Mujer iroqués

domingo, 29 de junio de 2014

LA GUERRA DE LAS MÁQUINAS (y III)

Mi texto sobre la Gran Guerra se completó con dos recuadros, limitados a 1200 caracteres. Helos aquí, ilustrados de mi propia mano

EL ARMA DEFINITIVA

Cuando Lord Fisher asistió en 1906 a la botadura del HMS Dreadnought, estaba convencido de tener ante sí el  arma definitiva. Era un diseño revolucionario, un gigante armado con diez piezas de 305 mm en torres dobles, que, pese a su blindaje de 280 mm, podía navegar a 21,5 nudos, gracias a sus novedosas turbinas de vapor. Su sola existencia dejó obsoletos a todos los buques del momento y supuso el arranque de una frenética carrera naval entre Alemania y Gran Bretaña. Ambas naciones quedaron al borde de la ruina por el tremendo esfuerzo industrial, que se saldó con ventaja inglesa al comienzo de la guerra, 24 dreadnought frente a 15.


El monstruoso gasto no se  amortizó jamás: durante la Gran Guerra no se produjo el choque decisivo para el que nacieron esos acorazados. La escuadra del Kaiser acabó sus días como chatarra en Scapa Flow y, en los años 20 y 30, muchos de los colosos aún en servicio fueron desguazados tras el tratado de Washington.


De nuevo soplaron vientos de guerra: entre 1939 y 1945 lucharon otra vez los viejos Dreadnought junto a otros más recientes y poderosos, y de nuevo de forma infructuosa. Los Bismark, Tirpiz, Yamato, Musashi, California, Arizona, Roma, Prince of Wales, Repulse… todos fueron víctimas de la némesis de los acorazados, un diminuto enemigo en el que no pensó nadie cuando se puso la quilla del Dreadnought: el aeroplano, el arma naval definitiva.

EL FANTASMA DEL DESIERTO

Lawrence de Arabia no luchaba contra los turcos sobre un blanco caballo, alfanje en mano, como le inmortalizó el cine. Él prefería usar un coche blindado. Y no uno cualquiera, porque Lawrence fue a la guerra a bordo de uno de los mejores automóviles de todos los tiempos. el Armoured Car Rolls-Royce, version militar del legendario SilverGhost, la Joya de la Corona. Los Rolls de batalla se movían por la arena y los pedregales con la misma elegancia con que lo hubieran hecho por las calles de Londres. Su motor de seis cilindros y 50 HP le permitía alcanzar los 90 km/h y su fiabilidad mecánica era asombrosa, sobre todo en  las durísimas condiciones del desierto. Protegidos por un blindaje de 9 mm, su torre giratoria armada con una ametralladora Vickers les daba una potencia de fuego muy respetable.


Lawrence y sus irregulares los emplearon en misiones de exploración y sabotaje. golpeando allí donde menos se les esperase. Tras la guerra siguieron en activo hasta 1925, cuando pasaron a la reserva. Pero los Silver Ghost aún volverían a luchar en 1940, esta vez contra las tropes de Mussolini. Finalmente, y tras varias modernizaciones, los últimos Rolls se jubilaron en 1942, reemplazados por otro automóvil de leyenda, el Jeep Willys.

Podríamos citar muchos elogios del Armoured Car Rolls Royce, pero basta con el que le dedicó el propio Lawrence: Un Rolls en el desierto vale más que un diamante.