Mujer iroqués

jueves, 5 de diciembre de 2013

HIJOS DE TIRO (V) Gentes leales


Las crónicas griegas muestran a los persas como tiranos y opresores. Las fuentes no helenas, como los textos deuterocanónicos, reflejan una realidad muy diferente, un imperio universal apoyado, no en la fuerza, sino en el respeto a las costumbres y leyes de los pueblos que lo integran. Comparado con la tiranía macedonia que vendrá, la era persa es recordada por los judíos como una edad de oro.

Los fenicios, tan celosos de su independencia como los hebreos, ven el dominio medo como una bendición tras dos siglos de guerra y turbulencias. Las flotas de Canaan se integran en la floreciente economía persa. El Gran Rey garantiza paz y seguridad para barcos y caravanas, comunicaciones seguras, sin miedo a saqueos o abusos, y rutas comerciales directas desde Egipto hasta la India.

Con Darío se añaden a la ecuación una eficiente red de postas y un sistema monetario universal, basado en el desarrollado en Lydia. En vez de barras de metales preciosos, los barcos llevan dáricos de oro y plata, de valor tan estable que hasta los griegos los prefieren a sus dracmas.

El sistema fiscal del imperio es razonable, sin tributos en especie. El tesoro recauda impuestos regulares de acuerdo a los censos de cada satrapía, no en base a las riquezas de sus habitantes. Las ciudades cananeas, en la V satrapía, pagan una contribución de 300-400 talentos anuales, fácilmente compensada por los beneficios que supone la protección imperial.

También se espera que sus barcos acudan en apoyo del Rey, siempre a petición del monarca y previa consulta al consejo. Es un gobierno autónomo, una asamblea de notables de las ciudades, encargada de legislar, recoger los impuestos y resolver los conflictos de la región, sin intervención de Persépolis.

Navegan cuando Chipre se une a la rebelión de Aristágoras, en el 497, y sobre Mileto, en el 495, donde el propio Miltíades apenas logra escapar hacia Atenas. En dos ocasiones se enfrentan con la flota ateniense, vencedora en la batalla de Panfilia, derrotada en Lade. Y cuando Darío acomete la conquista de Grecia en el 490, los fenicios trasladan a sus soldados hasta la llanura de Maratón, donde serán vencidos por los hoplitas atenienses a la vista de los navegantes.

La derrota no debilita la lealtad de los fenicios. Jerjes repite la intentona en el 480 y acuden a su llamada. Toman parte en la construcción del gran canal de Athos. Ayudan a lanzar el puente que unirá ambos continentes. Abastecen al ejército. Finalmente, en Salamina, pese a no estar de acuerdo con la decisión del rey de presentar batalla (pues conocen muy bien lo peligrosos que son los trirremes de Temístocles) ocupan el puesto más peligroso, directamente frente a los barcos de Atenas.

Tras el desastre, Jerjes busca culpables, y los fenicios son su cabeza de turco. Literalmente, ya que los primeros capitanes que se presentan ante él tras la batalla son decapitados. Sombríos, furiosos, desengañados, los cananeos embarcan y dejan la flota y el servicio del Rey. No hay represalias, Jerjes sabe que ha sido injusto. Los navegantes no lucharán más hasta el 465, cuando la propia Chipre se ve amenazada. Se hacen de nuevo a la mar, a las órdenes de Tithraustes, hijo de Jerjes, en un intento desesperado de proteger sus colonias, perdidas definitivamente tras la derrota de Eurymedon.

Durante los siguientes 75 años los fenicios navegan de nuevo en apoyo del imperio. Primero, protegiendo sus costas y las egipcias de los barcos helenos, derrotándoles en varias ocasiones. Luego, durante las guerras entre los propios griegos, apoyando a unos u otros. El 394, las naves fenicias combaten en Cnidus junto a los atenienses, ayudándoles a recuperar el prestigio perdido en Egos Potamos. Un año después, su flota protege la reconstrucción de los Muros Largos que defienden el Pireo. Finalmente, en el año 387, las galeras cananeas acuden en apoyo de la escuadra espartana, forzando a los contendientes a firmar la Paz de Antáltidas, que pone fin a las guerras corintias y convierte al Gran Rey en árbitro de los asuntos griegos.

Los cananeos mantienen sus lazos de amistad con los helenos. Los barcos griegos son bienvenidos en los puertos fenicios. Sidón dispone de embarcaderos propios en el Pireo y exenciones de tasas. Con la nueva paz, viajeros y comerciantes griegos contratan sus servicios para viajar entre ambas costas del Egeo. No más batallas: los fenicios vuelven a hacer lo que mejor saben, navegar y negociar.

A partir del siglo IV el poder persa empieza a declinar por las crisis sucesorias y el deterioro del aparato administrativo. Egipto se independiza en el 405 y Chipre sigue sus pasos en el 391. En el 366, el sátrapa Ariobarzanes de Frigia se declaró independiente del Rey Artajerjes II y hacia el 362 las satrapías de Capadocia, Mysia, Frigia, Lydia, Siria, Cilicia… están en abierta rebeldía.

Sidón se alza en armas el 351, y el faraón Nectanebo II envía en apoyo de los cananeos 4000 mercenarios al frente de Mentor de Rodas. Griegos y fenicios luchan, codo con codo, expulsando a las guarniciones y derrotando a las tropas de Siria y Cilicia. Finalmente, Artajerjes II encabeza una poderosa expedición de castigo. Tennes, señor de Sidón, se rinde sin luchar y abre sus puertas, abandonando a sus ciudadanos. Muchos sidonios se suicidan junto a sus familias, otros logran embarcar hacia Tiro. La ciudad arde y Tennes es ejecutado: Artajerjes no paga a traidores.

Los demás puertos negocian y el rey prosigue su marcha, reconquistando Egipto y Chipre. Los fenicios vuelven a dedicarse al comercio, sin pensar más en la lucha. El futuro parece halagüeño, el orden restablecido hace que la economía fluya y las riquezas viajen.

El futuro no llegará. Lejos de allí, al noroeste, en la Hélade, se ha alzado un monstruo sediento de sangre, decidido a prender fuego al mundo.

Se llama Alejandro.