Mujer iroqués

lunes, 2 de junio de 2014

HABÍA UNA VEZ...

... un chico vergonzoso y acomplejado. Ya sabéis, el típico bicho raro.

Nunca le pasó nada especialmente malo, sus padres le querían y se llevaba bien con sus hermanos. En el colegio los curas le pegaban, pero no más que a otros*.

Simplemente no encajaba. No se le daban bien las cosas de chicos, correr, saltar, las peleas... No le gustaba el fútbol, es más, no le interesaba lo más mínimo, y eso en el patio, significa ostracismo. Y era torpe. Muy torpe. Las cosas se le rompían. Perdía siempre a las chapas y a las canicas. Con un balón en los pies, daba pena. Con uno en las manos... bueno, digamos que jamás supo qué hacer delante de una canasta.

Sabía medio dibujar, era lo único que no se le daba mal. Eso y estudiar. Casi era un empollón, siempre se manejó bien con los libros. Y cuando a los 11 le calzaron gafas, enormes, de pasta, horribles, ya fue empollón con todas las letras y los honores.

Le gustaba hablar de animales, sobre todo de dinosaurios, y a un profesor, de los muy cabrones, eso le hacía gracia, así que cuando se aburría se entretenía humillándole delante de la clase. No supuso una gran diferencia, se reían de él, pero se reían de todos los que sacaban para burlarse. En cualquier caso ese curso ¿fue quinto o sexto de EGB? se pasó muy despacio.

Cogió fama de pesado. De muy pesado. Y ya puestos la aprovechó, al menos le dejaban tranquilo y tenía un papel: era el payaso de la clase, y el payaso no suele tener problemas. Claro que tampoco suele tener amigos. A veces, en el jardín de casa, jugaba con otros chavales, pero simplemente porque eran del bloque.

En verano pasaban unas semanas en el pueblo, y estaban los primos. Eran lo más parecido a una pandilla que tuvo nunca. Pero era torpe ¿recordáis? No sabía subir a los árboles, ni se le daba muy allá la bici, tampoco nadaba muy bien**, así que se tuvo que comer muchas risas al respecto. Y algunas risas extra cuando engordó un montón. Pero en general lo pasaba bien. Y había libros. Muchísimos libros.

Se pasaba horas y horas leyendo, fuera verano o invierno. En casa, en Madrid, había mucha lectura, pero en el pueblo... la biblioteca del abuelo no se acababa nunca. En el patio había una higuera, el único árbol fácil al que podía subirse. Allí echaba las tardes de siesta, leyendo subido a una higuera. Y le cayó otra broma, claro ¿dónde está J? en la higuera, como siempre. No le importaba que se rieran, al menos, cuando estaba allí subido, le dejaban solo.

Estando solo se sentía a salvo de las risas. Pero le angustiaba pensar que siempre estaría solo. Le daban ataques de pánico y nervios. Siempre estaba nervioso.

Con la pubertad, las cosas fueron a peor. Tenía un amigo en el pueblo, un chaval mayor que él, con quien siempre se entendió. Quizás porque ambos eran raros y solitarios***. Pero eso sólo eran unas semanas de tregua al año. El resto eran meses y meses sintiéndose estúpido y ridículo. Hablando sin parar para tratar de llenar el vacío de que nadie te responda, o volviéndose invisible mientras se atormentaba al no ver una cara amiga.

Y con las chicas... la idea de intentar hablar con una le paralizaba, y le daban ganas de huir. Se cambiaba de acera para no cruzarse con las niñas del colegio de enfrente, convencido de que se reirían solo de verle. El que su colegio fuera sólo de chicos no ayudaba demasiado.

Por fin tuvo un golpe de suerte. Tocaba la confirmación, y le pusieron en un grupo donde congenió con alguien, un chaval tan raro como él, llamado P****. Pero, al contrario que él, P tenía amigos, y no le rechazaron. Tenía 16 años  y decidió que no iba a dejar pasar esa oportunidad. Quizás no tendría otra. Así que se forzó a superar su miedo, se quitó la careta de payaso y salió. Tenía 16 años y por fin hizo amigos.

Y amigas, porque esa tropa tenía sección femenina. Y le trataban con naturalidad, como a uno más, así que no se paralizó, o no demasiado. De hecho, al año estaba enamoradísimo de una de ellas, una flacucha inquieta, casi hiperactiva, y aunque nunca se atrevió a decírselo, y por supuesto jamás se comió un rosco con ella (ni con ninguna otra de la pandilla) se hicieron buenos amigos.

Siempre fue espectador, pero ahora empezó a hacer cosas. Hasta se animaba a pelotear al fútbol: lo hacía de pena*****, pero quemaba toda esa energía que le rebosaba.

Siempre había tenido miedo, y empezar a dejarlo atrás fue casi tan asombroso como descubrir que no estaba solo. Seguía siendo un desastre, pero ahora parecía que eso ya no importaba tanto. Descubrió también que no era sólo un empollón: también era inteligente.

Cuando el miedo casi se disipó, empezó a gustarse. Y a gustar a los demás, aunque eso tardó en verlo.

Y un día me miré en el espejo, y el chico vergonzoso y acomplejado ya no estaba ahí.

No se fue: se refugió dentro de mí. Me cedió las riendas y, por fin, se sintió a salvo.

Todavía le siento ¿sabéis? cuando me invade una oleada de miedo, o de nerviosismo, y la verborrea y la vergüenza le delatan, pero se calma pronto, cuando recuerda que ya no tiene por qué temer.

A veces, por las mañanas le veo cuando me miro en el espejo. Es una sensación curiosa: estoy ahí, en el reflejo, pero conmigo hay otra persona que me sonríe, agradecido y casi incrédulo.

Le debo mucho. Cada paso que dio me hizo crecer, y si no hubiera tenido el valor de cambiar, de salir, yo no estaría aquí.

Así que le devuelvo la sonrisa, con el mismo agradecimiento. Y le guiño un ojo, para recordarle que no quiero que se vaya nunca del todo.

Después de todo, sin él no estoy entero.

*Cobré un poco más de lo que me hubiera tocado por las notas, porque me despistaba mucho.

** Eso sí, sabía tirarme de cabeza, porque a nadie se le ocurrió decirme que fuera una cosa difícil, así que simplemente salté, me di una panzada, supuse que debía entrar más inclinado al agua y me salió. El resto tuvo que aprender paso a paso, y a mí, por una vez,  me dio la risa verles.

*** Tardes y tardes de Risk, Stratego, charlas y quimicefa. Casi descalabramos a una vaca con pólvora y una plancha

****Amigamos una tarde discutiendo sobre El Señor de los Anillos, que ambos habíamos leído hacía poco. 

***** Jamás metí un triste gol. Ni encesté una bola de basket. Creo que lo único que alguna vez se me dio medio bien fue el voleibol

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encannnnntan tus escritos (y tus dibujos), pero me attttttaca los nerrrrvios los asteriscos. No, en serio, es muy incómodo tener que bajar varias veces a ver las notas y luego, una vez perdido el hilo, volver a ver por dónde iba el texto.

De buen rollo ¿eh? Un abrazo.

Anónimo dijo...

Y una vez leido todo todito, me quito el sombrero que no tengo. Y casi cae una lagrimilla y todo!

:)

José Antonio Peñas dijo...

Yo lo veo práctico, pero supongo que estoy acostumbrado a leer libros con asteriscos

Rojo dijo...

Me siento bastante identificado ¿sabusté? Abrazos

Lone Beatle dijo...

Muy bonito, y estremecedoramente cercano, me pregunto cuántos miembros tendrá este selecto club y cuántos tuvieron la misma suerte que Ud porque yo, nanay.
Ni siquiera en los Scouts encontré cómo encajar al grado de volverse una experiencia fracamente olvidable; hasta los 30 encontré amigos de verdad pero oh fortuna, diosa voluble los hizo vivir en distintos países muy alejados.
El miedo sigue ahí, implantado muy profundo por años de acoso, solamente la voluntad que buscó refugio en la soledad -fiel compañera- mantiene la máquina funcionando día a día apoyada en la responsabilidad con la única familia que queda.

Ser hiperléxico no necesariamente significa ser un empollón (o nerd) pero cómo ayuda, verdad?

saludos.

anasegovia dijo...

cuanta ternura me produce ese timido asustado.

y cuanta admiracion por el chico que luchó por salir.

me encanta leerte.

Elena López Gordo dijo...

muy calido, hasta parece reconocerme en algún momento. siempre son encantadores.

Cova dijo...

(Tengo la cabeza desordenada por culpa de los exámenes y los nervios, y se me pasó leerte, lo siento :S) Hoy me atreveré a comentar.

Se me escaparon unas lágrimas con este post por la historia tan bonita, por la manera de contarla y porque me toca de cerca el tema del miedo (¡sorpresa!).

He sido muy tardía para las relaciones sociales y todavía estoy intentando disipar miedos. Son muchos y persistentes (vamos, que soy una terca de cuidado), pero el resultado merece la pena. Algún día, y espero no tardar mucho, también podré mirarme al espejo y guiñarle un ojo a la caguica que no se atreve siquiera a preguntar "qué tal fue la semana" por miedo a molestar.

Gracias por posts como éste.

Cova