerra han agotado sus fuerzas, pero no su valor.

Los tirios intuyen que ésta será su última batalla. Antes de que sea tarde, embarcan a sus familias, hacia Cartago, donde encontrarán amigos y refugio. Casi 10000 personas logran hacerse al mar antes de que lleguen los invasores. La población de Palae-Tyrus se refugia en la isla y el puerto se cierra.

El macedonio espera la rendición. Al no recibirla, ordena que la ciudad sea destruída hasta sus cimientos. Los poliorcetas empiezan a construir un espigón para atravesar el canal y llevar la falange al pie de los muros, a pie seco.

No es tarea fácil. La corriente es intensa y, pese a medir solo 750 m, el canal es profundo. Los tirios disparan desde sus muros contra la cabecera de la obra y, durante la noche, se lanzan al mar, nadan hasta la obra, bucean y destrozan los cimientos. A fin de proteger la construcción, Alejandro ordena instalar torres de asedio en el frente de avance, y muros a los lados del espigón. Luego deja el asedio a sus comandantes y parte a organizar sus fuerzas, para seguir la lucha cuando la ciudad caiga.

Poco después, los tirios lanzan su golpe. Cargan de brea y leña su mayor barco y, al amparo de la noche, se lanzan a favor de la corriente, remando como posesos y colisionando con el espigón, casi partiéndolo en dos. El enorme pecio empieza a arder y el fuego se extiende por las obras. Cuando los macedonios tratan de extinguirlo nuevas embarcaciones se unen a la lucha y expulsan a los defensores. Finalmente, lanzan sus anclas, las enganchan en los troncos que sostienen toda la estructura y ponen toda su alma en los remos, arrancándo los cimientos de cuajo. Agotados, los supervivientes regresan al puerto entre los gritos de la población, que les vitorea desde los muros.

A su regreso, Alejandro ve que el espigón ha desaparecido. Nunca se ha sentido tan furioso: nadie le ha desafiado jamás como Tiro. Ordena retomar las obras de nuevo, más a favor de la corriente, y exige a los demás puertos que le suministren barcos, reuniendo más de cien galeras: Por hambre o por fuerza, la ciudad pagará su osadía. 

Y en ese momento, Chipre, hasta entonces leal a Darío, se entrega al macedonio, ofreciéndole otro centenar de naves. 

Ahora el mar es suyo.